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Galdós: un gigante a la sombra de sí mismo

O por qué el gran escritor español moderno sigue siendo el más popular desconocido de la historia de nuestra literatura. Por BORJA MARTÍNEZ

LEER_296_11Galdós ante su monumento con su escultor, Victorio Macho, en 1918.

Fosi­li­zado, ente­rrado bajo la enor­mi­dad de su pro­pia obra y el peso de una serie de equí­vo­cos y malen­ten­di­dos. Espon­tá­neos o per­pe­tra­dos por gen­tes y fuer­zas diver­sas, de Valle-Inclán a Juan Benet pasando por el nacio­nal­ca­to­li­cismo. El escri­tor sin estilo. El «gar­ban­cero». El rea­lista que se limitó a prac­ti­car en España la ver­da­dera ori­gi­na­li­dad de Dickens y Bal­zac.

La colec­ción de tópi­cos quizá ayude a enten­der la indi­fe­ren­cia ofi­cial y edi­to­rial con que se ha lle­gado al cen­te­na­rio de la muerte de Benito Pérez Gal­dós (1843–1920). Pero resulta que su obra está en el sus­trato, que se le lee dis­creta y espon­tá­nea­mente, más de lo que cabría supo­ner. Y el inte­rés gene­rado por la efe­mé­ri­des ha eclo­sio­nado, y ha habido que impro­vi­sar pro­gra­ma­cio­nes y títu­los para satisfacerlo.

La Tran­si­ción le regaló el billete uni­ta­rio de mil pese­tas, puesto en cir­cu­la­ción en 1982. Papel moneda, papel mojado. Ins­ti­tu­cio­nal­mente ha sido uno más entre los auto­res del XIX. «Durante mucho tiempo Gal­dós estuvo fuera de los libros de texto», explica a LEER Yolanda Aren­ci­bia, la cate­drá­tica cana­ria que vela por su figura en la patria chica desde la cáte­dra Pérez Gal­dós de su casa-museo y la Uni­ver­si­dad de Las Pal­mas, y que ahora publica una bio­gra­fía ben­de­cida de ante­mano por el pre­mio Comi­llas de His­to­ria, Bio­gra­fía y Memo­rias de Tus­quets. Durante el fran­quismo, «por cada cua­tro pági­nas que se le dedi­ca­ban a Menén­dez Pelayo o a Pereda, Gal­dós, redu­cido a la con­di­ción del anti­cle­ri­cal autor de los Epi­so­dios Nacio­na­les, ape­nas mere­cía una. Eso se tras­ladó a nues­tra uni­ver­si­dad, la de los pri­me­ros años de la demo­cra­cia, for­mada por una gene­ra­ción que se educó en aque­lla escuela y que ha tenido un des­co­no­ci­miento abso­luto de Gal­dós. No sólo no se le había leído sino que se daba por hecho de oídas que no había que leerlo».

«La losa del fran­quismo se ha hecho notar», con­firma Fran­cisco Cáno­vas, autor de una difun­dida bio­gra­fía –Benito Pérez Gal­dós: Vida, obra y com­pro­miso (Alianza)– publi­cada el pasado mes de noviem­bre; libro que reci­bió en soli­ta­rio un cen­te­na­rio que pro­me­tía ser tan gris como el de su naci­miento en 1943, cuando el fran­quismo pardo de la pri­mera pos­gue­rra quiso obli­te­rar al pró­cer laico y repu­bli­cano (repu­bli­cano a ratos, como vere­mos). «La dic­ta­dura le des­ca­li­fica y no le con­me­mora. Desde ópti­cas cató­li­cas y falan­gis­tas se le cues­tiona y rechaza. Y de todo ello hay un eco en las obje­cio­nes de gente pos­te­rior como Benet o Umbral, que van a decir que Gal­dós no es un buen escri­tor, que su rea­lismo es en el mejor de los casos mera socio­lo­gía y no literatura».

La manera de des­pre­ciarle sin leerlo, de tra­tar de igno­rar la tutela sim­bó­lica de la pálida esfinge escul­pida por Vic­to­rio Macho, ya era antes de la Gue­rra la pose más adecuada

Qué para­dó­jica alianza de cri­te­rio entre los maes­tros de la escuela fran­quista y los aven­ta­ja­dos alum­nos de voca­ción pro­gre­sista, los esti­lis­tas de la nueva lite­ra­tura espa­ñola. «Cuando le pre­gun­ta­ron a Benet acerca del por­qué de su odio a Gal­dós, la única expli­ca­ción que supo dar fue que lo había here­dado de Baroja. No había una razón», nos cuenta Ger­mán Gullón, here­dero inte­lec­tual de la gene­ra­ción de gal­do­sis­tas expa­tria­dos de la que formó parte su padre, el gran Ricardo Gullón, y comi­sa­rio de Benito Pérez Gal­dós. La ver­dad humana, la expo­si­ción del cen­te­na­rio orga­ni­zada por la Biblio­teca Nacio­nal, Acción Cul­tu­ral Espa­ñola y el Gobierno de Cana­rias. «Pero esa heren­cia per­so­nal de Benet y otros escri­to­res se ha tras­la­dado al ambiente, y por eso no ha habido una influen­cia ins­ti­tu­cio­nal favo­ra­ble a Galdós». 

