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La Historia al rescate de la razón

El posmodernismo puede sonarnos a viejo, a amenaza amortizada, pero sus síntomas y consecuencias están más vigentes que nunca. Cabe reconocerlos en el populismo, la posverdad o en la arrogancia adanista de ciertos movimientos sociales que pretenden cambiar un mundo que ignoran por completo. Hay una disciplina especialmente concernida por este estado de cosas. Que se alimenta de analizar las continuidades diacrónicas que el posmodernismo niega. Se trata de la historia. Dos historiadores, FRANCISCO ERICE y GUTMARO GÓMEZ BRAVO, conversan al respecto para LEER.

EriceGutmaro

Desde la his­to­ria ha levan­tado recien­te­mente una crí­tica metó­dica del pos­mo­der­nismo y sus con­se­cuen­cias Fran­cisco Erice, cate­drá­tico de His­to­ria Con­tem­po­rá­nea de la Uni­ver­si­dad de Oviedo y autor de En defensa de la razón (Siglo XXI). Lo hace como mili­tante de una tra­di­ción his­tó­rica mar­xista o mate­ria­lista que, más allá de sen­si­bi­li­da­des ideo­ló­gi­cas, se antoja una ata­laya per­fecta para iden­ti­fi­car las secue­las de la tor­menta pos­mo­derna y pro­po­ner un retorno a la racio­na­li­dad his­tó­rica, renun­ciando a los gran­des rela­tos pero no a una com­pren­sión de la reali­dad en el tiempo. Sobre la bata­lla del sen­tido, las lec­cio­nes que la his­to­ria y su método puede ofre­cer a una socie­dad res­pon­sa­ble y la situa­ción aca­dé­mica de la dis­ci­plina, Borja Mar­tí­nez ha con­ver­sado con Erice y Gut­maro Gómez Bravo, pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad Com­plu­tense de Madrid y uno de los con­tem­po­ra­neís­tas más rele­van­tes de una gene­ra­ción lla­mada a tomar el tes­tigo de la de Erice al frente de la uni­ver­si­dad española.

Gut­maro Gómez Bravo: Es un libro intere­sante por muchas razo­nes. La pri­mera es de orden per­so­nal. Yo mismo comencé una tesis sobre his­to­ria social bri­tá­nica que final­mente aban­doné. De algún modo me des­acon­se­ja­ron seguir esa línea por­que ya no estaba de moda. Así que el libro de Fran­cisco me ha tocado de lleno, y como yo debe de haber mucha gente que ha visto cues­tio­nada en el mundo uni­ver­si­ta­rio esa his­to­ria social, que aquí como en todas par­tes estaba en un momento muy bueno antes de que entrara en cri­sis. Lo cual nos lleva a pre­gun­tar­nos por qué hemos ido aban­do­nando una línea plau­si­ble para enten­der la his­to­ria y el pre­sente, una meto­do­lo­gía que hacía racio­nal­mente com­pren­si­ble el mundo, y útil por tanto para inten­tar cam­biar aque­llas cosas que nos parece que están mal y hacerlo de una manera inte­li­gi­ble y colec­tiva. Todo eso se ha desin­te­grado, aun­que el len­guaje polí­tico sigue uti­li­zando aque­llos refe­ren­tes. No hay pro­yecto de futuro pero todo es reuti­li­zar con­cep­cio­nes del pasado, para el con­senso o para el con­flicto. Creo que lo que Erice pro­pone es recons­truir el racio­na­lismo, el mate­ria­lismo y la his­to­ria. El libro es una crí­tica abierta y cons­truc­tiva del pos­mo­der­nismo y ofrece un esbozo de con­tra­pro­puesta para recu­pe­rar esa fun­cio­na­li­dad crí­tica de la his­to­ria en el presente.

