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Los Salinas: amor, amor, catástrofe

El poeta decano del 27 (1891-1951), doblemente desterrado por la España franquista y la republicana que le reprochó haber huido recién comenzada la guerra, vivió una pasión furtiva que empujó a su esposa a un intento de suicidio. Todo ello lo descubrieron pasadas las décadas los dos hijos, Solita y Jaime (1925-2011), gran editor y memorialista. La correspondencia del padre y el hijo testimonian una vida de novela. Por VICENTE ARAGUAS

Pedro Salinas, doblemente desterrado por la España franquista y la republicana que le reprochó haber huido recién comenzada la guerra, vivió una pasión furtiva que empujó a su esposa a un intento de suicidio.Titulada como el primer verso de uno de los poemas de ‘La voz a ti debida’, Ainhoa Amestoy, premio ADE de Dirección 2019, dirige ‘Amor, amor, catástrofe’, la aproximación dramática de Julieta Soria al triángulo amoroso formado por Salinas, Katherine Whitmore y Margarita Bonmatí.

Mi pro­fe­sor de Lite­ra­tura en el Ins­ti­tuto Con­cep­ción Are­nal de Ferrol, don Vic­to­rino López, curso 65–66, me dio a cono­cer a Pedro Sali­nas, ape­nas citado en el manual con­sa­bido; más que Alberti, desde luego, que direc­ta­mente no apa­re­cía. Cer­nuda tam­poco, pero eso por inad­ver­ten­cia del autor; Alberti, por rojo. Lo que no era Sali­nas, en todo caso doble­mente des­te­rrado en su exi­lio ame­ri­cano de la España en manos de “Paca, la franca mona”, genial­mente bru­tal poema (hay vida-Salinas más allá de La voz a ti debida) y de cierta España repu­bli­cana que le repro­chaba no solo haberse ido de San­tan­der con la gue­rra ape­nas comen­zada, sino tam­bién el no tomar par­tido en aque­llas dis­cu­sio­nes bizan­ti­nas con gal­gos y poden­cos (las derro­tas impli­can tam­bién esto).

Pero Sali­nas bien sabía que lo suyo era otra cosa; el orden poé­tico y eru­dito en medio de un mundo que se venía abajo. A su íntimo Jorge Gui­llén bien que le echa­ron en cara el verso que dice, sigue diciendo, que el mundo está bien hecho. Lo está; son los hom­bres los que lo echan abajo. Por eso Pedro Sali­nas se cebó, hablando en verso, con el Cham­ber­lain que tra­pi­cheaba con la bes­tia nazi, Franco o la bomba ató­mica. Por­que venían siendo arie­tes con­tra el mundo aquel que había cono­cido, opues­tas las voces libres a la monar­quía de Alfonso XIII (y su camar­lengo, Primo de Rivera) y a favor de la Segunda Repú­blica. Tam­bién por­que con la Repú­blica vino a España Kat­he­rine Prue Reding, luego des­pués Kat­he­rine Whit­more. Com­pa­ñera de aula –ahora entiendo que como alumna oyente– de don Vic­to­rino López, el curso 1932–33. En Filo­so­fía y Letras, Uni­ver­si­dad Cen­tral, ambos bajo la férula de Sali­nas. De ahí que mi pro­fe­sor me hablara no sola­mente del poeta de La voz a ti debida (apa­re­cido jus­ta­mente ese año de 1933) sino de aque­lla mucha­cha de la que se decía sotto voce que era amante de tan serio pero muy afa­ble, y cas­tizo, profesor.

