Revista leer

Nos vemos en el estu­dio madri­leño de la calle O’Donnell 34. Cerca, en el número 33, está una de sus pri­me­ras obras, tan inno­va­dora en aquel tiempo. Viste bata blanca, labo­ral e impo­luta, sobre traje oscuro, camisa celeste y cor­bata roja con nudo de una sola vuelta. Por el bol­si­llo supe­rior de la bata asoma una regla de cálculo…

¿Y qué es una regla de cálculo?, podría pre­gun­tar algún joven, si es que tiene curio­si­dad… Pues es un sen­ci­llo ins­tru­mento para hacer cálcu­los com­ple­jos. Tiene tres pie­zas: una regla base con canal en medio por donde corre otra, las dos con varias esca­las numé­ri­cas, y un visor trans­pa­rente. Hoy se verá, supongo, como arte­facto prehis­tó­rico, com­pa­rado con el orde­na­dor. La del arqui­tecto Lamela es una Faber Cas­tell de 12’5 cen­tí­me­tros, en plás­tico. En esa no tan lejana prehis­to­ria, tam­bién las había de 25 cen­tí­me­tros y en madera, marca Aris­tos (no eran de madera, a pesar de su nom­bre, las tam­bién fami­lia­res tablas de loga­rit­mos –clá­si­cas las de Schron-Hoüel, un libro edi­tado en París por Gauthier-Villars– pero que, al lla­marse así, ser­vían para que un amigo de la remota juven­tud, hijo de rico cor­ti­jero, le sacara dinero al com­pla­ciente padre, al que escri­bía «cada vez hacen peor estas tablas de loga­rit­mos, que se rom­pen mucho por­que ya no son como las de antes». Y, gra­cias a eso, nos invi­taba a copas en Pasa­poga, Casa­blanca, Ala­zán, «encanto y belleza», cate­dra­les del alterne en aquel Madrid de los años 50).

Por ese tiempo Lamela obte­nía el título de arqui­tecto en la escuela de Madrid (única con la de Bar­ce­lona), en la misma pro­mo­ción que Eleute­rio Pobla­ción (LEER, nº 263, junio 2015). Pero, antes, ya había pro­yec­tado y construido.

¿Cómo fue eso?
Cuando yo estu­diaba, mi padre, que era indus­trial y había tenido tris­tes expe­rien­cias con los inge­nie­ros, me dijo: «Mira, Anto­nio, en la vida hay tres mane­ras de arrui­narse. Con el juego, con las muje­res y con los téc­ni­cos»… Yo me quedé sor­pren­dido. Y mi padre siguió: «Con el juego es la más apa­sio­nante. Con las muje­res, la más diver­tida. Y con los téc­ni­cos, la más segura». Y me dijo más: «Como yo quiero que tú seas un arqui­tecto con el cual los clien­tes no se arrui­nen, te pro­pongo crear una socie­dad pro­mo­tora, en la que yo seré el capi­ta­lista y tú el socio indus­trial, para que con la cons­truc­ción apren­das lo que es una peseta, un ladri­llo y una obra»… Y así fue como yo tenía un estu­dio, con arqui­tec­tos que podían fir­mar y esta­ban en nómina, dos años antes de aca­bar la carrera.

Eso fue una lec­ción de prag­ma­tismo.
Es que la arqui­tec­tura es un mundo de reali­da­des. El arqui­tecto tiene que tener una for­ma­ción muy com­pleja, nece­sita ser artista y cien­tí­fico… Pero a dife­ren­cia de otros artis­tas, para los que todo vale, tiene sus limi­ta­cio­nes. De eso hemos hablado aquí, en este estu­dio, y tam­bién en aquel gim­na­sio donde solía­mos coin­ci­dir. Lo que tú me decías, que según Kant lo real se da en el marco de la expe­rien­cia. Ya ves que mi padre, sin haber leído a Kant, lo sabía muy bien… Bueno, de hecho, es lo que viene a decir el Dic­cio­na­rio de Auto­ri­da­des, que yo te regalé, al defi­nir la arqui­tec­tura (allí escrito como Archi­tec­tura, con la obser­va­ción «pro­nún­ciase la ch como k») y hablar de cons­truc­cio­nes: «Que pue­dan cómo­da­mente habi­tar en ellas los hom­bres, aten­diendo a su fir­meza, con­ve­nien­cia y her­mo­sura, pro­por­cio­nán­do­las al fin para que se eri­gen»… Fíjate que eso se ajusta ple­na­mente a lo seña­lado por Vitru­vio en De Archi­tec­tura con la famosa tríada: fir­mi­tas, uti­li­tas, venus­tas… Por cierto, yo tam­poco des­cuidé esta última faceta de la belleza, y pasé por el estu­dio del pin­tor Gutié­rrez Navas.

