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Álvaro Cortina: «La esencia del arte es volver a ti mismo cambiado»

‘Abisal’ (Jekyll & Jill) aparece, voluminoso e imponente, bajo la apariencia de un personalísimo tratado de estética, pero esconde una propuesta literaria única e insólita en el panorama actual. Conversamos con su autor, Álvaro Cortina Urdampilleta, sobre este clásico instantáneo.

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Veni­mos a decir que Abi­sal, de Álvaro Cor­tina Urdam­pi­lleta, es el libro más impor­tante de 2021. Y lo hace­mos con la inten­ción de que esto sig­ni­fi­que algo. Este exu­be­rante tra­tado de la ima­gi­na­ción, ori­gi­nal y des­me­su­rado, ambi­cioso y modesto a la vez, es un libro único que apa­bu­lla delei­tando. Un alarde de obser­va­ción e intros­pec­ción, de refle­xión e inven­tiva lite­ra­ria. Enri­que Vila-Matas lo des­tila con opor­tuno asom­bro en la faja pro­mo­cio­nal que Cor­tina (Bil­bao, 1983) ha con­se­guido arran­carle: «Pero, ¿qué has hecho Álvaro Cor­tina? ¿Quién te empujó a bus­car un tipo de fic­ción que intenta hacer algo que no se ha inten­tado nunca antes?».

Vila-Matas dice fic­ción, por­que este libro que pre­tende fijar un sis­tema esté­tico per­so­nal de vali­dez uni­ver­sal es ante todo lite­ra­rio. Sobre todo cuando su autor, escri­tor y doc­tor en Filo­so­fía, se erige en pro­ta­go­nista y emprende sus paseos gótico-románticos por la ciu­dad para sacarle punta a todo lo que se encuen­tra y lo que recuerda, hasta com­ple­tar las tese­las de este sis­tema per­so­nal, este «todo­mo­saico» com­puesto de zonas, figu­ras y dis­pa­ra­tes apor­ta­dos por los libros, las pelí­cu­las y el arte. Y todo ello escrito con esa inte­li­gen­cia sutil y extraña y el ori­gi­na­lí­simo talento que ya demos­tró en Des­hielo y ascen­sión. Y en algu­nas pie­zas de LEER que son frag­men­tos embrio­na­rios de Abi­sal, como su artículo sobre Moby Dick y la omi­nosa des­crip­ción de lo blanco de su capí­tulo 42.

Cor­tina lo des­pliega ahora en gran vuelo, en pro­di­gioso des­censo a los abis­mos de uno mismo y de la cul­tura que es este libro que nace clá­sico por­que es único. Por­que a la altura de este 2021 que ter­mina y en el que, ace­cha­dos por los demo­nios de la diso­lu­ción, la prisa y el tedio a los que el autor de Abi­sal com­bate escri­biendo, ape­nas nos da la cabeza para leer dos líneas segui­das, nadie de su gene­ra­ción es capaz de escri­bir un libro así, denso en apa­rien­cia pero ligero como una nube majes­tuosa. Álvaro ha hecho por noso­tros el esfuerzo mayúsculo de con­cen­trarse y envien­trarse dan­tes­ca­mente, en la ciu­dad y en la esté­tica, para alum­brar esta obra deli­ciosa a la que aga­rrarse para salir volando de la caverna digital.

Con­ver­sa­mos sobre Abi­sal y salió una entre­vista larga como el libro al que pre­tende honrar.

¿Qué es ‘Abi­sal’?
Es en cierto sen­tido la des­crip­ción de una coti­dia­ni­dad mar­cada por la cul­tura. Es inten­tar ver y expli­car que la cul­tura impregna todo lo que vemos. Es un intento de com­pren­sión orgá­nica de cómo la cul­tura nos afecta en el día a día y nos lleva a enra­re­cer las cosas, a ver­las con dis­tan­cia. Para cap­tar la extra­ñeza y para cap­tar la fami­lia­ri­dad nos vale­mos de la cul­tura. Y lo que mues­tra Abi­sal es pre­ci­sa­mente cómo todos nos fabri­ca­mos un sis­tema de imá­ge­nes que yo llamo mito­ló­gico. En el fondo, Abi­sal es una espe­cie de tra­tado sobre la mito­lo­gía sub­je­tiva. Es decir, el poso que dejan en noso­tros los libros, las pelí­cu­las, los cua­dros. Las for­mas de la belleza. O de la feal­dad. O de lo terri­ble. Todos noso­tros nos fabri­ca­mos una espe­cie de casa de imá­ge­nes. No acce­de­mos nunca a la reali­dad en seco, sino a tra­vés de ellas. Nece­si­ta­mos imá­ge­nes para vivir. Diría que Abi­sal habla de la nece­si­dad de crear­nos un mundo artificial.

La clave son, pues, las imá­ge­nes. En algún punto del libro hablas, de hecho, de mito­gra­fía.
Son las imá­ge­nes las que de alguna manera nos ayu­dan a enten­der­nos a noso­tros mis­mos. Nos enten­de­mos por las imá­ge­nes que lle­va­mos con noso­tros. Esas imá­ge­nes que hemos robado. De los artis­tas, entre otros. Este libro es tam­bién un tra­tado sobre la nece­si­dad de imá­ge­nes y sobre la apro­pia­ción de imá­ge­nes. Es cierto que podrían incluirse otras for­mas de la sen­si­bi­li­dad, como la música o la arqui­tec­tura, pero me pare­cía muy difí­cil, reque­ría de unos cono­ci­mien­tos que no tengo.