El apre­cio de Benet, en sus pro­pias pala­bras, por aquel escri­tor «de segunda fila» era en efecto «muy escaso, sola­mente com­pa­ra­ble –en tér­mi­nos cuan­ti­ta­ti­vos– al des­co­no­ci­miento que tengo de su obra, a la que en los últi­mos años me he acer­cado para cer­cio­rarme de su total caren­cia de inte­rés para mí», reco­no­cía en la carta abierta que envió a Pedro Alta­res como res­puesta a la invi­ta­ción para par­ti­ci­par en el número de Cua­der­nos para el Diá­logo de home­naje a Gal­dós de 1970. Bien cas­tizo este orgu­lloso des­pre­cio pre­con­ce­bido de lo que se ignora.

La escri­tora Marta Sanz, que de la mano de la poeta y ex direc­tora gene­ral del Libro Olvido Gar­cía Val­dés se unió a Gullón en el diseño de la expo­si­ción del cen­te­na­rio, abunda y con­tex­tua­liza. «La nueva narra­tiva espa­ñola tuvo la vir­tud de ven­ti­lar la casa. Incor­poró una mirada cos­mo­po­lita, no estric­ta­mente nacio­nal sobre la lite­ra­tura y se empezó a valo­rar mucho más a escri­to­res que venían de fuera». Pero eso mismo derivó en cierta sacra­li­za­ción de una lite­ra­tura ale­jada de las cosas comu­nes de la vida y de lo local enten­dido «como algo que la ensu­cia, que la man­cha o que la con­vierte en algo redu­cido y de andar por casa», así como en «el aban­dono o minus­va­lo­ra­ción de las que habían sido nues­tras fuen­tes lite­ra­rias autóc­to­nas. La repug­nan­cia que gene­raba cierto cas­ti­cismo hizo que no se mirara con la gene­ro­si­dad que mere­cía el tra­bajo de un escri­tor tan mag­ní­fico, de una riqueza pro­di­giosa como Gal­dós, que logró que su impulso de refle­jar la reali­dad, y de cons­truir la reali­dad a tra­vés de la novela, se pro­yec­tara en su evo­lu­ción esti­lís­tica. Pocos escri­to­res han tenido la capa­ci­dad de Gal­dós para refle­xio­nar sobre su pro­pia manera de escribir».

«El Gar­ban­cero»

El malen­ten­dido de su con­si­de­ra­ción lite­ra­ria lleva irre­me­dia­ble­mente a la ele­va­ción a cate­go­ría de la anéc­dota de Luces de bohe­mia, publi­cada en 1920, con el cuerpo de Gal­dós toda­vía tibio. «Pre­ci­sa­mente ahora está vacante el sillón de Don Benito el Gar­ban­cero»: dicho por boca de Dorio de Gadex, el esper­pén­tico inte­grante del Par­naso moder­nista de San Ginés que pre­tende ele­var a la Real Aca­de­mia a Max Estre­lla, lo de gar­ban­cero –siguiendo el dic­cio­na­rio aca­dé­mico, dícese de aque­lla «per­sona o cosa ordi­na­ria y vul­gar»– es refe­ren­cia opor­tuna y opor­tu­nista, pero en cual­quier caso fic­cio­nal, del genio mali­cioso que fue Valle-Inclán. El mismo que hasta su cho­que con Gal­dós en 1913, expli­cado más ade­lante en este mismo número de LEER, había enco­miado el «abuso de facul­ta­des crea­do­ras» del maes­tro de quien tanto había apren­dido. No son pocos quie­nes encuen­tran el ger­men del esper­pento en el iró­nico desen­canto con que Gal­dós retrata a algu­nos de sus per­so­na­jes más característicos.