Fran­cisco Erice: Esas son las pre­ten­sio­nes bási­cas del libro. No es un tra­tado sis­te­má­tico, y por tanto hay muchas cues­tio­nes que que­dan sim­ple­mente esbo­za­das. Lo que pre­tende es abrir el debate. Lle­va­mos muchos años de cor­te­sía mal enten­dida entre los his­to­ria­do­res, según la cual cri­ti­car deter­mi­na­dos plan­tea­mien­tos de los cole­gas es visto como una des­ca­li­fi­ca­ción. Yo he inten­tado com­pa­gi­nar la crí­tica abierta, en un tono polé­mico deli­be­rado, con la valo­ra­ción posi­tiva de los avan­ces inne­ga­bles que se han pro­du­cido en his­to­rio­gra­fía en los últi­mos años. Sería absurdo y casi nihi­lista defen­der que tene­mos que vol­ver a posi­cio­nes ante­rio­res, encas­ti­llán­do­nos en la defensa del viejo racio­na­lismo trai­cio­nado y vul­ne­rado por la irrup­ción bru­tal del pos­mo­der­nismo. No se trata de eso, sino de ver si somos capa­ces de con­ti­nuar una línea, yo creo que fér­til, que desa­rro­lló la mejor tra­di­ción mate­ria­lista, enca­de­narla con la reali­dad y las situa­cio­nes actua­les, ana­li­zar lo que hay que adap­tar y lo que no e incor­po­rar los desa­rro­llos inte­lec­tua­les que ha habido desde enton­ces y que han apor­tado muchas con­si­de­ra­cio­nes valio­sas. Y hacer una crí­tica de aque­llos aspec­tos que a par­tir de los 70 y 80 del siglo XX inten­ta­ron reorien­tar la his­to­rio­gra­fía hacia posi­cio­nes que en el libro se cali­fi­can fun­da­men­tal­mente de irra­cio­na­lis­tas, por­que sus pro­pios defen­so­res se con­si­de­ran crí­ti­cos radi­ca­les de todo lo que tiene que ver con el racio­na­lismo ilus­trado. No habla­ría, evo­cando al viejo Luckács, de asalto a la razón, pero sí de una renun­cia a la expli­ca­ción his­tó­rica; y de la intro­duc­ción de ideas y con­cep­tos que rom­pen con la racio­na­li­dad misma de la cons­truc­ción his­tó­rica. Hay que inten­tar replan­tear todo esto, seña­lar los ele­men­tos posi­ti­vos que haya podido haber, como la denun­cia de los tele­olo­gis­mos y de las visio­nes cerra­das de pro­greso, que hoy son inde­fen­di­bles. Puede res­ca­tarse cierta crí­tica a los vie­jos rela­tos, a las visio­nes dema­siado rígi­das y meca­ni­cis­tas del desa­rro­llo his­tó­rico, y vol­ver a reanu­dar ese hilo en parte inte­rrum­pido, aun­que siem­pre ha habido una enorme plu­ra­li­dad en la his­to­rio­gra­fía y siem­pre ha habido his­to­ria­do­res que han seguido defen­diendo esos prin­ci­pios. Pero los plan­tea­mien­tos intro­du­ci­dos por el pos­mo­der­nismo supo­nen en gene­ral una desorien­ta­ción y una defor­ma­ción de lo que tiene que ser la cons­truc­ción de una his­to­ria renovada.

El para­digma del mate­ria­lismo his­tó­rico se vio per­ju­di­cado por la cri­sis del socia­lismo real. Desorien­ta­dos y no sin difi­cul­tad, los par­ti­dos pro­gre­sis­tas refor­mu­la­ron sus pro­pues­tas y encon­tra­ron en las cau­sas de las iden­ti­da­des y las mino­rías un nuevo foco de legi­ti­ma­ción con que sus­ti­tuir par­cial­mente el dis­curso de clase. En este con­texto se desa­rro­lla una fuerte ten­den­cia pre­sen­tista y la his­to­ria des­a­pa­rece de los deba­tes públi­cos clave. ¿Hay una rela­ción entre estos fenó­me­nos?

F_E_: Son cosas rela­cio­na­das pero dis­tin­tas. Creo que el replan­tea­miento de la fun­ción social de la his­to­ria tiene mucho que ver con que el pos­mo­der­nismo es hos­til a cual­quier idea de ver­dad obje­tiva. Es escép­tico sobre el cono­ci­miento racio­nal y por tanto actúa como una autén­tica bomba de pro­fun­di­dad en la racio­na­li­dad his­tó­rica. Si la his­to­ria no sirve para com­pren­der racio­nal­mente la reali­dad, tiene unas fun­cio­nes y una uti­li­dad bas­tante limi­ta­das. Por otro lado, los usos de la his­to­ria en el pre­sente siem­pre están vin­cu­la­dos a los con­tex­tos his­tó­ri­cos y socia­les de cada momento. La his­to­ria siem­pre está implan­tada polí­ti­ca­mente. Y los usos pre­sen­tis­tas pue­den ser legí­ti­mos en tanto que coin­ci­dan con una cons­truc­ción racio­nal y meto­do­ló­gi­ca­mente correcta de la his­to­ria. No lo son cuando lo que se viene a plan­tear es la pura y sim­ple pro­yec­ción de esque­mas polí­ti­cos, que por la mera mani­pu­la­ción vie­nen a dina­mi­tar cual­quier tipo de racio­na­li­dad his­tó­rica. El pos­mo­der­nismo por ejem­plo puede rela­cio­narse con la idea de pos­ver­dad, en la medida que es rela­ti­vista y con­si­dera que no exis­ten posi­bi­li­da­des de cons­truir una ver­dad obje­tiva, sino que hay muchas visio­nes dis­tin­tas e igual­mente legí­ti­mas, afec­ten al aná­li­sis de la reali­dad o sean fic­cio­na­les. El revi­sio­nismo puede ser visto super­fi­cial­mente como una forma de posverdad.