Des­cri­bes el pro­ceso de crea­ción de lo que lla­mas un ‘todo­mo­saico’ per­so­nal.
En una cami­nata a tra­vés de la ciu­dad des­cribo cómo este meca­nismo, que es sobre todo analó­gico, nos ayuda a enten­der­nos a noso­tros mis­mos. Enten­de­mos el bos­que a tra­vés de las imá­ge­nes de los bos­ques que hemos visto. A par­tir de cierto momento de la his­to­ria hay una ten­den­cia a ver en el pai­saje algo bello. Hemos enten­dido qué son los pai­sa­jes gra­cias a los pin­to­res. Son ellos los que nos han dicho, mira la natu­ra­leza a tra­vés de mis ojos y así podrás enten­der, podrás ver lo que hay de intere­sante en ella. De algún modo siem­pre hace falta que un artista te haga poner los ojos en algo para que tú pue­das repa­rar en lo que tiene, pri­mero de extraño y luego de fami­liar. Todos nos cons­trui­mos un con­junto de imá­ge­nes de ese tipo. Abi­sal habla real­mente de la nece­si­dad de la cul­tura. De la nece­si­dad de enri­que­cer nues­tro mundo con muchas refe­ren­cias, con muchas imá­ge­nes. Por­que real­mente las nove­las, los libros, las pelí­cu­las, los cua­dros no te ayu­dan a sim­pli­fi­carte, a lle­gar al fondo de un yo ori­gi­nal, sino a com­pli­carte. Te ayu­dan a des­cu­brir sen­ti­mien­tos nue­vos, nue­vas zonas de atrac­ción, de repul­sión, a ver el mundo como algo más com­pli­cado, o con más mati­ces. No te ayu­dan a resol­verlo, como en cam­bio pre­tende la cien­cia. Lo que aquí lla­ma­mos la cul­tura sim­ple­mente te ayuda a enten­der tu modo de ser tal cual eres.

¿Dirías enton­ces que el impulso pri­mero de ‘Abi­sal’ fue poner orden en el caos pro­pio, prac­ti­car una espe­leo­lo­gía de ti mismo? ¿Cuál es el motor del libro?
Me es un poco difí­cil saberlo. Sería poner en claro o hacer una espe­cie de mapa de con­te­ni­dos esen­cia­les de mi pro­pia vida, diga­mos, esté­tica. Así que sí, de alguna manera sería acla­rarme. Aun­que des­pués de haberlo leído parezca una espe­cie de broma.

‘Abisal’ (Jekyll & Jill) aparece, voluminoso e imponente, bajo la apariencia de un personalísimo tratado de estética, pero esconde una propuesta literaria única e insólita en el panorama actual. Conversamos con su autor, Álvaro Cortina Urdampilleta, sobre este clásico instantáneo.
Cor­tina a las puer­tas de la Biblio­teca Nacio­nal, donde es fácil encontrarle.

 

De una manera natu­ral, en el todo­mo­saico cor­ti­nesco com­pa­re­cen y se mez­clan lo más culto y lo más popu­lar. Con­vi­ven sin iro­nía, y no se pide per­dón por­que Robo­cop y Art­hur Machen, La Jun­gla de Cris­tal y Scho­pen­hauer apa­rez­can jun­tos. Es una asi­mi­la­ción natu­ral, el reco­no­ci­miento de que ver una deter­mi­nada pelí­cula de acción en un momento pre­ciso puede impli­car una incor­po­ra­ción fuerte a nues­tra sen­si­bi­li­dad, lo que­ra­mos o no.
Eso es, y real­mente no forma parte de una espe­cie de dis­curso que yo haya ido ela­bo­rando, sino de una des­crip­ción honesta de cómo podría fun­cio­nar esta espe­cie de mito­gra­fía o sis­tema de imá­ge­nes en una per­sona, en este caso en mí mismo. A par­tir de la des­crip­ción de lo que ocu­rre en mí estoy invi­tando al lec­tor a que ela­bore la suya pro­pia. Estoy ofre­ciendo una espe­cie de auto­rre­trato para que des­pués él con­ti­núe. Esa idea de lo popu­lar y lo ele­vado no forma parte de nin­guna tesis, por­que no pre­ten­día defen­der algo que no merece defensa. Si esas imá­ge­nes ya están en mí no podría ser tan hipó­crita de no incluir­las. Si tú has nacido con imá­ge­nes de la serie B, por qué no incluir­las en un tra­bajo de este tipo. No esta­blezco dis­tin­ción entre obras impor­tan­tes y no impor­tan­tes. Son las obras que me han influido a mí. Pero efec­ti­va­mente creo que esto tiene aco­modo en una corriente cul­tu­ral, gra­cias a gente como Sava­ter o De Cuenca, que han hecho cosas en esa línea. La infan­cia recu­pe­rada es uno de los pocos tex­tos escri­tos en España que cito como una espe­cie de modelo, y me parece que es un texto valioso en ese sen­tido, por­que tiene ojos para Love­craft y para las gran­des obras de la lite­ra­tura. Pero sí, es cierto que a muchos lec­to­res les puede pare­cer mal que Dante apa­rezca junto a una tele­se­rie como Twin Peaks, por muy de culto que sea.

Son esos lec­to­res «cla­si­cis­tas» que pre­vés que van a «sen­tir arca­das» leyendo ‘Abi­sal’, cuando en los com­pa­ses ini­cia­les del libro pre­vie­nes del «ago­bio de la insa­nia y del mal gusto de la acu­mu­la­ción» que se les viene encima.
Para el lec­tor cla­si­cista yo veo dos esco­llos en Abi­sal: esta fusión entre lo ele­vado y lo popu­lar y des­pués el barro­quismo gene­ral. La super­po­si­ción de imá­ge­nes es algo esen­cial­mente anti­clá­sico, algo que tiene que ver con el barroco, que de suyo ha mez­clado lo alto y lo bajo. En este sen­tido es un texto anticlásico.

