España irreconciliable

La publi­ca­ción hace diez años del libro de San­tos Juliá His­to­rias de las dos Espa­ñas (Tau­rus), con el que el his­to­ria­dor madri­leño obtuvo el Pre­mio Nacio­nal de His­to­ria en 2005, devol­vió al pri­mer plano del debate público la refle­xión en torno a un tema que hunde sus raí­ces más pro­fun­das y remo­tas, cuanto menos, en el siglo XIX. Ahora bien, fue ya entrado el siglo XX cuando el his­pa­nista por­tu­gués Fide­lino de Figuei­redo (1888–1967) abordó por pri­mera vez de forma sis­te­má­tica el asunto de la natu­ra­leza dual de nues­tro país con la publi­ca­ción de un ensayo de filo­so­fía de la his­to­ria titu­lado Las dos Espa­ñas (1932), que ha ingre­sado recien­te­mente en el selecto catá­logo de la nava­rra Urgoiti Edi­to­res, un sello de pres­ti­gio dedi­cado en exclu­siva a la reedi­ción de esos clá­si­cos de nues­tra his­to­rio­gra­fía que, por dis­tin­tas razo­nes, pade­cen el olvido del sec­tor edi­to­rial español.

Sobre la impor­tan­cia de la obra citada y sobre la opor­tu­ni­dad de su res­cate me abs­tengo de opi­nar, pues ya ana­liza con rigor lo pri­mero y jus­ti­fica con argu­men­tos lo segundo el pro­fe­sor de la Uni­ver­si­dad de Sala­manca Pedro Serra, res­pon­sa­ble de un extenso estu­dio pre­li­mi­nar (63 pági­nas) que juzgo de una uti­li­dad indis­cu­ti­ble para el inves­ti­ga­dor o lec­tor espe­cia­lista, pero de un tono quizá dema­siado docto para ese otro lec­tor no experto, pero igual­mente curioso e intere­sado en cono­cer nues­tra his­to­ria, al que la abun­dan­cia de citas eru­di­tas y la satu­ra­ción de notas al pie pue­den resul­tar algo disua­so­rias. Con­fío en que no sea así por­que, cier­ta­mente, esta­mos ante un texto docu­men­tado, ade­más de bien escrito, en el que su autor reme­mora el pasado de España tra­tando de encon­trar los por­qués de esa dico­to­mía entre una España tra­di­cio­na­lista y faná­tica, afe­rrada a la reli­gión y cerrada a cual­quier influen­cia externa, y otra España libe­ral y pro­gre­sista, abierta a la euro­pei­za­ción y al avance de la cien­cia como motor del pro­greso humano.

Para ello, Figuei­redo pro­pone una ori­gi­nal inter­pre­ta­ción en cuya base se sitúa la omni­pre­sente figura de Felipe II, no tanto como per­so­naje his­tó­rico, cuanto como sím­bolo de un pasado de esplen­dor polí­tico o de deca­den­cia moral, según se mire, en torno al cual se fue­ron agru­pando dos fac­cio­nes –fili­pista y anti­fi­li­pista– con sus res­pec­ti­vas y opues­tas for­mas de enten­der la patria y el rumbo que esta debía tomar. Es la lucha dia­léc­tica entre estos dos ban­dos irre­con­ci­lia­bles lo que, según el autor, con­di­ciona desde el siglo XVI el deve­nir de un país mar­cado a fuego por este enfren­ta­miento fra­tri­cida que le impi­dió salir de sí mismo y acom­pa­sar su ritmo de desa­rro­llo al de la Europa más avan­zada y moderna.

Para salir de esta cri­sis de iden­ti­dad aguda y per­ma­nente, ya detec­tada por Costa, Una­muno, Gani­vet u otros pen­sa­do­res del 98, Figuei­redo pro­po­nía, como con­di­ción sine qua non, la alfa­be­ti­za­ción urgente de ese pue­blo inculto que vive al mar­gen de la his­to­ria y sin la mínima espe­ranza de aban­do­nar algún día esa “mino­ría de edad” –por emplear la feliz metá­fora kan­tiana– que le inca­pa­cita para ser par­tí­cipe de su pro­pio des­tino. Y debía ser así por­que era pre­ci­sa­mente ahí, en el ámbito de la edu­ca­ción, donde los espa­ño­les reci­bían su dosis de veneno ya desde muy jóve­nes: “En España, la infan­cia mal des­pierta aún a la vida, piensa pronto en dere­cho e izquierdo, mama dere­chismo o izquier­dismo en la teta materna, y cuando llega a la puber­tad, diserta ya sobre la reivin­di­ca­cio­nes de las dere­chas y las humi­lla­cio­nes de la izquier­das”.

En el otoño de 1931, cuando escri­bió su obra, Figuei­redo recu­rría a la recién estre­nada Repú­blica como la única posi­bi­li­dad de que este Estado nuevo fuera capaz de dar solu­ción a un pro­blema que, como por des­gra­cia sabe­mos, no des­a­pa­re­ció con el cam­bio de régi­men polí­tico. Sin embargo, el obje­tivo sigue siendo hoy el mismo que ayer, pues si bien ya que­dan muy lejos los ecos de aque­lla terri­ble Gue­rra Civil que divi­dió al país, segui­mos sin encon­trar una res­puesta uná­nime a la pre­gunta que hace más de ocho déca­das se plan­teaba el his­to­ria­dor por­tu­gués: “Unir las dos Espa­ñas en una España nueva será la solu­ción plena del pro­blema, igual que en los vie­jos dra­mas, cuando los per­so­na­jes se reco­no­cen y recon­ci­lian. Pero ¿cómo?”.

FRANCISCO FUSTER (males​ta​ren​cul​tura​.blogs​pot​.com​.es)

 

Cubierta 'Las dos Españas' (Urgoiti)LAS DOS ESPAÑAS
Fide­lino de Figueiredo
Urgoiti Edi­to­res. Pam­plona, 2014
274 pági­nas, 17 euros
 
Una ver­sión de este artículo apa­rece publi­cada en el número de noviem­bre de 2014, 257, de la edi­ción impresa de la Revista LEER. Dispo­ni­ble en quios­cos y libre­rías de toda España (¡sus­crí­bete!).

 

 

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