Lo cierto es que, hasta la hora de su muerte, Gal­dós no sólo fue el escri­tor más popu­lar de España, sino que mere­ció de manera más o menos con­ti­nuada el reco­no­ci­miento de sus cole­gas escri­to­res; de los coe­tá­neos y los de la gene­ra­ción lla­mada a suce­derle. «Cuando en 1901», explica Gullón, «apa­rece Elec­tra, la pri­mera revista moder­nista bau­ti­zada pre­ci­sa­mente en honor de su gran acon­te­ci­miento tea­tral, ¿quién pone el pró­logo? Gal­dós. Cuando en 1903 apa­rece Alma espa­ñola, ¿quién escribe aquel artículo inau­gu­ral, “Soñe­mos, alma, soñe­mos”? Gal­dós. Un autor como Una­muno, en una carta sor­pren­dente que des­cu­brí hace unos años, reco­noce cuánto le había ins­pi­rado El amigo Manso, una novela de acción inte­rior, a la hora de pre­fi­gu­rar su idea de nivola. Y por eso es tan triste lo que muchos de ellos lle­gan a escri­bir años des­pués». Ante la noti­cia de su muerte, en pala­bras publi­ca­das al día siguiente en El Libe­ral, Una­muno sen­ten­cia desde su cáte­dra de Sala­manca que «ape­nas hay en la obra nove­lesca y dra­má­tica de Gal­dós una robusta y pode­rosa per­so­na­li­dad indi­vi­dual» sino «alguna psi­co­lo­gía ele­men­tal y poquí­simo com­pli­cada» y que «no refleja una socie­dad, sino una muche­dum­bre». Pero algo dijo al menos el atra­bi­lia­rio titán bil­baino; por­que nada escri­bió ese día en su ABC Azo­rín, que pasó de la admi­ra­ción juve­nil al des­dén de la madu­rez. Y qué decir de un Baroja que, como señala Yolanda Aren­ci­bia, le había escrito car­tas «pidiendo reco­men­da­cio­nes cuando va a Madrid» y des­pués lo tra­tará con gran des­pre­cio, por ejem­plo en sus memo­rias, Desde la última vuelta del camino (1944), refi­rién­dose a él como un «hom­bre un poco lioso y hasta tra­pa­cero» cuya «falta de sen­si­bi­li­dad ética» hace que sus libros no estén a la altura de sus pares euro­peos: «No hay llama. No hay el her­vor gene­roso de un espí­ritu». Pro­ba­ble­mente Baroja no hacía enton­ces sino adhe­rirse mez­qui­na­mente al des­cré­dito ambiente que se res­pi­raba con­tra Gal­dós en la España de pos­gue­rra.

Hasta su cho­que con Gal­dós en 1913, el mismo Valle-Inclán que acu­ñará el cali­fi­ca­tivo de «gar­ban­cero» había enco­miado el «abuso de facul­ta­des crea­do­ras» del ‘maestro’

«Los escri­to­res del 98», opina Fran­cisco Cáno­vas, «bas­cu­la­ron entre el amor y el odio, pero es una típica diná­mica de relevo gene­ra­cio­nal en la que hay que matar al maes­tro para afian­zar el nuevo pro­yecto. De cuando en cuando le cri­ti­can, lamen­tan su estilo pre­sun­ta­mente des­cui­dado, pero por otra parte abun­dan los tes­ti­mo­nios de admi­ra­ción. Y frente a ellos se sitúan pesos pesa­dos de la cul­tura espa­ñola. Luis Cer­nuda reco­noce que en el exi­lio lee a Gal­dós para apla­car la nos­tal­gia y le dedica su poema “Bien está que fuera tu tie­rra”. Para Cer­nuda, Gal­dós escribe como quiere escri­bir y no hay nin­gún otro autor espa­ñol con­tem­po­rá­neo que haya con­se­guido una escri­tura tan efi­caz. Alei­xan­dre y Lorca se hicie­ron ami­gos comen­tando los Epi­so­dios Nacio­na­les. Y este último, que le había escu­chado de niño en un mitin repu­bli­cano en Gra­nada, dirá que era la voz más pro­funda y ver­da­dera de España».

Pero esta acti­tud posi­tiva fue mino­ri­ta­ria entre la lla­mada gene­ra­ción del 27; la joven lite­ra­tura arra­ci­mada en torno a La Gaceta Lite­ra­ria de Gimé­nez Caba­llero, «núcleo de reno­va­ción no solo en las letras, sino en el cine, en la pin­tura, en las artes todas, en todo un estilo depor­tivo, asép­tico, ale­gre y “anti­gal­do­siano”, hubie­ran dicho si enton­ces hubie­ran leído a Gal­dós», des­cri­bió años des­pués una gal­do­siana de pro como María Zam­brano, citada por Andrés Tra­pie­llo en Las armas y las letras. Esa manera de des­pre­ciar sin haber leído, de tra­tar de igno­rar la tutela sim­bó­lica repre­sen­tada por la pálida esfinge sedente escul­pida por Vic­to­rio Macho en el Retiro madri­leño, ya era antes de la Gue­rra la pose más adecuada.

