Escribir la naturaleza

ilustración

Llevo ya un rato sen­tado en este tronco muerto, con las botas semi­hun­di­das en el barro y la mirada pen­diente de un bri­llo dimi­nuto y opaco en la ori­lla opuesta del embalse. A sim­ple vista es ape­nas una mota en la som­bra inver­nal del bos­que. Acerco un ojo al ocu­lar de mi teles­co­pio y observo su pecho blanco, el anti­faz oscuro de su ros­tro, sus garras casi azu­la­das, su mirada ama­ri­lla y tensa. Es un águila pes­ca­dora. Tam­bién ella alterna la aten­ción por algún deta­lle con la con­tem­pla­ción del pai­saje como un todo: lo pre­siento en sus ges­tos. Juego a inter­pre­tar­los. Aspiro en par­ti­cu­lar a anti­ci­parme al ins­tante en que el des­te­llo de una tru­cha active de manera defi­ni­tiva su ins­tinto y le haga aban­do­nar su ata­laya para pes­car ante mí. Quiero des­cri­birlo. Pero no en tér­mi­nos cien­tí­fi­cos, ni didác­ti­cos, sino lite­ra­rios. Quiero explo­rar ese momento a tra­vés de su mirada y la mía, de mi inten­ción y la suya, de la equi­dis­tan­cia entre nues­tros ape­ti­tos. Tam­bién a tra­vés de esta hora en este lugar. La brisa aca­ri­cia cada poco el ancho espejo de agua que nos separa. La super­fi­cie vibra como una página a punto de ser pasada. Mien­tras aguardo, repaso otras pági­nas. Las que me han traído hasta aquí.

En la sec­ción de mi biblio­teca dedi­cada a ese tipo de obras se ali­nean bio­gra­fías, memo­rias, ensa­yos, mani­fies­tos, poe­ma­rios, rela­tos de via­jes, nove­las, dia­rios, tex­tos epis­to­la­res y de divul­ga­ción cien­tí­fica y hasta libros de humor. Aun­que no mez­cla­dos. Desde hace tiempo reservo los dos estan­tes supe­rio­res a lo que los anglo­sa­jo­nes deno­mi­nan Nature Wri­ting, un género aún tan por asen­tar en España que se deben de con­tar con los dedos las libre­rías que le des­ti­nan un anaquel pro­pio. ¿Qué eti­queta le iban a poner? Ahí va una idea: Lite­ra­tura de natu­ra­leza. Es mucho mejor que dis­gre­gar estas obras por el local, o poner­las junto a los tex­tos de His­to­ria Natu­ral. Claro que, ¿cómo iden­ti­fi­car el género? Muy sen­ci­llo: es el que res­ponde la lla­mada de la natu­ra­leza con autén­tica lite­ra­tura.

Allá al norte se ha defi­nido el Nature Wri­ting como una prosa ajena a la fic­ción y nutrida tanto por infor­ma­ción cien­tí­fica y des­crip­cio­nes del mundo natu­ral como por refle­xio­nes per­so­na­les e incluso auto­bio­grá­fi­cas, que aspira a vin­cu­lar emo­cio­nal­mente al lec­tor con los pai­sa­jes y eco­sis­te­mas que trata, inci­diendo ade­más en la nece­si­dad de su con­ser­va­ción. Me ceñiré hoy a este cri­te­rio. Tanto como a la obser­va­ción del águila.

La Lite­ra­tura de natu­ra­leza aspira a vin­cu­lar emo­cio­nal­mente al lec­tor con los pai­sa­jes y eco­sis­te­mas que trata inci­diendo en la nece­si­dad de su conservación

Se rasca bajo un ala y se per­mite luego un estre­me­ci­miento de gus­ti­rri­nín. Casi como yo cuando por fin tuve en mis manos hace dos años la cui­dada pri­mera edi­ción en cas­te­llano de La his­to­ria natu­ral de Sel­borne, obra fun­da­cio­nal del reve­rendo Gil­bert White. Publi­cada por Libros del Jata, lle­gaba con 227 años de retraso. Y con una sor­presa ines­pe­rada en sus pri­me­ras pági­nas. Su edi­tor, Ismael Revi­lla, nos rega­laba a los lec­to­res cas­te­lla­nos una amena intro­duc­ción a esas car­tas en las que White com­par­tió con dos ami­gos su curio­si­dad por la natu­ra­leza de la cam­piña que rodeaba su hogar.

