Leif Garrett y la magdalena proustiana

“A sus cua­renta y nueve años, a Teresa le sigue cho­cando que la lla­men señora. Posi­ble­mente, a los ojos de esos jóve­nes no sea más que una señora, una mujer madura, pero ella se siente joven, casi tanto como aque­llos mozos. Como si el tiempo fuese algo que les sucede a los otros”, lee­mos en Leif Garrett en el dor­mi­to­rio de mi her­mana (Pla­neta). Pero no, no les sucede a los otros, el tiempo es una máquina incle­mente que a nadie per­dona, y cuyo final ya sabe­mos de ante­mano, pues, como advierte la máxima que tanto le gus­taba repe­tir a Pío Baroja, “todas las horas hie­ren, la última mata”.

Portada de Leif Garrett en el dormitorio...

No es momento, sin embargo, para poner­nos trá­gi­cos ni tétri­cos, ele­men­tos que poco tie­nen que ver con esta novela de Igna­cio Elguero, que invita a un ejer­ci­cio de reme­mo­ra­ción, lim­pio de amar­gura, a aque­llos que ten­gan más o menos la misma edad que Teresa, su pro­ta­go­nista, o al des­cu­bri­miento de una época, de gran tras­cen­den­cia en nues­tra his­to­ria reciente, a quie­nes no la vivie­ron: los años setenta y ochenta, que Elguero evoca, sumer­gién­do­nos en ellos con sol­tura, desde el punto de vista de su intra­his­to­ria, de su coti­dia­ni­dad. Y de su “banda sonora”, for­mada por una nutrida lista de intér­pre­tes y can­cio­nes muy popu­la­res, no sola­mente, claro está, Leif Garrett, que se citan al final de la novela. Sin olvi­dar las refe­ren­cias a pelí­cu­las y series tele­vi­si­vas carac­te­rís­ti­cas de ese periodo.

Teresa, a quien lla­man Zira, se acerca a la cin­cuen­tena, una cifra muy pro­clive para rea­li­zar un cierto balance, aun­que eso no impli­que, ni mucho menos, que el camino esté ter­mi­nado. Así, vuelve la vista al ayer, hacia la infan­cia y la juven­tud, eta­pas, que, con­fiesa Teresa, “nos defi­nen” y que “son casi siem­pre épo­cas lumi­no­sas, al menos para mí lo fue­ron”.  Y lo hace al con­tra­rio de lo que sucede y reza el título de la céle­bre obra de tea­tro de John Osborne, lle­vada al cine por Tony Richard­son. Teresa mira hacia atrás sin ira, reivin­di­cando el recuerdo lo que, de alguna manera, y ya nos lo enseñó Proust, supone no úni­ca­mente la bús­queda sino tam­bién la recu­pe­ra­ción del tiempo perdido.

En Leif Garrett en el dor­mi­to­rio de mi her­mana el papel de mag­da­lena prous­tiana lo desem­peña un pós­ter del can­tante y actor nor­te­ame­ri­cano que fue ídolo de cien­tos de miles de ado­les­cen­tes. Teresa ha ido a casa de sus padres a lle­varse los mue­bles de su anti­gua habi­ta­ción. Cuando queda vacía, apa­rece el viejo pós­ter, oculto detrás del arma­rio: “El tiempo dete­nido. La vida estan­cada en aquel pós­ter. Un rin­cón del pasado, intacto, puro; pin­tura rupes­tre, gale­ría de los recuer­dos. Leif Garrett vivo, como ella; joven, como su pasado; el tiempo ido”.

A par­tir de ahí, Teresa empieza a repa­sar su exis­ten­cia: el cole­gio, la elec­ción de estu­dios, las fies­tas, cele­bra­das muchas veces en sus casas apro­ve­chando via­jes pater­nos, la fami­lia, el sexo, en esa pri­mera vez vivida entre el temor y la curio­si­dad, la entrada en el mundo labo­ral, los éxi­tos y los fra­ca­sos, los cine­fó­rum… y, sobre todo, el amor, y el desamor, que han ido jalo­nando su dis­cu­rrir vital: desde Julián, su pri­mer novio –a quien vol­verá a encon­trar al cabo de los años–, hasta su pareja actual, Rafa, pasando por una rela­ción fallida con Car­los y un matri­mo­nio fra­ca­sado con Alberto. Y, junto a su vida, la de sus ami­gas, con las que retoma el con­tacto, pues se pre­gunta qué habrá sido de ellas. Ami­gas como Ana, que no reci­bió sufi­ciente cariño en su infan­cia y que final­mente reve­lará a Teresa un secreto guar­dado durante décadas.

Igna­cio Elguero tiene en su haber una sólida tra­yec­to­ria como poeta, con títu­los como Siem­pre, Mate­ria (Pre­mio Inter­na­cio­nal de Poe­sía Clau­dio Rodrí­guez) o El dor­mi­to­rio ajeno (todos ellos en Hiper­ión), entre otros, y es una reco­no­cida figura en el mundo del perio­dismo. En la actua­li­dad es direc­tor de Pro­gra­mas de RNE y es res­pon­sa­ble del espa­cio radio­fó­nico La esta­ción azul, que ha con­se­guido con­ver­tirse en un clá­sico de las ondas, y ha venido a demos­trar que los pro­gra­mas lite­ra­rios y cul­tu­ra­les cose­chan audien­cia cuando se ela­bo­ran y pre­sen­tan de manera sol­vente y que des­pierta el inte­rés, como es el caso. Por otro lado, tam­bién es autor de los ensa­yos Los padres de Chen­cho: niños de pos­gue­rra, abue­los de hoy (La Esfera de los Libros) Al ence­rado (Pla­neta) y Los niños de los Chi­ri­pi­ti­fláu­ti­cos (La Esfera de los Libros).

En los dos últi­mos, Igna­cio Elguero se aden­traba en la lla­mada gene­ra­ción del baby boom. Gene­ra­ción a la que ahora vuelve en su bri­llante y pro­me­te­dor debut como narra­dor con Leif Garrett en el dor­mi­to­rio de mi her­mana. A tra­vés de la his­to­ria y los sig­ni­fi­ca­ti­vos per­so­na­jes que pue­blan la novela, el escri­tor y perio­dista madri­leño, nacido en 1964 y, por tanto, per­te­ne­ciente él mismo a esa gene­ra­ción, nos ofrece una pro­puesta que logra, a la vez, ser un retrato gene­ra­cio­nal de amplio alcance y con­te­ner una suge­rente trama y per­so­na­jes con fuerza indi­vi­dual, así como plan­tear una refle­xión sobre el tem­pus fugit, la fuga­ci­dad del tiempo, y las com­ple­ji­da­des de los sen­ti­mien­tos, sobre todo el amo­roso. Espe­cial­mente acer­tado resulta la elec­ción de que el per­so­naje prin­ci­pal sea feme­nino, pues en aque­lla época fue­ron las muje­res quie­nes lle­va­ron a cabo más auda­ces y deci­si­vos cam­bios en su com­por­ta­miento y for­mas de vida. Hayan nacido o no en los sesenta, lean Leif Garett en el dor­mi­to­rio de mi her­mana. No se arrepentirán.

CARMEN R. SANTOS

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