Las raíces culturales del futuro

Peter_Paul_Rubens,_Flemish_(active_Italy,_Antwerp,_and_England)_-_Prometheus_Bound_-_Google_Art_ProjectREC
El pasado 1 de diciem­bre, el escri­tor y perio­dista JORGE BUSTOS fue el encar­gado de cerrar el ciclo de con­fe­ren­cias de la Obra Social LA CAIXAA hom­bros de gigan­tes. La trans­mi­sión filo­só­fica, polí­tica y cul­tu­ral’, comi­sa­riado por GREGORIO LURI y cele­brado en Cai­xa­Fo­rum Madrid. Tras las ponen­cias de WILLIAM KRISTOL (17 de noviem­bre) y RÉMI BRAGUE (24 de noviem­bre), corres­pon­dió a Bus­tos elu­ci­dar ‘las raí­ces cul­tu­ra­les del futuro’. Su con­fe­ren­cia fue un muy plau­si­ble manual del acervo cul­tu­ral occi­den­tal, una reivin­di­ca­ción del huma­nismo como legado y como punto de vista desde el que enjui­ciar el mundo e inter­ve­nir en él, más vigente y nece­sa­rio que nunca en nues­tro tiempo de liqui­dez pos­mo­derna. Cola­bo­ra­dor de LEER, Bus­tos ha ofre­cido a la revista el texto ínte­gro de su con­fe­ren­cia, que tene­mos el honor de repro­du­cir a continuación.
 

ESTA CHARLA lleva por título “las raí­ces cul­tu­ra­les del futuro”. Por esta razón, y quizá tam­bién debido a mi enga­ñosa apa­rien­cia juve­nil, cual­quiera de uste­des podría pen­sar que vengo a hablar del futuro. Incluso que repre­sento el futuro de algún modo. Pero no se dejen embau­car por mi aspecto: en reali­dad soy un hom­bre muy anciano, un occi­den­tal enro­lado volun­ta­ria­mente en su pro­pia tra­di­ción, un anacró­nico par­ti­da­rio del canon con­tra la liqui­dez pos­mo­derna. De esta heren­cia no ele­gida, y al mismo tiempo deseada, pre­tendo ocu­parme aquí antes que meterme a pro­feta, y no solo por­que carezca de dotes adi­vi­na­to­rias (no qui­siera que nin­gún taro­tista de madru­gada me acu­sara de intru­sismo), sino por­que todos intui­mos, sin nece­si­dad de haber leído los Cua­tro cuar­te­tos de Eliot, que el tiempo futuro está con­te­nido en el tiempo pasado.

La segunda Caída

Quizá les suene el nom­bre de Hans Frank. Fue el gober­na­dor de Polo­nia durante los peo­res años del terror nazi, si es que hubo unos años peo­res que otros. Super­visó per­so­nal­mente el fun­cio­na­miento de Dachau, aplastó el levan­ta­miento del gueto de Var­so­via, con­dujo per­so­nal­mente a dece­nas de miles de judíos pola­cos a la cámara de gas. A los más melin­dro­sos de su gabi­nete les reco­men­daba que no se deja­ran ten­tar por la com­pa­sión. ¿Era Hans Frank un mons­truo? Desde luego, no lo pare­cía. Había reci­bido una edu­ca­ción exqui­sita, poseía una sen­si­bi­li­dad musi­cal a la altura del mejor crí­tico de Ale­ma­nia, cul­tivó la amis­tad de su admi­rado Richard Strauss, a quien echó una mano cuando el com­po­si­tor come­tió el error de dejar que su hijo se casara con una judía. En agra­de­ci­miento a su pro­tec­ción, Strauss le escri­bió una deli­cada pieza. Hans Frank com­bi­naba con natu­ra­li­dad la ges­tión de los cam­pos de exter­mi­nio con el arro­ba­miento ante el aria más exi­gente o el lienzo más sublime. Los ame­ri­ca­nos le encon­tra­ron en su casa de Baviera, reor­de­nando sus rem­brandt y embo­rra­chán­dose con cham­pán. Trató de sui­ci­darse pero no se tajó la gar­ganta con la pre­ci­sión reque­rida –al fin y al cabo se tra­taba de un esteta– y acabó con­de­nado a la horca en los jui­cios de Nürem­berg, pro­ceso que halló en los dia­rios de este Frank, anta­gó­ni­cos a los de otra Frank, un tes­ti­mo­nio tan estre­me­ce­dor como bien escrito.

No se trata tanto de pre­gun­tarse si es posi­ble la cul­tura des­pués de Aus­ch­witz, sino de inqui­rir por la misma uti­li­dad de la cultura

La cues­tión que estoy plan­teando, como habrán adi­vi­nado, no es nada ori­gi­nal, pero es la cues­tión que explica el naci­miento, el desa­rro­llo y el futuro pro­ba­ble de la pos­mo­der­ni­dad. Es la cues­tión que ator­mentó a los gran­des pen­sa­do­res de la Escuela de Frank­furt, los mis­mos que asis­tie­ron a la eclo­sión de los mons­truos pro­du­ci­dos por el sueño de la razón y con­clu­ye­ron que el pro­yecto ilus­trado no solo había fra­ca­sado con estré­pito, sino que no podía hacer otra cosa que fra­ca­sar: el fruto lle­vaba den­tro el gusano.

No se trata tanto de pre­gun­tarse si es posi­ble la cul­tura des­pués de Aus­ch­witz, sino de inqui­rir por la misma uti­li­dad de la cul­tura. Si la cul­tura –y no cabe duda de que Hans Frank era un hom­bre real­mente culto– no sirve para mejo­rar la socie­dad; si las biblio­te­cas y los museos, los tea­tros y los cen­tros de inves­ti­ga­ción pue­den levan­tarse a un par de kiló­me­tros de un campo de exter­mi­nio y fun­cio­nar en para­lelo, enton­ces no merece la pena seguir cre­yendo en el poder eman­ci­pa­dor de la cul­tura. Más bien al con­tra­rio: a lo largo de la segunda mitad del siglo XX la pro­pia noción de cul­tura euro­cén­trica, su sen­tido patri­mo­nial de lo civi­li­zado se vol­verá sos­pe­choso. Ante las rui­nas de Europa, el hom­bre con­tem­po­rá­neo decide que no quiere saber nada de la arro­gan­cia inte­lec­tual que con­dujo a aquel desas­tre. Le han enga­ñado: le dije­ron que la cruel­dad humana era el pro­ducto de la igno­ran­cia, y que la injus­ti­cia social se repa­ra­ría cuando las éli­tes entre­ga­sen al pue­blo el fuego pro­me­teico de la edu­ca­ción. Y sin embargo fue­ron en buena medida las éli­tes ale­ma­nas las que admi­nis­tra­ron la Solu­ción Final. En ade­lante, el pro­yecto huma­nista, que no con­ce­bía una sepa­ra­ción entre moral y polí­tica, entre for­ma­ción y con­ducta, que­da­ría pro­fun­da­mente desacreditado.

Escribe Stei­ner: “Ahora nos vemos obli­ga­dos a vol­ver a un ante­rior pesi­mismo pas­ca­liano, a un modelo de his­to­ria cuya lógica deriva de un pos­tu­lado de pecado ori­gi­nal”. Para Stei­ner, el Holo­causto marca una segunda Caída del hom­bre y abre un tiempo de noche espi­ri­tual, de pesi­mismo iró­nico, de des­crei­miento hedo­nista en el que esta­mos inmersos.

El pacto del dia­blo y las cua­tro familias

Otro pre­mio Prín­cipe de Astu­rias, Todo­rov, recu­rre igual­mente a una metá­fora teo­ló­gica para con­tar la his­to­ria de la cul­tu­ri­za­ción del hom­bre y sus fata­les con­tra­par­ti­das. Nos pro­pone la idea de un pacto fáus­tico entre el hom­bre moderno y el demo­nio: en los albo­res del Rena­ci­miento, el dia­blo le ofre­ció al hom­bre las rien­das de su libre albe­drío, al tiempo que le escon­día el pre­cio de alqui­ler de esa nueva liber­tad para que la gozase sin mira­mien­tos. De ese modo, cuando Mefis­tó­fe­les regre­sara a sal­dar las cuen­tas, el hom­bre moderno ya no sabría pres­cin­dir del don de la auto­no­mía per­so­nal y paga­ría fatal­mente su coste. Y el hom­bre acce­dió, claro.

Al prin­ci­pio se empo­deró de su volun­tad poco a poco, dis­cu­tién­dole por ejem­plo a la Igle­sia el relato orto­doxo de la cos­mo­go­nía. Y sin embargo se mueve, replicó Gali­leo. Más tarde se atre­vió a dis­cu­tirle su poder al rey. Por último hizo la revo­lu­ción, se embriagó de san­gre pró­jima, se colocó a sí mismo en el vér­tice de todo poder y a su razón en el trono exclu­yente de todo saber. En el curso de este pro­ceso de eman­ci­pa­ción, de este divor­cio pro­gre­sivo con el estado de natu­ra­leza rumbo al estado de socie­dad (por emplear la ter­mi­no­lo­gía de Rous­seau), el demo­nio le fue enviando al hom­bre heral­dos de negro, visio­na­rios que le adver­tían de que la fac­tura iba aumen­tando. Uno de ellos fue William Blake, que arre­me­tió con­tra Isaac New­ton por haber des­tro­zado la magia del arco iris con su burda expli­ca­ción elec­tro­mag­né­tica. Pero el hom­bre moderno no escu­chó a los poe­tas mal­di­tos ni a los filó­so­fos irra­cio­na­lis­tas; los reputó como locos.