Depor­tista, fuma­dora, inde­pen­diente, via­jera, Kat­he­rine venía a ser la otra cara de la moneda de la esposa de Sali­nas, Mar­ga­rita Bon­matí. Y a ella se aco­gió el poeta en busca de la otre­dad con­for­ta­ble que ansiaba

Y tanto que eran aman­tes, Kat­he­rine y Sali­nas, pero de un modo muy espa­ñol, con esposa y que­rida, como nos con­fiesa Whit­more (ape­llido que toma de Bre­wer Whit­more, más tarde su marido) en el texto que acom­paña la edi­ción de las car­tas que Sali­nas le enviara desde ese año de 1932 hasta 1947. Con inter­va­los que acom­pa­san una rela­ción rela­ti­va­mente libre; Kat­he­rine –pro­ba­ble­mente una mucha­cha flap­per en los años 20, los 30 le cogen, sin duda, en la trein­tena, otra his­to­ria– repre­sen­taba algo muy dife­rente al mundo de Mar­ga­rita Bon­matí, la esposa entre­gada, sumisa. Kat­he­rine, depor­tista, fuma­dora, inde­pen­diente, via­jera, venía siendo la otra cara de la moneda. Y a ella se aco­gió su poeta en busca de la otre­dad con­for­ta­ble que tanto ansiaba. Pero que igual­mente había per­se­guido, y en ello coin­ci­den sus estu­dio­sos, Sali­nas en Mar­ga­rita, por lo demás esposa-madre, ocho años mayor que él. En Kat­he­rine, obvia­mente enamo­rada más del inte­lecto que del físico (silen­cio al res­pecto por todas las par­tes, pero no parece que hubiese habido entre ambos una gran inti­mi­dad, salvo epi­so­dios con­cre­tos, Ali­cante, Bar­ce­lona), bus­caba una afir­ma­ción a sus inse­gu­ri­da­des, una pro­tec­ción a su desamparo.

Pedro Salinas, doblemente desterrado por la España franquista y la republicana que le reprochó haber huido recién comenzada la guerra, vivió una pasión furtiva que empujó a su esposa a un intento de suicidio.
La última reunión del grupo del 27 antes de la Gue­rra. Pedro Sali­nas, en sepia entre Lorca y Alberti, no faltó al home­naje a Luis Cer­nuda (sen­tado en la cabe­cera de la mesa junto a Con­cha Mén­dez) por la publi­ca­ción de ‘La reali­dad y el deseo’ cele­brado el 29 de abril de 1936 en el res­tau­rante Los Gala­yos de Madrid. Entre otros asis­ten­tes, de pie, de izquierda a dere­cha, Vicente Alei­xan­dre, los cita­dos Lorca, Sali­nas y Alberti, Pablo Neruda, José Ber­ga­mín, Manuel Alto­la­gui­rre y María Teresa León.

Tra­ge­dia de telé­fono blanco

Con todo sor­prende su silen­cio, ape­nas insi­nua­cio­nes, sobre el intento de sui­ci­dio ribe­reño de Mar­ga­rita Bon­matí, 1934, que pre­ci­pi­ta­ría la pri­mera rup­tura de Kat­he­rine con Pedro Sali­nas. Cul­pa­ble el telé­fono, mítico 61744 del que da noti­cia en una carta, del 15 de febrero, de 1934, pre­ci­sa­mente. Que Sali­nas tenía por par­tida doble, dos apa­ra­tos de lo que se ufana ante su corres­pon­sal, no otro que su íntimo Jorge Gui­llén. Esa dupli­ci­dad hizo que Mar­ga­rita escu­chase las con­ver­sa­cio­nes amo­ro­sas entre el esposo y su amante, pro­vo­cando tra­ge­dia y esa pri­mera rup­tura. La segunda, una vez que reen­con­tra­dos ambos en Esta­dos Uni­dos, 1937, antes toda­vía de que la fami­lia de Pedro vol­viese a reunirse con él, Kat­he­rine com­prende que todo sigue exac­ta­mente como estaba antes del inter­lu­dio bélico. Que es cuando Kat­he­rine Prue Reding, a punto ya de ser Whit­more, decide sol­tar ama­rras. Aún segui­rían en con­tacto epis­to­lar. Hasta el defi­ni­tivo encuen­tro, pri­ma­vera de 1951, poco antes de la muerte de Sali­nas, en Nort­ham­pton. Momento en que la musa dice a su poeta: «¿No entien­des por qué tuvo que ser así?». Y este, pala­bras de Kat­he­rine: «Me miró con tris­teza y con­testó: “No, la ver­dad es que no. Otra mujer, en tu lugar, se habría sen­tido muy afortunada”».