En ‘Abi­sal’, barroco es sinó­nimo de tupido.
Exac­ta­mente. Lo clá­sico siem­pre requiere de la sín­te­sis en una forma per­fecta, y aquí hay aglo­me­ra­cio­nes. El pro­yecto cla­si­cista encuen­tra en la des­crip­ción del todo­mo­saico una espe­cie de gran impo­si­ble. Por­que el día a día, tal y como se des­cribe en este libro, es caó­tico, está lleno de refe­ren­cias inad­ver­ti­das, de super­po­si­cio­nes. Esta tupi­dez es de alguna manera algo que se resiste a la forma per­fecta. Por eso el libro tam­poco puede ser un libro per­fecto, y se ha bus­cado una cierta imper­fec­ción llena de sor­pre­sas, que en el fondo es la esen­cia del todo­mo­saico. No puede cons­truirse de la nada. Uno parte de unas imá­ge­nes que ya le están influ­yendo, muchas de las cua­les no tie­nen que ver con el buen gusto o con la alta cul­tura pero ope­ran igual­mente. Por eso tiene que haber un ejer­ci­cio de hones­ti­dad. Aun­que siem­pre habrá algo de men­tira, por­que en todo auto­rre­trato hay unas men­ti­ras gordísimas.

Hay un ejer­ci­cio de hones­ti­dad, de impu­di­cia en un momento dado, en mos­trar toda esa imper­fec­ción, todo ese abi­ga­rra­miento incluso, para ilus­trar la reali­dad del todo­mo­saico.
Real­mente hay una ten­sión entre dos fuer­zas opues­tas, por­que no pue­des hacer que la pura refe­ren­cia amorfa domine el texto. Pero es cierto que la idea de todo­mo­saico me marca un iti­ne­ra­rio. De alguna manera yo uso la idea de mito­lo­gía o de poli­teísmo como una espe­cie de defensa de la plu­ra­li­dad, de la mul­ti­pli­ci­dad, de la no reduc­ción de todo a un mismo prin­ci­pio. Me parece que esta defensa del mundo de las imá­ge­nes coin­cide per­fec­ta­mente con la idea del poli­teísmo. Y es una de las ideas cen­tra­les del pri­mer capí­tulo, cuando hablo de la casa de Agui­rre­che de Baroja como una espe­cie de selec­ción, como una anto­lo­gía que ha hecho esa fami­lia frente al mar. La antí­te­sis de esto es el mundo homo­gé­neo repre­sen­tado por Moby Dick y su capí­tulo 42, la idea del blanco puro, ese mundo donde nada de lo humano cabe. Agui­rre­che frente a Moby Dick. Hay metá­fo­ras de este tipo con­ti­nua­mente. Y entre medias, capí­tu­los en los que se habla de ideas con­cre­tas que vie­nen a cuento, y de per­so­na­jes y encuen­tros for­tui­tos que puedo tener con gente. En este sen­tido, es ver­dad que es un libro que tam­bién tiene un ele­mento pro­gra­má­tico fuerte. Aun­que hay miles de refe­ren­cias cru­za­das, he tenido que inten­tar gober­nar toda la serie casi infi­nita según un patrón, par­tiendo de la idea de todo­mo­saico, de que todos esta­mos com­pues­tos de imá­ge­nes y todos hemos hecho nues­tro sis­tema mito­ló­gico per­so­nal. En ese sen­tido es bas­tante tra­tado. El segundo capí­tulo es una sola cami­nata desde el bos­que, desde la natu­ra­leza, hasta la casa. Con los pasos pre­vios por la ciu­dad, el páramo y las zonas inter­me­dias, como los patios, las esca­le­ras, las peri­fe­rias. Así que esa parte es bas­tante orde­nada, por­que al fin y al cabo tiene el orden de la cami­nata, que es uni­di­rec­cio­nal. Es en la parte siguiente, la de los dis­pa­ra­tes, en el capí­tulo III, cuando entra­mos en series de imá­ge­nes. Rela­cio­na­das siem­pre con uno o dos temas. Cuando estoy en el aero­puerto, por ejem­plo, y ensayo una refle­xión sobre las aves [«Tiene al aero­puerto algo de tem­plo y algo de come­dero para aves carro­ñe­ras», página 455, en el epí­grafe “Por la parte de un azor lla­mado Taiga”, ins­pi­rado en parte por Félix Rodrí­guez de la Fuente, «edu­ca­dor de España»]. Y por otro lado están los obje­tos. Los obje­tos inani­ma­dos, la tec­no­lo­gía. Ahí hablo, siem­pre por analo­gía, de los insec­tos. El insecto seco es la metá­fora de la tec­no­lo­gía, mien­tras que el insecto húmedo tiene que ver con las for­mas del asco. Y luego están las for­mas del olvido… Cada uno de estos dis­pa­ra­tes es una espe­cie de serie con temas en común. Pero es cierto que la dis­per­sión aquí crece. Son varias cami­na­tas, y siem­pre por la ciu­dad. Y a par­tir de la visión de otro vian­dante hablo de las imá­ge­nes de lo simiesco [«la forma sinies­tra por exce­len­cia», página 508], rela­cio­nán­do­las con los terro­res góti­cos. Por­que el libro en gene­ral es bas­tante gótico. Tiene algo de serie B gótica.

‘Abisal’ (Jekyll & Jill) aparece, voluminoso e imponente, bajo la apariencia de un personalísimo tratado de estética, pero esconde una propuesta literaria única e insólita en el panorama actual. Conversamos con su autor, Álvaro Cortina Urdampilleta, sobre este clásico instantáneo.

