Revista leer

China ejerce una gran fas­ci­na­ción en Occi­dente. Su secu­lar civi­li­za­ción, que ha pasado por dis­tin­tos y com­ple­jos ava­ta­res, encie­rra toda­vía secre­tos que des­pier­tan la ima­gi­na­ción y nos con­du­cen al deseo de saber más. Muy sig­ni­fi­ca­ti­va­mente la autora nor­te­ame­ri­cana Pearl S. Buck, gran cono­ce­dora del gigante asiá­tico –la mitad de su vida trans­cu­rrió en China, donde fue lle­vada por sus padres misio­ne­ros, y ambientó allí  muchas de sus nove­las– señaló que “nada ni nadie puede des­truir al pue­blo chino. Ellos son super­vi­vien­tes impla­ca­bles. Es el pue­blo civi­li­zado más anti­guo de la Tie­rra”. Pre­ci­sa­mente de una super­vi­viente nata se ocupa Jung Chang en esta monu­men­tal bio­gra­fía de casi seis­cien­tas pági­nas titu­lada Cixí, la empe­ra­triz, recién publi­cada en nues­tro país por Tau­rus.

Portada de Cixí, la emperatrizNacida en 1835, Cixí no lo tenía fácil para lle­gar desde una subal­terna posi­ción de con­cu­bina del empe­ra­dor Xian­feng a con­ver­tirse en empe­ra­triz, rigiendo el des­tino de China desde 1861 hasta el momento de su muerte, acae­cida en 1908. Con ape­nas die­ci­séis años, en una de las selec­cio­nes perió­di­cas que se rea­li­za­ban a lo largo de toda la nación para bus­car muje­res al empe­ra­dor –tenía dere­cho a con­tar con una empe­ra­triz y cuan­tas con­cu­bi­nas qui­siera–, este la eli­gió sin dudar, pues, aun­que no poseía una gran belleza, mos­traba aplomo y ele­gan­cia. Y tenía, sobre todo, unos ojos bri­llan­tes y expre­si­vos, como recalca su bió­grafa, y una mirada enor­me­mente per­sua­siva con un punto de inquie­tante, que la acom­pañó durante toda su sin­gu­lar tra­yec­to­ria. Así, la autora de este libro recoge el elo­cuente tes­ti­mo­nio de Yuan Shi­kai –con repu­tación de fuerte, y que sería el pri­mer pre­si­dente de China–, quien recuerda cómo le per­tur­baba que Cixí le mirase: “No sé por qué, pero empe­zaba a sudar. Me ponía muy nervioso”.

A lo largo de la bio­gra­fía, Jung Chang hace hin­ca­pié en la per­so­na­li­dad de Cixí, que logra suplir sus caren­cias poten­ciando sus cua­li­da­des para alcan­zar sus pro­pó­si­tos. Por ejem­plo, tras reve­lar que era semi­anal­fa­beta, apunta que “Cixí com­pen­saba su falta de edu­ca­ción aca­dé­mica con un inte­li­gen­cia intui­tiva, que le gustó emplear desde muy joven”. Sin duda, esa inte­li­gen­cia es la que le per­mi­tió cono­cer y mane­jar los com­pli­ca­dos entre­si­jos de la corte china, movién­dose como pez en el agua en la sagrada Ciu­dad Prohi­bida de Pekín, donde  pasó a vivir desde que el empe­ra­dor la eli­giera. El naci­miento de su hijo la elevó a segunda con­sorte y cuando el empe­ra­dor murió en 1861, y su here­dero, el hijo de ambos, tenía cinco años, Cixí dio un golpe de Estado con­tra los regen­tes pro­pues­tos y se hizo con la autoridad.

Hasta ahora, en gene­ral, la figura de Cixí no ha gozado pre­ci­sa­mente de buena prensa, espe­cial­mente en la his­to­rio­gra­fía occi­den­tal. Muchas veces se con­si­dera que usurpó el poder con malas artes y se la ha cali­fi­cado como “Dra­gón mujer”.  Es evi­dente  que tuvo no poco de Lady Mac­beth, aun­que con la par­ti­cu­la­ri­dad de que el acento lo puso en con­se­guir ella misma el poder. Aun­que tam­bién se ha dicho que esa visión nega­tiva obe­dece en buena medida a su opo­si­ción a la arro­gan­cia de Occi­dente y a sus deseos de con­tro­lar China. En cual­quier caso, Jung Chang lo tiene claro y, a pesar de que reco­noce sus erro­res, rompe una deci­dida lanza a favor de Cixí, sobre todo en cuanto piensa que su acción desde el mando fue muy bene­fi­ciosa para la moder­ni­za­ción de su país. En el balance de su exis­ten­cia, que Jung Chang reco­rre aquí por­me­no­ri­za­da­mente, a la vez que nos sumerge en la época, la con­clu­sión final resulta posi­tiva: “Si habla­mos de logros tras­cen­den­ta­les, sin­ce­ri­dad polí­tica y valor per­so­nal, la empe­ra­triz viuda Cixí sentó un pre­ce­dente que pocos han igua­lado. Intro­dujo la moder­ni­dad para sus­ti­tuir a la decre­pi­tud, la pobreza, la bru­ta­li­dad y el poder abso­luto, e incor­poró una huma­ni­dad, una ausen­cia de pre­jui­cios y una liber­tad hasta enton­ces insó­li­tas. Y ade­más tuvo con­cien­cia. Al repa­sar las espan­to­sas déca­das trans­cu­rri­das desde que falle­ció, es inevi­ta­ble admi­rar a esta asom­brosa mujer de Estado, con todos sus defectos”.

Esa admi­ra­ción incon­di­cio­nal nos la trans­mite Jung Chang –nacida en Yibin, pro­vin­cia de Sichuan, en 1952– en una obra, que incluye abun­dante mate­rial grá­fico, donde la amplí­sima docu­men­ta­ción en la que se basa –mucha de ella, como explica la pro­pia Jung Chang, salida a la luz a par­tir de la muerte de Mao, en 1976– no ahoga la fuerza del relato. Jung Chang es una más que efi­caz narra­dora, bien se trate de una novela, como su exi­tosa Cis­nes sal­va­jes –de rai­gam­bre auto­bio­gra­fía– o de una bio­gra­fía, como la que dedicó a Mao, en cola­bo­ra­ción con su marido, el his­to­ria­dor bri­tá­nico John Halli­day, o a Cixí, una mujer pecu­liar que dio un salto mor­tal de con­cu­bina a empe­ra­triz. Pasen y juz­guen su vida, que se lee como una seduc­tora novela.

CARMEN R. SANTOS