G_G_B_: El libro de Erice es tam­bién una defensa del ofi­cio del his­to­ria­dor y un manual para los his­to­ria­do­res del siglo XXI. Hay una noción impor­tante en nues­tro tra­bajo, que es la iden­ti­fi­ca­ción del tiempo. Si hay algo que sabe­mos hacer los his­to­ria­do­res es estu­diar el tiempo. El pos­mo­der­nismo rompe cons­tan­te­mente las con­ti­nui­da­des. Busca ins­tan­tes ven­di­bles, con­su­mi­bles como titu­la­res, y rompe lo gene­ral, lo que puede ser racio­nal o con­ti­nuo. Y esa idea, que yo creo que está muy pre­sente en el libro de Fran­cisco, que es la noción de sis­tema. Hoy lo des­co­nec­ta­mos todo, todo es ins­tante, todo es rup­tura, todo es ahora. Cuando todo es momento his­tó­rico no es posi­ble crear secuen­cias que conec­tan racio­nal­mente el pasado y que legi­ti­man deter­mi­na­das reali­da­des. Hay una dis­per­sión absoluta.

F_E_: Hay que decir que el pos­mo­der­nismo no es una cons­truc­ción arbi­tra­ria. Y yo he inten­tado darle cierta cohe­ren­cia, afir­mar la exis­ten­cia del pos­mo­der­nismo aun­que tenga mani­fes­ta­cio­nes muy diver­sas. Por­que una de las obje­cio­nes habi­tua­les cuando se habla de esto es ¿qué es eso del pos­mo­der­nismo? Yo no me reco­nozco en esto, dicen muchos pos­mo­der­nos. Así que intento situar cuá­les son los ele­men­tos clave de esta corriente de pen­sa­miento, que tiene múl­ti­ples varian­tes pero tam­bién muchos ele­men­tos de cone­xión, y uno de ellos es la frag­men­ta­ción, la dis­per­sión, que a veces se dis­fraza enga­ño­sa­mente de plu­ra­lismo. Se esta­blece una cone­xión un tanto tram­posa entre la tota­li­za­ción y las inter­pre­ta­cio­nes meca­ni­cis­tas y rígi­das de la reali­dad y se plan­tean como alter­na­ti­vas la plu­ra­li­dad, la dife­ren­cia, la frag­men­ta­ción, la diver­si­dad de sen­tido como una forma de enri­que­ci­miento de pers­pec­ti­vas sobre la reali­dad. Esto es abso­lu­ta­mente enga­ñoso. Esa frag­men­ta­ción con­duce a la incom­pren­sión de la reali­dad. Es impo­si­ble ana­li­zar la reali­dad supo­niendo que no exis­ten rela­cio­nes cau­sa­les entre los dife­ren­tes ele­men­tos de esa reali­dad y sub­ra­yando las frag­men­ta­cio­nes y las rup­tu­ras a par­tir de las cua­les sur­gen reali­da­des nue­vas. Eso supone la nega­ción misma de la racio­na­li­dad his­tó­rica. Opo­ner a eso una visión tota­li­za­dora, meta­fí­sica, una espe­cie de amal­gama de blo­que que fun­ciona hacia el futuro según una idea uni­li­neal de pro­greso tam­bién es una solu­ción falsa. Sería defen­der algu­nas de las vie­jas cer­te­zas que yo creo que han sido supe­ra­das por las crí­ti­cas y la reali­dad del pre­sente. Pero hay que tra­tar de recons­truir una racio­na­li­dad que nos per­mita enten­der, por ejem­plo, algo que el pos­mo­der­nismo nos impide com­pren­der, que es la rela­ción entre lo polí­tico y lo social. Uno de los ele­men­tos clave de las mani­fes­ta­cio­nes de la poli­to­lo­gía pos­mo­derna es la rup­tura y diso­lu­ción de lo social. Se con­vierte en un invento más que en una reali­dad en sí misma. Esta rup­tura entre los dife­ren­tes ele­men­tos de la reali­dad, que se frag­men­tan, se diver­si­fi­can; esta idea de que no existe un sen­tido que agrupe esos frag­men­tos den­tro de una cierta cone­xión inte­li­gi­ble me parece que es tre­men­da­mente peli­grosa y que es el gran ger­men de la irra­cio­na­li­dad. Y la irra­cio­na­li­dad con­duce a la inde­fen­sión. Si uno quiere actuar sobre la reali­dad nece­sita com­pren­derla. Si no, se deja lle­var por las emo­cio­nes, por los sen­ti­mien­tos, que tam­bién es algo muy típico de las pro­pues­tas polí­ti­cas pos­mo­der­nas. Dicho esto, aña­diré que otro de los obje­ti­vos de este libro es entrar de manera obli­cua, indi­recta, en un debate polí­tico. Que tiene que ver con las ideo­lo­gías que en parte infor­man a los nue­vos movi­mien­tos socia­les. No como blo­que, en con­junto y con sus razo­nes y su lógica, sino con la impreg­na­ción de esos movi­mien­tos de este tipo de ideas o con deter­mi­na­das pers­pec­ti­vas polí­ti­cas que tie­nen sus nom­bres y sus ape­lli­dos. No pre­tende ser un ale­gato directo con­tra estas mani­fes­ta­cio­nes sino una lla­mada de aten­ción crí­tica a una vieja izquierda que hizo durante mucho tiempo del racio­na­lismo su seña de iden­ti­dad y que al pare­cer lo está aban­do­nando sobre la base de pro­pues­tas volun­ta­ris­tas, eti­cis­tas, que son las úni­cas que se pue­den fun­da­men­tar en esa espe­cie de inde­ter­mi­nismo frag­men­tado pos­mo­derno. Ya que no se puede fun­da­men­tar una pro­puesta racio­nal a par­tir del aná­li­sis de la reali­dad, la res­puesta ter­mina limi­tán­dose a una serie de acti­tu­des o moti­va­cio­nes pura­mente sub­je­ti­vas, psi­co­ló­gi­cas y emo­cio­na­les. Por eso el libro entra en debate no tanto con lo que podría­mos lla­mar una his­to­rio­gra­fía con­ser­va­dora, sino con aque­lla que en parte se reivin­dica, desde el punto de vista de su pro­yec­ción polí­tica y social, como de izquier­das, para entendernos.