Kat­he­rine Whit­more: tan segura de ser ella la musa de libros tan eró­ti­ca­mente esplén­di­dos. Tan dura­de­ros en el tiempo y en el espa­cio. Mar­ga­rita Bon­matí tam­bién se lla­maba a ellos. Cono­ce­mos el epis­to­la­rio diri­gido por Sali­nas a quien habría de ser su esposa. Dife­rente, con otro tipo de lumi­no­si­dad, del enfo­cado hacia Kat­he­rine, segu­rí­sima ella de ser «la voz a ti debida». Y con razón, pues muchas car­tas de las reci­bi­das por la his­pa­nista ame­ri­cana expli­can a las cla­ras el pro­ceso de escri­tura de los poe­mas de amor sali­nia­nos. Un amor, según Gil de Biedma, de ligue de 5 a 7, dicho esto por el poeta cata­lán a Jaime Sali­nas, como recoge este en su libro de memo­rias Cuando edi­tar era una fiesta, de reciente edi­ción a cargo de Tus­quets, que ya diera a la prensa Tra­ve­sías, aquel memo­rial en sen­tido estricto que aca­baba justo con el hijo de Sali­nas entrando en Seix Barral, en la calle Pro­venza, a ini­ciarse, 1955, en el ofi­cio edi­tor. Y con­cuerda Sali­nas Jr. con el poeta de En favor de Venus con que un amor más com­pro­me­tido hubiera cua­drado poco con el carác­ter como­dón de su padre, poco dado a his­to­rias que rom­pie­sen con sus ruti­nas y cos­tum­bres, «capaz de gran­des pasio­nes siem­pre y cuando no impli­ca­ran tomas de posi­ción» (Jaime dixit). Bien que con­ce­diendo que aque­lla mar­cha a EEUU, sin fami­lia y con una anti­gua amante al otro lado del Atlán­tico ape­nas ini­ciada la gue­rra hubiese sido el único atisbo de rup­tura con la norma por parte de don Pedro.

Lo cuenta Jaime en esta suerte de memo­rias traí­das mara­vi­llo­sa­mente al pelo por Enric Bou, y com­pues­tas por car­tas del edi­tor (en Seix Barral, Alianza, Alfa­guara, Agui­lar) y direc­tor gene­ral del Libro y Biblio­te­cas a su amante islan­dés Gud­ber­gur Bergs­son y por tes­ti­mo­nios diver­sos (direc­tos, de ami­gos y cofra­des del autor de Tra­ve­sías) hasta com­ple­tar seme­jante rom­pe­ca­be­zas, de lec­tura gozo­sí­sima. Más para sali­nis­tas la pri­mera parte, la que desa­rro­lla menos el embo­lado pro­fe­sio­nal, y de alguna manera polí­tico, del edi­tor. Otra his­to­ria. Pero la que de ver­dad nos interesa a los enamo­ra­dos de quien nos supo, en la remota ado­les­cen­cia, de mano de don Vic­to­rino López, a su vez alumno de Sali­nas, des­cu­brir las fór­mu­las de ese sen­ti­miento a flor de piel que pudiera expre­sarse para siem­pre con ver­sos así: «Qué paseo de noche / con tu ausen­cia a mi lado / me acom­paña el sen­tir / que no vie­nes conmigo».

Pedro Salinas, doblemente desterrado por la España franquista y la republicana que le reprochó haber huido recién comenzada la guerra, vivió una pasión furtiva que empujó a su esposa a un intento de suicidio.
Inter­pre­tada por Juan Cañas y Daniel Ortiz (El poeta), Lidia Nava­rro (La dis­cí­pula) y Lidia Otón (La esposa) y estre­nada el verano pasado en San­tan­der, “Amor, amor, catás­trofe” lle­ga el 5 de mayo al Tea­tro Espa­ñol. El texto ha sido publi­cado por Edi­cio­nes Antígona.