El todo­mo­saico se mani­fiesta y el con­te­nido da forma al con­ti­nente de ‘Abi­sal’. Es cuando el libro por momen­tos parece escrito entre Poe y Love­craft.
Ahí cla­ra­mente se ve la que­ren­cia, sí… Y des­pués de esta espe­cie de bes­tia­rio en la ciu­dad, que apa­rece por mi con­tacto con los vian­dan­tes, los perros, los espa­cios, etcé­tera, apa­rece el capí­tulo IV y último, quizá el más sutil, el de los esta­dos de ánimo, el de las madré­po­ras, tras obser­var cómo en algu­nos artis­tas impe­ran una serie de sen­ti­mien­tos. Y cómo, a tra­vés de su obra, sus todo­mo­sai­cos for­man parte de mi todo­mo­saico y entiendo que de los de todo el mundo. Hay que decir que es el capí­tulo más sis­te­má­tico, a par­tir de tres esta­dos de ánimo extre­mos de los que pue­den extraerse miles de esta­dos inter­me­dios: el esca­to­ló­gico, el espe­ran­zado y el de la paz per­pe­tua, en el que me cen­tro en Una­muno. De este libro se puede hablar de muchas mane­ras dife­ren­tes, y una de ellas es que pre­tende una relec­tura de deter­mi­na­dos auto­res del 98. Quiero hacer una espe­cie de lec­tura mito­ló­gica, abi­sal si se quiere, de estos escri­to­res. Y ahí es cuando final­mente, des­pués de no sé cuán­tas pági­nas, des­pués del capí­tulo de la paz, de la calma, que no es un estado de ánimo ni espe­ran­zado ni ate­rro­ri­zado, hablo de Una­muno. De pronto me detengo mucho más y uso su caso como una espe­cie de para­digma para todo el libro. Cen­trán­dome en el Una­muno que más me interesa a mí, que es el pri­mero. Este Una­muno tiene un sis­tema de imá­ge­nes, un todo­mo­saico muy claro. Con Una­muno resumo todo el capí­tulo, pero todo el libro tam­bién. Por­que voy pasando desde las zonas, figu­ras y esta­dos de ánimo del terror, esta es la pri­mera parte de Una­muno, a las figu­ras de la espe­ranza en Una­muno, por­que hay una figura muy impor­tante en él que es el reden­tor, el reden­tor de España. Y des­pués está final­mente el Una­muno zen, el Una­muno asiá­tico, que tiene muy poco que ver con el Una­muno que cono­ce­mos. Es «el Una­muno con­tem­pla­dor» de Car­los Blanco Agui­naga. Así que des­pués de pasar por las zonas y figu­ras esca­to­ló­gi­cas y espe­ran­za­do­ras, me lanzo al tiempo lento, como lo llamo ahí, del Una­muno más con­tem­pla­dor. Retomo la idea del camino a tra­vés de la ciu­dad y vuelvo a esta idea del tiempo lento en un par­que, que es lo que llamo Par­que Cen­tral, cuando me acuerdo de Una­muno a tra­vés de los niños, y final­mente acabo con los men­di­gos, que es como ter­mina el libro, yo con los men­di­gos en la plaza de las Sale­sas de Madrid, aun­que Una­muno no tenga mucho de men­digo, precisamente.

Da la sen­sa­ción de que Una­muno, un autor que se mueve con sol­tura entre lo rap­só­dico y lo sis­te­má­tico, es un poco el espejo en el que te miras.
Total­mente. Este libro tiene pocos refe­ren­tes, lo he escrito un poco por­que sí, pero si hay un refe­rente en Abi­sal es En torno al cas­ti­cismo. Tiene justo esta mez­cla de un cierto orden y de una rap­so­dia un tanto des­me­su­rada. Cierta riqueza con­cep­tual, por un lado, y por otro esta cosa sal­vaje y exó­tica. Ese libro está muy pre­sente cuando hablo del páramo, en la parte de las zonas, pero des­pués reapa­rece con toda su fuerza al final. Por eso mi edi­tor, Víc­tor Gomo­llón, me decía, pero bueno, ¿al final este libro va de Una­muno? Y es ver­dad que las cin­cuenta últi­mas pági­nas son una espe­cie de reca­pi­tu­la­ción de temas, de leit­mo­tivs, como en las ópe­ras. Al final, justo cuando el ani­llo cae al Rin, todos los temas que han ido saliendo en la Tetra­lo­gía se reto­man y salen segui­dos, como en una espe­cie de cho­rro. Y esta reca­pi­tu­la­ción wag­ne­riana sería Una­muno. Es como apli­car todo lo que se ha dicho con miles de refe­ren­cias, con una cierta apa­rien­cia de azar y con­tin­gen­cia. De pronto todo se hila y creo que se puede ver más claro que nunca. O eso querría.