No se observa en la izquierda hege­mó­nica actual una dis­po­si­ción a retor­nar polí­ti­ca­mente a esa vía racio­na­lista. No diga­mos en aque­llos pro­yec­tos recien­tes cons­trui­dos sobre la emo­cio­na­li­dad y las identidades.

F_E_: El libro ter­mina con una metá­fora del Marx joven: el arma de la crí­tica no puede sus­ti­tuir a la crí­tica de las armas. Aun­que, aña­día, la teo­ría es una fuerza his­tó­rica si prende en las masas. Un libro, evi­den­te­mente, ejerce el arma de la crí­tica. Pero la recons­truc­ción de una his­to­ria crí­tica, mate­ria­lista, racio­na­lista en el siglo XXI, como en el siglo XX, tiene mucho que ver con los movi­mien­tos polí­ti­cos y socia­les vigen­tes. Tiene que exis­tir una cierta cone­xión, aun­que no sea mecá­nica ni mediata. Los deba­tes inte­lec­tua­les se pue­den desa­rro­llar durante un cierto tiempo en una lógica interna y pura­mente teó­rica, pero en última ins­tan­cia se resuel­ven tam­bién en el ámbito de lo polí­tico y de lo social. Y la defensa de la razón tiene que par­tir de una real­po­li­tik de la razón. Aque­llo que decía Bre­cht de que la razón triun­fará en la medida que triun­fen los que razo­nan. Las gran­des bata­llas inte­lec­tua­les son bata­llas que tam­bién se libran en el ámbito de lo polí­tico. No parece que se vis­lum­bren pro­yec­tos polí­ti­cos que tien­dan pre­ci­sa­mente al refor­za­miento de esa idea racio­na­lista de la izquierda. Desde hace déca­das hay un cierto des­piste, un intento de super­vi­ven­cia en situa­cio­nes hos­ti­les, aga­rrán­dose a lo que va sur­giendo. Que con fre­cuen­cia son fenó­me­nos de inte­rés; lejos de mi inten­ción minus­va­lo­rar la impor­tan­cia de los movi­mien­tos socia­les. Pero tam­bién hay movi­mien­tos que, res­pon­diendo a pro­ble­mas reales, ofre­cen solu­cio­nes dis­tor­sio­na­das, de carác­ter mís­tico, irra­cio­na­lista… Eso hay que incor­po­rarlo, pero a tra­vés de un pro­yecto racio­nal que per­mita no sumar sino mul­ti­pli­car, por­que si no enten­de­mos el mundo es impo­si­ble cam­biarlo. En estos momen­tos yo creo que el debate inte­lec­tual está más avan­zado que un pro­yecto polí­tico que de alguna manera pueda ser­vir de corre­lato. Así que la única salida es el opti­mismo de la volun­tad, aun­que sea una época difí­cil para el opti­mismo. Pero si surge un pro­yecto será tam­bién con la ayuda de la crí­tica. Vol­va­mos a recu­pe­rar los vie­jos ele­men­tos que per­mi­tie­ron cons­truir una estra­te­gia, una alter­na­tiva racio­nal, pero no lo haga­mos de una manera sec­ta­ria y exclu­yente. Inten­te­mos inte­grar, de la misma manera que en otros tiem­pos Marx y Engels inten­ta­ron inte­grar los ele­men­tos más intere­san­tes, posi­ti­vos y razo­na­bles de las corrien­tes inte­lec­tua­les de su tiempo. No hay manera de cons­truir un pro­yecto de trans­for­ma­ción social si no es sobre la base de la inte­gra­ción. No pura­mente ecléc­tica, sino sobre unos fun­da­men­tos y ali­nea­mien­tos que son los que hay que ir deba­tiendo entre todos.