Des­pués de esto, el silen­cio. El que se alza sobre la figura de Kat­he­rine Whit­more hasta el día en que Solita (no cono­ce­mos la fecha, sabe­mos la estu­pe­fac­ción del hijo) con­fía a su her­mano que su padre había tenido una amante; y al tiempo el sui­ci­dio no con­su­mado de Mar­ga­rita. Sabe­mos, por una carta de Jaime a Gud­ber­gur, que Solita hizo el relato «con una tor­peza impre­sio­nante». Y sigue Jaime: «Te lo cuento y te lo cuento con miedo. Mi madre era un ser tan frá­gil, tan menudo, tan sen­ci­llo y deli­cado al mismo tiempo que la veo como a una Ofe­lia de Ham­let». Pero para que todo siga enca­jando, de ese modo sico­dra­má­tico que con­juga lirica y épica, la pro­pia Solita Sali­nas de Mari­chal (ambos, Solita y su esposo, enfren­ta­dos a Jaime en algún momento por los dere­chos de repro­duc­ción de la obra paterna, nada que des­en­tone en la his­to­ria de la lite­ra­tura) intentó sui­ci­darse, tal como nos cuenta en otra de sus car­tas Jaime a su «Han de Islan­dia» (como le lla­ma­ban Car­los Barral y Jaime Gil de Biedma, como en Vic­tor Hugo).

Car­tas y secretos

Ese sui­ci­dio frus­trado es con­tado con la misma obje­ti­vi­dad pas­mosa con que Jaime Sali­nas, quien se con­fiesa mal lec­tor de poe­sía, relata a su corres­pon­sal la sere­ni­dad con que se enfrenta a un epi­so­dio en que le puede la infi­de­li­dad, pési­ma­mente aco­gido por su amante, de quien el libro repro­duce una carta tan car­ga­dí­sima de repro­ches que es, en sí, una anto­lo­gía de bole­ros o tan­gos o ran­che­ras para ilus­tra­ción de admi­ra­do­res del viejo género epis­to­lar. Del que Jaime se con­fiesa par­cia­lí­simo, para no defrau­dar a su padre, quien en los cie­los se encon­trará, dice con dul­zura iró­nica su hijo. Y por cierto, que digno de men­ción resulta el saber que Kat­he­rine y Jaime aca­ba­ron encon­trán­dose para hacer más reali­dad la novela que viene siendo, como en Mon­tse­rrat Escar­tín, la vida de don Pedro Sali­nas. Con­tada, ya se ve, a bas­tan­tes voces.

Y con­viene decir que Solita y Jaime, lle­gado el momento, cediendo –es de supo­ner– a pre­sio­nes sali­nis­tas y sali­nia­nas varia­das, per­mi­tie­ron que las car­tas a Kat­he­rine fue­ran publi­ca­das. Pues las car­tas, como es sabido y con­sa­bido, nunca son de los que las reci­ben, su con­te­nido lite­ra­rio, se entiende, sino de quien las envía o, en su defecto, mien­tras siguen vigen­tes los dere­chos de autor, de sus here­de­ros. Dis­tinto el caso, por supuesto, de la carta en sí, como objeto mate­rial, que sí per­te­nece al des­ti­na­ta­rio. Lo cierto es que dichas car­tas, dona­ción de Kat­he­rine a la Hough­ton Library, de la Uni­ver­si­dad de Har­vard, aca­ba­ron hallando el mejor aco­modo (la des­crip­ción que hace Jaime del estado en que se encon­tró pri­me­ras edi­cio­nes en nues­tra Biblio­teca Nacio­nal estre­mece: el manus­crito del Poema del Cid, avi­na­grado, tex­tual, por don Ramón Menén­dez Pidal para mejor descifrarlo).

