El “Vaho” del Adonáis

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Des­con­fía del grito, del aspa­viento. De niño que­ría ser exca­va­dor. Tal vez de ahí parte la obse­sión del reciente pre­mio Ado­náis, Rodrigo San­cho, por lo obje­tual, anclaje para lo incor­pó­reo que da título al poe­ma­rio ‘Vaho’ (Rialp).

Estos poe­mas suyos pre­mia­dos con el Ado­náis son ver­sos para anu­lar al melan­có­lico, envuelto en vaho, des­anu­dán­dolo a lo largo del libro…

Sí, es éste un poe­ma­rio con mucha melan­co­lía, pero hay tam­bién momen­tos de ale­jarse de esa nos­tal­gia, de algo nuevo que va cre­ciendo den­tro de la tristeza.

Un ger­men de semi­lla, pero muy al final…

Sí, quizá el pri­mer poema, que es el último que escribí, explica el tér­mino de una etapa.

En el poema final dice que en la ceniza se escribe el nom­bre de sus padres…

La idea de ese poema es un juego: si tú escri­bes en el papel que vas a que­mar la pala­bra “ceniza” de una manera mágica lo que has escrito apa­rece, es como un truco.

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Rodrigo San­cho (foto: Ricardo Torres).

 

El último cuarto del libro tiene una parte de ensalmo para crear una suerte de sor­ti­le­gio por todas esas viven­cias tan difíciles…

Eso es. Al final uno intenta crear ritos, Joan Didion lo llama “el pen­sa­miento mágico”. Algo bas­tante común cuando se pier­den per­so­nas, un tiempo en el que haces cosas como los niños.

Casi ritual tam­bién que el jurado del Ado­náis inte­gre a dos de sus poe­tas predilectos…

Sí, Sán­chez Rosi­llo y Mesanza son refe­ren­tes para mí. Pico­teo bas­tante de muchos sitios, leo poe­tas recien­tes: Car­los Pardo, Mar­tín López-Vega, Luis Muñoz me gus­tan bas­tante y luego un poco mayo­res, Tra­pie­llo, Anto­nio Moreno, un poeta de Ali­cante que tam­bién me encanta…

¿Qué puede con­tar de esa edi­to­rial domés­tica que es Ochoa­cos­tado?

No tenía mucha espe­ranza uno de que le publi­ca­sen nada y escri­bía las cosas con mucha pena de que al final se que­da­sen esté­ti­ca­mente sin tra­ba­jar. Como, por otro lado, tengo capa­ci­da­des por haber estu­diado arqui­tec­tura,  empecé a dar a la crea­ción forma de libro para faci­li­tar a los ami­gos y a la gente cer­cana que me pudiera leer. Lo bueno es que no tie­nes fil­tro crí­tico, es decir, yo puedo publi­car lo que quiera. En breve sal­drán poe­mas de una amiga, Camino Román, de otro amigo que pinta y tam­bién libros de cocina de madres de ami­gos que reúnen sus recetas…

¿Y de las cola­bo­ra­cio­nes con ‘Arre’?

Lo de Arre es una colec­ción poé­tica que dirige Mar­tín López-Vega y en la que yo cola­boro sobre todo en el diseño. Al prin­ci­pio estuve con Pepe que es el de Arre­bato, pen­sando cómo iba a ser la colec­ción: yo iba allí a com­prar libros, enten­dió que me gus­taba la poe­sía y me lo ofre­ció él, fue todo muy natu­ral –Pepe lo hace todo muy fácil– y a raíz de eso conocí tam­bién a Mar­tín López-Vega que es el que dirige la línea de lo que se publica.

Decía en ‘Pen­sa­mien­tos de paz’ que es un robo en toda regla a Vir­gi­nia Woolf. ¿Tam­bién bebe de eso ‘Vaho’?

¿De robos?

De robos si quiere tomarlo por ahí o del poso que dejan otros escritos…

Sin duda, es el título de un relato mara­vi­lloso de Vir­gi­nia Woolf. Intento siem­pre poner unos peque­ños cré­di­tos y en Vaho están esos robos u home­na­jes a Nabo­kov o pelí­cu­las y muchas influen­cias, incluso de cien­cia que es algo que tam­bién me fascina.

Hay mucha nos­tal­gia y melan­co­lía en ‘Vaho’ pero tam­bién algo del pen­sa­miento mágico de Joan Didion frente a la pérdida

La pér­dida es una pre­sen­cia cons­tante en el poemario…

Sí, hay mucho de eso. Me hubiera gus­tado no tener que escri­bir muchos de esos poe­mas, pero era una manera de inten­tar hacerme com­pren­der a mí mismo las cosas.

Por­que el tiempo es una supera­ción del sufri­miento, la mace­ra­ción del dolor…

No sé si es una supera­ción, pero sí que ayuda un poco a expli­carte. Cuando no entiendo algo, mi reac­ción es escri­birlo, igual que los arqui­tec­tos pen­sa­mos dibu­jando y, en el fondo, no estás dibu­jando, estás pen­sando con el lápiz.

Tu pro­fe­sión tiene mucho de sos­te­ner en el aire. No sé si siendo arqui­tecto quizá es más sen­ci­llo lograr que se sos­tenga el poema…

Una nove­li­lla que escribí pre­ci­sa­mente habla de algo pare­cido a eso; sur­gió estu­diando en la carrera un exa­men de Cimen­ta­cio­nes, que es lo que estu­dia­mos para que no se cai­gan los edi­fi­cios. Trata de una ciu­dad que en un momento dado se eleva…

Con un punto de Calvino…

Sí, Las ciu­da­des invi­si­bles es un libro de cabe­cera. Las ciu­da­des y el tema del terri­to­rio siem­pre me han intere­sado, y hay mucho de ese mundo aéreo y de flotación…

A quien eleva edi­fi­cios se le pre­su­pone aspi­rante a la soli­dez, ¿su obje­tivo es cons­truir ‘poe­mas iceberg’?

Eso sería uno de los obje­ti­vos. Anto­nio Moreno, el poeta, dice que alre­de­dor del poema, que es una cosa muy breve, es justo donde está el poema, en todo lo que no dice.

ALICIA GONZÁLEZ

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Una ver­sión de esta entre­vista fue publi­cada en el número de febrero de 2016, 269, de la Revista LEER (cóm­prala, o mejor aún sus­crí­bete).

 

 

 

 

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