G_G_B_: En el ámbito crí­tico, en efecto, se ha avan­zado mucho más que en la defi­ni­ción de un pro­yecto polí­tico. Esta­mos en una época en que ese nexo no se ha recons­truido, y quizá ahí esté una de las pro­pues­tas más intere­san­tes del libro, cómo el mundo inte­lec­tual puede ser­vir a esa rede­fi­ni­ción de un pro­yecto racio­nal y colec­tivo, que es algo muy fácil de decir pero muy difí­cil de cons­truir. En defensa de la razón es un libro de amplio espec­tro para ver el reco­rrido inte­lec­tual y cul­tu­ral de la izquierda prác­ti­ca­mente desde la Ilus­tra­ción, aun­que cen­trado en los últi­mos cin­cuenta años. Los nue­vos movi­mien­tos socia­les han hecho unas lec­tu­ras en el corto plazo de los argu­men­tos o de los con­cep­tos que les sir­ven, desechando los que no, pres­cin­diendo de ese ele­mento de aná­li­sis, de con­fron­ta­ción de las tesis que con inde­pen­den­cia de las varian­tes polí­ti­cas –socia­lismo, comu­nismo, anar­quismo– era algo intrín­seco al mate­ria­lismo. Ha pasado con la lec­tura de Laclau, con la lec­tura de Gramsci de la hege­mo­nía, que tam­bién ana­liza Fran­cisco. Está pasando con el femi­nismo, que se ha des­vin­cu­lado del con­cepto de clase. Hemos pasado de cierta infla­ción de tra­ba­jos sobre la his­to­ria del tra­bajo a prác­ti­ca­mente no tener nada. Y eso quiere decir que damos por hecho que las rela­cio­nes labo­ra­les, que son socia­les bási­ca­mente, son como son y for­man parte de un estado de natu­ra­leza. Erice lo mues­tra muy cla­ra­mente en la última parte del libro a modo de pro­puesta, en lugar de ir a una con­fron­ta­ción de blo­ques con el mundo con­ser­va­dor, que es lo que se espera.

F_E_: Una de las cosas que más me preo­cu­pan, como viejo que soy, es el poco sen­tido crí­tico entre los his­to­ria­do­res jóve­nes con res­pecto a algu­nos de estos con­cep­tos o ten­den­cias. Tie­nen una for­ma­ción meto­do­ló­gica incom­pa­ra­ble con la gente de mi gene­ra­ción, pero tie­nen muchas menos cau­te­las desde el punto de vista inte­lec­tual. Algu­nos han empe­zado a intere­sarse por estos movi­mien­tos de manera bas­tante acrí­tica, y a veces uti­li­zan nom­bres como autén­ti­cos man­tras sin saber lo que está detrás. Yo he estado en deba­tes donde algu­nas his­to­ria­do­ras jóve­nes habla­ban de Judith Butler con autén­tica ado­ra­ción. Me parece muy bien, pero su uti­li­za­ción, como la de otros nom­bres como Fou­cault, que sigue siendo una espe­cie de gran dios, recuerda a veces un poco al feti­chismo de los vie­jos mili­tan­tes de la izquierda tra­di­cio­nal cuando se hablaba de Marx y de Lenin. Es una espe­cie de endio­sa­miento de deter­mi­na­das figu­ras que yo creo que tam­bién res­ponde a la bús­queda de suce­dá­neos. Si las vie­jas gene­ra­cio­nes mili­tan­tes se afe­rra­ban a deter­mi­na­dos refe­ren­tes sacra­li­za­dos, los nue­vos colec­ti­vos movi­li­za­dos hacen algo bas­tante pare­cido. Las crí­ti­cas que se hacían a la vieja his­to­ria del movi­miento obrero, cam­biando los con­tex­tos y las situa­cio­nes, son tras­la­da­bles por ejem­plo a la his­to­ria de las muje­res. Hay cierto esen­cia­lismo y fun­da­men­ta­lismo, y es ver­dad que cierto nivel de creen­cia puede ser un estí­mulo para la acción, pero lo preo­cu­pan­tes es cuando eso se con­vierte en el ele­mento estruc­tu­ral de un movi­miento. Todos nos deja­mos lle­var a veces por las emo­cio­nes. El pro­blema es cons­truir exclu­si­va­mente sobre la base de la polí­tica de las emo­cio­nes. Gramsci decía que el pue­blo siente y los inte­lec­tua­les pien­san, pero que hay que ele­var al pue­blo a una nueva con­di­ción inte­lec­tual, superar las limi­ta­cio­nes de lo pasio­nal y lo emo­tivo. Eso es impor­tante. Y los his­to­ria­do­res jóve­nes de alguna manera se dejan lle­var por sus pasio­nes polí­ti­cas. Otras veces sim­ple­mente por las modas his­to­rio­grá­fi­cas. Citar deter­mi­na­dos nom­bres se con­vierte en una patente de entrada en el gre­mio. Estos tics segu­ra­mente son inevi­ta­bles, pero creo que hay que inten­tar recon­du­cir­los. Tene­mos que saber exac­ta­mente qué esta­mos diciendo cuando cita­mos o men­cio­na­mos algo o a alguien, por­que a lo mejor esta­mos diciendo cosas que no que­re­mos decir, y tene­mos que ser cons­cien­tes de lo que hay detrás de deter­mi­na­dos refe­ren­tes. Me parece impor­tante hablar de todo esto de una manera madura y cons­truc­tiva y no cai­nita y exclu­yente. Lo cual no sig­ni­fica abdi­car de las con­vic­cio­nes ni dejar de defen­der­las con vehe­men­cia, pero sí enten­der las razo­nes y los argu­men­tos de los otros y ser cons­cien­tes de que, y no es un tópico, sólo pode­mos avan­zar sobre la base del debate y la correc­ción mutua, de pun­tos de encuen­tro para la evo­lu­ción de la socie­dad y de la his­to­ria como disciplina.