andrea wulfVino poco des­pués Hum­boldt, como nos acaba de recor­dar Andrea Wulf en La inven­ción de la natu­ra­leza (Tau­rus), la extensa, mag­ní­fica y muy entre­te­nida bio­gra­fía que le ha dedi­cado. Sin Hum­boldt (lean el capí­tulo 19) no habría exis­tido Tho­reau. Es decir, que sin la ins­pi­ra­ción de la obra de Ale­xan­der, Henry David no habría aban­do­nado el con­fort de su hogar para pasar dos años, dos meses y dos días en una cabaña minús­cula junto a un estan­que que se helaba en invierno. Bueno, sin Hum­boldt, y sin la escuela tras­cen­den­ta­lista que, con Ralph Waldo Emer­son a la cabeza y en la estela de Kant, pro­po­nía una explo­ra­ción de la natu­ra­leza que tras­cen­diera lo empí­rico. ¿No es esta sufi­ciente razón para ale­jarse hacia lo sal­vaje, y buscar?

El relato de las viven­cias de Tho­reau junto a aquel estan­que de Mas­sa­chu­setts es uno de los libros de no fic­ción más leí­dos en su país. Y se con­si­dera, bien es sabido, la pie­dra angu­lar de este tipo de lite­ra­tura. Hasta el punto de que algu­nos crí­ti­cos bro­mean con que toda obra del género debe incluir al menos una cita de Wal­den. Hay un puñado de edi­cio­nes en cas­te­llano. Tam­bién varias tra­duc­cio­nes de otras obras suyas.

Parto un trozo de rama seca de este mismo tronco y lo arrojo al agua. Flota sin ale­jarse ni acer­carse, dibu­jando con pereza círcu­los con­cén­tri­cos. ¿Lo habrá adver­tido el águila desde su ata­laya dis­tante? Ella no tiene teles­co­pio, pero sí una vista mucho mejor que la mía. Vuelvo a pegar mi ojo al ocu­lar. Su indi­fe­ren­cia por esta ori­lla es abso­luta. ¿Qué le interesa? ¿Cómo per­cibe cuanto yo inter­preto como un pai­saje hermoso?

¿Por qué lo inter­preto yo así, y no de otra manera? Si su lugar lo ocu­pase un espe­cu­la­dor inmo­bi­lia­rio, por ejem­plo, mi mirada sería otra. De hecho, ya lo es, por haber repa­rado en esa posi­bi­li­dad. No existe espa­cio natu­ral, por mucho que lo pro­teja la ley, ajeno a la ame­naza de la rapa­ci­dad de algu­nos de esos indi­vi­duos, o a sus con­se­cuen­cias indirectas.

Des­pués de Thoreau 

Aun­que la pri­mera obra de impacto acerca de las con­se­cuen­cias de la des­truc­ción de la bio­di­ver­si­dad se la debe­mos al nor­te­ame­ri­cano George Per­kins Marsh, tam­bién ins­pi­rado por sus lec­tu­ras de Hum­boldt, es el esco­cés John Muir quien ter­mina por con­ver­tir la Lite­ra­tura de natu­ra­leza en un arma car­gada de futuro. Siendo aún muy joven tuvo que cam­biar su Dun­bar natal, en la costa del Mar del Norte, por los Esta­dos Uni­dos. Su des­tino final fue Cali­for­nia. Más en con­creto, las sie­rras del inte­rior de ese estado.

Sus popu­la­res artícu­los en prensa pri­mero, y des­pués los enar­de­ci­dos libros que les dedicó, cimen­ta­ron en aque­lla nación aún joven la con­vic­ción de que ese patri­mo­nio común que son los espa­cios natu­ra­les debía ser pro­te­gido. El modelo de Par­ques Nacio­na­les (des­crito por Wallace Steg­ner como “la mejor idea de Amé­rica”) fue des­pués emu­lado por el resto de nacio­nes. Tam­bién la Lite­ra­tura de natu­ra­leza comen­zaba a consolidarse.

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George Per­kins Marsh y John Muir, pio­ne­ros de la escri­tura de naturaleza.

 

Se publi­ca­ban cada vez más guías de fauna y flora, y de rutas, mien­tras pro­li­fe­ra­ban las aso­cia­cio­nes de excur­sio­nis­tas y de con­ser­va­ción del patri­mo­nio natu­ral. Al mismo tiempo que Willa Cat­her o Henry Bes­ton toma­ban el relevo en Esta­dos Uni­dos, el género bro­taba tam­bién en Rusia de la mano de Vla­di­mir Arsé­niev y su Dersu Uzala (Gri­jalbo) o en las memo­rias argen­ti­nas de W. H. Hud­son. Hasta la década de los 70 del siglo pasado se escri­bie­ron algu­nas de las obras que hoy se con­si­de­ran canó­ni­cas, como La pri­ma­vera silen­ciosa de Rachel Car­son (Crí­tica) o algu­nos tex­tos de Aldo Leopold.

