Monstruos de ayer

Hubo un tiempo en que el cine­ma­tó­grafo –como antes el tea­tro– estaba inte­grado como ele­mento pri­mor­dial de la vida social. En los años 20 y 30 del pasado siglo los lar­go­me­tra­jes de terror hacían furor y ponían su aquel de irra­cio­na­lismo en la vida de las gen­tes que aca­ba­ban de ver cómo la Gran Gue­rra aca­baba con el sueño de la Belle Épo­que. La sala oscura seguía des­en­cua­der­nando las fal­sas segu­ri­da­des de la bur­gue­sía, que gozaba tem­blando con Bela Lugosi, Boris Kar­loff, Lio­nel Atwill o la saga de los Cha­ney, padre e hijo –mítico Lawrence Tal­bot, el licán­tropo de la Universal–.

londres-despues-de-medianoche_9788432222559Los extra­ños suce­sos que rodea­ron La casa del horror (Lon­don After Mid­night, 1927), la pelí­cula más bus­cada de la his­to­ria del cine fil­mada por el gran Tod Brow­ning –que se escapó de su casa a los die­ci­séis años para unirse al circo, donde ejer­ció de mago, bai­la­rín y hasta pre­sen­ta­dor del Hom­bre sal­vaje de Bor­neo–, y con­ver­tida en el objeto sagrado de la cru­zada empren­dida por Forrest J. Acker­man, el pri­mer colec­cio­nista del mundo de pelí­cu­las de horror y cien­cia fic­ción, dan pie a esta sólida novela-ensayo, Lon­dres des­pués de media­no­che (Seix Barral) de Augusto Cruz.

En aquel tiempo, en los orí­ge­nes del cine, el público no sólo iden­ti­fi­caba al actor con su per­so­naje; en más de una oca­sión los espec­ta­do­res salían de la sala des­pa­vo­ri­dos, en la firme con­vic­ción de que los vam­pi­ros habían sal­tado de la pan­ta­lla al esce­na­rio y se habían escon­dido entre las buta­cas. En la novela de Cruz el detec­tive Mcken­zie, ex inves­ti­ga­dor del FBI –último secre­ta­rio de J. Edgar Hoo­ver–, en 2006 y por encargo de un anciano Acker­man, tes­tigo del pavo­roso estreno de La casa del horror cuando tenía once años, sigue el ras­tro de este lar­go­me­traje rodado en 24 días, que costó 152.000 dóla­res y se con­vir­tió en una de las pelí­cu­las más taqui­lle­ras de enton­ces. La pes­quisa lo con­duce a Nueva York, Los Ánge­les, Texas y México, donde encuen­tra aún el recuerdo de aquel mundo mágico hecho de nitrato de plata que, sin duda, se ha per­dido y que sólo los ancia­nos ciné­fi­los, como sabios vene­ra­bles de la tribu del cine, atis­ban a recor­dar. La pelí­cula tuvo su ori­gen en un cuento de Tod Brow­ning, “El hip­no­ti­za­dor”, al que dotó de un pro­di­gioso esce­na­rio Wal­de­mar Young. El resto… per­te­nece a la memo­ria (o des­me­mo­ria) colec­tiva del cine.

En 2002, Rick Sch­mid­lin llevó a cabo una recons­truc­ción del lar­go­me­traje, pro­du­cida por Tur­ner Clas­sic Movies y con música de Robert Israel. El lar­go­me­traje ori­gi­nal de Brow­ning se per­dió en un incen­dio que tuvo lugar en la bóveda número 7 de los alma­ce­nes de Metro Goldwyn Mayer, en 1965. Para aque­llos que quie­ran hacerse una idea de aquel pro­di­gio debe­rían ver el DVD de la res­tau­ra­ción sin olvi­darse de La marca del vam­piro (Mark of the Vam­pire, 1935), tam­bién de Brow­ning, cuyo guión, escrito por Guy Endore y Ber­nard Schu­bert, siguió de cerca el de la legen­da­ria Lon­don After Midnight.

Este libro pri­me­rizo, poli­ciaco, mara­vi­lloso y hecho de celu­loide, Lon­dres des­pués de media­no­che, que toma el título direc­ta­mente del filme ori­gi­nal, en reali­dad nace de una voca­ción: man­te­ner vivos a los mons­truos en plena era de las nue­vas tec­no­lo­gías, en la que que­dan ya pocos rin­co­nes sin ilu­mi­nar. Pode­mos soñar hoy en día con las inter­pre­ta­cio­nes de Lon Cha­ney en el papel del pro­fe­sor Edward Burke, Henry B. Walt­hall en la piel de Sir James Ham­lin y de Con­rad Nagel como Art­hur Hibbs, a falta de poder dis­fru­tar de la fan­tas­ma­gó­rica cinta; pero hasta que apa­rezca, esta novela del mexi­cano Augusto Cruz, experto en cine, cons­ti­tuye el per­fecto sustituto.

DAVID FELIPE ARRANZ

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