España tiene un color especial

«Se derra­man más lágri­mas por ple­ga­rias aten­di­das que por las no aten­di­das», escri­bió Teresa de Jesús, cita con la que Tru­man Capote enca­beza su esplén­dida novela titu­lada pre­ci­sa­mente Ple­ga­rias aten­di­das. En El genuino sabor (Lite­ra­tura Ran­dom House), obra con la que la escri­tora, tra­duc­tora y perio­dista madri­leña Mer­ce­des Cebrián debuta en la nove­lís­tica pro­pia­mente dicha –antes había publi­cado cuen­tos, poe­mas y nou­ve­lles–, las ple­ga­rias de Almu­dena, su pro­ta­go­nista, son aten­di­das: «Lo que un tiempo quiso con tanta ener­gía, al final se ha aca­bado cum­pliendo», lee­mos en el pri­mer capí­tulo, «El con­ti­nente», de los tres que for­man la novela. Y tam­bién inme­dia­ta­mente a con­ti­nua­ción: «Pro­te­gedme de lo que deseo, pintó la artista esta­dou­ni­dense Jenny Hol­zer sobre un BMW blanco de Fór­mula 1 en 1999″. Por­que si bien los deseos de Almu­dena se cum­plen nada resulta como se lo había imaginado.

genuinosaborcebrianDesde pequeña Almu­dena soñaba con via­jar y cono­cer mundo: «En el salón de casa de sus padres hacía girar el des­co­mu­nal globo terrá­queo que escon­día en su inte­rior un mue­ble bar repleto de bote­llas y, en plena rota­ción, situaba el dedo al azar sobre un punto de la super­fi­cie abom­bada que repro­du­cía fiel­mente el estilo car­to­grá­fico de Juan de la Cosa». Por ello, fan­ta­seaba con tener un marido diplo­má­tico, como Teresa Villa­se­ñor, amiga de su madre, de quien escu­chaba con emo­ción e inte­rés las his­to­rias de su acti­vi­dad y ges­tio­nes como diplo­má­tica con­sorte. Pero, pasada la infan­cia, Almu­dena decide con­ver­tirse ella misma en una espe­cie de «emba­ja­dora» de lo espa­ñol en el extran­jero a tra­vés de dis­tin­tos y en algún caso no poco pin­to­res­cos come­ti­dos pri­mero en Lati­noa­mé­rica y luego en dis­tin­tos paí­ses euro­peos. Así, por ejem­plo, se encarga de expli­car a los habi­tan­tes del Cono Sur las bon­da­des de nues­tro jamón de bellota, para luego ins­ta­larse en una ciu­dad fran­cesa de pro­vin­cias, donde tra­baja como ges­tora cul­tu­ral en un orga­nismo para la puesta en valor y difu­sión de la cul­tura y la len­gua espa­ño­las, y, pos­te­rior­mente, vivir en Lon­dres como empleada de una ins­ti­tu­ción que tiene simi­lar cometido.

En la capi­tal bri­tá­nica, en la que la pri­mera labor de Almu­dena con­siste en orga­ni­zar un ciclo de con­fe­ren­cias sobre auto­res espa­ño­les exi­lia­dos en el Reino Unido y una expo­si­ción en torno al Camino de San­tiago, entre otros even­tos, se desa­rro­lla buena parte del relato. A la ciu­dad del Táme­sis, a sus gen­tes y cos­tum­bres, deberá ir habi­tuán­dose la pro­ta­go­nista de El genuino sabor, a la vez que les cuenta a los bri­tá­ni­cos las sin­gu­la­ri­da­des de la «marca España» sin caer en tópi­cos y este­reo­ti­pos y dán­do­les el mayor bar­niz de moder­ni­dad. Final­mente habrá de aban­do­nar ese des­tino, adonde fue a sus­ti­tuir a una empleada de baja por mater­ni­dad, y deter­mi­nar si asume otro en Gibral­tar, terri­to­rio al que va de ins­pec­ción, pre­gun­tán­dose «qué dosis de espa­ño­li­dad será posi­ble trans­mi­tir allí».

En su peri­plo como «emba­ja­dora» acom­pa­ña­mos a Almu­dena, com­par­tiendo sus pro­ble­mas y afa­nes en un ejer­ci­cio de empa­tía, pues Mer­ce­des Cebrián ha sabido cons­truir un per­so­naje tan sólido como curioso en una novela de indu­da­ble ori­gi­na­li­dad y atrac­tivo. Una novela de sabor agri­dulce, a la que no le son aje­nos el humor y la iro­nía, que plan­tea, no obs­tante, cues­tio­nes de gran calado como son la iden­ti­dad nacio­nal y los con­flic­tos inter­cul­tu­ra­les.

CARMEN R. SANTOS

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