Otro quizá hubiera insis­tido en pre­sen­tar el libro como esa relec­tura reivin­di­ca­tiva del 98, polé­mica si quie­res, pero reivin­di­ca­ción al fin y al cabo, o lo hubiera adap­tado a ese fin.
Pero pare­ce­ría que estoy riñendo con los espe­cia­lis­tas y los filó­lo­gos, cuando no es así. En el fondo es un ejer­ci­cio de apro­pia­ción per­so­nal. Yo solo he des­ta­cado lo que a mí me interesa, donde para mí reside la riqueza de estos auto­res. A mí, como te digo, la eti­queta de rea­lismo no me dice nada. Por eso que­ría reivin­di­car ese lado un tanto gótico o román­tico de estos auto­res. En el fondo sí me parece que son epí­go­nos del roman­ti­cismo. Y des­pués, por otro lado, ya sabes que Poe está con­ti­nua­mente. Pro­ba­ble­mente es el autor que de una manera más con­ti­nua apa­rece en el texto. En todos sus capí­tu­los, zonas, figu­ras y esta­dos aními­cos. Pero Baroja tam­bién apa­rece bas­tante. Un Baroja más fan­tas­ma­gó­rico de lo que cabría pen­sar. Unas veces román­tico, otras veces sim­bo­lista y otras veces expre­sio­nista. Por eso yo no veo ese rea­lismo un tanto ram­plón que se le atri­buye. Intento enra­re­cer todas sus ideas esté­ti­cas. En el capí­tulo de las figu­ras está con­ti­nua­mente. Por­que en su obra hay una con­ti­nua aso­cia­ción de fiso­no­mías con sus pro­pias obse­sio­nes. Una novela de Baroja plas­mada en un cua­dro sería una pin­tura expre­sio­nista donde la gente es verde, o tiene cara de pájaro. Eso es La busca. Y así hay un Baroja para cada parte; Shanti Andía en torno a la casa mítica, en torno al jar­dín en El labe­rinto de las sire­nas, en torno a las figu­ras ani­ma­les, que apa­re­cen en toda su obra, aun­que yo cito sobre todo La busca y Las noches del Buen Retiro, en el capí­tulo de las zonas. Tam­bién Paz en la gue­rra, que es una novela tenida como rea­lista, es leída aquí con estos ojos. En fin, en todos estos capí­tu­los, que son la pri­mera mitad, Baroja tiene una pre­sen­cia muy grande. Por­que en el fondo el ejer­ci­cio de reco­rrer la ciu­dad con ojos de poeta con que­ren­cias góti­cas está sacado un poco de Baroja. Una­muno solo apa­rece al final. Pero tam­bién es otro Una­muno, un tanto asil­ves­trado y mito­ló­gico. Valle-Inclán es otro que me gusta mucho, pero no sale tanto y desde luego mere­ce­ría un capí­tulo, por­que ade­más yo creo que tiene que ver con este tono gene­ral del libro.

‘Abisal’ (Jekyll & Jill) aparece, voluminoso e imponente, bajo la apariencia de un personalísimo tratado de estética, pero esconde una propuesta literaria única e insólita en el panorama actual. Conversamos con su autor, Álvaro Cortina Urdampilleta, sobre este clásico instantáneo.
Ante la esta­tua dedi­cada a su admi­rado Pío Baroja en la Cuesta de Moyano.

 

Antes habla­bas de afir­mar la plu­ra­li­dad, y no sé si es una forma de com­ba­tir la diso­lu­ción, uno de los demo­nios a los que, junto con el de la prisa y el del tedio, dedi­cas el libro.
Claro, pero una plu­ra­li­dad limi­tada, por­que la plu­ra­li­dad infi­nita es el caos. Entre el caos de la plu­ra­li­dad total y la homo­ge­nei­dad ató­mica, donde todo es igual, donde cada pieza es uni­forme, está la plu­ra­li­dad limi­tada y rela­tiva de la vida mito­ló­gica de cada cual. Ahí es donde se reco­no­cen las cua­li­da­des, las dife­ren­cias entre las cosas. En el fondo tú tie­nes un mapa per­so­nal del mundo. Ese mapa tiene algo que ver con los mapas rudi­men­ta­rios de los cuen­tos infan­ti­les ale­ma­nes, como digo al prin­ci­pio del libro. En esa geo­gra­fía básica infan­til tene­mos una des­crip­ción de cómo noso­tros enten­de­mos el espa­cio, donde el norte y el sur no son solo posi­cio­nes en el mapa sino algo más, con un con­te­nido emo­cio­nal, psi­co­ló­gico, con­creto. Este es el mate­rial con el que ope­ran los artis­tas. Así que de alguna manera este libro tam­bién quiere decir, bueno, todos somos artis­tas, por­que todos lle­va­mos una obra de arte den­tro. Lo que pasa es que la obra de los artis­tas tiene la capa­ci­dad de reso­nar en los demás, mien­tras que la mayor parte de noso­tros lo que hace­mos sim­ple­mente es lle­var a cues­tas nues­tra novela, o nues­tra anto­lo­gía de cua­dros, pai­sa­jes, retra­tos, can­cio­nes e imá­ge­nes. En ese sen­tido, depen­de­mos de los artis­tas para com­pli­car nues­tros mapas emo­cio­na­les. La pre­gunta es por qué a todo el mundo le van a emo­cio­nar deter­mi­na­dos auto­res. La res­puesta yo creo que es que por­que todos en parte somos un poco artis­tas. Pero solo algu­nos, y ahí me valgo de Sche­lling al prin­ci­pio para usar el tér­mino de «Mehr-als-Lebe», «más que vida», son capa­ces de obje­ti­var estas emo­cio­nes vagas a las que los demás no pode­mos dar forma.

Sacar algo de sí y ser capaz de que viva fuera de ti, de que res­pire.
Exacto. Es como un huevo que tú pones. ¿Y por qué este ser oví­paro nos emo­ciona a todos? Pues bási­ca­mente por­que todos tene­mos la noción, tene­mos el fun­da­mento. Otro rasgo del artista es que crea cosas, pero estas cosas, que están efec­ti­va­mente dadas en una obra deter­mi­nada, relum­bran en todos noso­tros. ¿Por qué? La res­puesta es por­que tú tam­bién eres un poco eso. Eso pero no expli­ci­tado, diga­mos. Por eso, incluso la per­sona más seca del mundo, más ajena a todo esto, debe­ría tener tam­bién esta visión mito­ló­gica del mundo.