La moder­ni­dad pro­si­guió su orgu­llosa carrera, deto­nando revo­lu­cio­nes indus­tria­les y tra­tando de apli­car a la col­mena humana la geo­me­tría que reclamó Pla­tón. Pero un día llegó la fac­tura del dia­blo, y la fac­tura se pre­sentó des­glo­sada en tres con­cep­tos: el pri­mero la muerte de Dios, des­pués la muerte del pró­jimo y por último la muerte del yo. Este último esta­dio es el que atra­ve­sa­mos en la actua­li­dad, y no será por­que no nos lo advir­tie­ran. Otro de esos visio­na­rios genia­les enviado por el dia­blo fue, evi­den­te­mente, Frie­drich Nietzs­che. Su Zara­tus­tra no solo anti­cipó el encaste trá­gico del super­hom­bre del siglo XX, sino tam­bién la vul­ga­ri­dad alter­na­tiva del super­hom­bre del siglo XXI: ese último hom­bre que no da su vida por nada que no sea otro apa­rato de gim­na­sia en casa o una nueva funda para la funda que pro­tege la funda del móvil.

La fac­tura del pacto fáus­tico del hom­bre moderno con el dia­blo se pre­sentó des­glo­sada en tres con­cep­tos: la muerte de Dios, la muerte del pró­jimo y la muerte del yo, esta­dio que atra­ve­sa­mos en la actualidad

¿Cómo expli­ca­mos seme­jante dege­ne­ra­ción? Cabe seguir el árbol genea­ló­gico de Todo­rov. Para él son cua­tro las fami­lias ideo­ló­gi­cas que pre­ten­den mono­po­li­zar el relato de lo suce­dido, y lo que es peor, su tra­ta­miento. Estas fami­lias no son estan­cas y admi­ten recí­pro­cas influen­cias en sus por­ta­vo­ces, pero es posi­ble indi­vi­dua­li­zar a gran­des ras­gos el espí­ritu par­ti­cu­lar de cada una. Las cua­tro, sin per­jui­cio de ante­ce­den­tes pun­tua­les en la anti­güe­dad gre­co­la­tina, e incluso entre los hete­ro­do­xos medie­va­les, empie­zan a con­for­marse en el Rena­ci­miento, y las cua­tro siguen diri­miendo el inaca­ba­ble liti­gio de la moder­ni­dad y sus epígonos.

La pri­mera fami­lia piensa que el dia­blo tiene razón. Que el hom­bre debe pagar un pre­cio por lo que ha hecho. Que todas las des­gra­cias se las ha bus­cado él solito por desa­fiar a Dios, por ante­po­ner lo que­rido a lo reci­bido, por cor­tar los lazos de la comu­ni­dad ances­tral en pos de su aven­tura autó­noma. Son los con­ser­va­do­res. A su jui­cio, la liber­tad res­bala con dema­siada faci­li­dad hacia el liber­ti­naje, lo que les ha per­sua­dido de que ser libres es menos valioso que ser esta­bles: trae más cuenta renun­ciar a la liber­tad por abra­zar credo, fami­lia, cos­tum­bre. Para paliar el daño, ellos que­rrían que la socie­dad retor­nase a los vie­jos esti­los de vida pero, como no son ton­tos ni muchos menos utó­pi­cos, se con­ten­tan con sal­va­guar­dar en lo posi­ble los anti­guos valo­res en el seno de las acon­fe­sio­na­les demo­cra­cias moder­nas. Para Todo­rov, el prin­ci­pal pen­sa­dor de esta corriente es Louis de Bonald, enemigo decla­rado de la Revo­lu­ción Fran­cesa. En Ingla­te­rra tene­mos a Edmund Burke, en España a ese gigante infra­va­lo­rado que fue Menén­dez Pelayo, en Colom­bia en el siglo XX hemos tenido a Nico­lás Gómez Dávila. El papa Bene­dicto XVI ha sido uno de los últi­mos gran­des inte­lec­tua­les con­ser­va­do­res. Aña­da­mos que esta fami­lia es la más peleada con la pos­mo­der­ni­dad, pero tam­bién que por su pro­pia natu­ra­leza es la que mejor resiste los cam­bios y fluc­tua­cio­nes que azo­tan el arca de nues­tra socie­dad líquida.

La segunda fami­lia es la más peli­grosa, y es la de los cien­ti­fis­tas. Cuando oyen al dia­blo poner pre­cio a la liber­tad con­tes­tan que no pien­san pagar nada, por­que la liber­tad humana nunca ha exis­tido y por tanto nada vale. La vida de cada indi­vi­duo es el resul­tado de una secuen­cia deter­mi­nada de cau­sas bio­ló­gi­cas o socia­les, y la his­to­ria de un pue­blo es la suma de las vidas de sus indi­vi­duos. Basta con cono­cer las cau­sas para deter­mi­nar su efecto en la direc­ción deseada. Lo que el hom­bre toma por liber­tad per­so­nal no es más que el espe­jismo que fabrica su igno­ran­cia. Lo que hay que hacer, ase­gu­ran con son­risa triun­fal, es des­cri­bir las leyes bio­ló­gi­cas, físi­cas, his­tó­ri­cas y eco­nó­mi­cas que rigen el des­tino de hom­bres y pue­blos para así diri­gir sus pasos hacia un per­fec­cio­na­miento uni­ver­sal garan­ti­zado. El deve­nir humano es pura nece­si­dad y no hay nada que pagar, sino solo seguir inves­ti­gando y orien­tando a las per­so­nas según cri­te­rios cien­tí­fi­cos con­tras­ta­dos, dicen, en prue­bas de labo­ra­to­rio. El uni­verso es ente­ra­mente cog­nos­ci­ble y todos los hom­bres res­pon­den a los mis­mos estí­mu­los. No hay sen­tido más acá de la his­to­ria: inmó­vil y enfren­tado a un espejo, el cien­ti­fista es un nihi­lista fre­né­tico. Y ya se sabe que todas las des­gra­cias acon­te­cen al hom­bre por no saber estarse quieto en su habitación.

Habrán reco­no­cido en esta sim­pá­tica fami­lia a todos los gran­des inte­lec­tua­les hege­lia­nos y direc­ta­mente mar­xis­tas que en el mundo han sido (¡y siguen siendo!); pero tam­bién a los enci­clo­pe­dis­tas como Dide­rot, a los posi­ti­vis­tas como Comte, a los dar­wi­nis­tas menos mati­za­dos, a los par­ti­da­rios de la euge­ne­sia o a la cofra­día del santo genoma y la inma­cu­lada endor­fina, a los adep­tos más faná­ti­cos del psi­coa­ná­li­sis, incluso a los social­de­mó­cra­tas sin lec­tu­ras. La nómina es rica en Occi­dente, por­que al filó­sofo occi­den­tal le cuesta sus­traerse a su pro­pia arro­gan­cia cuando cree haber ence­rrado la reali­dad en un relu­ciente engra­naje de cau­sas y efec­tos. Es lo que Stei­ner llama “el feti­chismo de la ver­dad abs­tracta”, y ejerce sobre la mente humana una seduc­ción tan pode­rosa que difí­cil­mente deja­re­mos de ver cómo sur­gen cada día nue­vos con­ven­ci­dos de la solu­ción cien­tí­fica a la des­di­cha humana.

Para Todo­rov, cua­tro son las fami­lias ideo­ló­gi­cas que pre­ten­den mono­po­li­zar el relato de lo suce­dido, y lo que es peor, su tra­ta­miento: con­ser­va­do­res, cien­ti­fis­tas, indi­vi­dua­lis­tas y humanistas

La ter­cera fami­lia engloba a no pocas cum­bres de las artes y las letras, aun­que tam­bién del pen­sa­miento eco­nó­mico, y es la de los indi­vi­dua­lis­tas. Pien­san que el ser humano es una enti­dad auto­su­fi­ciente, negando así su natu­ra­leza social tanto como su orien­ta­ción al bien común. El hom­bre solo se mueve por inte­rés, y la vida en socie­dad no es más que un con­junto de nor­mas hipó­cri­tas donde el vicio rinde men­ti­roso tri­buto a la vir­tud. El prin­ci­pio supremo, por tanto, es la bús­queda del pro­pio pla­cer, de tal modo que si ser­vi­mos oca­sio­nal­mente a los demás, en el fondo lo hace­mos por el íntimo bie­nes­tar que tam­bién depara la filan­tro­pía. Mili­tan en este bando los hedo­nis­tas, del sen­sato Epi­curo al cruel Sade, como tam­bién tan­tos uti­li­ta­ris­tas bri­tá­ni­cos desde Bent­ham y Stuart Mill, sin olvi­dar­nos de mora­lis­tas fran­ce­ses radi­ca­les como Cham­fort y Pas­cal. El final del siglo XIX alum­bró una pro­ce­losa corriente de este­ti­cismo, los lla­ma­dos dan­dis, que de Wilde a Bau­de­laire tam­bién mere­cen ser ads­cri­tos al indi­vi­dua­lismo por su pri­mo­roso cul­tivo del yo sin espe­rar nada de la vul­ga­ri­dad del mundo. Josep Pla, a mi jui­cio, sería el máximo expo­nente de esta fami­lia en la lite­ra­tura espa­ñola del siglo XX. Su ven­taja antro­po­ló­gica sobre la mili­cia colec­ti­vista es que, como los con­ser­va­do­res, reser­van a la natu­ra­leza la pre­pon­de­ran­cia sobre la his­to­ria: hay una natu­ra­leza humana, y cuando es nin­gu­neada por seño­res en bata blanca, se venga.