Ha visto algo. Mira bajo sí con curio­si­dad. Busco qué puede ser. Dos nutrias. Apa­re­cen y des­a­pa­re­cen bajo la super­fi­cie del embalse. Jue­gan a per­se­guirse mien­tras avan­zan hacia el bos­que. Una vez en la ori­lla, zaran­dean sus lar­gos cuer­pos para sacu­dirse el agua y se inter­nan en la espe­sura con un trote que pro­voca mi sonrisa.

El género en España

En nues­tro país, a pesar del ini­cial empuje de esa nueva acti­tud hacia los pai­sa­jes de la mano de la Gene­ra­ción del 98 pri­mero, y de la Ins­ti­tu­ción Libre de Ense­ñanza des­pués, los lar­gos años de la dic­ta­dura fran­quista coin­ci­die­ron con una indi­fe­ren­cia gene­ral por la natu­ra­leza viva que con­tras­taba con lo que suce­día afuera. Sólo al final de ese período, y en coin­ci­den­cia con el éxito de los docu­men­ta­les de Félix Rodrí­guez de la Fuente en TVE, comienza a acti­varse el inte­rés social por el resto de cria­tu­ras y sus hábi­tats, así como la cre­ciente preo­cu­pa­ción por su con­ser­va­ción. Nume­ro­sas edi­to­ria­les ponen enton­ces en el mer­cado tex­tos divul­ga­ti­vos para mayo­res y niños, guías de iden­ti­fi­ca­ción, enci­clo­pe­dias o álbu­mes de foto­gra­fía, la mayo­ría fruto de tra­duc­cio­nes, a la vez que se fun­dan infi­ni­dad de enti­da­des eco­lo­gis­tas y empie­zan a cobrar fuerza las ya existentes.

Tras el nor­te­ame­ri­cano George Per­kins Marsh, es el esco­cés John Muir quien ter­mina por con­ver­tir la Lite­ra­tura de natu­ra­leza en un arma car­gada de futuro

En 2008 la revista lite­ra­ria bri­tá­nica Granta publicó un número espe­cial dedi­cado a lo que deno­minó New Natu­re­Wri­ting: la revi­ta­li­za­ción del género a tra­vés de la obra de diver­sos auto­res jóve­nes tanto bri­tá­ni­cos como nor­te­ame­ri­ca­nos. Aquel mismo año comen­zaba a publi­car en Valen­cia Tun­dra Edi­cio­nes, una ini­cia­tiva de Víc­tor J. Her­nán­dez. Desde enton­ces ha edi­tado 81 títu­los de His­to­ria Natu­ral, entre ellos varios de Lite­ra­tura de natu­ra­leza, sobre todo de auto­res espa­ño­les. Des­ta­can en su catá­logo obras como la fas­ci­nante Los bos­ques que llevo den­tro, de Juan Goñi, un retrato muy per­so­nal de los bos­ques de Nava­rra, Cami­na­tu­rando, de Juan Rodrí­guez Laguía, o La sonata del bos­que, del pro­lí­fico Joa­quín Araújo, sin duda el autor y comu­ni­ca­dor de refe­ren­cia en cuanto a publi­ca­cio­nes de carác­ter medioam­bien­tal en nues­tro país. Este mismo invierno ha salido ade­más Encuen­tros con lobos, colec­ción de viven­cias per­so­na­les de campo de 38 natu­ra­lis­tas e inves­ti­ga­do­res. Tam­bién Guiri paja­rero suelto, memo­rias del orni­tó­logo bri­tá­nico Andy Pater­son, afin­cado en Málaga desde hace déca­das. Yo mismo he publi­cado en Tun­dra tres obras, pero hoy sólo deseo hablar de las de los amigos.

