Amigos de Claraboya

cover1Tengo para mí que los ami­gos de Cla­ra­boya cita­dos en el título del libro edi­tado por Eolas que hoy nos ocupa no son como los ami­gos del Museo del Prado en Madrid o el Museo Minero en el Valle de Sabero, León (por poner dos ejem­plos que se fun­den en la dis­tan­cia). Los ami­gos de Cla­ra­boya no lo son tanto de la revista (aun­que la recuer­den, difun­dan su his­to­ria y resal­ten sus acier­tos teó­ri­cos y lite­ra­rios) como de los escri­to­res en cier­nes que hicie­ron posi­ble una aven­tura poé­tica que ha per­vi­vido en la memo­ria durante algo más de cin­cuenta años. Muchos, pro­ba­ble­mente, por con­ta­gio o como con­se­cuen­cia de la amis­tad que supu­ra­ban sus pági­nas y que reva­li­dan los recuerdos.

Por eso no voy a hablar de Cla­ra­boya; ya se hizo cuando no hace mucho se cele­bró su 50º aniver­sa­rio y aún antes cuando se editó el fac­sí­mil de la revista en 2005. Tam­poco voy a hablar de Agus­tín Del­gado, uno de sus artí­fi­ces, cuya muerte nos sor­pren­dió poco antes de cele­brarse aquel aniver­sa­rio, con lo cual el des­tino intro­dujo una cruel para­doja en el deve­nir de la memo­ria dispu­tada entre la ale­gría de la cele­bra­ción y el dolor del obi­tua­rio. Ni del resto de los res­pon­sa­bles de que el reto de Cla­ra­boya fuera posi­ble y ahora lo sea su recuerdo; ya ellos hablan por sí mis­mos y, a veces, hasta por los codos.

agustin delgado

Quiero cen­trarme en este libro que es resul­tado de cele­bra­ción tan con­tra­dic­to­ria: Cla­ra­boya y sus ami­gos, pro­ce­dente de la misma cuna donde nació la revista. Cuna que quizá aún se mece al arru­llo de los ver­sos que nunca se ausentan.

Un libro bello en el mejor sen­tido de la pala­bra, que merece abrirse en lugar de expli­carse, que reúne pala­bras, cor­cheas e imá­ge­nes (pin­tura, dibujo, escul­tura, ilus­tra­ción…) y, en el cual, la pala­bra que más se repite es “amis­tad”. Un libro edi­tado por Eolas y con el entu­siasmo de su direc­tor edi­to­rial, Héc­tor Esco­bar y su coor­di­na­dor, Ángel Fie­rro (por cierto, feli­ci­da­des tam­bién a Amando Cas­tro, su dise­ña­dor, por la luz) y el punto de lle­gada de un pro­yecto que sur­gió al calor de los home­na­jes. La demanda a los ami­gos de los res­pon­sa­bles del arte­facto poé­tico que vol­vía con cin­cuenta años de una cola­bo­ra­ción libre que iría saliendo en los perió­di­cos de la pro­vin­cia (como así fue) y que aca­ba­ría en libro (como así es).

Obra de Juan Carlos Mestre y texto de Antonio Gamoneda en 'Claraboya y sus amigos'.

Obra de Juan Car­los Mes­tre y texto de Anto­nio Gamo­neda en “Cla­ra­boya y sus amigos”.

No quiero exce­derme en elo­gios, ni del con­ti­nente ni del con­te­nido, aun­que ganas no me fal­tan. No quiero citar nom­bres: son muchos los artis­tas que fun­den pala­bra, ima­gen y viento para mecer la cuna donde nacen los ver­sos; mucha la gene­ro­si­dad des­ple­gada y que acaba siem­pre en una pala­bra redonda, con­tun­dente, casi arro­ja­diza: amis­tad. No quiero citar fra­ses. Ni siquiera citarme a mí mismo.

Sí, en cam­bio, insis­tir en que los ami­gos de Cla­ra­boya son los ami­gos de quie­nes hicie­ron posi­ble ese bello reto que nos per­si­gue a tra­vés del tiempo y que vuelve a mos­trarse en todo su esplen­dor. Bello libro, insisto.

AURELIO LOUREIRO

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