Y unas incli­na­cio­nes que lo demues­tren, por ele­men­ta­les que sean.
Claro, es una cosa como cons­ti­tu­tiva. Por eso el libro es un elo­gio de las artes y de las huma­ni­da­des. Y no se trata de ser cul­te­rano o pedante. Se trata de que hay un ele­mento antro­po­ló­gico fun­da­men­tal en el arte. No es una pijada. Las obse­sio­nes que hay en la vida de todo el mundo, que no tie­nen que ver con la moral ni con las nece­si­da­des fisio­ló­gi­cas y que de alguna manera están flo­tando con­ti­nua­mente en el mundo, son esté­tica. Cual­quier tipo de obse­sión, el color que tiene un pro­grama de la tele, la dis­po­si­ción de los mue­bles del por­tal de tu casa, cual­quier cosa que forma parte de tu vida de una manera abso­lu­ta­mente impre­vista como algo impor­tante, como algo que tie­nes como un refe­rente –en el libro digo como un abso­luto, por­que es un refe­rente, no es un refe­rente rela­tivo, no es una cosa cual­quiera, es esa cosa en con­creto– bien, pues eso de alguna manera forma parte de la esté­tica. El paso siguiente lo dan los artis­tas, que tie­nen la cara­dura, el talento o la hones­ti­dad de plas­marlo como tal. Todo esto es un espa­cio sutil pero que nos rodea con­ti­nua­mente. Y creo que la afi­ción por los libros, los cua­dros y las pelí­cu­las lo que hace es pre­ci­sa­mente expli­ci­tar esa espe­cie de bar­niz fan­tas­mal y per­so­nal que vemos sobre todas las cosas, en todo el mundo todos los días.

Nos acer­ca­mos al arte y nos apro­pia­mos de él, pero la emo­ción del arte tam­bién fun­ciona por iden­ti­fi­ca­ción, por reco­no­ci­miento, espe­cial­mente en la lite­ra­tura.
Todas estas cosas, como todas las ver­da­des huma­nas, están lle­nas de para­do­jas. Reco­no­cién­dote en algo que es ajeno tam­bién incor­po­ras nove­dad a tu pro­pio mapa emo­cio­nal. Así que estás cam­biando tam­bién. Y en esa espe­cie de tras­paso para­dó­jico es donde está la esen­cia del arte. Que vuel­ves a ti mismo cambiado.

¿Qué repre­senta el gra­bado de Tho­mas Bewick de la por­tada?
Hay una serie de demo­nios que apa­re­cen en el texto: los demo­nios de la dis­per­sión, la prisa y el tedio, que yo creo que son males carac­te­rís­ti­ca­mente con­tem­po­rá­neos. Yo soy bas­tante dis­perso, así que la dis­per­sión que pro­pi­cia el mundo digi­tal y las redes a mí desde luego me afecta bas­tante. O por lo menos me angus­tia. Es cierto que soy un poco anár­quico con ello, y me suelo dejar el telé­fono en casa, tam­bién de una manera pre­ven­tiva. Pero, en defi­ni­tiva, la idea del demo­nio está rela­cio­nada con el fac­tor con­tem­po­rá­neo de estos tres males. El tedio está vin­cu­lado con la prisa, y este a su vez, nece­sa­ria­mente, con la dis­per­sión. Los demo­nios, con­den­sa­dos en el cami­nante de la por­tada, hacen tam­bién refe­ren­cia al ele­mento narra­tivo del libro. Por­que es un libro que tiene movi­miento, que quiere tenerlo.

Tiene un movi­miento ende­mo­niado.
Jajaja… Este movi­miento ende­mo­niado y satá­nico tenía que for­mar parte de la obra. Real­mente estos demo­nios son demo­nios del movi­miento. El libro es una espe­cie de ejer­ci­cio de van­de­rer, lo que los ale­ma­nes lla­man el paseante. Y el gra­bado de Bewick, no sé, me gus­taba mucho. Tiene que ver tam­bién con el ele­mento gótico. Se dice al prin­ci­pio que este libro es gótico pero cor­dial. Por­que lo gótico en gene­ral suele ser algo un tanto dis­tante, solemne, tre­me­bundo… Aquí tene­mos un tono a veces cómico, mez­clado con una solem­ni­dad cha­teau­bria­nesca. Cha­teau­briand, sobre todo el de los pasa­jes más retó­ri­cos, es otro refe­rente de Abi­sal. Y Poe. Qué hom­bre tan solemne Poe, ¿no? Pero me gusta mucho su idea de enten­der los cuen­tos tam­bién como un apa­rato de feria. Ya desde el prin­ci­pio encuen­tras una serie de con­si­de­ra­cio­nes, unas citas que te tras­la­dan una atmós­fera grave. Y esta mez­cla de gra­ve­dad y de come­dia, a veces incluso un tanto dis­pa­ra­tada, está tam­bién bas­tante pre­sente en Abi­sal. O sea que hay mez­cla por todos los lados. Un cla­si­cista no sé qué va a hacer con todo esto… En el libro pido muchas veces per­dón al lec­tor por esta y otras cosas. Tam­bién le animo con­ti­nua­mente a cons­truir su pro­pio Abi­sal. Es una cosa un poco pesada, por­que le pido per­dón, le pido cosas, le trato de tú… Es un infierno para un tem­pe­ra­mento clá­sico que entienda que debe haber una dis­tan­cia entre el lec­tor y el escritor.