La última fami­lia, dejando lo mejor para el final, es la gran casa del huma­nismo, a cuyos pro­ta­go­nis­tas debe­mos el esplen­dor más intenso y dura­dero de la heren­cia occi­den­tal, y cuyo legado es el que quiero reivin­di­car, frente a la filo­so­fía de la sos­pe­cha y la cuque­ría de los post­hu­ma­nis­tas. Los huma­nis­tas nie­gan que se haya fir­mado nunca tal pacto con el dia­blo; dicho por fuera de la metá­fora: nie­gan que la adqui­si­ción del dere­cho a gober­narse uno mismo impli­que nece­sa­ria­mente la diso­lu­ción de la moral, de la socie­dad o del yo. Sus adver­sa­rios les acu­sa­rán durante siglos de pre­ten­der nadar y guar­dar la ropa: los con­ser­va­do­res cen­su­ra­rán sus coque­teos con el vicio y su bene­vo­len­cia con el dege­ne­rado; los cien­ti­fis­tas les deman­da­rán mayor com­pro­miso en el mejo­ra­miento social, aun­que cueste san­gre; los indi­vi­dua­lis­tas direc­ta­mente les tacha­rán de inge­nuos. Pero el huma­nista es un resis­tente irre­duc­ti­ble y reapa­rece, solo o en dis­creta com­pa­ñía, allí donde se ha con­ser­vado una selecta biblioteca.

El genuino talante del huma­nista consta de tres ejes: la auto­no­mía del yo, la fina­li­dad del tú, la uni­ver­sa­li­dad de ellos. Solo la reunión de los tres retrata al ver­da­dero huma­nista, aquel que sabe que yo debo ser la fuente de mi acción, que tú debes ser su obje­tivo y que ellos per­te­ne­cen a la misma con­di­ción que yo. De esta fór­mula tri­ni­ta­ria ema­nan una antro­po­lo­gía, una moral y una polí­tica. El pri­mer huma­nista com­pleto fue Michel de Mon­taigne, y andando los siglos su pro­grama sería reco­gido en la estruc­tura tri­mem­bre del lema revo­lu­cio­na­rio: liber­tad, igual­dad, fraternidad.

El pri­mer huma­nista com­pleto fue Michel de Mon­taigne, y andando los siglos su pro­grama sería reco­gido en la estruc­tura tri­mem­bre del lema revo­lu­cio­na­rio: liber­tad, igual­dad, fraternidad

El hecho de que en este pro­grama se vuel­van asi­mismo reco­no­ci­bles vie­jos valo­res de la polis griega y del dere­cho romano, así como el sen­tido pro­fundo de soli­da­ri­dad here­dado del judeo­cris­tia­nismo –de ahí el mar­bete de “huma­nismo cris­tiano” por el que aún se defi­nen par­ti­dos y perió­di­cos–, no es ajeno al secreto de su hege­mó­nica fuerza civi­li­za­dora. El cris­tia­nismo obró una for­mi­da­ble sín­te­sis entre la crea­ti­vi­dad gre­co­la­tina y el con­cepto judío de reden­ción per­so­nal: entre rito público y moral pri­vada. Sería estú­pido negar el hilo fun­da­cio­nal, pro­gra­má­tico, que vin­cula a San Agus­tín, pasando por Tomás Moro, con Robert Schu­man, padre de la Unión Euro­pea en pro­ceso de bea­ti­fi­ca­ción (habrá sido el último buró­crata de la UE admi­tido en el Cielo, si me per­mi­ten la broma). El hecho de que en la demo­cra­cia libe­ral cuaje mejor que en nin­guna otra forma de Estado el pro­grama huma­nista avala igual­mente su superioridad.

Y sin embargo, demo­cra­cias media­na­mente asen­ta­das como la nues­tra no se encuen­tran en abso­luto a salvo de ten­sio­nes cen­trí­fu­gas y ero­si­vas pro­ce­den­tes de las otras fami­lias ideo­ló­gi­cas de la moder­ni­dad, que pasean sin nece­si­dad de más­cara bajo el tole­rante para­guas democrático.

El huma­nismo es un pesi­mismo y el super­hom­bre, un superniño

Pero veo que mi pro­clama me está que­dando un poco naïf, son­ro­jante incluso. La com­pla­cen­cia es la última pos­tura que con­viene al huma­nista. El huma­nista es ante todo un pesi­mista ilus­trado, alguien que no se engaña res­pecto de la clase bes­tial de autén­ti­cos ape­ti­tos que bullen y segui­rán bullendo en el inte­rior del sapiens sapiens. Si lo piensa bien, el huma­nista se mara­vi­lla de que el hom­bre, habiendo alcan­zado al fin el poder de des­truir mate­rial­mente el pla­neta, toda­vía no haya pre­sio­nado ese botón.

Oímos a menudo a nues­tro alre­de­dor: “¡Parece men­tira que esto suceda en pleno siglo XXI! ¡Qué se maten los pales­ti­nos y los israe­líes toda­vía! ¡Que toda­vía haya hom­bres que peguen a sus muje­res! ¡Que no ten­ga­mos garan­ti­za­das las pen­sio­nes!” Cuando oye estos terri­bles lamen­tos, el huma­nista no puede repri­mir una son­risa. Son­ríe por­que conoce la his­to­ria, y conoce la ata­laya de pros­pe­ri­dad, paz y pro­greso desde la que el hom­bre o la mujer pri­mer­mun­dista lanza su queja asqueada, aje­nos a la incon­ce­bi­ble altura de su con­fort. El huma­nista, por supuesto, seguirá luchando por la exten­sión de los dere­chos ciu­da­da­nos y por su per­vi­ven­cia en los terri­to­rios ya suma­dos a la civi­li­za­ción; pero jamás olvida el coste de lo con­se­guido ni admite lec­cio­nes de quie­nes, desde fami­lias riva­les, con sus fór­mu­las retró­gra­das o san­gui­na­rias hicie­ron todo lo posi­ble por retra­sar la ins­tau­ra­ción de este impro­ba­ble reducto de liber­tad en que tene­mos la for­tuna ine­na­rra­ble de vivir los seres huma­nos occi­den­ta­les del año 2014.

Sucede que el hom­bre se adapta a todo. Esa es su mara­vi­lla. Se adapta a lo inhu­mano para sobre­vi­vir, pero tam­bién a lo sobre­hu­mano con egoísmo insa­cia­ble. La pos­mo­der­ni­dad, dice Lyo­tard, es la infan­cia de la moder­ni­dad y no al revés: como si nos hubié­ra­mos pasado de rosca, somos menos madu­ros ahora que nues­tros ante­pa­sa­dos del siglo XIX, quie­nes asu­mían con natu­ra­li­dad la hipó­te­sis de la des­gra­cia natu­ral o el coste de la bata­lla polí­tica. La pos­mo­der­ni­dad es una infan­ti­li­za­ción masiva de Occi­dente cuyos inicios data Lipo­vetsky en la década de los sesenta, con la eclo­sión de la cul­tura de masas y la gene­ra­li­za­ción del hedo­nismo. En los pri­me­ros sesenta, la fac­to­ría Dis­ney encargó un estu­dio socio­ló­gico para cifrar la edad men­tal de los con­su­mi­do­res ame­ri­ca­nos; su con­clu­sión resulta estre­me­ce­dora pero a nadie le puede sor­pren­der, desde luego no a Ortega, ni mucho menos a los pro­gra­ma­do­res de tele­vi­sión o a los perio­dis­tas que titu­lan con vis­tas al ran­king digi­tal de noti­cias más pin­cha­das: la edad men­tal de las masas según su com­por­ta­miento resultó equi­va­lente a los ocho años exac­tos de un indi­vi­duo humano. ¿Cuál fue la reac­ción de la Dis­ney? Evi­den­te­mente ahor­mar sus pro­duc­tos a la demanda del con­su­mi­dor, pues el cliente siem­pre tiene razón.

Según Lipo­vetsky, la pos­mo­der­ni­dad solo es una pro­lon­ga­ción de dos ten­den­cias motri­ces de la moder­ni­dad: el indi­vi­dua­lismo y la rebe­lión con­tra toda dis­ci­plina. En suma, un roman­ti­cismo exa­cer­bado. Una monu­men­tal niñe­ría, si quie­ren uste­des. Y los niños son tan boni­tos como crue­les, por­que son sim­ples y deter­mi­na­dos en su egoísmo. De la toma de la Bas­ti­lla nacie­ron tres boni­tas pala­bras –liber­tad, igual­dad, fra­ter­ni­dad– pero sobre todo dos con­cep­tos tétri­cos: el igua­li­ta­rismo y el nacio­na­lismo. Estos eran los nom­bres de pila; un siglo y medio des­pués ya fue­ron amplia­mente cono­ci­dos por los títu­los que eli­gie­ron para entrar en socie­dad: comu­nismo y fascismo.