El con­traste con la reali­dad es per­ma­nente.
Abso­luto. Por­que así como hay artes en las que las limi­ta­cio­nes son esca­sas, en la arqui­tec­tura lo que haces lo haces en deter­mi­nado sitio y con todas sus limi­ta­cio­nes, las del suelo, del sub­suelo, del clima, de las orde­nan­zas, del mer­cado y, por supuesto, del cliente, que te hace el encargo y con el que tie­nes que cumplir.

Antonio Lamela por David Pintor.
Anto­nio Lamela por David Pintor.

Tú tuviste clien­tes pri­va­dos y públi­cos… ¿Per­mite más ale­grías lo público que lo pri­vado?
Si entien­des por «ale­grías» la des­preo­cu­pa­ción por el pre­su­puesto, yo no las tuve nunca. La ver­da­dera ale­gría, la crea­tiva, es lograr el fin bus­cado, la fun­ción del encargo. Y eso se da tanto en un hotel de via­je­ros (yo hice el motel El Hidalgo en Val­de­pe­ñas, pri­mero en su estilo) o una igle­sia, donde has de pro­pi­ciar el reco­gi­miento del cre­yente, o en una vivienda par­ti­cu­lar, donde el que la va a habi­tar tiene que encon­trarse cómodo, como bien dice el Dic­cio­na­rio de Autoridades.

Como lo de Le Cor­bu­sier, de la casa como máquina para vivir.
Pero no de la forma tan abso­lu­ta­mente fría, como en su caso. Yo le seguí mucho, ana­licé sus obras hasta el fondo, pero des­pués acabé por ale­jarme, al menos rela­ti­va­mente… Insisto en lo dicho antes del cliente y sus nece­si­da­des y deseos. Mira, un arqui­tecto tan grande como Frank Lloyd Wright era muy humano y muy sen­si­ble a esas nece­si­da­des del cliente. Ante su famosa Casa de la Cas­cada le dije­ron: «Cómo se nota que detrás de esta obra hay un gran arqui­tecto». Y él replicó: «No. Lo que se nota es que detrás hay un gran cliente».

Tú los tuviste muy bue­nos y pudiste ser inno­va­dor.
Eso es ver­dad, pero para ser inno­va­dor tuve que ven­cer muchos obs­tácu­los. Por ejem­plo, en una de mis obras más gran­des, el barrio entero de San Igna­cio de Loyola en Madrid, me acu­sa­ban de dejar mucho espa­cio para los coches. Igual me pasó en el edi­fi­cio de O’Donnell 33 con el garaje… Enton­ces se veía el coche como cosa de ricos y no se pen­saba en su futura mul­ti­pli­ca­ción. En otro caso, las cono­ci­das Torres de Colón, me dije­ron que lo que yo pre­ten­día era impo­si­ble. Yo no que­ría uti­li­zar acero por su mal com­por­ta­miento en caso de incen­dio, y que­ría hor­mi­gón para tra­ba­jar a trac­ción en aque­lla idea, inno­va­dora aquí, de «empe­zar la casa por el tejado», como decían rién­dose… Acudí al inge­niero Fer­nán­dez Casado, que me dijo. «Lamela, tiene usted razón. Esto no sólo se puede hacer, sino que ade­más es un ejer­ci­cio muy bonito». Y lo hici­mos, como puede verse, con Javier Man­te­rola, que de hecho lle­vaba el estu­dio por­que don Car­los ya estaba mayor.

