Revista leer

En Rena­cida, los dia­rios tem­pra­nos de Susan Son­tag (1933–2004) que su hijo David Rieff publicó en 2010, la escri­tora, que jamás se plan­teó ver estos cua­der­nos publi­ca­dos, con­si­de­raba que con esta prác­tica lite­ra­ria se pin­ta­ban “nues­tros infier­nos pri­va­dos”. Nada más infer­nal y más íntimo que aque­llas pági­nas des­po­ja­das de forma en las que la joven Son­tag luchaba con­tra sus pro­pios mons­truos y se esme­raba en cons­truir una ima­gen de lo que deseaba ser. Ano­taba lis­tas de lec­tu­ras pen­dien­tes, pelí­cu­las por ver, auto­res a los que reto­mar, dis­cos que escu­char, gente a la que cono­cer. Se reñía y cas­ti­gaba ante deci­sio­nes erró­neas, ante taras atá­vi­cas, y luego se repe­tía cómo debía ser. Esta obse­sión suya, este impe­ra­tivo irre­nun­cia­ble, acom­pañó a la autora a lo largo de toda su vida, como corro­bora La con­cien­cia uncida a la carne, sus dia­rios de madu­rez, que ha publi­cado recien­te­mente Lite­ra­tura Ran­dom House en tra­duc­ción de Aure­lio Major.

GiCVgxJNo obs­tante, y a dife­ren­cia del tomo ante­rior, la mujer de estos dia­rios se parece más a la que fue, a lo que la his­to­ria nos dejó de ella, que a la que ansiaba ser en su juven­tud. Si ya a los 15 años se sabía posee­dora de unos dones que la dis­tin­guían de la mayo­ría, en este libro, que arranca cuando Son­tag ya ha alcan­zado la trein­tena y empieza a ser una inte­lec­tual admi­rada tras la publi­ca­ción de su pri­mera novela, sabe que puede ofre­cer una con­tri­bu­ción al mundo; un mundo que, por otra parte, no deja de escu­dri­ñar. Man­tiene a menudo la escri­tura frag­men­ta­ria del pri­mer volu­men, la vora­ci­dad lec­tora (es pas­mosa la lista de con­vo­ca­dos), la curio­si­dad ansiosa, como se apre­cia en las ano­ta­cio­nes que incluye a modo de recor­da­to­rio, pero se ave­ri­gua con niti­dez el cor­pus de su obra, al menos en la temática.

Para empe­zar, SS, dura juz­ga­dora de sus defec­tos, que enu­mera con fre­cuen­cia (“cen­su­rar a otros por mis pro­pios vicios. Con­ver­tir mis amis­ta­des en amo­ríos…”), se auto­ana­liza desde todos los ángu­los, incluso con ánimo de diag­nós­tico médico, para luego aden­trarse en los que la rodean, sus ami­gos inte­lec­tua­les, sus múl­ti­ples aman­tes… y, final­mente, tra­du­cir al papel los cam­bios que se están pro­du­ciendo en los sesenta y setenta (“Estoy apren­diendo a juz­gar el mundo”). La cul­tura pop, las dro­gas, la nueva lite­ra­tura, la rebel­día y la mili­tan­cia son tan par­tes de su escri­tura íntima como las refle­xio­nes en torno a su infan­cia o sus recu­rren­tes diser­ta­cio­nes sobre el dolor.

Aun­que ella lo nie­gue “Mi alcance es más amplio como ser humano que como escri­tora (Con algu­nos escri­to­res es al con­tra­rio). Sólo una parte de mí está dis­po­ni­ble para con­ver­tirse en arte”, lo cierto es que lo que cabe dedu­cir de estos Dia­rios es una bio­gra­fía con­sa­grada a la cul­tura en todas sus mani­fes­ta­cio­nes, una mili­tan­cia de la inte­lec­tua­li­dad por la inte­lec­tua­li­dad con el fin último de alcan­zar un jui­cio sólido, casi universal.

Dia­rios atí­pi­cos, pues dejan fuera de plano los acon­te­ci­mien­tos rela­cio­na­dos con su día a día y ape­nas hablan de sus logros, de las pre­sen­ta­cio­nes de sus libros o del rodaje y recep­ción de sus pelí­cu­las, el lec­tor requiere de un cono­ci­miento pre­vio de la obra y de la per­so­na­li­dad de Son­tag y, al cabo, de su tiempo, para poder acce­der a las cla­ves que alber­gan. Pero, con todo, y aun­que lejos de ser la bio­gra­fía que nunca escri­bió, dan cuenta de todas las varia­bles que com­po­nen el uni­verso de la autora y de cómo estas se rela­cio­nan entre sí. Así, la ten­den­cia a la auto­com­pa­sión, su tris­teza (“Bajo la depre­sión, encon­tré mi ansie­dad”), las casi siem­pre frus­tran­tes rela­cio­nes amo­ro­sas, su con­sa­bida inca­pa­ci­dad para amar (“Me siento indigna del amor”), las dudas sobre si es buena o mala y otros asun­tos como el cho­que que le pro­du­cen las dife­ren­cias entre Esta­dos Uni­dos y Europa, su filia­ción al comu­nismo, su deter­mi­na­ción femi­nista (“¿De qué sexo es el yo? ¿Hay que creer que Dios es una mujer para decir ‘yo’ en cuanto a mujer y escri­bir sobre la con­di­ción humana?”), su debate en torno al arte, bien sea a nivel meta­fí­sico (“El arte es una forma de nutri­ción”), bien ligado al pre­sente inme­diato (“El arte pop es el arte de los Beatles”) o su com­pro­miso con la acción, que es un cres­cendo en su peri­pe­cia (“No he apren­dido a movi­li­zar la rabia. Emprendo accio­nes mili­tan­tes sin sen­tirme militante”).

En La con­cien­cia uncida a la carne se com­prueba una vez más que la vida no le fue leve a Son­tag, aun­que su hijo recuerda en el pró­logo que en estos cua­der­nos sólo escri­bía cuando se sen­tía des­gra­ciada. Cum­plió, desde luego, ese gran plan que trazó siendo ado­les­cente de ali­men­tarse de arte, de libros, de via­jes… y así queda con­tado. Sin embargo, al fondo estaba la pena: “Mi carrera es mi vida como algo externo a mí misma, + así se lo informo a los demás. Lo que hay den­tro es mi dolor”.

MARTA CABALLERO (@martabcaballero)

Una ver­sión de este artículo fue pub­li­cada orig­i­nal­mente en el número de marzo de 2014 (250) de la Revista LEER (cóm­pralo o, mejor aún, sus­crí­bete).