Los libros de Doménikos

Nunca se sabrá con plena cer­teza, pero parece que Domé­ni­kos Theo­to­kó­pou­los tenía 150 libros cuando murió, el 7 de abril de 1614. Solo hacía 174 años que Guten­berg había inven­tado la imprenta; hallazgo reciente en una época en la que los avan­ces tec­no­ló­gi­cos no se suce­dían al ritmo ver­ti­gi­noso de nues­tros días. El Prado expone ahora 39 de aque­llos títu­los, cua­tro de ellos ori­gi­na­les del pin­tor y dos de ellos pro­fu­sa­mente ano­ta­dos: el tra­tado de arqui­tec­tura de Vitru­bio y las Vidas de Vasari. Tam­bién expues­tos, pues, un volu­men de obras de Alpiano Ale­jan­drino y otro tra­tado arqui­tec­tó­nico –el de Sebas­tiano Ser­lio– fue­ron, ade­más, suyos. Los dos inven­ta­rios rea­li­za­dos en su día por Jorge Manuel, hijo del extraño artista, son la fuente prin­ci­pal de una mues­tra modesta –tipo mono­sala– que se diría para espe­cia­lis­tas si los gru­pos guia­dos y los turis­tas de todas par­tes no copa­ran la exi­gua estancia.

Bibliogreco

El Greco tuvo libros en griego, ita­liano y romance: libros sobre arqui­tec­tura, clá­si­cos como Aris­tó­te­les, Homero, Fla­vio Josefo, Jeno­fonte, Luciano, Plu­tarco o Esopo, y moder­nos como Petrarca o Ariosto. Tuvo tex­tos de san­tos como Jus­tino, Dio­ni­sio, Juan Cri­sós­tomo o Basi­lio, y hagio­gra­fías y docu­men­tos doc­tri­na­les –como el decreto sobre imá­ge­nes reli­gio­sas del Con­ci­lio de Trento– que sin duda empleaba como manua­les en la repre­sen­ta­ción de asun­tos reli­gio­sos. José Rie­llo escribe que lo que hace excep­cio­nal su biblio­teca es la pre­sen­cia de libros en griego, y quizá –cabe aña­dir– que ate­so­rara un volu­men de libros algo mayor de lo habi­tual entre los pin­to­res de enton­ces. Todo ello hace de sus ano­ta­cio­nes las prin­ci­pa­les depo­si­ta­rias del inte­rés de afi­cio­na­dos y estu­dio­sos; ano­ta­cio­nes que arro­jan una jugosa y fide­digna infor­ma­ción acerca del pen­sa­miento esté­tico de Theotokópoulos.

Las notas reve­lan un desin­te­rés des­pre­cia­tivo y poco disi­mu­lado por sus con­tem­po­rá­neos his­pá­ni­cos, así como una clara con­cien­cia de su carác­ter extra­or­di­na­rio. Apo­yan la tesis de la “extra­va­gante con­di­ción” que Jusepe Mar­tí­nez le asignó, y remi­ten a un hom­bre con­tro­ver­tido más allá de su pin­tura. Cier­ta­mente lo fue, por otra parte, teniendo en cuenta que se le expulsó del Palazzo Far­nese, en Roma, por “ver­ter alguna opi­nión extem­po­rá­nea” (Rie­llo) y muy pro­ba­ble­mente rela­cio­nada con una crí­tica dema­siado atre­vida del Jui­cio Final. Sea como fuere, la prin­ci­pal apor­ta­ción que sus ano­ta­cio­nes con­tie­nen es su con­cep­ción de la pin­tura como un arte inte­lec­tual que no ha de limi­tarse a la repro­duc­ción; pin­tura que, “por ser tan uni­ver­sal, se hace espe­cu­la­tiva”. No es pre­ciso disec­cio­nar dema­siado la cita para ver al Greco como uno de esos infre­cuen­tes artis­tas que se ade­lan­tan a su tiempo.

La-biblioteca-del-Greco-CatálogoEn defi­ni­tiva, La biblio­teca del Greco disipa algu­nos de los halos dudo­sos que rodean al cre­tense, como el de un mis­ti­cismo poco apun­ta­lado por su legado inte­lec­tual, y que puede sumarse a otras suges­ti­vas teo­rías como la de su demen­cia, sus posi­bles pro­ble­mas de visión o la influen­cia de un even­tual con­sumo de hachís sobre su pin­tura (Javier Docampo). A pesar de que nin­guna espe­cu­la­ción pueda ser abso­lu­ta­mente refu­tada, todo apunta a que Domé­ni­kos fue un artista, si bien sui gene­ris, mucho más pro­sai­ca­mente preo­cu­pado por una pin­tura capaz de tras­cen­der su mera misión repre­sen­ta­dora. La expo­si­ción que El Prado, La Biblio­teca Nacio­nal y la Fun­da­ción El Greco 2014 pre­sen­tan, pro­cura sem­blar a un pin­tor que pro­fesó una serie de opi­nio­nes huma­nis­tas y esté­ti­cas que van mucho más allá de lo anec­dó­tico y extra­va­gante que suele aso­ciár­sele. Con­súl­tese el catá­logo –tex­tos de Rie­llo y Docampo (comi­sa­rios), Richard Kagan, Fer­nando Marías y Leti­cia Ruiz– para comprobarlo.

GONZALO PERNAS

La biblio­teca del Greco” puede visi­tarse en el Museo del Prado hasta el 29 de junio de 2014. «De entre los fas­tos cul­tu­ra­les que la magia de las fechas des­pliega en torno al cuarto cen­te­na­rio de la muerte del Greco, puede que el más sutil sea la expo­si­ción en el Museo del Prado de la parte nuclear de los volú­me­nes que for­ma­ron la biblio­teca del pin­tor», escribe GABRIEL ALBIAC, a pro­pó­sito del exce­lente catá­logo de la mues­tra, en el número de junio de la edi­ción impresa de LEER (dis­po­ni­ble en kios­cos de toda España, en libre­rías y tam­bién en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE). 

 

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