Sería estú­pido negar el hilo fun­da­cio­nal, pro­gra­má­tico, que vin­cula a San Agus­tín, pasando por Tomás Moro, con Robert Schu­man, padre de la Unión Euro­pea en pro­ceso de beatificación

¿Y hoy, qué tene­mos? Nues­tro régi­men socio­po­lí­tico es un cien­ti­fismo téc­nico –el cien­ti­fismo utó­pico corres­pon­de­ría a los regí­me­nes tota­li­ta­rios, y tam­bién al nuevo popu­lismo que reco­rre Europa–, una demo­cra­cia de espe­cia­lis­tas que nos ha acos­tum­brado a creer que todo es posi­ble. El astuto Bernard-Henri Lévy llamó a esto “ideo­lo­gía del deseo”, la única posi­ble en una socie­dad de con­sumo envuelta en un Estado de Bie­nes­tar. Cono­ce­mos bien esa con­fianza des­me­dida en el Estado tec­no­crá­tico que engen­dra una hiper­pla­sia jurí­dica y nos con­vierte en depen­dien­tes menes­te­ro­sos: la depen­den­cia pro­pia de una socie­dad tera­péu­tica. Detrás de cada des­gra­cia más o menos arbi­tra­ria exi­gi­mos una res­pon­sa­bi­li­dad. Alguien tiene que pagar por­que a mí se me ha inun­dado la casa. ¿Cómo es que no hay sub­ven­ción para mi clí­nica de psi­co­te­ra­pia caba­llar? ¡No hay dere­cho! Es la queja del niño con­tra­riado, y abo­ga­dos y polí­ti­cos son las niñe­ras del pri­mer mundo. Nin­gún Estado puede hacer frente a tan­tos bibe­ro­nes sin impo­ner una fis­ca­li­dad con­fis­ca­to­ria, y aún así sabe­mos que la ban­ca­rrota es cues­tión de tiempo. No se trata tanto de una reforma admi­nis­tra­tiva o fis­cal como de una reforma espi­ri­tual que juz­ga­mos apro­xi­ma­da­mente qui­mé­rica. “Nunca hemos visto que, una vez corrupto, un pue­blo vuelva a la vir­tud”, escribe Rous­seau, que no era pre­ci­sa­mente un cínico. A la vir­tud solo se vuelve a palos, gene­ral­mente pro­pi­na­dos por una inva­sión bárbara.

Una oscura fuerza parece nive­lar las cul­tu­ras deca­den­tes con las boyan­tes cuando coin­ci­den sobre la faz de una tie­rra glo­ba­li­zada. Ese dar­wi­nismo social anti­gua­mente lo deto­naba la gue­rra. Hoy esa nive­la­ción la ejerce el pro­blema demo­grá­fico euro­peo y su corre­lato inmi­gra­to­rio, que será el gran desa­fío del pre­sente siglo en la fron­tera medi­te­rrá­nea como en la del este euro­peo o en la chi­cana. No es casual que los gine­có­lo­gos hayan regis­trado una amplia­ción de la edad fér­til en las muje­res occi­den­ta­les, en quie­nes la lla­mada de la natu­ra­leza se aplaza ante la prio­ri­dad pro­fe­sio­nal. El estilo de vida sin­gle se afianza en el pri­mer mundo, en socie­da­des donde el ocio alcanza una oferta sufi­cien­te­mente absor­bente como para ador­me­cer o incluso suplan­tar el deseo de for­mar una fami­lia. Los pro­nós­ti­cos de Rous­seau y Nietzs­che se van con­fir­mando, y solo queda des­pe­jar la incóg­nita de si los paí­ses emer­gen­tes de Asia ambi­cio­na­rán los mejo­res fru­tos de la civi­li­za­ción huma­nista, que inclu­yen la jor­nada de ocho horas y las vaca­cio­nes remu­ne­ra­das, o si por el con­tra­rio serán inca­pa­ces de con­ju­gar el prin­ci­pio del pla­cer con el de reali­dad y nos aca­ba­rán impo­niendo una boga inhu­mana bajo el tam-tam de la galera y unas con­di­cio­nes de tra­bajo dickensianas.

Todo depende de a qué lla­me­mos pro­greso. ¿Merece esa jac­tan­ciosa eti­queta el reco­rrer un cen­tro comer­cial en Navi­dad, por donde se des­pa­rrama a gusto eso que Stei­ner ha lla­mado el “fas­cismo de la vul­ga­ri­dad”? El huma­nista a veces qui­siera vivir en las ciu­da­des del siglo XXI con los veci­nos del siglo XIX. El Ste­fan Zweig de El mundo de ayer opina que el clí­max de la civi­li­za­ción occi­den­tal se dio entre 1850 y 1914: la lla­mada belle épo­que. La admi­ra­ble edad del opti­mismo téc­nico, de la auda­cia inge­nie­ril, del buen gusto en arte, del desa­rro­llo cien­tí­fico sin inva­sión de la polí­tica, adonde afluían los mejo­res ora­do­res. Si tiene razón puede que este­mos de enho­ra­buena, por­que nume­ro­sos pen­sa­do­res empie­zan a vati­ci­nar que el siglo XXI se pare­cerá bas­tante al XIX. Todo­rov le ve dos pegas al revi­val: el pack incluye el nacio­na­lismo y las desigual­da­des eco­nó­mi­cas. No hará falta insis­tir en la jus­teza del pro­nós­tico, a la vista de los acon­te­ci­mien­tos. Pero más allá de dife­ren­cias geo­his­tó­ri­cas, el replie­gue hacia el loca­lismo bajo la cúpula incierta de la aldea glo­bal tiene todo el sen­tido del mundo. El hom­bre, cuando se siente inse­guro o ame­na­zado, regresa a sus raí­ces, a su pura niñez. Lo malo es que ni las raí­ces en nues­tro tiempo se que­dan quietas.

El huma­nista es ante todo un pesi­mista ilus­trado, alguien que no se engaña res­pecto de la clase bes­tial de autén­ti­cos ape­ti­tos que bullen y segui­rán bullendo en el inte­rior del sapiens sapiens

El opti­mista es peli­groso por­que, cuando la reali­dad no colma sus anchas expec­ta­ti­vas, se vuelve con­tra la reali­dad. Así nace la cruel­dad en los niños. El opti­mista fre­cuen­te­mente se ve ten­tado enton­ces por el ape­tito de des­truc­ción. Un par­tido polí­tico hen­chido de opti­mismo, por ejem­plo, puede decla­rar inser­vi­ble un deter­mi­nado marco legal que no satis­face sus aspi­ra­cio­nes, e incluso puede apli­car la piqueta al Estado con el fre­nesí de quien cree estar alla­nando el terreno de las futu­ras auto­pis­tas. Luego ya se verá adónde con­du­cen: lo pri­mero es dina­mi­tar las que hay. De la con­cien­cia nihi­lista del hom­bre nuevo, es decir del hom­bre solo, nace la volun­tad de vivir dio­ni­siaca, el albo­rozo de un carpe diem radi­cal. Es la con­cep­ción nietzs­cheana del super­hom­bre, que a tan­tos entu­sias­tas del siglo XX per­sua­dió de ponerse una capa y sal­tar por la ven­tana. Y es que, en el fondo, el super­hom­bre es un superniño.

El huma­nista no ve las cosas con tanto entu­siasmo. Fer­nando Sava­ter tiene un ensa­yito sobre el pesi­mismo ilus­trado que con­tiene esta dis­tin­ción lumi­nosa: “El opti­mista se queja de lo mal que va todo com­pa­rado con lo bien que según él podría y debe­ría ir; el pesi­mista se con­forma con que no vaya todo lo mal que temía y se afe­rra con deses­pe­rado entu­siasmo a los bene­fi­cios par­cia­les de cuya pro­ba­bi­li­dad dudaba”. Pero ojo: no hacerse ilu­sio­nes sobre la frá­gil con­di­ción del hom­bre no sig­ni­fica renun­ciar a cual­quier esfuerzo en pro de una mejora social. En este matiz de modu­lado acti­vismo radica la dife­ren­cia entre la voca­ción del huma­nista y la famosa teo­ría de la pro­pina de Josep Pla: “El hom­bre que cons­ciente o incons­cien­te­mente suponga o crea que este es el mejor de los mun­dos posi­bles vivirá rabioso y fre­né­tico, mien­tras que quien parta de que esto es un valle de lágri­mas corre­gido por un sis­tema de pro­pi­nas, vivirá resig­nado y tran­quilo”. He aquí la fe del indi­vi­dua­lista puro, menos dañina para la socie­dad que la del opti­mista cien­tí­fico, pero toda­vía no humana del todo. A medio camino entre el ale­gre cien­ti­fismo y el huma­nismo pesi­mista encon­tra­mos la pro­puesta del tra­vieso Peter Slo­ter­dijk, que levantó ampo­llas en 1999 con aque­lla con­fe­ren­cia titu­lada Nor­mas para el par­que humano, donde aboga resuel­ta­mente por el mejo­ra­miento bio­tec­no­ló­gico del hom­bre en la con­vic­ción de que con la mera escuela no vamos a nin­gún sitio.

