Algunos padres buenos

De cuando en cuando, cada vez con más fre­cuen­cia, nos lle­gan libros que han sido, según el pros­pecto, autén­ti­cas reve­la­cio­nes en su país de ori­gen. Atenta la publi­ci­dad edi­to­rial a que el fenó­meno se extienda a otros paí­ses, acom­paña la publi­ca­ción del libro de una cifra de ejem­pla­res ven­di­dos que cual­quier edi­tor fir­ma­ría con los ojos cerrados.

Los can­sa­dos, del romano Michele Serra, es uno de esos libros que apa­re­cen con el mar­chamo de reve­la­ción y, al mar­gen de sus­pi­ca­cias pro­pias de la edad, no tengo por qué dudarlo. El mer­cado de los libros nece­sita de con­ti­nuas reve­la­cio­nes para no caer en la inanición.

Cada época nece­sita sus sím­bo­los y, por tanto, escri­to­res que se atre­van a con­ver­tir­los en metá­fo­ras lite­ra­rias o en ati­na­dos ensa­yos, sea cual sea la dis­ci­plina que con­ten­gan y sea o no su pro­pó­sito ayu­dar al lec­tor a moverse por la vida o, sim­ple­mente, encon­trar diez minu­tos para la refle­xión. Ahora se lleva el género híbrido, la imbri­ca­ción de esti­los, la auto­fic­ción como punto de par­tida para extraer de la reali­dad el mate­rial que más con­venga a los intere­ses emo­cio­na­les de los lec­to­res. Hay asun­tos incrus­ta­dos en el deve­nir coti­diano que sólo unos pocos se atre­ven a enfren­tar desde la lógica y mucho menos a ana­li­zar sin el tamiz de los pre­jui­cios o el rubor.

portada-cansadosAnte algu­nos temas se puede atis­bar cierta timi­dez inte­lec­tual; de ahí que, cuando alguien se atreve a dar el paso, sea fácil que se pro­duzca una reve­la­ción en los lec­to­res, como si se tra­tase de algo por com­pleto nove­doso. La tarea del escri­tor es encon­trar el lado menos cacareado de ese asunto y difun­dirlo con la impar­cia­li­dad y dis­cre­ción que merece lo que no pre­cisa ser inven­tado pues se sus­tenta en una expe­rien­cia compartida.

Miche­lle Serra es uno de esos atre­vi­dos y, ade­más, se per­mite ser ori­gi­nal en la elec­ción de ese pedazo de reali­dad. La rela­ción entre padres e hijos ha dejado a lo largo del tiempo tan­tas pági­nas y de tan variada cali­gra­fía que pudiera pare­cer redun­dante. Serra se decide por ata­car la rela­ción entre un padre cin­cuen­tón, solo, con un ado­les­cente que se niega a adqui­rir com­pro­mi­sos, en una socie­dad nar­ci­sista en la que las nue­vas tec­no­lo­gías, ade­más de reor­ga­ni­zar la dis­po­si­ción del mundo, ponen más dis­tan­cia entre generaciones.

La elec­ción es acer­tada y su des­crip­ción, en esen­cia, ati­nada, sobre todo en el relato de lo coti­diano (yo al menos me he sen­tido iden­ti­fi­cado); podría­mos extraer ejem­plos que nos resul­ta­rían muy fami­lia­res y lle­va­rían a con­cluir que, libres de una férrea auto­ri­dad o de com­pro­mi­sos más ele­va­dos, y bajo con­di­cio­nes pare­ci­das, los ado­les­cen­tes son igua­les en todos los sitios, pare­cen abo­na­dos al des­or­den y pro­cu­ran salir por la tan­gente sin sufrir ras­gu­ños. Todos pare­cen víc­ti­mas de la misma sobre­pro­tec­ción pre­via, el capri­cho como modo de vida, el bie­nes­tar como único obje­tivo; cuando lo que son es el espejo intran­si­gente de una socie­dad que los cin­cuen­to­nes hemos ayu­dado a cons­truir, a veces con menos cons­cien­cia de lo que pen­sa­mos, pero que sólo apre­cia­mos cuando encon­tra­mos las habi­ta­cio­nes como leo­ne­ras o los cacha­rros con cos­tras de grasa. Las acti­tu­des, las rebel­días, ape­nas cam­bian con los tiem­pos; sí los len­gua­jes y las armas dia­léc­ti­cas de la disputa.

No tiene inten­ción ética este comen­ta­rio y, por lo tanto, no me voy a meter en el campo de refle­xio­nes que sobre la socie­dad del con­sumo y la his­to­ria ofrece este atri­bu­lado padre cuyo único deseo (resig­nado a que la con­ducta de su hijo es lógica según los pre­su­pues­tos que él mismo ha ali­men­tado) es que éste le acom­pañe a la mon­taña; cuando lo hace y le gana en el ascenso, el padre feliz se da por satis­fe­cho y se deja enve­je­cer. Tam­poco me parece mal el uso de la fic­ción para envol­ver el cúmulo de cer­te­zas que con­tiene lo que podría ser un jugoso libro de aforismos.

El toque narra­tivo a veces es nece­sa­rio para lle­gar a lec­to­res que pre­ci­san el apoyo o la sor­presa para lle­gar donde quie­ren. Este es un libro que busca más que un largo reposo en los estan­tes de la filo­so­fía prác­tica. Me parece un poco exu­be­rante y exa­ge­rada esa gue­rra entre ancia­nos y jóve­nes que se plan­tea en 2050 y en la que se dejan ganar los vie­jos en una con­ce­sión a la gale­ría, si bien soy cons­ciente de que a muchos le gustará.

En cual­quier caso, Los can­sa­dos ha de ser leído con la aten­ción que demanda un asunto que nos com­pete y cuyas cer­te­zas son algo más que meras anéc­do­tas de con­vi­ven­cia. El humor, aun­que indis­pen­sa­ble, si se trata de padres e hijos, no ali­via gra­ve­dad de las emociones.

El padre, no bien deja de ver a su hijo en la mon­taña, piensa que le ha ocu­rrido algo malo y siente que todo está per­dido. Me quedo con esa ima­gen. El resto es ley de vida.

AURELIO LOUREIRO

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