Como su madre, la pro­pia Solita Sali­nas de Mari­chal intentó sui­ci­darse, tal y como cuenta su her­mano Jaime en otra de sus car­tas, con pas­mosa obje­ti­vi­dad, a su «Han de Islan­dia», Gud­ber­gur Bergsson

Pero fal­taba com­ple­tar la fiesta con su publi­ca­ción. Y ello, por un pudor extremo de los hijos de Pedro Sali­nas que, ya se ve, no que­rían ofen­der pós­tu­ma­mente a su madre, no se pudo dar hasta 2002. En que apa­re­ció, en her­mo­sí­sima edi­ción de Tus­quets, Car­tas a Kat­he­rine Whit­more. El epis­to­la­rio secreto del gran poeta del amor. Edi­tado y pro­lo­gado de nuevo por Enric Bou. Y epi­lo­gado, ya se dijo, por la pro­pia Kat­he­rine: donde ella tam­bién nos cuenta su ver­sión de los hechos con un pudor que no omite el orgu­llo de haber sido amada por tan inmenso poeta, el mismo que cerró su libro más genial con estos ver­sos: «Y su afa­noso sueño / de som­bras, otra vez, será el retorno / a esta cor­po­rei­dad mor­tal y rosa / donde el amor inventa su infi­nito». Ese «mor­tal y rosa» que, como es sabido, habría de titu­lar el mejor libro de Fran­cisco Umbral.

Que en lite­ra­tura el camino es, como en esos ver­sos, infi­nito. Como el des­co­no­ci­miento de Kat­he­rine Whit­more. Nacida en Kan­sas (en 1897), murió en 1982; que yo sepa no se sabe dónde, por más que tres años antes de su deceso fir­maba el citado epí­logo en Pasa­dena (Cali­for­nia). Ahora nos falta la bio­gra­fía de esta intré­pida his­pa­nista, autora de un par de libros rela­ti­vos a la len­gua y lite­ra­tura espa­ño­las, con­de­co­rada en 1953 con el Lazo de Dama de la Orden del Mérito Civil por «su gran labor fomen­tando las rela­cio­nes entre España y los Esta­dos Uni­dos». Y a fe que lo hizo. Ins­pi­rando a Sali­nas su monu­mento poé­tico. Lle­ván­dolo, tal vez, a su país, donde ejer­ce­ría la docen­cia en Welles­ley College, Ber­ke­ley y la Johns Hop­kins. Des­pués en la Uni­ver­si­dad de San Juan de Puerto Rico, donde se halla ente­rrado, en el anti­guo cemen­te­rio de Santa Mag­da­lena. Aun habiendo muerto en Bos­ton (1951), su dis­po­si­ción era que sus res­tos yacie­sen, si no en tie­rra espa­ñola, en un lugar pró­ximo, aun­que sola­mente lo fuera en su idioma cen­tral. El que había apren­dido en su infan­cia madri­leña, barrio de La Latina, donde naciera en 1891. Y en el que aca­ba­ría viviendo su hijo Jaime, en la casa fami­liar, claro que remo­zada, de la calle Don Pedro.

Pedro Salinas, doblemente desterrado por la España franquista y la republicana que le reprochó haber huido recién comenzada la guerra, vivió una pasión furtiva que empujó a su esposa a un intento de suicidio.
Jaime Sali­nas y Gud­ber­gur Bergs­son en Bar­ce­lona, hacia 1957.

Jaime Sali­nas, cos­mo­po­lita, tri­lin­güe irre­dento, cami­llero en la Segunda Gue­rra Mun­dial, edi­tor, ges­tor cul­tu­ral, memo­ria­lista, murió en Islan­dia en 2011 (había nacido en El Harrach, Arge­lia, en 1925). Sus ceni­zas, allí depo­si­ta­das por quien fuera su amante, his­pa­nista como Kat­he­rine Whit­more, Gud­ber­gur Bergs­son, fue­ron a parar al cemen­te­rio islan­dés de Grin­da­vik. Dejando tan solo un parén­te­sis en una his­to­ria defi­ni­ti­va­mente abierta. En una saga de papel que si arde es tan solo como una razón de amor, como un largo lamento.