Podría­mos decir que el indi­vi­dua­lista es un viejo pre­ma­turo y el pos­mo­derno un ado­les­cente cro­ni­fi­cado. Si Epi­curo pres­cri­bía el goce para sí pero desde el con­trol inte­li­gente de sus efec­tos, el con­su­mi­dor actual ado­lece de una paté­tica inca­pa­ci­dad de diver­tirse por sí mismo. Nece­sita que le expli­quen todo, que le mas­ti­quen toda com­ple­ji­dad artís­tica, que le jiba­ri­cen los dobles sen­ti­dos y le robus­tez­can los pre­jui­cios con la nutri­tiva papi­lla del bue­nismo. En el debate cul­tu­ral se está impo­niendo una manía infan­til que podría­mos lla­mar la cul­tura de la mora­leja: esa deri­vada de la correc­ción polí­tica que se obs­tina en absol­ver o con­de­nar la obra de arte según la pro­ble­má­tica social que trata o solo roza, o incluso por la bio­gra­fía del autor: de tal novela importa que su pro­ta­go­nista sea pio­nera del sufra­gismo feme­nino y de una come­dia tra­viesa de Taran­tino si tanta fri­vo­li­dad repre­senta una invo­lu­ción en la lucha por los dere­chos civi­les. Creía­mos haber supe­rado el enfo­que cegato de la socio­crí­tica mar­xiana y del gro­sero bio­gra­fismo, pero úni­ca­mente se ha mul­ti­pli­cado el tipo de mora­leja. Se des­acon­seja la lec­tura de Lolita por­que enal­tece la pedofi­lia o se expurga una anto­lo­gía de Que­vedo por su acre­di­tada miso­gi­nia. Esto es no enten­der nada sobre la plu­ri­vo­ci­dad y la riqueza del len­guaje esté­tico. Lo peor de esta peste reduc­cio­nista es que ha con­ta­giado no ya a los locu­to­res radio­fó­ni­cos, sino tam­bién a los mis­mos pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios. Pronto vería­mos con­ver­ti­dos en fenó­me­nos de ven­tas a Esopo, Iriarte y Sama­niego, ver­da­de­ros pre­cur­so­res de nues­tra era Dis­ney, si no fuera por­que, escri­biendo como estoy un libro de refle­xión sobre fábu­las clá­si­cas, he des­cu­bierto que sus ense­ñan­zas son dema­siado pro­fun­das para el cabo­taje inte­lec­tual del homo videns.

Los nue­vos prometeos

Pero la tarea neo­hu­ma­nista se enfrenta a un rival más for­mi­da­ble que el gri­te­río que­jum­broso de la pos­mo­der­ni­dad. Se enfrenta a las trai­cio­nes que la pro­pia moder­ni­dad ha come­tido con­siga misma. Lyo­tard ha deta­llado cómo cada uno de los gran­des rela­tos de eman­ci­pa­ción acor­da­dos por la cul­tura hege­mó­nica ha que­dado inva­li­dado en sus prin­ci­pios. Basta remi­tirse a algu­nas déca­das del siglo XX y a lo que lle­va­mos de XXI. “Todo lo que es real es racio­nal”, dijo Hegel; pues bien, Aus­ch­witz fue real pero no racio­nal. “Todo lo que es pro­le­ta­rio es comu­nista, todo lo que es comu­nista es pro­le­ta­rio”, dijo Marx. Pues bien, las revuel­tas de Ber­lín en 1953, de Buda­pest en 1956 o la Pri­ma­vera de Praga de 1968 refu­tan el mate­ria­lismo his­tó­rico, pues exhi­ben a los tra­ba­ja­do­res alzán­dose con­tra el Par­tido. “Todo lo que es demo­crá­tico es por el pue­blo y para el pue­blo”, ase­gu­raba el libe­ra­lismo par­la­men­ta­rio. Pero mayo del 68 o el cer­cano y más o menos igual de inane 15-M refuta esa doc­trina, pues mues­tra cómo la coti­dia­ni­dad social dis­cu­rre por cau­ces opues­tos a la ins­ti­tu­ción repre­sen­ta­tiva. “Todo lo que es juego de la oferta y la demanda es pro­pi­cio para el enri­que­ci­miento gene­ral”, nos pro­me­tía el libe­ra­lismo eco­nó­mico; pero las cri­sis de 1911, de 1929 y la de 2007 que aún sufri­mos refu­tan tanta inge­nui­dad y tam­bién su arre­glo postkeynesiano.

Habrán repa­rado en que todas estas trai­cio­nes se cir­cuns­cri­ben al ámbito mate­rial y laico de la exis­ten­cia, puesto que son trai­cio­nes neta­mente moder­nas. Trai­cio­nes naci­das de pro­me­sas de eman­ci­pa­ción for­mu­la­das con­tra pro­me­sas míti­cas ante­rio­res, pro­pias de un esta­dio sote­rio­ló­gico, pre­mo­derno, de la cul­tura occi­den­tal. Recor­de­mos: el hom­bre pau­la­ti­na­mente se rebeló con­tra la pro­mesa tras­cen­dente de la reli­gión, que le exi­gía la dele­ga­ción de su volun­tad en ins­tan­cias nor­ma­ti­vas supe­rio­res, here­da­das, aje­nas, y siguiendo la metá­fora de Todo­rov pactó con el dia­blo su olím­pica sobe­ra­nía racional.

Sin embargo, el paso del mito al logos tiene más de ilu­sión arro­gante que de reali­dad antro­po­ló­gica. Es como si el hom­bre, aun el vol­te­riano más ico­no­clasta, estu­viera inca­pa­ci­tado para arran­carse de su hondo inte­rior las cate­go­rías míti­cas de enten­di­miento del mundo. Hay una frase de Kus­pitt que me gusta mucho: “Ser pos­mo­derno sig­ni­fica per­der todo inte­rés por la inmor­ta­li­dad”. Ahí está la per­for­mance como mani­fes­ta­ción artís­tica genui­na­mente pos­mo­derna, cuya esen­cia rechaza la dura­ción de la obra y cele­bra lo efí­mero del acon­te­ci­miento. En efecto, se diría que la inmor­ta­li­dad, como aspi­ra­ción del espí­ritu, poco puede sedu­cir a esta socie­dad de cul­ti­va­do­res del cuerpo cuyo máximo idea­lismo cabe en la soñada geo­me­tría de los abdo­mi­na­les. Ahora bien, si hay algo que man­tiene en nues­tros mate­ria­lis­tas y tec­ni­fi­ca­dos días un envi­dia­ble estado de forma, eso es el pen­sa­miento mítico. Nada es tan resis­tente como los mitos, del más sofis­ti­cado al más banal, al modo de esas mito­lo­gías pop cuya pro­li­fe­ra­ción bajo espe­cie de publi­ci­dad des­cri­bió Roland Bart­hes como sus­ti­tu­tos de la razón en la naciente socie­dad de con­sumo: una vuelta atrás en el paso civi­li­za­to­rio del mito al logos. Un pen­sa­dor más actual, el israelí Harari, va más allá y defiende en un reciente y polé­mico ensayo que la revo­lu­ción cog­ni­tiva traída por el homo sapiens no se debió a su apti­tud para el pen­sa­miento lógico, sino pre­ci­sa­mente a su faci­li­dad para inven­tar fic­cio­nes y sím­bo­los: fue la creen­cia en la divi­ni­dad y el deseo de pare­cerse a ella lo que habría per­mi­tido a las tri­bus prehis­tó­ri­cas aso­ciarse, cola­bo­rar, fijarse metas y triun­far en la carrera de las espe­cies por la adap­ta­ción al medio. Por­que el mito aglu­tina y con­voca, mien­tras que el racio­ci­nio separa y pone excu­sas. ¿Es racio­nal el pro­ceso sepa­ra­tista cata­lán? No. ¿Importa eso a la hora de for­mar son­rien­tes cade­nas huma­nas? Tam­poco. Es un error recu­rrente de los racio­na­lis­tas menos­pre­ciar la creen­cia, y a estas altu­ras debe­rían haberlo aprendido.

Marx, Freud y Lévi-Strauss sien­tan para Stei­ner las tres pri­me­ras pla­zas en la fis­ca­lía de la moder­ni­dad. Por encima de ellos se coloca el fis­cal gene­ral de la filo­so­fía occi­den­tal, Nietzsche

Según Stei­ner, ha habido tres gran­des mesías secu­la­res que pre­ten­die­ron relle­nar el vacío dejado por la reli­gión en el hom­bre moderno. Los llama mesías por­que los tres, pese a su sober­bia racio­na­lista, par­ten cons­cien­te­mente o no de fun­da­men­tos teo­ló­gi­cos para desa­rro­llar una nueva doc­trina que res­cate al hom­bre del oscu­ran­tismo y la sinrazón.

El pri­mero fue Marx. Se con­si­de­raba a sí mismo otro Pro­me­teo enviado a los hom­bres para devol­ver­los al estado de inocen­cia pre­vio a la explo­ta­ción capi­ta­lista. El mar­xismo no explica cuándo hubo ese edén sin cla­ses y por qué que brotó la cizaña entre los bue­nos sal­va­jes huma­nos. Pero sí loca­liza cla­ra­mente al enemigo y lanza su pro­mesa auro­ral de la socie­dad sin cla­ses en nom­bre de la cual gene­ra­cio­nes ente­ras de idea­lis­tas revo­lu­cio­na­rios han sacri­fi­cado sus vidas y, lo que es más fas­ti­dioso, las de los demás. En lo pura­mente cien­tí­fico, que es la divi­sión en la que pre­tende jugar, el aná­li­sis his­tó­rico que rea­liza el sis­tema mar­xista se ha reve­lado inco­rrecto, y su pro­grama de feli­ci­dad sen­ci­lla­mente no se ha cum­plido, por decirlo con sua­vi­dad. El capi­ta­lismo expe­ri­menta colap­sos cícli­cos, cierto, pero tam­bién acre­dita una crea­ti­vi­dad asom­brosa para rein­ven­tarse. Por el camino deja un buen número de para­dos, pero no los recluye en gulags. Y sin embargo aún es el día en que la pode­rosa suges­tión mítica de la espe­ranza mar­xiana no se ha apa­gado y sigue embau­cando a nue­vos feligreses.