En ‘Abi­sal’ cam­bias con natu­ra­li­dad de enfo­que y te diri­ges al lec­tor, o pasas de la fic­ción al apunte ensa­yís­tico o a la anéc­dota per­so­nal, lo cual ya es una carac­te­rís­tica nota­ble de tu estilo. El libro con­serva todas las vir­tu­des for­ma­les de tu manera de escri­bir, más allá de que se trate de ensayo o fic­ción. ¿Has refle­xio­nado sobre la dife­ren­cia entre escri­bir una cosa y otra cosa?
Real­mente la labor a la hora de crear fic­cio­nes y de crear per­so­na­jes tiene que ver con tener curio­si­dad por los otros. Ahí está lo difí­cil. Por­que ya no se trata de ofre­cer un tono, un estilo, ni siquiera un tema. Estás inten­tando plas­mar el modo de ser de otros seres huma­nos, y esto es com­pli­cado. Hay que dete­nerse, hay que abu­rrirse un poco, yo creo, intere­sán­dose por la psi­co­lo­gía de los otros. Si quie­res crear per­so­na­jes que no sean de car­tón pie­dra se requiere un poco de la labor del retra­tista. Hay muchos escri­to­res que tie­nen un mundo pro­pio muy defi­nido pero des­pués no pue­den con los per­so­na­jes. Gente que ha alcan­zado un grado de luci­dez impor­tante sobre quién es, cómo escribe y qué piensa, como Lord Byron, por ejem­plo. Pero si haces fic­ción, ade­más de crear una his­to­ria, que ya de por sí es bas­tante com­pli­cado, tie­nes que inten­tar retra­tar otros modos de ser. Hay que dete­nerse, que­darse con otros modos de hablar, de expre­sarse. Eso es lo más com­pli­cado. Y creo que es muy difí­cil hacer fic­ción sin eso.

‘Abisal’ (Jekyll & Jill) aparece, voluminoso e imponente, bajo la apariencia de un personalísimo tratado de estética, pero esconde una propuesta literaria única e insólita en el panorama actual. Conversamos con su autor, Álvaro Cortina Urdampilleta, sobre este clásico instantáneo.

¿Crees que la falta de dis­po­si­ción a intere­sarse o a enten­der las par­ti­cu­la­ri­da­des o las razo­nes de los otros las­tra la capa­ci­dad lite­ra­ria de algu­nos ensa­yis­tas o pen­sa­do­res que han hecho incur­sio­nes en el mundo de la fic­ción?
Yo creo que la mirada del buen narra­dor deja de lado las ideas, al menos por un momento, y se cen­tra en el puro retrato. Muchos ensa­yis­tas que luego escri­ben fic­ción, nove­las o narra­cio­nes tiende a usar al per­so­naje como un ins­tru­mento subor­di­nado a la idea con el que con­fron­tar sus filias y sus fobias. Inten­tar plas­mar figu­ras sin redu­cir­las a patro­nes gene­ra­les es la idea prin­ci­pal del artista y tam­bién del nove­lista. Poniendo un ejem­plo tópico: Veláz­quez. ¿Se puede redu­cir a Veláz­quez a una serie de ideas? Sí, pro­ba­ble­mente. Pero en el fondo lo que tie­nes es una serie de obras que no se pue­den diluir en una máxima o en una idea gene­ral, por­que cada una de esas obras habla por sí misma. Y se podría decir que cada uno de estos retra­tos es una tesela en el todo­mo­saico de Veláz­quez. Los artis­tas no se preo­cu­pan tanto por las ideas como por sus obse­sio­nes. Y son pre­ci­sa­mente esas obse­sio­nes las que cons­ti­tu­yen su mito­lo­gía per­so­nal. ¿Por qué un artista se queda col­gado por un color, un tipo de ros­tro, una serie de per­so­na­jes? Yo creo que la razón de esto no le interesa mucho al artista. El artista lo que hace es mos­trar esta espe­cie de selec­ción que hace del mundo a tra­vés de obras logra­das. Ahí estará la plu­ra­li­dad, rela­tiva, del artista. Y el mis­te­rio del arte.

¿En qué momento lle­gaste a la idea de las zonas y las figu­ras? ¿Es muy ini­cial?
Sin duda. Si tie­nes que defi­nir el mundo, diga­mos, con ojos de poeta, siem­pre te vas a refe­rir a una per­cep­ción del espa­cio. Y está claro que todo el mundo se ima­gina su pro­pia vida como un con­ti­nente de espa­cios y de enti­da­des en estos espa­cios. Lo que quizá es más retor­cido es segu­ra­mente pen­sarlo como esta­dos de ánimo.

Sí, por­que los esta­dos de ánimo son capri­cho­sos.
Son capri­cho­sos, son infi­ni­tos… Pero por lo menos en ese momento sí que digo, bueno, vamos a poner un poco de dog­ma­tismo en todo esto por­que como nos deje­mos lle­var por la rap­so­dia… Enton­ces ahí, un poco apre­miado por la nece­si­dad de ter­mi­nar el libro algún día, lo dis­puse todo de una manera un poco más sis­te­má­tica. Y esta idea de aso­ciar el tiempo con esta­dos de ánimo es muy pro­pio de la filo­so­fía con­tem­po­rá­nea, que tiende a pen­sar el tiempo como un estado anímico que está en nosotros.