Obras y amo­res de un poeta transterrado

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PEDRO SALINAS, UNA VIDA DE NOVELA
Mon­tse­rrat Escar­tín
Cáte­dra. Madrid, 2019

La de Pedro Sali­nas es cier­ta­mente una vida de novela, y ha ins­pi­rado, directa o indi­rec­ta­mente, un par de ellas. Debi­das a Muñoz Molina (La noche de los tiem­pos) y Susana For­tes (El amor no es un verso libre). Bien que en esa vida, por lo demás tan ruti­na­ria como sue­len ser las de los poetas-profesores –un tér­mino acu­ñado por el malé­volo Juan Ramón para Sali­nas y Gui­llén, dúo poé­tico tan inse­pa­ra­ra­ble como Indí­bil y Man­do­nio o Mauri-Maguregui–, sea la rela­ción con Kat­he­rine Whit­more lo más apa­sio­nante. Aparte, desde luego, de haber sem­brado una nueva manera de enten­der el len­guaje poé­tico amo­roso, más desde lo cere­bral que a par­tir de la geni­ta­li­dad. En la que no se demora Mon­tse­rrat Escar­tín, la autora de la intere­sante bio­gra­fía de Sali­nas que viene a incor­po­rarse al mate­rial sali­niano, cada vez más abun­dante. Una bio­gra­fía que, sién­dolo, no se limita a citar situa­cio­nes con­cre­tas en la vida de un tras­te­rrado –de muchas cosas, del amor, sobre todo– sino que apunta hacia la mate­ria lite­ra­ria igual­mente. Luego del Sali­nas cas­tizo ma non troppo apa­rece el que coque­tea con el van­guar­dismo (de manera cuasi futu­rista, al ace­cho de uno de los más gran­des poe­tas del amor). Y toda­vía habrá lugar, y Escar­tín tam­bién lo ana­liza, para el Sali­nas impre­ca­to­rio; de Cham­ber­lain, de Fran­cisco Franco (encar­na­ción de los males his­pá­ni­cos para quien, desde una posi­ción mesu­rada, entre negri­nis­tas y prie­tis­tas, vivía un exi­lio carente de lo que no fuera su auten­ti­ci­dad, inge­nio e inte­li­gen­cia, lo que Sali­nas pedía al buen poema), del holo­causto nuclear. Aparte, el ensa­yista pro­fundo y, ahí me aparto un poco, el narra­dor breve (él mismo no se veía nove­lista) y el dra­ma­turgo. Natu­ral­mente, junto a Kat­he­rine Whit­more, apa­re­cen Mar­ga­rita Bon­matí, esposa y madre, sui­cida frus­trada, y no hacia lo alto, por amor, en el Tajo a su paso por Aran­juez, y los hijos que con Pedro Sali­nas tuvo: Solita Sali­nas de Mari­chal (tal como la veía­mos en los cré­di­tos de los libros de su padre, «nefe­li­bata» en alguna com­pa­ñía aérea) y Jaime Sali­nas, memo­ria­lista, bien que en el segundo caso a título tan pós­tumo como epis­to­lar, de su pro­pia vida y tam­bién de la de su padre, aun­que desde el mutuo des­en­cuen­tro. Her­moso el desen­lace del libro de Escar­tín, redes­cu­briendo la vida-novela, que no nove­lada, de tan gran poeta a tra­vés de la refe­ren­cia a un con­junto de nove­las, algu­nas bien popu­la­res, que bali­zan los momen­tos vivi­dos por el decano del 27, tan madri­leño como la Calle Toledo, donde naciera.

Revista Leer, número 297