La tra­di­ción lite­ra­ria espa­ñola era hasta poco antes escasa en tex­tos que se pue­dan asig­nar al género que nos ocupa. Esta­ban por ejem­plo las memo­rias de José Anto­nio Val­verde (Edi­to­rial Quer­cus) y su for­mi­da­ble Los lobos de Morla, fir­mado al ali­món con Sal­va­dor Teruelo (Al-Andalus Edi­cio­nes). Tam­bién De la sie­rra al llano, de Jesús Gar­zón, y diver­sos tex­tos de Miguel Deli­bes, José María Cas­tro­viejo, Euge­nio Mora­les Aga­cino, Rodrí­guez de la Fuente, el men­cio­nado Araújo…

Tam­poco eran dema­sia­das, por otro lado, las tra­duc­cio­nes al cas­te­llano de obras con­si­de­ra­das ya enton­ces clá­si­cos abso­lu­tos. Gra­cias a Alianza Edi­to­rial, por ejem­plo, des­cu­bri­mos aquí Mi fami­lia y otros ani­ma­les y el resto de la obra de Gerald Durrell. Sue­ños Árti­cos, de Barry Lopez, vio la luz en Pla­neta pri­mero y en Penín­sula des­pués. A Siruela debe­mos varias edi­cio­nes de El leo­pardo de las nie­ves de Peter Matt­hies­sen, otra joya.

Por suerte, con el cam­bio de siglo las cosas empe­za­ron a cam­biar. Y muy rápido. La lista de auto­res ibé­ri­cos comen­zaba a cre­cer según muchos natu­ra­lis­tas vete­ra­nos con­si­de­ra­ban lle­gado el momento de com­par­tir sus expe­rien­cias. Es el caso de Ramón Folch i Gui­llèn, Martí Boada, Ramón Grande del Brío, Joan Mayol o Pan­cho Purro y con su amena El leo­pardo del Atlas (Edi­lesa), entre otros.

 

Nove­da­des clásicas

Desde afuera, ade­más de Gil­bert White, otros auto­res han lle­gado estos últi­mos años a poblar ese espa­cio hasta ahora en exceso des­pe­jado de nues­tras libre­rías. De hecho, son de repente tan­tas las nove­da­des que resulta impo­si­ble rela­cio­nar­las todas. Algu­nas, eso sí, son impres­cin­di­bles. Es el caso de Los lobos tam­bién llo­ran, de Far­ley Mowat (Tun­dra), relato de la expe­rien­cia del autor obser­vando lobos en Canadá. Tam­bién de El soli­ta­rio del desierto, de Edward Abbey (Capi­tán Swing), una pieza briosa e inol­vi­da­ble que nos des­cribe el inicio del saqueo de los ári­dos pai­sa­jes de Utah por parte del turismo de masas a fina­les de los años 60. O de Mis años grizzly, de Doug Pea­cock (Errata Natu­rae), autor en quien se basó pre­ci­sa­mente Abbey para crear uno de los per­so­na­jes de su des­ter­ni­llante novela La banda de la tenaza (Bere­nice).

Sin la ins­pi­ra­ción de Hum­boldt, Tho­reau no habría aban­do­nado el con­fort de su hogar para pasar dos años, dos meses y dos días en el bosque

La colec­ción Libros Sal­va­jes de Errata Natu­rae incluye, ade­más de esa his­to­ria de reden­ción en busca de osos, otros títu­los muy reco­men­da­bles. Debe­mos ade­más a Hoja de Lata la recu­pe­ra­ción de El círculo de agua clara, relato deli­cioso de 1960 en el que Gavin Max­well narra su retiro a una cala de las islas Hébri­das en la sola com­pa­ñía de una nutria. Y a Impe­di­menta la de El árbol, de John Fowles, pura magia botá­nica esplén­di­da­mente tra­du­cida por Pilar Adón. De Phi­lip Hoare Ático de los Libros ha edi­tado Levia­tan o la ballena y El mar inte­rior.

Para mí des­taca entre todas ellas El pere­grino, de J. A. Baker, tra­du­cida por Mar­celo Cohen para la edi­to­rial argen­tina Sigilo. Muchos la con­si­de­ran no ya la obra más per­fecta de Nature Wri­ting jamás escrita, sino una de las obras maes­tras de la lite­ra­tura bri­tá­nica del siglo pasado. Dia­rio del segui­miento a lo largo un invierno de dos hal­co­nes pere­gri­nos en la costa de Essex, ha ter­mi­nado por con­ver­tirse en una obra de culto. No se la pierdan.

¿Hacia dónde volar? 

Algo cam­bia en su expre­sión. Sus plu­mas se ciñen. Tensa sus garras en torno a la rama. Abre las alas y salta. Unas cor­ne­jas graz­nan en la leja­nía, dando aviso. Tam­bién los patos se alte­ran. La sigo a tra­vés de mi teles­co­pio. Gana altura con varios ale­teos fir­mes. Dibuja a con­ti­nua­ción un giro amplio y luego se des­liza con­tra la brisa. Su mirada per­ma­nece fija bajo sí, atenta a la super­fi­cie. ¿Con­tem­plará su pro­pio reflejo a la vez que decide cuál será su presa?

