Picnic en Hanging Rock: ¡siniestro San Valentín!

Fotograma de 'Picnic en Hanging Rock' (Peter Weir, 1975).

Nues­tro par­ti­cu­lar regalo de San Valen­tín: trae­mos de la edi­ción impresa de LEER el opor­tuno repor­taje de MAICA RIVERA en torno a Pic­nic en Han­ging Rock; la novela, entre lo sinies­tro y lo volup­tuoso, de Joan Lind­say, y la adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fica rea­li­zada en 1975 por Peter Weir. Una bucó­lica salida al campo el Día de los Enamo­ra­dos de 1900 ter­minó en omi­nosa tra­ge­dia para las joven­ci­tas del cole­gio Appleyard…

Maica Rivera

No es lo mismo decir “¡mal­dito Día de los Enamo­ra­dos!” con el cora­zón roto que “Día de los Enamo­ra­dos mal­dito…” con el cora­zón enco­gido. Si ante el ago­bio, el empa­lago o la pre­sión social que puede pro­vo­car una cele­bra­ción como la de San Valen­tín en las gran­des ciu­da­des alguien soñó con emi­grar a las antí­po­das, siem­pre se lo pen­sará dos veces tras cono­cer la per­tur­ba­dora his­to­ria de Han­ging Rock.

Todo comen­zaba una cálida mañana del 14 de febrero de 1900, cuando un grupo de cole­gia­las mar­chaba de excur­sión cam­pes­tre con sus cui­da­do­ras cerca del monte Mace­don en la pro­vin­cia de Vic­to­ria, al sur de Aus­tra­lia. Aque­lla aciaga tarde, car­gada de pre­sa­gios omi­no­sos y des­pués de que los relo­jes se para­sen en seco a las doce, varias ado­les­cen­tes y la pro­fe­sora de mate­má­ti­cas des­a­pa­re­cían mis­te­rio­sa­mente, sin dejar ras­tro, entre los reco­ve­cos del fan­tas­ma­gó­rico con­junto rocoso de natu­ra­leza vol­cá­nica. ¿Reali­dad o fic­ción? La escri­tora aus­tra­liana Joan Lind­say, que alcanzó gran fama mun­dial cuando narró estos luc­tuo­sos hechos en su libro Pic­nic en Han­ging Rock (1967), nunca quiso acla­rar la his­to­ri­ci­dad de base, dando a la estre­me­ce­dora ambi­güe­dad del relato otra vuelta de tuerca (ah, digna here­dera espi­ri­tual de Henry James).

¡Ahí, en ese mismo punto de no com­ment por parte de la autora, des­pierta la para­noia pro­funda del lec­tor! Y las obse­si­vas relec­tu­ras a pos­te­riori aca­ban arro­jando con­clu­sio­nes cada vez más esca­lo­frian­tes. ¿Acaso cada uno tene­mos nues­tro pro­pio camino mar­cado hacia la sinies­tra Roca? A veces, lo parece. Por ejem­plo, en medio de una entre­vista con el cineasta Jorge Torre­grossa (revista LEER, octu­bre de 2012), éste te revela que su con­cep­ción de una natu­ra­leza ame­na­za­dora en Fin se ins­pira en la adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fica que Peter Weir realizó de Pic­nic en Han­ging Rock e inme­dia­ta­mente, al ter­mi­nar la con­ver­sa­ción, acu­des con insó­lita pre­mura a com­prar el DVD y des­cu­bres que te lle­vas el último, que­dando la pelí­cula auto­má­ti­ca­mente des­ca­ta­lo­gada; y luego, en los “extras”, encuen­tras una suges­tiva entre­vista con el direc­tor en la que le escu­chas pala­bras que reco­no­ces lite­ral­mente como tuyas y algo en tu inte­rior vuelve a remo­verse. Extra­ñas casua­li­da­des de este tipo acon­te­cen cuando te atre­ves a colo­carte a la som­bra del mono­lito de Han­ging Rock.

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Tal vez por todo eso, casi cinco déca­das des­pués, la desa­zón de estas pági­nas sigue siendo con­ta­giosa con un hondo calado inter­ge­ne­ra­cio­nal, sugi­riendo cier­tos gri­mo­sos ancla­jes en el incons­ciente colec­tivo. Basta echar un rápido vis­tazo a la Red para encon­trar curio­sas teo­rías de lec­to­res afi­cio­na­dos al enigma. Éstas osci­lan entre la tra­ge­dia por acci­dente for­tuito o cri­men sexual y las más excén­tri­cas elu­cu­bra­cio­nes de signo para­nor­mal, rela­cio­na­das con uni­ver­sos para­le­los, via­jes en el tiempo, abduc­cio­nes extra­te­rres­tres y un abe­rrante pan­teísmo. Sin con­tar las encen­di­das alu­sio­nes al mítico “capí­tulo per­dido”, publi­cado de forma pós­tuma (The Secret of Han­ging Rock), cuya acep­ta­ción, no sólo inne­ce­sa­ria sino tam­bién muy con­tra­pro­du­cente, exi­gi­ría, ade­más, un acto de fe en el edi­tor que resulta impo­si­ble en los tiem­pos que corren. Al con­tra­rio, hay que apre­ciar el esfuerzo de la edi­to­rial de Impe­di­menta para pre­sen­tar la que fuera pri­mera edi­ción de Pic­nic en Han­ging Rock en castellano.

