Histórica y erótica Amy Tan

Amy Tan vol­vía esta pri­ma­vera al ruedo lite­ra­rio tras casi ocho años de silen­cio para intro­du­cir­nos en el fas­ci­nante mundo de las cor­te­sa­nas en El valle del asom­bro (Edi­to­rial Pla­neta), una ambi­ciosa novela que ha lle­vado a la escri­tora nor­te­ame­ri­cana de ori­gen chino a inves­ti­gar a fondo acerca de las casas de pla­cer en China, autén­ti­cas ins­ti­tu­cio­nes que des­a­pa­re­cie­ron tras la Segunda Gue­rra Mun­dial. Uno de los libros clave para recons­truir de puer­tas para aden­tro la vida y el tra­bajo de las cor­te­sa­nas, que no con­cu­bi­nas, ha sido el Jin Ping Mei. Cono­cido tam­bién como El ciruelo en el vaso de oro, se con­si­dera la ‘quinta’ novela clá­sica china, tras el Romance de los Tres Reinos, A la ori­lla del aguaViaje al Oeste, y el Sueño en el pabe­llón rojo. Da cuenta de afro­di­sia­cos, pos­tu­ras y jugue­tes sexua­les con todo lujo de deta­lles, y con­tiene una gran can­ti­dad de chis­tes subidos de tono.

portada-de-el-valle-del-asombroEl retorno de Amy Tan es de alto vol­taje, y supone un ejer­ci­cio minu­cioso de recons­truc­ción his­tó­rica y social. El valle del asom­bro recrea épo­cas fun­da­men­ta­les de la his­to­ria de China, la caída del Impe­rio y los comien­zos de la Repú­blica, y aporta una buena dosis de ero­tismo, sin caer en el porno blando para mamás de E. L. James y sus Cin­cuenta som­bras. Como otras veces el impulso de enten­der mejor a su pro­pia fami­lia ha dado pie a una novela. En este caso ocu­rrió durante uno de sus fre­cuen­tes via­jes a Shanghai (pro­cura via­jar al menos una vez al año a China). Allí com­pró un libro sobre las cor­te­sa­nas, y en él des­cu­brió una foto de las Diez Bellas de Shanghai. Una ima­gen que le impactó sobre­ma­nera, pues ella con­ser­vaba una foto de su abuela ves­tida de manera idén­tica a aque­llas mucha­chas. Su abuela fue siem­pre un enigma para ella, una figura trá­gica, pues se había sui­ci­dado cuando su madre tenía solo nueve años. Gra­cias a aque­lla foto­gra­fía comenzó a fan­ta­sear sobre la posi­bi­li­dad de que su abuela hubiera sido una cor­te­sana y nació el deseo de enten­der cómo podría haber sido su vida: en aquel enton­ces, ins­trui­das en música y poe­sía, las cor­te­sa­nas eran tan rele­van­tes como las actri­ces o las can­tan­tes hoy en día, y goza­ban, den­tro de una socie­dad patriar­cal, de más liber­tad que las meras espo­sas y amas de casa. Un estilo de vida que se des­va­ne­ció con la lle­gada del comu­nismo y que no se entiende fácil­mente desde el prisma occidental.

Ins­pi­rada en el vago recuerdo de su abuela y en su pro­pia madre, quien le ocultó durante muchos años la exis­ten­cia de un matri­mo­nio ante­rior en China, Amy Tan (An-Mei), recrea el uni­verso de las cor­te­sa­nas en una saga fami­liar: Lulú, una inge­nua nor­te­ame­ri­cana que deja San Fran­cisco para esta­ble­cerse en China a fina­les del siglo XIX, y su hija Vio­leta, una joven que se cree nor­te­ame­ri­cana y que tiene que reen­con­trar su iden­ti­dad cuando des­cu­bre que su padre es chino. En la novela nada de lo que sale es gra­tuito: las esce­nas de cama, cómo se rela­cio­nan las pro­ta­go­nis­tas con los clien­tes o con otras muje­res de dis­tinta posi­ción social, su forma de ves­tir, su len­guaje cor­po­ral: todo es fruto de una inves­ti­ga­ción exhaus­tiva. En este sen­tido es más una novela his­tó­rica que eró­tica, en la que Tan vuelve a tra­tar magis­tral­mente los temas recu­rren­tes de su carrera lite­ra­ria: la difí­cil com­pren­sión entre madres e hijas, la acep­ta­ción de una iden­ti­dad mul­ti­cul­tu­ral, y las sor­pren­den­tes impli­ca­cio­nes que la vida de los ante­pa­sa­dos puede ejer­cer en gene­ra­cio­nes pos­te­rio­res. El valle del asom­bro es la madu­rez lite­ra­ria de una autora con­sa­grada. Se ha hecho espe­rar, y el resul­tado es redondo.

GEMMA RAQUEL GARCÍA (@gemmaraquel)

Portada leer en abril 251Una ver­sión de este artículo fue publi­cada en el número de abril de 2014, 251, de la Revista LEER (cóm­pralo en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE o, mejor aún, sus­crí­bete).

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