Exi­lio post mortem

Man­dado al des­ván por sus cole­gas, recha­zado por la España cle­ri­cal que impuso su rígido cate­cismo cul­tu­ral a par­tir de 1939, se podría decir que Gal­dós mar­chó al exi­lio aun des­pués de muerto. Quedó borrado del canon nacio­nal. Cuando en 1948 Pedro Laín Entralgo intenta escla­re­cer en su ensayo España como pro­blema el pano­rama cul­tu­ral fini­se­cu­lar espa­ñol mar­cado por la ten­sión entre pro­gre­sismo y tra­di­cio­na­lismo, con Menén­dez Pelayo como figura domi­nante, Gal­dós no apa­rece por nin­gún lado. Ni siquiera al refe­rirse a los lite­ra­tos de su tiempo, entre los que Laín men­ciona a «Doña Emi­lia Pardo Bazán, Cla­rín, Pala­cio Val­dés y el Padre Coloma». Sólo cuando afronta su reivin­di­ca­ción de la gene­ra­ción del 98 lo cita de pasada junto a Costa y Macías Pica­vea como quie­nes inven­ta­ron el tema de la rege­ne­ra­ción. Tam­poco más ade­lante, con la pro­gre­siva aper­tura, Gal­dós será sus­cep­ti­ble de ser reivin­di­cado, frente a los exclu­yen­tes, por los com­pren­si­vos de Ridruejo, en tanto que por razo­nes cro­no­ló­gi­cas obvias no había tenido la opor­tu­ni­dad de ser un repre­sa­liado directo de la into­le­ran­cia de pos­gue­rra. Y ense­guida llegó el veto esti­lís­tico de la nueva narrativa.

Gal­dós es enton­ces apar­cado por no estar lo sufi­cien­te­mente com­pro­me­tido, de un lado u otro, con la tra­di­ción mani­quea espa­ñola, o por cla­mar con­tra el recu­rrente cai­nismo espa­ñol, un tema cons­tante, sobre todo en sus Epi­so­dios. «Nadie entonó como Gal­dós el lamento por la bipo­la­ri­za­ción ideo­ló­gica de las dos Espa­ñas», afirma el his­to­ria­dor Ricardo Gar­cía Cár­cel en La heren­cia del pasado; y lo ilus­tra con un elo­cuente frag­mento del pri­mer Epi­so­dio de la segunda serie, El equi­paje del rey José (1875): «Si en el santo polvo a que se reduce la carne y los hue­sos de tan­tos hom­bres arras­tra­dos a la muerte por el fana­tismo y los ren­co­res polí­ti­cos que­dase un resto de vida, ¡cuán­tas ínti­mas recon­ci­lia­cio­nes, cuán­tos tier­nos reco­no­ci­mien­tos, cuán­tos per­do­nes no calen­ta­rían el seno helado de la fosa donde el insen­sato cuerpo nacio­nal ha arro­jado parte de sus miem­bros, como si le estor­ba­sen para vivir!». 

«Él no fue un repu­bli­cano, ni siquiera cuando entra en las filas del repu­bli­ca­nismo» a par­tir de 1907, ase­gura Yolanda Aren­ci­bia. «Él ante todo fue un gran liberal»

La lec­tura anacró­nica de algu­nas de las res­pues­tas que Gal­dós fue plan­teando ante la coyun­tura espa­ñola pro­pi­cia otro malen­ten­dido, en este caso polí­tico. «Él no fue un repu­bli­cano, ni siquiera cuando entra en las filas del repu­bli­ca­nismo» a par­tir de 1907, ase­gura Yolanda Aren­ci­bia. «Él fue un gran libe­ral. En aquel momento le entu­siasmó el pro­grama de Mel­quía­des Álva­rez y de otros polí­ti­cos repu­bli­ca­nos. Y puesto a entrar en polí­tica fue lo más cer­cano que encon­tró, por­que el espec­tro polí­tico estaba divi­dido y pola­ri­zado, no había una opción inter­me­dia. Llegó a pre­si­dente de la Con­jun­ción por­que era una voz res­pe­tada, una auto­ri­dad moral, tenía mano izquierda para con­sen­suar y no supo­nía un riesgo para los polí­ti­cos pro­fe­sio­na­les. Pero tam­bién el repu­bli­ca­nismo ter­minó decep­cio­nán­dole. Cual­quier par­tido polí­tico, con sus ren­ci­llas y egoís­mos, le hubiera desen­can­tado. Y ese desen­canto se ve en su obra, espe­cial­mente en los Epi­so­dios. En aquel momento sen­tía mucha admi­ra­ción per­so­nal por Pablo Igle­sias, y llegó a decir en un momento deter­mi­nado que el socia­lismo era el futuro. Pero su idea del socia­lismo no es lo que noso­tros enten­de­mos por socia­lismo». 