El segundo mesías laico fue Sig­mund Freud. Tra­bajó toda su vida para ganarle al psi­coa­ná­li­sis el rango de cien­cia, pero acabó fun­dando –a su pesar– una casta sacer­do­tal de ana­lis­tas enfren­ta­dos en sec­tas jun­guia­nas, laca­nia­nas o medio­pen­sio­nis­tas. Si Marx se con­si­de­raba otro Pro­me­teo, Freud se des­mayó de pura iden­ti­fi­ca­ción cuando entró por pri­mera vez en la igle­sia romana de San Pie­tro in Vin­coli y reci­bió el impacto de la visión del Moi­sés de Miguel Ángel. Como Moi­sés, nues­tro doc­tor de Viena sufría el des­ga­rro inte­rior de dos con­flic­tos: la lucha con­tra el bece­rro de oro de las con­ven­cio­nes bur­gue­sas y el dolor por la trai­ción de su pro­pio pue­blo, con Jung lide­rando la con­tes­ta­ción como Moi­sés había pade­cido la infi­de­li­dad de Aarón. Hay mucho de reli­gión en el cor­pus freu­diano. Al mismo tiempo, Freud tam­bién se fijó en el mito pro­me­teico y lo des­ci­fró desde su par­ti­cu­lar óptica pan­se­xual: el fuego como éxta­sis en la punta de la antor­cha, el hígado siem­pre reno­vado de Pro­me­teo como ima­gen de la libido… por no hablar de la vora­ci­dad del águila, claro.

Ahora bien. Cuando Freud reci­bió la visita de Schultz, un céle­bre psi­quia­tra ale­mán, le pre­guntó: “¿Cree usted sin­ce­ra­mente en su capa­ci­dad para curar a un paciente?”. “¡De nin­guna manera!”, con­testó Schultz. “En este caso, nos enten­de­re­mos”, fue la res­puesta de Freud. Él creía que el psi­coa­ná­li­sis podría ayu­dar al hom­bre a sol­tar las­tre repre­sivo, pero no se hacía ilu­sio­nes ni ven­día cre­ce­pe­los inte­rio­res. Sus ver­da­des son de orden esté­tico, sim­bó­lico, como las que ofre­cen las gran­des nove­las o dra­mas en que basaba sus aná­li­sis. En reali­dad, Freud fue el mayor teó­rico de la cul­tura del siglo XX, algu­nas de cuyas ideas han demos­trado una ope­ra­ti­vi­dad inne­ga­ble. Pero él no pre­ten­dió satis­fa­cer la aspi­ra­ción tota­li­zante de sus segui­do­res más acé­rri­mos: cua­jar una física de lo humano, dic­tar las leyes del fun­cio­na­miento psi­co­ló­gico mediante una deco­di­fi­ca­ción más o menos intui­tiva del subconsciente.

El ter­cero de los mesías secu­la­res es, para Stei­ner, el antro­pó­logo fran­cés Claude Lévi-Strauss. Este fue de los tres el que con más humil­dad com­pren­dió el papel del pen­sa­miento mítico en la cul­tura, quizá por­que salió a reco­rrer las sel­vas tro­pi­ca­les en pos de datos que sus­ten­ta­sen sus teo­rías, en lugar de ence­rrarse a arre­glar el mundo en la Biblio­teca Bri­tá­nica o en el gabi­nete de loquero. Lévi-Strauss observó que el hom­bre pri­mi­tivo se encuen­tra enre­dado en dua­li­da­des aprio­rís­ti­cas que le resu­men el mundo y que ofre­cen resis­ten­cia al intento de sín­te­sis racio­nal: ser y no ser, mas­cu­lino y feme­nino, joven y viejo, luz y oscu­ri­dad, comes­ti­ble y tóxico, móvil e inerte. Per­dido entre tri­bus ama­zó­ni­cas ape­nas con­ta­mi­na­das por el logos, guiado por la noción freu­diana de cul­tura como males­tar, Lévi-Strauss revisa en nega­tivo la leyenda de Pro­me­teo. Si para Marx el titán era el sím­bolo de la inte­li­gen­cia revo­lu­cio­na­ria y de la rebel­día con­tra la igno­ran­cia y la tira­nía, para Lévi-Strauss el robo pro­me­teico del fuego cifra el momento catas­tró­fico en que el ser humano rom­pió con su madre tie­rra. El águila enviada por Zeus para comer el hígado del rebelde sim­bo­liza el pro­ceso de ais­la­miento cós­mico al que es cas­ti­gado el hom­bre por renun­ciar cada vez más a su paren­tesco con la natu­ra­leza. La hue­lla del mito edé­nico es muy visi­ble en este ter­cer mesías, y en el resa­bio rous­so­niano de su obra arraiga la fun­da­men­ta­ción ideo­ló­gica del eco­lo­gismo, una de las más reco­no­ci­bles señas de iden­ti­dad de lo posmoderno.

Marx, Freud y Lévi-Strauss sien­tan para Stei­ner las tres pri­me­ras pla­zas en la fis­ca­lía de la moder­ni­dad. Sus obras regis­tran la gran trai­ción: el pre­cio eco­nó­mico, psi­co­ló­gico y antro­po­ló­gico que la civi­li­za­ción nos ha cobrado sin pre­vio acuerdo, edi­fi­cando el pro­greso sobre los escom­bros de la creen­cia, el sím­bolo, la tra­di­ción, los lazos fami­lia­res y comu­ni­ta­rios. Pero nues­tros tres fis­ca­les no se con­for­man con acre­di­tar los hechos, sino que ter­mi­nan pidiendo un nuevo orde­na­miento mucho menos racio­nal de lo que ellos sos­pe­chan. Por encima de ellos se coloca el fis­cal gene­ral de la filo­so­fía occi­den­tal, Nietzs­che, cuyo anun­cio de la muerte de Dios corre para­lelo al pro­ceso de “desa­cra­li­za­ción” diag­nos­ti­cado por Max Weber. Pero esta idea tre­menda, ver­da­dero fin de la moder­ni­dad, coro­la­rio radi­cal del paso del mito al logos, no está for­mu­lada por el loco de La gaya cien­cia con orgu­llo alguno. Per­mí­tanme citar las líneas terribles:

¿No oímos toda­vía el ruido que hacen los sepul­tu­re­ros al ente­rrar a Dios? ¿No nos llega toda­vía nin­gún olor de la putre­fac­ción divina? Pues tam­bién los dio­ses se des­com­po­nen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y noso­tros le hemos matado! ¿Cómo podre­mos con­so­lar­nos, si somos los mayo­res ase­si­nos entre los ase­si­nos? Lo más sagrado y pode­roso que poseía hasta ahora el mundo se ha desan­grado bajo nues­tros cuchi­llos. ¿Quién nos lavará esta sangre?

Desde luego no parece que se des­prenda nin­guna satis­fac­ción del relato del cri­men divino. Se trata de una cons­ta­ta­ción trá­gica en abso­luto libre de culpa ni del vér­tigo exis­ten­cial a que nos aboca el dei­ci­dio, y no de esa mueca triun­fante de anti­cristo rockero con que a veces se explica –o se expli­caba– a Nietzs­che en el bachi­lle­rato. El filó­sofo del super­hom­bre tam­bién acaba copiando el dogma del pecado ori­gi­nal al cons­ta­tar que Adán no podía hacer otra cosa que matar a Dios y ale­jarse de la natu­ra­leza, pues el humano es el único ani­mal incom­pleto, un incon­for­mista de la bio­lo­gía que pri­mero roba el fruto del árbol de la cien­cia y luego inventa el arte para no morir de la verdad.

Pero así como nin­guno de los cita­dos fis­ca­les del dei­ci­dio moderno –maes­tros de la sos­pe­cha, en afor­tu­nado cuño de Paul Ricoeur– pudo sus­traerse a los pre­su­pues­tos teó­ri­cos de los vie­jos mitos ni a sus pro­me­sas de reden­ción, tam­poco los hom­bres pos­mo­der­nos saben vivir sin ado­rar a nue­vos ído­los. “Nues­tro clima psi­co­ló­gico y social es el más afec­tado por la supers­ti­ción y el irra­cio­na­lismo de todo tipo desde el decli­nar de la Edad Media”, escribe Stei­ner en ese ensa­yito indis­pen­sa­ble que tituló Nos­tal­gia del Abso­luto. Se cum­ple el pro­nós­tico del cató­lico Ches­ter­ton: “Cuando el hom­bre deja de creer en Dios, ter­mina cre­yendo en cual­quier cosa”. Solo hay que hur­gar en el revis­tero de un spa cinco estre­llas y aspi­rar ese pachuli orien­ta­loide a cuenta del karma y la armo­nía, o bien repa­sar las des­mo­ra­li­zan­tes cifras de ven­tas de Paulo Coelho. Un opti­mista racio­nal seguro que excla­ma­ría: “¡Parece men­tira que este­mos en el siglo XXI!” Kun­dera tiene escrito que la his­to­ria artís­tica, a dife­ren­cia de la tec­no­ló­gica, no puede ser pro­gre­siva, pues La meta­mor­fo­sis de Kafka no inva­lida El Qui­jote al modo en que la bom­bi­lla inva­lida la vela. Las ver­da­des esté­ti­cas son eter­nas a par­tir de un grado deter­mi­nado de exce­len­cia expre­siva. A la vista del com­por­ta­miento humano, no queda más reme­dio que reco­no­cer que la línea recta tam­poco sirve ya para des­cri­bir la evo­lu­ción del pen­sa­miento occi­den­tal, como cre­ye­ron los ilus­tra­dos del Siglo de las Luces y los posi­ti­vis­tas teme­ra­rios de la belle épo­que; las ideas se desa­rro­llan más bien en espi­ral, de tal modo que las círcu­los que des­cribe el flo­re­ciente neo­mis­ti­cismo con­tem­po­rá­neo giran hacia lo gótico y lo medie­val en una moda que no cesa, así como los círcu­los que cele­bra en nues­tro país la emer­gente fuerza Pode­mos cal­can el modelo asam­blea­rio del sin­di­ca­lismo deci­mo­nó­nico. La vida es ondu­lante, avi­saba ya Mon­taigne; des­pués de todo, ¿no se estruc­tu­ran las héli­ces del ADN en forma de espiral?

