Las gafas de José Mallorquí

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De tan poco verse sobre el papel o la pan­ta­lla del orde­na­dor, anti­faz es una pala­bra que se revela extraña nada más ser leída; muy extraña, seguro, para los nati­vos digi­ta­les y bas­tante para quie­nes saben vaga­mente de ese Coyote que tanto se pro­digó en los 40, den­tro y fuera de nues­tras fron­te­ras del siglo pasado. En El anti­faz de Casa del Lec­tor (hasta el 24 de julio de 2016) se rela­ciona con las gafas de José Mallor­quí Figue­rola, crea­dor de El Coyote y pro­lí­fico nove­lista popu­lar, sugi­rién­dose que tras aque­llas sur­gió no solo ese mara­vi­lloso western his­pano que giró en torno al héroe zorresco, sino toda una obra en la que cupo el mis­te­rio, la cien­cia fic­ción y hasta el género román­tico. Si acaso, y sig­nos lin­güís­ti­cos aparte, el anti­faz es casi una néme­sis sim­bó­lica de esas gafas para ver tri­di­men­sio­nal­mente que tanto están dando que hablar últi­ma­mente: una pró­te­sis anti­té­tica del mundo que Mallor­quí des­plegó ante el suyo pro­pio, de mon­tura de pasta y len­tes a tra­vés de las que fil­trar his­to­rias nai­ves con olor a tin­tas de cua­tri­cro­mía. Aquel mundo era sin duda más inge­nuo y humano que el reino asép­tico e inodoro que estos nue­vos apa­ra­te­jos prometen.

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José Mallor­quí Figue­rola, hacia 1955.

La de Mallor­quí Figue­rola es sin duda una vida nove­lesca. Escri­bió tras nada menos que cua­renta y ocho anti­fa­ces; casi cinco dece­nas de seu­dó­ni­mos que dejan en nada el puñado de hete­ró­ni­mos que, por ejem­plo, Pes­soa empleó. Docu­mentó su vida foto­gra­fiando, foto­gra­fián­dose y aco­piando pape­les de toda laya e impor­tan­cia, fue abs­te­mio y recu­rrió a la far­ma­co­pea para ter­mi­nar los encar­gos a tiempo, fue –tam­bién– un hom­bre tímido y tran­quilo que colec­cio­naba armas y lega­jos docu­men­ta­les sobre esa tie­rra tras­atlán­tica y aven­tu­rera que jamás visitó. Car­ter Mul­ford, he aquí uno de aque­llos anti­fa­ces, se inventó toda una Cali­for­nia a par­tir de las lec­tu­ras de Zane Grey, estu­dios del Oeste como cierto Trail Dri­ving Days y pro­fuso mate­rial publi­ci­ta­rio de asun­tos ame­ri­ca­nos. Del padre de El Coyote, que deci­dió que ya había vivido sufi­ciente en 1972, podrían decirse muchas más cosas a cada cuál más lite­ra­ria; de hecho, todas las que el lec­tor des­cu­brirá en una de las expo­si­cio­nes capi­ta­li­nas más ori­gi­na­les de los últi­mos años.

Para quien no lo sepa, decir que el arque­tí­pico Coyote fue un fenó­meno de masas sin pre­ce­den­tes que se tra­dujo en la pro­li­fe­ra­ción de clu­bes juve­ni­les por todo el Viejo Con­ti­nente y en sig­ni­fi­ca­ti­vos fenó­me­nos de ven­tas y segui­miento en paí­ses como Ale­ma­nia y Fin­lan­dia. Como no podía ser de otra manera para con ese Mallor­quí tan poco pro­saico, el coloso del pulp patrio –tal como escribe su hijo César– fue «un exce­lente escri­tor, pero el hom­bre más torpe del mundo a la hora de fir­mar con­tra­tos». Así las cosas, la figura del bar­ce­lo­nés enca­ja­ría bien en ese uni­verso wil­deano en el que los artis­tas hablan de dinero, los ban­que­ros de arte y quie­nes tie­nen la capa­ci­dad de hacer soñar (de hacer vivir muchas vidas, al hilo de lo que Eco dijo sobre la lec­tura) no ati­nan con el qué y el cómo de lo que fir­man. Quizá ocu­rra que cier­tos anti­fa­ces, más allá de sus pres­ta­cio­nes, no per­mi­tan leer con cla­ri­dad cier­tas letras peque­ñas; cier­tas tre­tas leo­ni­nas encrip­ta­das en tedio­sas parra­fa­das jurídico-administrativas. Quizá ocu­rriese ya en una época en la que las edi­to­ria­les tenían «redac­cio­nes» y en la que exis­tía una demanda popu­lar de literatura.

cyt-jinete-enmascaradoEl Anti­faz es una expo­si­ción docu­men­tal y es, allende El Coyote y Mallor­quí, un mira­dor a los 40 y 50 espa­ño­les del siglo pasado. Ante noso­tros se extiende un pai­saje cul­tu­ral con olor a tras­tero, o a uno de aque­llos cines en los que se fumaba y el suelo se tapi­zaba de cás­ca­ras de pipa. Vemos una Penín­sula más inge­nua y espar­tana, menos sofis­ti­cada que la que hoy clau­sura Europa por el sur, y que es cada vez más un nodo peri­fé­rico de un Occi­dente glo­bal. Revi­si­tado, César de Echa­güe, el hom­bre que se ocul­taba tras el anti­faz, se nos antoja un héroe extem­po­rá­neo, poco sofis­ti­cado, sos­pe­choso de un reac­cio­na­rismo de ran­cho afín a cierto anar­quismo tanto como al viejo espí­ritu con­ser­va­dor. Una vez más, el hijo de Mallor­quí cuenta que su padre fue uno de aque­llos anar­quis­tas con­ser­va­do­res, o vice­versa y, de tal palo, tal asti­lla lite­ra­ria. Como quiera que sea, al prin­ci­pio de esta reseña hablá­ba­mos de los anti­fa­ces de hoy, que son por des­gra­cia opa­cos y, en con­se­cuen­cia, no dejan soñar como debie­ron soñar los jóve­nes coyo­tes con sus pre­ca­rias car­tu­che­ras de chi­cha y nabo.

GONZALO PERNAS FRÍAS

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Una ver­sión de este artículo apa­rece publi­cada en el número de junio de 2016, 273, de la Revista LEER

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