Aquel fue sólo el último de sus posi­cio­na­mien­tos; «su vida polí­tica fue muy larga», aclara Gullón. «Cuando mue­ren Sagasta y su libe­ra­lismo, y Ferre­ras, que le había lle­vado a polí­tica, comienza a darse cuenta de que el con­ser­va­du­rismo espa­ñol no ha con­se­guido cum­plir lo que se había pro­puesto, aun­que reco­noce algu­nos logros de la Res­tau­ra­ción. En todos sus escri­tos polí­ti­cos, de todas las épo­cas, hay una idea básica, y es que cuando algo sale mal en polí­tica no te pue­des limi­tar a echarle la culpa al adver­sa­rio, sino que hay una res­pon­sa­bi­li­dad colec­tiva. Es la idea gine­riana de la armo­nía. Cuando él ve en 1907 que su amigo Maura y los con­ser­va­do­res no cum­plen con lo que habían pro­me­tido, y que el Gobierno se pone muy duro con el movi­miento obrero, se hace repu­bli­cano, pero sigue siendo bas­tante mode­rado y en el fondo no deja de apo­yar la monar­quía. Por­que él era un repu­bli­cano de los de Cas­te­lar, que creía que la monar­quía daba esta­bi­li­dad a España». 

Gal­dós en América

El his­pa­nista nor­te­ame­ri­cano John W. Kro­nik dejó dicho que lo único bueno del apa­gón fran­quista sobre la figura de Gal­dós fue la eclo­sión gal­do­sista en Esta­dos Uni­dos ani­mada por pro­fe­so­res exi­lia­dos y sus dis­cí­pu­los. Habla Fran­cisco Cáno­vas: «En 1943, año del cen­te­na­rio de su naci­miento, esta­ban tra­ba­jando en uni­ver­si­da­des nor­te­ame­ri­ca­nas per­so­na­jes de altí­simo nivel como Luis Cer­nuda, Joa­quín Casal­duero, Fran­cisco Gar­cía Lorca, José Fer­nán­dez Mon­te­si­nos o Ángel del Río. Y en torno a ellos y a su fun­ción docente, muchos de sus alum­nos se hicie­ron gal­do­sis­tas. De ahí salió una gene­ra­ción de una vein­tena de estu­dio­sos de pri­me­rí­simo nivel, igual o mayor que en España, como Kro­nik, Peter Bly, Hans Hin­ter­häu­ser o William Shoe­ma­ker. Un boom que se tra­dujo en edi­cio­nes en inglés de For­tu­nata, Doña Per­fecta, las nove­las de Tor­que­mada o El Abuelo. Este pro­ceso se ali­mentó luego con los his­pa­nos, los hijos de emi­gran­tes estu­dian­tes de lite­ra­tura o filo­lo­gía. Y por eso la Aso­cia­ción Inter­na­cio­nal de Gal­do­sis­tas y los Anales de Estu­dios Gal­do­sia­nos tie­nen su sede en Esta­dos Uni­dos. Allí se man­tuvo el nivel aca­dé­mico hasta que a par­tir de los 60 y los 70 apa­rece en España una nueva gene­ra­ción que va a reivin­di­car a Galdós».

Retrato de Galdós por Pablo Audouard.
Retrato de Gal­dós por Pablo Audouard.

Ger­mán Gullón, pro­fe­sor en EEUU buena parte de su vida, está en con­di­cio­nes de cer­ti­fi­car en pri­mera per­sona el flo­re­ci­miento de aquel gal­do­sismo nor­te­ame­ri­cano. «En el exi­lio, donde incluyo a gente como Casal­duero o mi padre, que no son pro­pia­mente exi­lia­dos sino gente que se mar­cha de España por razo­nes entre polí­ti­cas, eco­nó­mi­cas y aca­dé­mi­cas, Gal­dós renace. Durante un tiempo los mejo­res libros sobre Gal­dós se escri­ben allí, entre ellos la bio­gra­fía que toda­vía hoy más res­peto y que incom­pren­si­ble­mente nunca ha sido tra­du­cida al espa­ñol, Pérez Gal­dós, Spa­nish Libe­ral Cru­sa­der de Cho­non Ber­ko­witz. Cuando nos reunía­mos allí hablá­ba­mos de Gal­dós. Por­que lo había­mos leído, por­que cono­cía­mos muy bien su obra y sus per­so­na­jes. En España había des­a­pa­re­cido pero allí Gal­dós estaba vivo». Y no era sólo cosa de espa­ño­les nos­tál­gi­cos en tie­rra extraña. Gullón recuerda un encuen­tro en Aus­tin, Texas, a comien­zos de los 70 con Dio­ni­sio Ridruejo y Octa­vio Paz, durante el cual el gran escri­tor mexi­cano le demos­tró que se sabía de memo­ria el comienzo de Tra­fal­gar, apren­dido en su infan­cia con una edi­ción ilus­trada de los Epi­so­dios («Yo solía leer de niño los Epi­so­dios Nacio­na­les y me olvi­daba hasta de comer», con­fiesa otro mexi­cano como Alfonso Reyes en Ter­tu­lia de Madrid). 