Hablas de pre­pa­ra­ción meto­do­ló­gica, pero llama la aten­ción que un pro­fe­sio­nal de la his­to­ria pueda hacer com­pa­ti­ble esa for­ma­ción sofis­ti­cada y pro­lija con un acer­ca­miento acrí­tico a deter­mi­na­das reali­da­des o fenó­me­nos. Quizá sea el momento, en las asig­na­tu­ras de méto­dos y téc­ni­cas his­to­rio­grá­fi­cas, de pre­ve­nir expre­sa­mente con­tra la emo­cio­na­li­dad. ¿Cómo veis a vues­tros alum­nos y a quie­nes empie­zan a tra­ba­jar ahora?

F_E_: Yo dis­tin­gui­ría entre los alum­nos de grado y los de más­ter y doc­to­ran­dos. En for­ma­ción básica, la capa­ci­dad de recep­ción de estos deba­tes es limi­tada por la falta de cono­ci­mien­tos pre­vios. En el otro nivel sí veo este tipo de pro­pen­sio­nes, y la con­ta­mi­na­ción de con­cep­tos y tér­mi­nos es ver­da­de­ra­mente preo­cu­pante. Todo son per­for­ma­ti­vi­da­des, dife­ren­cias, con­tin­gen­cias, hete­ro­ge­nei­da­des. En los títu­los de los tra­ba­jos y en sus plan­tea­mien­tos pro­li­fera esa espe­cie de cul­tu­ra­lismo extremo y abso­lu­ta­mente acrí­tico. En cuanto a la buena for­ma­ción meto­do­ló­gica de los alum­nos, sobre todo de los que se ini­cian en la inves­ti­ga­ción, es algo que tengo muy claro. Yo per­te­nezco a una de las últi­mas pro­mo­cio­nes de la uni­ver­si­dad fran­quista y si se echa la vista atrás se apre­cia un avance enorme. Los jóve­nes his­to­ria­do­res saben mucho mejor que noso­tros lo que está pasando en el resto del mundo en mate­ria his­to­rio­grá­fica. No hay en España una corriente reno­va­dora y autóc­tona que haya tenido reso­nan­cia inter­na­cio­nal, como la micro­his­to­ria ita­liana o la his­to­ria de las men­ta­li­da­des fran­cesa, pero se hacen cosas muy pare­ci­das y a un nivel simi­lar. Lo que pasa es que esa otra for­ma­ción que no es estric­ta­mente his­to­rio­grá­fica, que es socio­ló­gica, antro­po­ló­gica, filo­só­fica tam­bién, creo que sí les falta a los alum­nos de ahora. Habla­mos mucho de inter­dis­ci­pli­na­ri­dad, pero supri­mi­mos radi­cal­mente de los pla­nes de estu­dio las asig­na­tu­ras que no son de las nues­tras, como antro­po­lo­gía, filo­so­fía, lite­ra­tura o socio­lo­gía. Todo eso no entra en los pla­nes de estu­dio, y segu­ra­mente es un pro­blema. En cuanto al tema de la emo­cio­na­li­dad o la emo­ti­vi­dad, siem­pre me ha gus­tado mucho aque­lla expre­sión de Hobs­bawn, que lla­maba a sus­ti­tuir la emo­ción de izquier­das por la razón de izquier­das. La emo­ción de izquier­das te hace anhe­lar un pasado glo­rioso, la razón de izquier­das te hace ver que ese pasado no puede resu­ci­tar. La emo­ción de izquier­das tiene que ver con lo que es desea­ble; la razón de izquier­das, con lo que es posi­ble. Si que­re­mos cons­truir un pro­yecto igua­li­ta­rio y demo­crá­tico de con­vi­ven­cia social y polí­tica tene­mos que par­tir de lo que es posi­ble y fac­ti­ble, lo cual tiene que ver con la reali­dad en la que se vive, y la reali­dad hay que enten­derla. Esa idea de la razón no es menos­pre­ciar los sen­ti­mien­tos, las emo­cio­nes y los anhe­los que hay detrás de la acción de las per­so­nas. Nadie lucha con­tra la explo­ta­ción por la teo­ría de la plus­va­lía, y efec­ti­va­mente la pasión forma parte –los clá­si­cos, desde Hegel, lo dicen muy bien– de los estí­mu­los de la acción, pero lo pro­pio de los seres huma­nos es racio­na­li­zar esas emo­cio­nes y con­ver­tir­las en algo via­ble, prác­tico y posi­tivo. Si nos deja­mos lle­var por la polí­tica de las emo­cio­nes nos con­ver­ti­mos en manipulables.