Esas torres tie­nen una coro­na­ción que parece pro­pia de Got­ham City, la de Bat­man.
Fue una solu­ción pos­te­rior para el remate, pues no se llegó a hacer la pri­mi­tiva idea, pero le da carác­ter a la zona. Y, como hemos hablado otras veces, fue una pena derri­bar los pala­ce­tes de la Cas­te­llana, pero enton­ces los sitios posi­bles pare­cían muy ale­ja­dos del centro.

Enton­ces y antes. Eso venía de lejos… Cuando en tiem­pos de Isa­bel II se iba a cons­truir el Pala­cio de las Cor­tes, se pensó hacerlo en la esquina del Retiro, actual cruce de Alcalá y Menén­dez Pelayo. Se rechazó por­que aque­llo «era el campo», y se hizo donde está, tan pequeño que ha nece­si­tado varias amplia­cio­nes.
Mi pri­mera obra de O’Donnell, un siglo des­pués, tam­bién se veía poco menos que en el campo. En España hay poca visión del futuro, poca pre­vi­sión. En esa obra yo innové con el gre­site, la caja de los ascen­so­res, los buzo­nes, la cli­ma­ti­za­ción, hasta con­formé un Mon­drian en la fachada del patio interior…

La de fuera tam­bién es ori­gi­nal.
Tuve que ade­cuarme al poco frente que tenía y lo hice con esas terrazas.

Recuerdo otra terraza tuya, la de Islas Fili­pi­nas 48, donde vivió el amigo Manu Legui­ne­che… Pero aquí el solar es tam­bién limi­tado y tengo que pre­gun­tarte algo de otras cosas, incluso dejando el aero­puerto de Bara­jas y el esta­dio… Te pre­gunto por tu libro, esta­mos en LEER, “Cos­moísmo y Geoísmo”, publi­cado en 1976 por la Edi­tora Nacio­nal.
Es una con­se­cuen­cia de mi ejer­ci­cio pro­fe­sio­nal, pues se mueve uno en un con­ti­nuo salto de escala y pasas de la arqui­tec­tura al urba­nismo y eso te lleva al geoísmo, a tener que ver la Tie­rra de manera glo­ba­li­zada y ecu­mé­nica y, por deduc­ción, pasas de la Tie­rra al cos­mos. Y al pen­sar en eso hay que tener en cuenta todo, desde el canto a la fuerza pro­gre­siva del capi­tal que hicie­ron Marx y Engels, que no es una para­doja, a Teil­hard de Char­din; del Mani­fiesto Comu­nista («la bur­gue­sía ha creado ener­gías pro­duc­ti­vas mucho más gran­dio­sas y colo­sa­les que todas las pasa­das gene­ra­cio­nes jun­tas») a la geme­li­za­ción de cien­cia y huma­ni­dad en El fenó­meno humano, casa y ciu­dad, tie­rra y uni­verso, son como escalas…

Y aca­ba­mos con la polé­mica del agua.
En su día pare­cían aban­de­ra­dos opues­tos tu amigo el inge­niero y escri­tor Juan Benet y el geó­logo Ramón Lla­mas, los tras­va­ses y los acuí­fe­ros. Cuando me ocupé de esto me opuse a los tras­va­ses, por­que aun­que hay una Ibe­ria seca y una Ibe­ria húmeda no se trata de desecar la húmeda para hume­de­cer la seca. En nin­gún sitio de España sobra agua y hay acuí­fe­ros y esta­mos rodea­dos de mar con agua que se puede desalar. Todo, menos despilfarrar.

Una última cosa: creo que cono­ciste a Alvar Aalto.
Tuve la for­tuna de cono­cerlo per­so­nal­mente, y era muy jui­cioso. Tenía ese res­peto al prag­ma­tismo y a las cifras que es tan fundamental.

Revista LEER, número 283, Junio de 2017