«La pro­yec­ción de Gal­dós en His­pa­noa­mé­rica fue muy grande», insiste Gullón. «Ire­neo Paz escri­bió sus trece Leyen­das his­tó­ri­cas mexi­ca­nas ins­pi­rado en los Epi­so­dios. En Chile, Bal­do­mero Lillo tiene muchas obras ins­pi­ra­das por Gal­dós. La Doña Bár­bara de Rómulo Galle­gos es Doña Per­fecta, de la que pre­ci­sa­mente se hace una pelí­cula en 1918 en Esta­dos Uni­dos, donde Clara Bell había tra­du­cido varias de sus novelas». 

Más allá del realismo

Una pro­yec­ción hoy olvi­dada; Gullón lamenta que «a Gal­dós le han robado la uni­ver­sa­li­dad». Quizá por la dimen­sión espa­ñola tan fuerte que tuvo su figura, pri­mer inte­lec­tual moderno nacio­nal, que abarcó medio siglo de la his­to­ria y la lite­ra­tura en España, desde la publi­ca­ción de La Fon­tana de Oro en 1870 a su muerte en 1920. Y de ese medio siglo, al menos treinta años, entre 1885 y 1915, en el cen­tro de la vida pública espa­ñola. Una pre­sen­cia cons­tante repre­sen­tada en el reco­rrido de la expo­si­ción del cen­te­na­rio. Pro­te­gi­dos en vitri­nas, manus­cri­tos y edi­cio­nes se suce­den en para­lelo al con­texto, las inquie­tu­des y evo­lu­cio­nes del escri­tor cana­rio y su impacto en una socie­dad en trance de doliente modernización. 

Gullón ha que­rido apro­ve­char la oca­sión del cen­te­na­rio para con­tri­buir con el dis­curso expo­si­tivo de La ver­dad humana a ensan­char el marco teó­rico que en España se ha dado tra­di­cio­nal­mente al legado gal­do­siano. He aquí otro malen­ten­dido. El que rela­ciona direc­ta­mente la obra de Gal­dós con las cate­go­rías aca­dé­mi­cas que le han fosilizado. 

«A muchos crí­ti­cos les ha moles­tado que en la expo­si­ción se hable de mane­ras narra­ti­vas. ¿Por qué lla­mas pri­mera manera a las nove­las de tesis? Por­que hablar de nove­las de tesis es tener en cuenta úni­ca­mente su aspecto ideo­ló­gico. Y en ese momento Gal­dós está mon­tando la arqui­tec­tura de la novela. A Doña Per­fecta, que es una res­puesta a Pepita Jimé­nez, le puso cua­tro fina­les dife­ren­tes. Ense­guida cam­bia el final folle­ti­nesco con que apa­rece en la Revista de España. Lo mismo cabe decir de Glo­ria y de La fami­lia de León Roch, que merece esa mara­vi­llosa reseña de Giner de los Ríos» que tan en cuenta ten­drá Gal­dós a la hora de aban­do­nar la senda de la narra­tiva ideo­ló­gica (de Gal­dós a la Resi­den­cia de Estu­dian­tes: cuando se habla de estos años clave que desem­bo­ca­rán en la Edad de Plata por cual­quier lado apa­rece Giner. El mismo que alentó a Gal­dós a que se decan­tara por la novela en favor del teatro).

«Y luego», con­ti­núa Gullón, «lle­gan las nove­las natu­ra­lis­tas. Pero ¿por qué no psi­co­ló­gi­cas, como en el caso de Dos­toievski, si La des­he­re­dada, que es pro­ba­ble­mente la pri­mera novela psi­co­ló­gica espa­ñola, ocu­rre la mayor parte del tiempo en la mente de Isi­dora? A Gal­dós se le han puesto muchas cin­chas, y eso tiene que ver con la pobreza de nues­tra cul­tura crí­tica. La uni­ver­si­dad espa­ñola ha des­pre­ciado la corriente de pen­sa­miento crí­tico huma­nís­tico espa­ñol que repre­sen­ta­ron Cla­rín, Giner, Reyes, Ayala o Paz, una corriente de huma­nismo moderno que crea cono­ci­miento lite­ra­rio rele­vante a base de idea­ción inno­va­dora frente a otra que se limita a ver en qué fecha se escri­bió esto o lo otro. Hablar de rea­lismo, cuando el rea­lismo ha exis­tido siem­pre, desde el Cid, no explica real­mente nada. A Gal­dós se le ha tro­ceado para meterlo en todos estos compartimentos». 

