Silenciosa fiebre

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Padre. Cinco letras de sobrie­dad dis­tante. P a d r e. ¿Quién es? Alguien que no es la madre. Alguien ajeno al cuerpo, a ese vínculo único e irre­pe­ti­ble en la natu­ra­leza. Alguien, sin embargo, impres­cin­di­ble para que esa unión pueda darse, ocu­rrir. Figura externa y extraña, que nos observa sin enten­der, que comienza, algu­nas veces, a sen­tir lo que no ha sen­tido durante el duro y largo camino cen­trí­fugo hacia la vida.

El padre como la anclada exi­gen­cia (Carta al padre), como el repen­tino mila­gro (Papá Pier­nas­lar­gas),  como el ser que pierde la razón de su ser (Mor­tal y rosa). El padre como cóm­plice (Bue­nos días, tris­teza), como sal­va­dor (La vida es bella). El padre como mis­te­rio fan­tás­tico (Big Fish). O el padre como mis­te­rio insondable.

He venido a estar con él, y voy a decirle lo que ya sabe. Te estás muriendo. Esta vez, seré el padre de tu final. El padre de la muerte de mi padre.

276rec

Matías Can­deira, hace un año en LEER (foto: Ricardo Torres).

Matías Can­deira (Madrid, 1984), tras haber buceado por los entre­si­jos del cuento y el relato, dedica su pri­mera novela a una de las figu­ras huma­nas más uni­ver­sa­les y con más pre­sen­cia en todas las ver­tien­tes del arte: la del padre. Pero un padre no sería tal sin el hijo; dúo de seres que bai­lan entre ima­gen y seme­janza. Por eso Fie­bre (Can­daya, 2015) camina sobre el frío alam­bre que suje­tan ambos extre­mos, dos líneas para­le­las que nunca halla­ron un vér­tice para encontrarse.

Hace ya un año de su visita a LEER, cuando cele­bra­mos los 30 años de la revista junto a pro­me­te­do­res trein­ta­ñe­ros de las letras. Enton­ces Matías se encon­traba en la recta final de Fie­bre, en los últi­mos cole­ta­zos de una enfer­me­dad mara­vi­llosa lla­mada escri­tura y que ter­mina, con el mejor de los diag­nós­ti­cos, en las libre­rías. «Es muy rara, estoy encan­tado con ella», nos dijo, entu­sias­mado. Ahora Fie­bre, ya publi­cada, deja el nido del escri­tor y alza el vuelo ini­ciando su pro­pio camino de novela potente y libre.

Hay cier­tas sime­trías en la pasión que tene­mos que acep­tar por­que se des­va­ne­cen muy rápido. […] Mi pasión es des­cui­dada y creo que así es mejor; que exista la posi­bi­li­dad de no per­fec­cio­narla nunca del todo.

La muerte del cuerpo de Tobías Wes­ser ini­cia la narra­ción de un viaje al que su hijo, Caní­bal, se ve arro­jado sin retorno. Recuer­dos lúci­dos y extra­ños se entre­mez­clan con imá­ge­nes borro­sas de alguien que estuvo pero no fue. Per­so­na­jes nue­vos que inten­tan ahon­dar en la con­fusa mente de Caní­bal, y extraer luz de su tor­menta, se entre­mez­clan con per­so­na­jes del pasado que, como su padre, se fue­ron sin haberse ido. Un camino intros­pec­tivo y silen­cioso de bús­que­das y des­cu­bri­mien­tos que pue­den no coin­ci­dir, un duelo atí­pico y asfi­xiante, una man­cha que alberga los ali­vios que que­dan de la infancia.

Una prosa apoe­ti­zada teje la his­to­ria de Caní­bal con hilos pre­ci­sos y suti­les, pro­pios de quien quiso ser poeta. Esa armo­nía entre pala­bras que embe­llece la prosa y la eleva, for­mando la arqui­tec­tura de su his­to­ria, en la direc­ción que su crea­dor quiera. Y Matías quiere vér­tigo. Busca el vér­tigo en su escri­bir, un arre­bato enér­gico y som­brío que toque lo narra­tivo pero, prin­ci­pal y embria­ga­do­ra­mente, se fusione con lo estético.

Fie­bre. Iró­nica y silen­ciosa bata­lla con­tra la irre­me­dia­ble e irre­ver­si­ble «no influen­cia más influ­yente que uno pueda ima­gi­nar, la de un padre que no quiso saber nada de su hijo».

Fie­bre. Un padre.

Andrea Reyes de Prado (@AudreyRdP)

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Matías Can­deira
Can­daya. Bar­ce­lona, 2015
352 págs. 18 €

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