Revista leer

He de con­fe­sar que siento cierta sin­to­nía con los escri­to­res irlan­de­ses, y no sólo con aque­llos que hicie­ron de su nom­bre una refe­ren­cia inex­cu­sa­ble, como Wilde o Joyce, y nos ense­ña­ron que las pala­bras son capa­ces de entrar en cual­quier reco­veco y relle­nar los res­qui­cios que su pro­pia aspereza.

Conste que no olvido a los poe­tas. Hubo un tiempo en que la noche de San Juan traía ecos de Yeats y anti­guos augu­rios, el cre­pi­tar del fuego en la hoguera y el whisky para redon­dear las con­so­nan­tes de los versos.

Hay escri­to­res que no se detie­nen en la fic­ción de sus aven­tu­ras narra­ti­vas. No basta con inven­tar, mol­dear el barro subli­mi­nal de la memo­ria o inter­pre­tar lo que la his­to­ria, con sus mati­ces, ha dado por bueno y les sirve en una ban­deja como ten­ta­cio­nes y pla­tos irrenunciables.

Van más lejos, dis­tor­sio­nan la inter­pre­ta­ción de la reali­dad para encon­trar la autén­tica reali­dad, su reali­dad, la única que no admite réplica. Son atre­vi­dos. No se con­for­man con lo que nos han con­tado. Escar­ban en la cal para com­pro­bar que no hay un cofre den­tro; pero si lo hay, lo des­ta­pan, lo acer­can a la luz y asu­men el riesgo de que su con­te­nido quede redu­cido a polvo.

El testamento de MaríaNo sé si Colm Tói­bín recibe ecos de Yeats durante las noches de San Juan; pero pre­sumo que es ducho en sal­tar hogue­ras sin tro­pe­zar. El tes­ta­mento de María (Lumen) es una prueba de ello. Un gran salto por encima de la hoguera que aún cre­pita al pie de la cruz donde Jesu­cristo fue crucificado.

Supe­rada la leyenda sur­gen los seres huma­nos y los acon­te­ci­mien­tos que die­ron lugar a ella. Acon­te­ci­mien­tos de lesa gra­ve­dad his­tó­rica cuya inter­pre­ta­ción no debe depen­der de una sola fuente. Seres huma­nos regi­dos por unas cos­tum­bres, emo­cio­nes y creen­cias, a veces incluso con­tra el poder establecido.

Nada nuevo bajo el sol, la nor­ma­li­dad con su pre­cisa dosis de his­te­ria, los sen­ti­mien­tos más o menos orde­na­dos… Hasta que alguien se des­cuelga diciendo que “es el hijo del mis­mí­simo Dios hecho hom­bre” y el mundo que rodea a esos seres huma­nos se torna con­vulso, anor­mal, peli­groso. Sobre todo en el ámbito fami­liar; la madre que no entiende que, cuando otros jóve­nes emi­gran de Naza­ret a Jeru­sa­lén en busca de tra­bajo, su hijo Jesús se dedi­que a pre­go­nar a los cua­tro vien­tos que es el hijo de Dios y, no con­forme con ello, se dedi­que a hacer mila­gros por doquier.

A medida que las pala­bras del joven pre­di­ca­dor encuen­tran más adep­tos, que lo jalean allá adonde va, empieza a ser molesto para los pode­res fác­ti­cos del momento (sacer­do­tes y roma­nos), sur­gen los rece­los, las sos­pe­chas y cre­cen las zozo­bras de la madre atri­bu­lada. Ahí es donde se detiene el relato de Tói­bín. En la madre del pre­di­ca­dor que ha de luchar con­tra los peli­gros que le ace­chan y los mie­dos que con­di­cio­nan su vida coti­diana desde que su hijo ha salido de casa para con­ver­tirse en el hijo de Dios en la tie­rra: aspecto éste que, digan lo que le digan, le traía sin cui­dado hasta que empezó a ser una moles­tia añadida.

Es María, la madre de Jesús de Naza­ret, la pro­ta­go­nista de esta novela, quien va des­ve­lando el desa­rro­llo de los acon­te­ci­mien­tos desde que empieza la vida pública de su hijo, cen­trán­dose en los últi­mos días cuando ella sale a bus­carlo para que vuelva a casa, hasta su cru­ci­fi­xión. Cus­to­diada por seres hos­cos que deben defen­derla, aco­sada por enemi­gos que apu­ran el deseo de infor­ma­ción, espe­rando a la muerte, apa­ga­dos los mie­dos, María va des­gra­nando el cúmulo de sen­ti­mien­tos y emo­cio­nes que expe­ri­mentó mien­tras duró su peri­plo en busca del hijo que ya no vol­ve­ría a casa.

Incluido el sen­ti­miento de culpa por no poder sal­varlo, por sen­tir miedo a las repre­sa­lias, al dolor y a las penu­rias que sobre­ven­drían a la muerte del hijo. Culpa, en defi­ni­tiva, por no saber si fue ella quien lo lavó cuando lo baja­ron de la cruz.

María, madre de Jesús, vio cómo mata­ban a su hijo, pero no vio cómo resu­ci­taba y ascen­día a los cie­los. Eso la hace más humana y, con la pre­ci­sión obse­siva de Tói­bín, sin abju­rar de sus emo­cio­nes, incluida la culpa, más madre.

AURELIO LOUREIRO