«Hablar de rea­lismo no explica real­mente nada. A Gal­dós se le han puesto muchas cin­chas, y eso tiene que ver con la pobreza de nues­tra cul­tura crí­tica» (Ricardo Gullón)

Aren­ci­bia coin­cide con Gullón en des­acre­di­tar este enca­si­lla­miento. «Rea­lismo, moder­nismo, natu­ra­lismo, son eti­que­tas que no sir­ven para alguien en cuya pri­mera novela hay un per­so­naje que se baja de un cuadro».

En la obra a la que se refiere Aren­ci­bia, La som­bra (1866–1867), el pro­ta­go­nista está con­ven­cido de que su mujer está siendo sedu­cida por el per­so­naje de una pin­tura mito­ló­gica. Ya se mani­fiesta un rasgo que lejos de ser un pecado de juven­tud será una cons­tante: la metó­dica osci­la­ción entre lo real y lo fan­tás­tico. «El sueño –la ima­gi­na­ción– se ha ins­ta­lado en medio de la reali­dad», explica Andrés Amo­rós en “La som­bra: reali­dad e ima­gi­na­ción” (Cua­der­nos His­pa­noa­me­ri­ca­nos, 1971). Hasta el punto que «la reali­dad con­firma lo ima­gi­nado», del mismo modo que mucho des­pués, en Mise­ri­cor­dia, publi­cada el año de su ingreso en la Real Aca­de­mia Espa­ñola, 1897, el cura Romualdo ima­gi­nado por Benina tomará cuerpo real. Así pues, el rea­lismo gal­do­siano, a la manera cer­van­tina, «es expre­sión de una reali­dad que excede lo pura­mente externo e incluye lo psi­co­ló­gico: las obse­sio­nes, las ideas fijas, los sue­ños de los personajes».

(Acerca de La som­bra, el pro­fe­sor Fran­cisco Yndu­ráin encon­tró su pro­yec­ción implí­cita en el Museo de repro­duc­cio­nes de Ramón Gómez de la Serna, y en la La man­zana, poema cine­ma­to­grá­fico y obra de tea­tro que León Felipe reco­noce direc­ta­mente ins­pi­rada por el relato juve­nil de Gal­dós. Y de aquí, si nos pone­mos, lle­ga­mos a San Fran­cisco y nos encon­tra­mos a Kim Novak ensi­mis­mada ante el retrato de Car­lota Val­dés… Y no diría­mos que nada de esto, del Ramón de Bue­nos Aires a Vér­tigo pasando por el exi­lio mexi­cano de León Felipe, es pre­ci­sa­mente rea­lista).

La dia­léc­tica entre reali­dad e ima­gi­na­ción es una cons­tante de la obra de Gal­dós. «Optó por bus­car, en la mayor parte de su pro­duc­ción lite­ra­ria, un punto de encuen­tro entre ambos extre­mos», escribe otro espe­cia­lista como Fran­cisco Cau­det en su estu­dio pre­li­mi­nar de Tor­mento (Akal, 2002). Y lo ilus­tra con dos nove­las sepa­ra­das en el tiempo como la pro­pia Tor­mento y, de nuevo, Mise­ri­cor­dia, en las que «se esfu­man las fron­te­ras de lo real y lo irreal, de lo vivido y lo ima­gi­nado o soñado. Las dos son por igual nove­las deci­di­da­mente rea­lis­tas. Acaso por­que lo imaginado/soñado es un ingre­diente –así lo pen­saba Gal­dós– de lo real».

¿Y dónde queda la reali­dad y dónde empieza la ima­gi­na­ción? «La res­puesta no es fácil», reco­noce Cau­det. Será «su obse­sión, su caba­llo de bata­lla» de prin­ci­pio a fin. Según María Zam­brano, el apa­rente con­flicto queda resuelto por el pro­di­gio de la mirada crea­dora del genio. Gal­dós ve la reali­dad para luego engen­drar visio­nes verí­di­cas, dirá la pen­sa­dora mala­gueña en La España de Gal­dós. Y esa sín­te­sis la alcanza por medio de la novela, vehículo útil, vigente y nece­sa­rio en tanto que ofrece la posi­bi­li­dad de reve­lar el mis­te­rio de la realidad.