Hace un año la revista bri­tá­nica New Sta­tes­man fue esce­na­rio de un esti­mu­lante inter­cam­bio de opi­nio­nes entre dos de los más des­ta­ca­dos auto­res de Nature Wri­ting de aquel país. Por un lado, Mark Cocker (sin obra tra­du­cida) se lamen­taba de que dema­sia­dos auto­res de lo que allí ya se cali­fica de fenó­meno edi­to­rial igno­ra­sen los pro­ble­mas de con­ser­va­ción de la bio­di­ver­si­dad para limi­tarse a des­cri­bir sus expe­rien­cias per­so­na­les, o dedi­carse al sim­ple paisajismo.

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Fran­cisco Giner de los Ríos entre sus suce­so­res en la Ins­ti­tu­ción Libre de Ense­ñanza Ricardo Rubio y Manuel Bar­to­lomé Cos­sío, tem­pra­nos vale­do­res de la apre­cia­ción de la natu­ra­leza en España (Fun­da­ción Giner de los Ríos).

 

Ponía como ejem­plo extremo H de hal­cón (Ático de los Libros), el pre­miado y exi­toso relato de cómo Helen Mac­do­nald superó una la depre­sión tras muerte de su padre mediante el entre­na­miento de un azor para cetre­ría. Le res­pon­día el mediá­tico pro­fe­sor de Cam­bridge Robert Mac­far­lane (Las mon­ta­ñas de la mente. His­to­ria de una fas­ci­na­ción; Alba Edi­to­rial), refe­ren­cia del género en Reino Unido y alu­dido direc­ta­mente por Cocker como prin­ci­pal impul­sor de esa acti­tud. Su tesis era que todo encuen­tro entre arte y natu­ra­leza es bene­fi­cioso y fér­til para ambos mun­dos. Y que no debe exis­tir una única manera de inda­gar desde las letras la rela­ción per­so­nal con el pai­saje y lo vivo. De paso, acu­saba a Cocker de pre­ten­der ins­tru­men­ta­li­zar el Nature Wri­ting para un único fin. Lo que ambos deba­tían, al fin y al cabo, es cuál debe ser el papel de la lite­ra­tura en la res­puesta a la cri­sis eco­ló­gica que vivimos.

Cómo puede con­tri­buir a que, ade­más de saber que for­ma­mos parte inse­pa­ra­ble del tejido de lo vivo, lo expe­ri­men­te­mos. A que com­pren­da­mos no sólo desde un punto de vista inte­lec­tual, sino tam­bién emo­cio­nal y sen­so­rial, la impor­tan­cia capi­tal de esa parte tan a menudo olvi­dada de nues­tra con­di­ción. Y a que actue­mos para res­ca­tarla. Para rescatarnos.

Las águi­las pes­ca­do­ras comen­za­ron a ser res­ca­ta­das hace 60 años, cuando en Esco­cia sólo que­daba una pareja y en el resto de Europa menos que nunca hasta enton­ces. Hoy están fuera de peli­gro, y se han con­ver­tido en modelo de muchos pro­yec­tos de con­ser­va­ción de espe­cies ame­na­za­das. Son un buen puñado los libros que cuen­tan esta his­to­ria de resi­lien­cia, empeño per­so­nal, cre­ciente apoyo social y opti­mismo.

Ahí va. Ade­lanta las garras y la cabeza. Echa hacia atrás las alas. Des­ciende en obli­cuo a la super­fi­cie, sin darme tiempo más que a mirar y mara­vi­llarme, por muchas veces que lo haya pre­sen­ciado. Se pre­ci­pita en el embalse, emerge en seguida de su pro­pio cha­po­teo y echa a volar con su presa. La tru­cha, enorme, colea inú­til­mente en sus garras. De sus esca­mas y de las plu­mas del águila se van derra­mando grue­sas gotas que van tra­zando en el agua el tipo de men­saje que nece­sito descifrar.

 ANTONIO SANDOVAL REY (@ASan­do­val­Rey)

16298874_1583732341642679_786286985521627816_nUna ver­sión de este artículo apa­rece publi­cada ori­gi­nal­mente en el número de febrero de 2017, 279, de la edi­ción impresa de la Revista LEER.

Hay 2 comentarios

  • […] Escri­bir la naturaleza […]

  • Responder marzo 29, 2017

    Antonio

    Aña­di­ría uno muy bueno: «En un metro de bos­que» de David George Haskell

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