No yerra Miguel Cane en su intro­duc­ción al enmar­car la his­to­ria den­tro del con­cepto de Aus­tra­lian Got­hic, así como la tra­duc­ción de Pilar Adón nos deja atra­pa­dos en la prosa arre­ba­ta­dora de Lind­say, en su insi­nua­ción de una terri­ble mito­lo­gía pagana que sus­cita en cada uno de noso­tros un terror oscuro y ances­tral. Pic­nic en Han­ging Rock nos seduce y nos repele, deja que siga­mos a las nin­fas pro­ta­go­nis­tas que se ale­jan sumi­das en un som­brío trance hacia el abismo de lo inson­da­ble pero nos para­liza brus­ca­mente bajo el signo del tabú en algún punto del agreste paraje.

Cuando todo esto ocu­rre, se intuye entre líneas la cons­pi­ra­ción del mal.  Tal vez, incluso, la ima­gi­na­ción vis­lum­bra una mirada torva y una son­risa tor­cida; mien­tras que en otro nivel de com­pren­sión se mul­ti­pli­can las inter­pre­ta­cio­nes freu­dia­nas sobre el des­per­tar sen­sual feme­nino (¿es casual que la trama se desa­rro­lle el mismo año en que ve la luz La inter­pre­ta­ción de los sue­ños?), repri­mido por rígi­dos cor­sés vic­to­ria­nos en el selecto cole­gio para seño­ri­tas que es des­crito como “todo un anacro­nismo arqui­tec­tó­nico en medio de la abrupta maleza aus­tra­liana, un lugar incon­gruente, sin espe­ranza, pro­pio de otra época y de otro continente”.

Entre lo sinies­tro y lo volup­tuoso, la lec­tura tam­bién le resultó irre­sis­ti­ble al cineasta aus­tra­liano Weir, quien inició el rodaje (al que dio el visto bueno la pro­pia Joan Lind­say) el 2 de febrero de 1975. El filme, de “lumi­noso lirismo artís­tico”, se estrenó ese mismo año, “con­vir­tién­dose en el pri­mer gran éxito del direc­tor y el sím­bolo del rena­ci­miento del cine aus­tra­liano”, según explica Nekane E. Zubiaur a LEER. Es la autora del libro Peter Weir (Cáte­dra), una obra muy espe­rada por­que “hay poca inves­ti­ga­ción aca­dé­mica” en torno a la fil­mo­gra­fía de esta gran per­so­na­li­dad del mundo cine­ma­to­grá­fico con­tem­po­rá­neo, que ha venido a cubrir el tam­bién corres­pon­diente vacío edi­to­rial español. 

Del filme Pic­nic en Han­ging Rock, la espe­cia­lista des­taca “la atmós­fera por­que es una pelí­cula de sen­sa­cio­nes que pro­voca una gran expe­rien­cia, abso­lu­ta­mente sen­so­rial, en el espec­ta­dor”. Más exac­ta­mente, dis­tin­gue “par­tes sines­té­si­cas, muy logra­das, que hip­no­ti­zan con una fas­ci­na­ción física por­que, de hecho, no hay nada racio­nal en ellas al care­cer el metraje, en su con­junto, de la férrea estruc­tura de otros tra­ba­jos del cineasta”. El “resul­tado redondo” en este aspecto se con­si­guió gra­cias a un tra­bajo meticu­loso en la adap­ta­ción del relato de Lind­say, del que resulta repre­sen­ta­tivo, por ejem­plo, que se apro­ve­chara la suave nie­bla mati­nal para apor­tar a la Roca el aspecto par­ti­cu­lar­mente dra­má­tico que el texto transmitía.

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Del exhaus­tivo aná­li­sis fíl­mico de Zubiaur, con­viene degus­tar lo que pre­via­mente el mismo Weir pon­deró, la refle­xión sobre ese “halo de inde­fi­ni­ción en torno a la vera­ci­dad de la his­to­ria de par­tida, que ali­menta la difusa rela­ción entre lo real y lo ima­gi­na­rio, lo mate­rial y lo espi­ri­tual…”. Por­que, no olvi­de­mos, que “los frá­gi­les lími­tes entre el sueño y la vigi­lia, lo cons­ciente y lo incons­ciente se con­fun­den tal como sugie­ren las pala­bras reci­ta­das al inicio por la dulce voz del per­so­naje de Miranda (Anne Lam­bert)”, conec­ta­das con el poema “A Dream Wit­hin a Dream” de Edgar Allan Poe antes de que la vea­mos “des­per­tar son­riente en el día que vivirá su sin­gu­lar rito de paso” durante una jor­nada que nos lle­vará a com­pro­bar cómo “sexo y muerte se alían en Han­ging Rock”. En con­clu­sión, “del con­flicto librado entre razón e ins­tinto, entre civi­li­za­ción y natu­ra­leza, es esta última la que sale vic­to­riosa”, es decir, “Arte­misa (la señora Apple­yard, direc­tora del inter­nado) es derro­tada por Dio­niso y Pan”. Como no podía ser de otra forma, “los pla­nos que cie­rran pare­cen extraí­dos de una enso­ña­ción y la música (segundo movi­miento del con­cierto número 5 para piano de Beet­ho­ven) que pun­tea las imá­ge­nes sirve de ele­gía a la inocen­cia infan­til aban­do­nada en la Roca”, cul­mi­nando con el ros­tro con­ge­lado de la pro­ta­go­nista (un ángel de Bot­ti­ce­lli), “al fin con­ver­tida en un icono inmor­tal, atra­pado en una tem­po­ra­li­dad eter­na­mente suspendida”.

MAICA RIVERA (@maica_rivera)

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