Alfonso Reyes explica a su manera, en el texto sobre Gal­dós de Ter­tu­lia de Madrid (1949), el con­curso de lo imaginado/soñado en su lite­ra­tura. «No nece­sita Gal­dós des­co­yun­tar el argu­mento para hacer­nos acep­tar lo inve­ro­sí­mil prác­tico, que nos pre­senta con la natu­ra­li­dad de lo obvio. Un soplo sobre­na­tu­ral pasa por las pági­nas de Miau, Naza­rín o La pri­mera Repú­blica, título que es por sí solo una pro­fe­cía. No nece­sita esfor­zar el inge­nio para que el hom­bre y el fan­tasma se enfrenten». 

Pie­dad e ironía

Habla Reyes de la «iro­nía dulce y terri­ble a la manera del Qui­jote» de las nove­las con­tem­po­rá­neas de Gal­dós. Cer­van­tes, una y otra vez, apa­rece como refe­rente de su pro­yecto narra­tivo y pie­dra de toque para su valo­ra­ción. Frente a los que hasta hoy rela­ti­vi­zan su valía, sus más deci­di­dos par­ti­da­rios lo ponen direc­ta­mente tras la estela cer­van­tina. Para María Zam­brano, uno y otro ofre­cen los dos mun­dos nove­lís­ti­cos «que el espa­ñol tiene para con­tem­plarse». Mar­ca­dos ambos por dos ras­gos sin los cua­les ella entiende que no hay novela: la pie­dad y la ironía.

«La iro­nía es una gran herra­mienta» gal­do­siana, observa Yolanda Aren­ci­bia, que le sirve para endul­zar la amar­gura o la tris­teza de lo que des­cribe. Ante una reali­dad angus­tiosa, como el pano­rama terri­ble del cesante de Miau, con­si­gue hacer son­reír al lec­tor. Cáno­vas con­firma: «Cer­van­tes está en toda su obra hasta el final. Desde que era joven y escribe Un viaje redondo, por el bachi­ller San­són Carrasco (1861) hay per­so­na­jes, temá­ti­cas y una iro­nía muy cer­van­ti­nos. Naza­rín, que se echa a los cami­nos a pre­di­car el evan­ge­lio genuino, es mitad Qui­jote mitad Cristo. Esto para él era un motivo de orgu­llo y un modo de engan­char con la mejor tra­di­ción espa­ñola. Poco antes de morir, Cla­rín escribe que Gal­dós es como Miguel de Cer­van­tes por den­tro; Azo­rín dijo que es el otro Cer­van­tes».

Cómo no pen­sar en el Qui­jote leyendo Prim, penúl­timo Epi­so­dio de la cuarta serie, en el que su pro­ta­go­nista, el impe­tuoso San­tiago Íbero, la ima­gi­na­ción reca­len­tada por las lec­tu­ras de las haza­ñas de Her­nán Cor­tés, se con­vence de que el cau­di­llo de Reus viaja a México para recon­quis­tar aque­llas tie­rras y se escapa de casa para unirse a sus tro­pas, y de esta con­fu­sión nace su aven­tura libe­ral y un qui­jo­tesco deam­bu­lar por los pai­sa­jes diver­sos de la Península. 

Más allá de deba­tes super­fi­cia­les y coreo­grá­fi­cos, del mero posi­cio­na­miento esté­tico –¿es bueno o tan bueno?, como acer­ta­da­mente for­mula Álvaro Cor­tina en este mismo número gal­do­siano de LEER–, la obra de Gal­dós se abre camino por sus pro­pios medios y sigue siendo leída. Quizá por­que cual­quier prosa con­tem­po­rá­nea parece anémica al lado de su gene­rosa ver­bo­si­dad. Bus­ca­mos al azar en la página abierta en el atril, último Epi­so­dio de la cuarta serie, La de los tris­tes des­ti­nos: «Más allá de El Esco­rial, cuando el tren aco­me­tía con pujanza y ardiente resue­llo las abrup­tas moles de la divi­so­ria, redo­bló Polop sus patrió­ti­cas invec­ti­vas, aca­lo­rando su ánimo con sor­bos fre­cuen­tes de un gene­roso coñac que lle­vaba». Con qué colo­rido la fuma­rola de la loco­mo­tora, las coní­fe­ras y el gra­nito del Gua­da­rrama se apa­re­cen en la ima­gi­na­ción del lec­tor acom­pa­ñando la etí­lica efu­si­vi­dad revo­lu­cio­na­ria del con­duc­tor del ferro­ca­rril del norte, «ven­tu­roso escape hacia el mundo euro­peo, divina bre­cha para la civi­li­za­ción». No ape­tece apearse.

Revista LEER, número 296, espe­cial Galdós