G_G_B_: Com­parto lo que estáis comen­tando. En una asig­na­tura de His­to­ria de España del siglo XX asis­ti­mos a cómo gente joven que ha vivido un periodo rela­ti­va­mente tran­quilo tras­lada su ideo­lo­gía a la clase. Hay emo­cio­nes, sí, pero lo que tra­du­cen ahí es su visión ideo­ló­gica del pasado. Y el pro­fe­sor tiene que hacer a veces de árbi­tro en un enfren­ta­miento entre esas visio­nes. Pasa incluso en los más­ter. La gente llega con ideas pre­con­ce­bi­das. Oiga, ¿usted viene aquí y paga 3.000 euros para defen­der algo de lo que ya está con­ven­cido de ante­mano? Hay un pro­blema de meto­do­lo­gía. Y hay otro asunto impor­tante si que­re­mos defen­der este ofi­cio. Se ha per­dido la valo­ra­ción de la fuente, y eso es un pro­blema admi­nis­tra­tivo e ins­ti­tu­cio­nal. No se trata sólo de ele­gir asig­na­tu­ras, o de que la gente quiera escri­bir la his­to­ria de su pue­blo, o de la vida coti­diana, o todo lo que lleve una cole­ti­lla cul­tu­ral o acabe en –ista. No se puede ter­mi­nar la carrera sin dar prio­ri­dad a las fuen­tes pri­ma­rias ni saber mane­jar los archi­vos, y real­mente no saben hacerlo. Hemos des­ca­be­zado el sis­tema de fuen­tes pri­ma­rias y a par­tir de ahí todo es inter­pre­ta­ción de la inter­pre­ta­ción y todo vale. Antes del tra­bajo de inter­pre­ta­ción y argu­men­ta­ción, antes de desa­rro­llar ese ejer­ci­cio racio­nal de escri­tura, tiene que haber un tra­bajo empí­rico. Te enfren­tas con doc­to­ran­dos que no es que sepan o no sepan, sino que tie­nen clara su tesis de ante­mano. Y por ahí se pierde el valor de la his­to­rio­gra­fía para, entre otras cosas, enten­der el presente.

F_E_: Tenía un curso hace años en el que siem­pre aca­bá­ba­mos hablando del Gobierno y tenía que acla­rar a los alum­nos que no se tra­taba de eso. Que enten­día que lo que yo les decía a lo mejor evo­caba cosas que tenían que ver con la reali­dad actual, pero les insis­tía en que se metie­ran un poco en las cues­tio­nes que se esta­ban plan­teando y se olvi­da­ran por un momento de la actua­li­dad. Refu­giarse en algo que teó­ri­ca­mente es más cono­cido es un recurso fácil cuando care­ces de refe­ren­cias sufi­cien­tes para plan­tear cues­tio­nes rele­van­tes. Actual­mente tengo un curso de más­ter sobre la cons­truc­ción cul­tu­ral de la memo­ria colec­tiva, Gut­maro sabe mucho de esto, y tam­bién me cuesta mucho con­ven­cer a aque­llos alum­nos sen­si­bi­li­za­dos, diga­mos, que asu­man una posi­ción crí­tica con res­pecto a los movi­mien­tos memo­ria­lís­ti­cos. Que no se dejen arras­trar por la pura emo­cio­na­li­dad o por la iden­ti­fi­ca­ción con deter­mi­na­das cau­sas, que pue­den tener obje­ti­vos plau­si­bles y razo­na­bles pero que no tie­nen que ser abor­da­dos con esa visión pre­crí­tica de la reali­dad. La memo­ria es impor­tante, pero la memo­ria es selec­tiva. Y los his­to­ria­do­res no pue­den dejar de lado reali­da­des. Cuando se habla de la memo­ria, por ejem­plo, no es que no se reco­nozca que hubo muer­tos y repre­sa­lia­dos en la reta­guar­dia repu­bli­cana, pero se olvida, se deja a un lado. Y la his­to­ria, los his­to­ria­do­res no pue­den hacer eso. Es muy impor­tante que sean auto­crí­ti­cos con sus pro­pias posi­cio­nes, capa­ces de cues­tio­narse con­vic­cio­nes impor­tan­tes en su com­por­ta­miento, en su rol social y en su vida coti­diana. For­mar a un his­to­ria­dor, for­mar bue­nos eru­di­tos, en el mejor sen­tido de la pala­bra, tiene mucho que ver con eso. Que en defi­ni­tiva el tra­bajo del his­to­ria­dor, que siem­pre es un tra­bajo de inves­ti­ga­ción sobre las fuen­tes y los docu­men­tos, no sea sus­ti­tuido por la pura pala­bre­ría y la pura retórica.

Sin renun­ciar a ellas, quizá las con­vic­cio­nes deban ser lo pri­mero que tiene que some­ter a crí­tica quien está haciendo cien­cia social y pre­tende, como decía antes Gut­maro, res­tau­rar la fun­cio­na­li­dad crí­tica de la his­to­ria en el pre­sente. Y en ese sen­tido es clave la reivin­di­ca­ción de las fuen­tes como ele­mento vigo­ri­zante de la ética del his­to­ria­dor y de su método. Cuando el his­to­ria­dor se enfrenta a una fuente la tiene que res­pe­tar, no puede for­zarla. Debe some­terla a aná­li­sis, sacar las con­clu­sio­nes opor­tu­nas, pero la fuente está ahí y ahí seguirá. Y esa pre­sen­cia fun­ciona como una baliza y un vigo­ri­zante del tra­bajo del his­to­ria­dor; como garan­tía del resul­tado a tra­vés del rigor en el método.