Ahora bien. ¿Esta­mos con­de­na­dos a dar vuel­tas en el eterno retorno que Nietzs­che, padre de la pos­mo­der­ni­dad, derivó de la muerte de Dios? ¿Qué pre­fijo aña­di­rán los siglos al post­his­to­ri­cismo decre­tado por Lyo­tard? ¿Qué viene ahora?

Auto­crí­tica y orgullo

Ahora, como siem­pre, lo que viene es el pasado. El huma­nista quiere res­tau­rar al pobre Pro­me­teo en el pan­teón de los bene­fac­to­res de la huma­ni­dad. No por nada le salió tan fea la cria­tura a esa pro­fe­tisa de la ciru­gía esté­tica que fue Mary She­lley, cuya famosa novela lleva pre­ci­sa­mente por título Fran­kens­tein o el moderno Pro­me­teo. En ella, como en las visio­nes de Blake y en las intui­cio­nes de tan­tos román­ti­cos, junto a la blas­fe­mia y la glo­ri­fi­ca­ción del yo se encuen­tran los pri­me­ros vis­lum­bres del trá­gico des­tino al que con­du­cía aquel ferro­ca­rril sin ter­mi­nar en que via­jaba a toda velo­ci­dad el hom­bre moderno. Decía Your­ce­nar, siguiendo a Cice­rón, que quiso escri­bir las Memo­rias de Adriano por­que la vida de aquel empe­ra­dor aco­taba el tiempo en que la égida de los dio­ses paga­nos ya había decli­nado pero el cris­tia­nismo no había adve­nido toda­vía. Nume­ro­sos ensa­yis­tas han seña­lado el pare­cido de la pos­mo­der­ni­dad con aquel periodo de parén­te­sis, de orfan­dad o de opor­tu­ni­dad según se mire.

Hoy los sabe­res uti­li­ta­rios arra­san toda tierna voca­ción de pen­sa­dor, y preo­cupa fran­ca­mente el deve­nir de la cul­tura de la pala­bra bajo la pre­sión audio­vi­sual y la irre­sis­ti­ble como­di­dad del emoticono

De la polí­tica no cabe espe­rar gran cosa, y quizá sea mejor así, visto lo visto el siglo pasado. El gobierno se reduce a tec­no­cra­cia, un domi­nio acerca del cual se con­sulta a los exper­tos, y el único debate versa sobre la elec­ción de los medios y no sobre los fines. Ya no se aspira a la ver­dad sino a con­sen­sos pun­tua­les, y este con­tex­tua­lismo es para Vat­timo una con­quista sobre el fana­tismo. Entu­sias­mar, poco: es el triunfo del pen­sa­miento ins­tru­men­tal –que a tra­vés de la nor­ma­tiva Bolo­nia ya se apo­dera tam­bién de la uni­ver­si­dad–, y la con­sa­gra­ción de la buro­cra­cia y el regla­mento: los polí­ti­cos no deba­ten los moti­vos pro­fun­dos de un refe­rén­dum de inde­pen­den­cia sino si se con­voca o no con arre­glo a la ley. En cuanto a los medios de comu­ni­ca­ción, esa “fan­tas­ma­go­ría” según Vat­timo, su pro­li­fe­ra­ción en nom­bre de la trans­pa­ren­cia disol­vió pri­mero la cen­tra­li­dad cul­tu­ral moderna y ha ter­mi­nado ero­sio­nando el pro­pio prin­ci­pio de reali­dad, fomen­tando el ruido y con­tra­vi­niendo el ideal ilus­trado. Como vati­cinó Nietzs­che, no hay hechos sino inter­pre­ta­cio­nes; no hay seres, sino acontecimientos.

Hubo un tiempo en que un perio­dista era un inte­lec­tual; hoy el pro­ceso de manu­fac­tura de noti­cias no se dis­tin­gue dema­siado del que rige en una con­ser­vera de las Rías Bai­xas. Las redes socia­les cana­li­zan esa revi­sión iró­nica de la moder­ni­dad que pide Umberto Eco, pero tam­bién el ata­vismo más rupes­tre. Por último está la ben­dita tec­no­lo­gía, cuya ubi­cui­dad GPS evoca el sinies­tro Levia­tán de Hob­bes y cuya super­es­truc­tura coin­cide con el Abso­luto hege­liano y con una cosa orwe­lliana a la que lla­man Big Data. La bene­mé­rita marca de la man­za­nita mor­dida acaba de abrir una tienda futu­rista al lado de mi casa, y es un espec­táculo con­tem­plar cómo los urba­ni­tas cami­nan abdu­ci­dos hacia el seno de la ballena con una mueca mecá­nica de feli­ci­dad. Parece una escena de Aldous Hux­ley. Fal­tan quizá solo unos años para que los niños pier­dan la facul­tad del habla, pero antes de que el ais­la­miento sea com­pleto una apli­ca­ción del móvil será capaz de tra­du­cir nues­tras pala­bras al japo­nés en tiempo real, y vice­versa. Las escue­las de idio­mas se arrui­na­rán, pero a cam­bio flo­re­ce­rán las cáte­dras de ani­ma­do­res socia­les para autis­tas tecnológicos.

No qui­siera dejarme sedu­cir por el bri­llo fácil de la dis­to­pía, aun­que tengo ojos en la cara. Leo en prensa que actual­mente solo el 10% de los uni­ver­si­ta­rios espa­ño­les esco­gen una carrera de Huma­ni­da­des, carre­ras que han per­dido el 15% de sus alum­nos en la última década. Claro que podría ser peor. Sea­mos apo­ca­líp­ti­cos, pero no renun­cie­mos a la inte­gra­ción. Los sabe­res uti­li­ta­rios no es que se impon­gan sino que arra­san toda tierna voca­ción de pen­sa­dor, y preo­cupa fran­ca­mente el deve­nir de la cul­tura de la pala­bra bajo la pre­sión audio­vi­sual y la irre­sis­ti­ble como­di­dad del emo­ti­cono. Mi tem­pe­ra­mento pro­pende a la jere­miada, pero es pre­ciso vol­ver tam­bién los ojos a las colas abi­ga­rra­das que con­cita cada fin de semana el Museo del Prado; a los resis­ten­tes silen­cio­sos que leen libros (¡incluso de papel!) en el metro; a la salud de la tem­po­rada lírica o tea­tral pese a la cre­cida de impues­tos con­fis­ca­to­rios. El canon occi­den­tal sigue vigente, damas y caba­lle­ros. Esta es mi buena nueva. Lo único que hace falta es que su auto­ri­dad vuelva a ser reco­no­cida entre las éli­tes cul­tu­ra­les como de hecho lo es entre el público. Es cierto que la ima­gi­na­ción holly­woo­diense roza el plano cere­bral y que los ico­nos pop que van muriendo en estos años no son reem­pla­za­dos por per­so­na­li­da­des de talla homo­lo­ga­ble, pre­ci­sa­mente por­que en la era You­Tube la fama es cada vez más difí­cil de sos­te­ner; pero tam­bién es ver­dad que cade­nas como HBO o AMC han entro­ni­zado la ambi­ción de la inte­li­gen­cia y el puro talento narra­tivo en una pla­ta­forma tan poco espe­ran­za­dora como era la tele­vi­sión. Al espec­ta­dor de hoy le llega Sha­kes­peare a tra­vés de Los Soprano, Tols­toi por The Wire o Scott Fitz­ge­rald embu­tido en los tra­jes de Mad Men, aun­que la acti­vi­dad de mirar una pan­ta­lla nunca ejer­ci­tará los mis­mos múscu­los inte­lec­tua­les que la acti­vi­dad de leer.

Hay un pres­ti­gio subli­mi­nal en la tra­di­ción que no solo per­dura, sino que está más vivo que nunca. La tra­di­ción vende, por­que entraña cali­dad decan­tada, garan­ti­zada por el paso del tiempo

¿No les lla­man la aten­ción esos rótu­los que enfa­ti­zan la anti­güe­dad de un comer­cio como cebo publi­ci­ta­rio? “Casa Paco: desde 1927”. Hay un pres­ti­gio subli­mi­nal en la tra­di­ción que no solo per­dura, sino que está más vivo que nunca. El fenó­meno rela­ti­va­mente reciente de las casas rura­les, con su reclamo de paz mon­tesa, arqui­tec­tura anti­gua y tipismo local, no deja de cre­cer, y uno no puede aspi­rar a man­te­ner una rela­ción esta­ble si no lleva a su novia a uno de estos encan­ta­do­res esta­ble­ci­mien­tos con alguna perio­di­ci­dad. La tra­di­ción vende, y vende por­que entraña cali­dad decan­tada, garan­ti­zada por el paso del tiempo. “Con­ti­núa siendo una pero­gru­llada –carga Stei­ner con­tra los exce­sos mul­ti­cul­tu­ra­lis­tas– decir que el mundo de Pla­tón no es el de los cha­ma­nes, que la física de Gali­leo y de New­ton arti­culó una impor­tante por­ción de la reali­dad con el espí­ritu humano, que las com­po­si­cio­nes de Mozart van más allá de los tam­bo­res y cím­ba­los java­ne­ses (…). Una cul­tura viva es aque­lla que se ali­menta con­ti­nua­mente de las gran­des e indis­pen­sa­bles obras del pasado, de las ver­da­des y belle­zas alcan­za­das en la tra­di­ción”. Tra­di­ción, por cierto, cuyo hilo con­ser­va­ron los copis­tas de los monas­te­rios medie­va­les: ellos pasa­ron el relevo; a ver qué hace­mos noso­tros. Visi­te­mos sin culpa las ino­cuas expo­si­cio­nes de Pop Art o estu­die­mos la intere­sante esta­tua­ria sub­saha­riana, que tanto hizo por Picasso; pero hagá­mo­nos el favor de vene­rar las glo­rias del Barroco con los ojos bien abier­tos y el alma rendida.