En ‘Abi­sal” hay poca o nin­guna lite­ra­tura con­tem­po­rá­nea, pero, ahora que hablas de filo­so­fía, sí te refie­res a algu­nos auto­res con­tem­po­rá­neos, como Esqui­rol, al que tra­tas de incor­po­rar, pero con cierta extra­ñeza.
Creo que Resis­ten­cia íntima es un libro muy valioso, pero sí me parece que tiene tam­bién una espe­cie de dog­ma­tismo filo­só­fico un tanto res­tric­tivo y un poco por­que sí. Enton­ces lo que yo he hecho ha sido incor­po­rar lo que me parece que tiene más valor, pero he dejado de lado lo que me pare­cía más capri­choso. Hablo de Esqui­rol cuando hablo por ejem­plo de la casa, por­que me parece intere­sante mos­trar la idea que tiene de morada. Me parece bas­tante lúcido y que tiene que ver con lo que yo que­ría decir, pero al mismo tiempo incor­poro otras ideas, que son per­fec­ta­mente afi­nes a las que tiene él. Por­que mi libro no es algo sis­te­má­tico, sino un arte­facto al que se le pue­den agre­gar infi­ni­tas par­tes. Y ahí empieza a com­pli­carse todo. Con la idea de Bache­lard de dor­mi­to­rio, el lugar donde uno des­cansa y sueña, y las ideas de Mario Praz sobre la casa. De lo que sí rehuyo es de la solem­ni­dad que tie­nen a veces estos dis­cur­sos de filo­so­fía con­tem­po­rá­nea. Byung-Chul Han, que tam­bién apa­rece citado, puede tener mucha razón, pero claro, hay un ele­mento de sen­ten­cia, de no tomarse a broma… Yo creo que ado­lece de una falta de lige­reza que nece­sita. Y es ver­dad que Abi­sal bas­cula un poco entre lo sen­ten­cioso y cierta lige­reza, o una cierta iro­nía, o al menos eso es lo que he que­rido. Es un libro con pocas máxi­mas. Pre­tende sobre todo con­ven­cer con el ejem­plo. Que es algo que pro­cede de la moral pero que quizá tam­bién se puede apli­car a la esté­tica. El ele­mento demos­tra­tivo para estas cosas es impo­si­ble. ¿Cómo te puedo demos­trar que existe un todo­mo­saico en ti? Es muy difí­cil. Solo puedo decir, mira en ti mismo, a ti tam­bién te ocu­rre. Al final de la pri­mera parte del Qui­jote, en la sima, Don Qui­jote reco­noce un mon­tón de cosas mara­vi­llo­sas y sin embargo San­cho solo ve barro y pie­dras. Todos lle­va­mos en noso­tros una espe­cie de sima. Pero reco­no­ce­mos lo relu­ciente que hay en noso­tros a par­tir de lo relu­ciente que hay en otros. Es un pro­ceso com­pli­cado de apro­pia­ción de lo ajeno que tam­bién habla de comu­ni­ca­ción entre seres huma­nos. Cito un libro, Ensa­yos sobre lo numi­noso, en el que el autor, Rudolf Otto, dice en un momento dado, bueno, el lec­tor que a estas altu­ras del libro no sepa de qué hablo, que lo deje. Y esa es un poco la idea. Un tema como este tiene unas limi­ta­cio­nes argu­men­ta­les. Me lo com­pras o no me lo compras.

Y el lec­tor curioso que reco­nozca eso, y se resista a los demo­nios de la prisa y el tedio, debe­ría aban­do­narse a ‘Abi­sal’ y dejarse caer, sin sen­tirse inti­mi­dado por las 700 pági­nas.
Es cierto que hay bas­tante papel. Tam­bién que cada página ha sido tra­ba­jada. He tra­ba­jado pen­sando en que no hubiera papel super­fluo. Abi­sal puede ser un capri­cho goyesco, pero no es super­fluo. Es fruto del tra­bajo. Y de la hones­ti­dad tam­bién. No me limito a hablar de mis mejo­res refe­ren­cias, sino de algu­nas que son un poco ver­gon­zo­sas de reco­no­cer. Qué dirá un lec­tor clá­sico cuando des­pués de hablar de Una­muno, Azo­rín y Ortega, hablo de Robo­cop. Bueno, ahí por lo menos hay una hones­ti­dad. Podría no haberlo hecho, podría haber hablado de, qué sé yo, las mari­nas de Tur­ner o de Johann Sebas­tian Bach.

Es una hones­ti­dad desea­ble, traída ade­más sin la enojosa iro­nía del escri­tor pop que pre­sume de que algo le gusta solo para pas­mar. Y sin el ánimo nos­tál­gico bajo el cual se sue­len invo­car este tipo de refe­ren­cias.
Por eso la con­clu­sión es Con­tra nos­tál­gi­cos. El todo­mo­saico es un camino lleno de apro­pia­cio­nes, de movi­mien­tos de pla­cas, de incor­po­ra­cio­nes, de puli­miento. Nues­tra refe­ren­cia es siem­pre la infan­cia por­que en esa época de nues­tra vida ese todo mito­ló­gico embrio­na­rio es más sen­ci­llo y evi­dente, y la magia de su esté­tica per­ma­nece. Pero esa visión infan­til, en seco, es una petar­dada. Por eso creo que la visión nos­tál­gica es un poco pobre. El deber de un esteta, es una pala­bra un poco cursi, el deber de un afi­cio­nado a las artes, a las letras, es siem­pre man­te­ner viva la llama. Sobre todo por­que des­pués la expe­rien­cia es mucho mejor. No es solo el inte­lecto, la moral, lo que evo­lu­ciona, pros­pera y se sofis­tica, sino tam­bién las capa­ci­da­des esté­ti­cas. Cuando tú ahora des­cu­bres un nuevo artista, si real­mente has man­te­nido la llama viva, el impacto será mucho mayor. Ten­drá ade­más mucho más mérito. Si ahora vuel­ves la vista a la infan­cia, ves que mucho de lo que recuer­das de enton­ces con fas­ci­na­ción eran autén­ti­cas cho­rra­das sin nin­gún tipo de valor. Era más bien tu punto de vista, un punto de vista pobre en expe­rien­cia, lo que le daba a aque­llo esa espe­cie de magia fas­ci­nante. Que puede seguir fun­cio­nando, hay que darle su rele­van­cia, pero sin exa­ge­rar. Me parece que en la nos­tal­gia hay un peso y un vacío muy fuer­tes, y un ele­mento dog­má­tico y frí­volo muy grande. Y creo que este libro en el fondo es un libro jovial, más o menos opti­mista. Al menos en este aspecto tan par­ti­cu­lar y sub­je­tivo. Por eso el con­juro con­tra nos­tál­gi­cos tenía que estar al final, tenía que ser la con­clu­sión. Para no lle­var a malen­ten­di­dos. Pero tenía­mos que hablar de esto. Al fin y al cabo es un libro que está en movi­miento, y el movi­miento es anti nostálgico.

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