F_E_: Las mayo­res reti­cen­cias de los his­to­ria­do­res pro­fe­sio­na­les a asu­mir las ver­sio­nes más duras del pos­mo­der­nismo tie­nen que ver con la con­vic­ción pro­funda de que exis­ten docu­men­tos que nos ofre­cen ele­men­tos pro­ba­to­rios de algo que suce­dió. Hay una reali­dad pasada que tene­mos que recons­truir a tra­vés de una serie de méto­dos, de pro­to­co­los de actua­ción sobre esos docu­men­tos, res­tos del pasado que nos ofre­cen algo tan­gi­ble a lo que aga­rrar­nos para argu­men­tar en favor de nues­tra recons­truc­ción. El pos­mo­der­nismo cues­tiona hasta la pro­pia refe­ren­cia­li­dad de las fuen­tes his­tó­ri­cas; los his­to­ria­do­res inven­tan sus fuen­tes, viene a decir, por ejem­plo, Keith Jen­kins. Frente a eso, las fuen­tes ofre­cen un sano anclaje mate­ria­lista, si se me per­mite la expre­sión. Con mis ins­tru­men­tos, mis méto­dos de aná­li­sis, con una serie de fuen­tes, de docu­men­tos que me están hablando en reali­dad de esos hom­bres del pasado, algo estoy diciendo acerca de esa reali­dad del pasado. Creo que ese sano racio­na­lismo del his­to­ria­dor esgri­miendo sus fuen­tes es uno de los prin­ci­pa­les fac­to­res de resis­ten­cia frente al pos­mo­der­nismo. Un his­to­ria­dor no puede admi­tir que lo que está haciendo es una pura super­che­ría, o que es un tra­bajo crea­tivo, artís­tico, esté­tico pero no cien­tí­fico, por mucho que se le aña­dan mati­ces a lo que sig­ni­fica cien­tí­fico cuando se habla de cien­cias socia­les. Yo creo que esto es muy impor­tante, no se puede hacer una buena his­to­ria sin una buena eru­di­ción, sin un buen manejo de las fuen­tes, por­que se supone que esta­mos inter­pre­tando pro­ce­sos reales y por tanto nos tene­mos que ate­ner a esos ele­men­tos de la reali­dad. Recons­trui­dos, rein­ter­pre­ta­dos, rein­ser­ta­dos, pero debe­mos ate­ner­nos a ellos para acce­der al pasado.

G_G_B_: Las nue­vas gene­ra­cio­nes de his­to­ria­do­res tie­nen acceso a las mejo­res herra­mien­tas, pero eso no redunda en un mayor cono­ci­miento de las cosas, por lo que esta­mos viendo. Es algo que tam­bién tiene que ver con la natu­ra­leza de los deba­tes en España, siem­pre con una con­no­ta­ción polé­mica y algo cai­nita. Tene­mos que tener deba­tes, sí, pero no polé­mi­cas de confrontación.

F_E_: Este es un gre­mio poco dado a las polé­mi­cas, ade­más. Pri­mero por­que tra­di­cio­nal­mente los his­to­ria­do­res han tenido una visión un poco inge­nua, posi­ti­vista, del ofi­cio, según la cual noso­tros cons­trui­mos sobre la base de la reali­dad y son los filó­so­fos quie­nes pole­mi­zan y dis­cu­ten. Hay un cierto rechazo tra­di­cio­nal a lo que pue­den ser las dis­cu­sio­nes, más allá de las que vie­nen dadas por el pre­sen­tismo, por razo­nes polí­ti­cas o ideo­ló­gi­cas del intere­sado. Pero hay otra cues­tión gre­mial que influye en que haya pocas polé­mi­cas his­to­rio­grá­fi­cas, y es que los his­to­ria­do­res for­ma­mos parte de un sec­tor, el uni­ver­si­ta­rio, muy sen­si­ble al reco­no­ci­miento de su tra­bajo. Con fre­cuen­cia tene­mos más inte­rés por nues­tro pres­ti­gio pro­fe­sio­nal que por nues­tro sala­rio, y que alguien lo cues­tione resulta terri­ble­mente duro. La crí­tica es un ele­mento de auto­co­rrec­ción clave, pero noso­tros esta­mos poco acos­tum­bra­dos a ella. El de his­to­ria­dor es un ofi­cio en el que cada uno va a lo suyo, con la idea de que todo suma, y no es ver­dad que todo suma. Suma rela­ti­va­mente. A lo mejor resulta que esta­mos sumando en una direc­ción equi­vo­cada. Nos tene­mos que acos­tum­brar a dis­cu­tir con vehe­men­cia y con con­vic­ción, pero sin tirar­nos los tras­tos a la cabeza.

Revista LEER, número 297