Occi­dente no es solo su arte, cuya supre­ma­cía no dis­cu­ti­rán los pro­pios orien­ta­les que se arra­ci­man junto al muro de entrada a los Museos Vati­ca­nos; Occi­dente es prin­ci­pal­mente sus ideas, su clima único de mila­grosa crea­ti­vi­dad que alum­bró la peni­ci­lina pero tam­bién el impe­ra­tivo cate­gó­rico. La obje­ti­va­ción uni­ver­sal de los dere­chos huma­nos puede con­si­de­rarse en buena medida la con­quista de un solo hom­bre, lla­mado Imma­nuel Kant, que enten­dió la nece­si­dad de ofre­cer a los pue­blos del mundo una idea de paz no sujeta a carac­te­ri­za­ción reli­giosa o étnica o his­tó­rica. Pero incluso Kant nece­sitó ser corre­gido, como lo nece­sita cual­quier mora­lista de pos­tu­la­dos abs­trac­tos. Fue Ben­ja­min Cons­tant el que se atre­vió. En una época de puris­tas, Cons­tant observó que los prin­ci­pios mora­les, toma­dos de forma abso­luta y ais­lada, vol­ve­rían impo­si­ble la pro­pia idea de socie­dad. Ese Kant, dice Cons­tant, defiende que men­tir siem­pre es malo; pero men­tir a un ase­sino que nos pre­gunta si nues­tro amigo, al que el ase­sino per­si­gue, se refu­gia en nues­tra casa, no lo es. “Nin­gún hom­bre –sen­ten­cia Cons­tant– tiene dere­cho a la ver­dad que per­ju­dica a otro”. Refu­taba así con un siglo de ante­la­ción el marxismo-leninismo, que al cabo solo es la apli­ca­ción a mar­ti­lla­zos de una abs­trac­ción, y de paso inva­lida el argu­mento con que pre­ten­dían jus­ti­fi­carse en el ban­qui­llo los corre­li­gio­na­rios de Hans Frank: solo cum­plían órde­nes. Cons­tant fue tam­bién el padre de la bené­fica divi­sión entre esfera pri­vada y esfera pública, que resol­vió en las inci­pien­tes demo­cra­cias el pro­blema de la con­vi­ven­cia entre ley y moral, here­dado de las teo­cra­cias. Era már­mol y no papel el soporte sobre el que el gran huma­nista fran­cés estampó esta frase a prin­ci­pios del siglo XIX: “El error libre vale más que la ver­dad impuesta”. Sobre esta idea pivota la garan­tía prác­tica de liber­tad per­so­nal y dere­chos comu­nes más sólida y dura­dera de la his­to­ria del hombre.

En tiem­pos de euro­es­cep­ti­cismo se impone la nece­si­dad de defen­der el obvio orgu­llo de ser euro­peo. ¿Dónde sino en Europa iba a arrai­gar el anti­eu­ro­peísmo? ¿Hay docu­men­ta­les más anti­ame­ri­ca­nos que los fir­ma­dos por ame­ri­ca­nos? La facul­tad auto­crí­tica es desde Vol­taire el más admi­ra­ble y sin­gu­lar de todos los fru­tos de la Ilus­tra­ción, pero porta en su inte­rior el gusano del nihi­lismo. Su cul­tivo mor­boso acaba desem­bo­cando en lo que Stei­ner llama “his­te­ria peni­ten­cial”, esa ver­güenza de per­te­ne­cer a Occi­dente que lleva a pre­miar una novela no por su cali­dad, sino por­que la ha escrito el último super­vi­viente de una estirpe pre­co­lom­bina. Basta ya de darse lati­ga­zos. El mis­mí­simo Lévi-Strauss, que había edi­fi­cado la más con­sis­tente repro­ba­ción del euro­cen­trismo, murió hace cinco años reco­no­ciendo que hoy Europa cons­ti­tuía la pri­mera cul­tura nece­si­tada de pro­tec­ción. Es ver­dad que el euro­cen­trismo amparó dego­lli­nas colo­nia­les como la de Leo­poldo II en el Congo; que en su civi­li­za­to­rio nom­bre lle­vaba a cabo sus inves­ti­ga­cio­nes el doc­tor Men­gele o abrió su vien­tre tene­broso el Enola Gay al paso de Hiros­hima. Pero igual­mente era el huma­nismo occi­den­tal el que ins­pi­raba a los com­ba­tien­tes de Omaha, a los jue­ces de Nürem­berg y a la pluma del señor Lin­coln cuando firmó la abo­li­ción de la escla­vi­tud. En la tra­di­ción occi­den­tal siem­pre hay un Cons­tant para ende­re­zar las des­via­cio­nes de un Kant. Y si exis­tió el refi­nado geno­cida Hans Frank, tam­bién exis­tió el car­ce­lero nazi que, con­mo­vido por el lamento del piano de Weis­sen­berg, le ayudó a esca­par del campo para que su música pudiera vivir en los oídos del mundo entero.

Herá­clito se equi­vo­caba: nos baña­mos siem­pre en el mismo río, que lleva al mar agua idén­tica, ape­nas reci­clada. El ciclo del agua se parece mucho al de las ideas

Y por esa tra­di­ción hasta aquí hemos lle­gado, damas y caba­lle­ros. La moder­ni­dad era un río que ha desem­bo­cado en el mar sin ori­llas de la post­his­to­ria. Ser pos­mo­derno es expe­ri­men­tar esta sen­sa­ción de final de todo, de final que no puede ser prin­ci­pio de nada nuevo por­que nin­gún río parte del mar hacia la mon­taña. Pero en este mar con­flu­yen mareas diver­sas, todas ellas cono­ci­das, por­que Herá­clito se equi­vo­caba: nos baña­mos siem­pre en el mismo río, que lleva al mar agua idén­tica, ape­nas reci­clada: eva­po­rada, con­den­sada, llo­vida. El ciclo del agua se parece mucho al de las ideas. Como decía­mos al prin­ci­pio, el tiempo futuro está con­te­nido en el tiempo pasado así como el mar post­his­tó­rico con­tiene ya todas las mareas. Algu­nas con­du­cen a los tró­pi­cos calien­tes del indi­vi­dua­lismo de pul­sera y todo pagado; otras al cen­tro frío del neo­mar­xismo, a ver si a la enésima masa­cre va la ven­cida; las hay que trans­por­tan direc­ta­mente hasta la playa a cetá­ceos prehis­tó­ri­cos que no saben que están muer­tos. Pero en este océano hay aún mucho espa­cio para nadar libres, y para defen­der la liber­tad de los que nadan a nues­tro lado. Abo­lida la his­to­ria, las ame­na­zas de siem­pre per­sis­ten, e incluso mar­chan sobre la deriva sonám­bula de Occi­dente. El reto es obvio: en pri­mer lugar reivin­di­car por orgu­llo (y no por puro miedo a la alter­na­tiva) la cul­tura supe­rior fun­dada en la razón huma­nista; pero recla­mar al mismo tiempo la sabi­du­ría acu­mu­lada en el mito, que no ha dejado de pro­bar su luci­dez pro­fé­tica frente a la estafa del eterno pro­greso y sus cien­tí­fi­cos secues­tra­do­res de la moral.

Para ter­mi­nar vol­va­mos del logos a la poe­sía. Pon­gan uste­des la ame­naza que quie­ran en el lugar ale­gó­rico del águila dia­bó­lica que baja cada mañana a cobrar­nos la fac­tura por la moder­ni­dad; es decir, a picar el hígado del pobre Pro­me­teo, ladrón del fuego divino. Nos ame­naza el autismo tec­no­ló­gico, la buro­cra­cia polí­tica, la indis­ci­plina edu­ca­tiva, la bana­li­dad con­su­mista, el mesia­nismo asam­blea­rio, el neo­es­cla­vismo asiá­tico, el fana­tismo terro­rista, la expro­pia­ción inte­lec­tual, la irre­le­van­cia esté­tica, la pró­xima entrega de Star Wars. Tras cada lacra, hasta la fecha el hígado del titán se ha seguido rege­ne­rando pun­tual­mente cada noche, y en todo caso una variante del mito des­cribe a Hera­cles matando al águila y libe­rando al tor­tu­rado. Con­fie­mos entre­tanto en que, a aquel que poseía el don de ver el futuro, y nos trajo la luz y el calor, nunca le alcance la hepa­ti­tis definitiva.

JORGE BUSTOS

DSC_0741rec2

Jorge Bus­tos y Gre­go­rio Luri, el pasado 1 de diciem­bre en el audi­to­rio de Cai­xa­Fo­rum Madrid.

Hay un comentario

Escribe una respuesta Clic para cancelar respuesta.

el milagro original del leer

resucitar

Adriana Hidalgo

Lucia Berlin

vervuert

navona

dracena

canalla

cazador de ratas

tan poca vida

el innombrable

club leteo