Revista leer

Hace varios años, con cierto mar­gen de dis­tan­cia entre una y otra, tuve oca­sión de escri­bir sobre dos nove­las que fir­maba Car­men Durán: Las tinie­blas del cora­zón y Tiempo de hechi­zos. Enton­ces, salvo algu­nos apun­tes bio­grá­fi­cos pro­to­co­la­rios, no sabía nada de la autora; sí que no per­te­ne­cía al medio lite­ra­rio de aquel momento, lo cual me libe­raba de apren­sio­nes que a veces no ayu­dan a la efi­ca­cia del trabajo.

img-140319140814-0001Recuerdo de aque­llas lec­tu­ras cier­tas impre­sio­nes que podían indu­cir a la para­doja. La autora no inten­taba disi­mu­lar su inex­pe­rien­cia en las lides lite­ra­rias, pero apun­taba mane­ras de narra­dora y pare­cía tener muy cla­ros los con­cep­tos que aupa­ban el argu­mento y lo lle­va­ban siem­pre donde ella que­ría. Car­men Durán demos­traba un com­pro­miso sin fisu­ras con el ámbito ele­gido para su decurso narra­tivo, un con­trol exhaus­tivo de los pará­me­tros en que se deben desa­rro­llar las nove­las y un len­guaje que, sin abju­rar de las emo­cio­nes y los sen­ti­mien­tos, tra­taba de aqui­la­tar bien la medida de lo que que­ría decir; pero, a la vez, man­te­nía cierta dis­tan­cia con el texto, como si cada párrafo depen­diera de una refle­xión que lo empu­jase y lo contuviera.

Las cir­cuns­tan­cias hicie­ron que Car­men Durán (psi­có­loga clí­nica espe­cia­li­zada en psi­coa­ná­li­sis) empe­zase a cola­bo­rar en LEER y al poco se hiciera cargo de la sec­ción de Psi­co­lo­gía de la Revista. Muchos son los libros de los que ha hablado desde su página y muchas las sor­pre­sas que yo me he lle­vado de la expe­rien­cia que la lec­tura de sus tex­tos me provoca.

No sólo la de que es una experta en enea­gra­mas y de que tiene algún libro al res­pecto, sino tam­bién que siem­pre incor­pora la lite­ra­tura a su afán coti­diano, su pasión por la lec­tura (de la que afirma que ha sido su sal­va­vi­das en muchos momen­tos, sobre todo en la infan­cia y ado­les­cen­cia), los libros y los auto­res que han sig­ni­fi­cado algo en su vida y que lo siguen haciendo tanto desde el solaz de la lec­tura y la refle­xión como de apoyo a la reso­lu­ción de sus casos clínicos.

No me sor­prende por tanto que ahora nos pre­sente Amor y dolor en la pareja (Kai­rós), libro en el que se mez­clan de forma natu­ral su pasión pro­fe­sio­nal con su ace­rada dis­po­si­ción hacia la pala­bra bien empleada, la expe­rien­cia debida a sus casos clí­ni­cos con el bagaje lite­ra­rio que desde la infan­cia ha venido acu­mu­lando y que refiere en nume­ro­sas citas. Tam­poco que un estu­dio serio y exhaus­tivo sobre el terri­to­rio emo­cio­nal en el que vive el indi­vi­duo desde que nace y tiene el pri­mer con­tacto con la madre y como le deter­mina esa rela­ción, hasta que, des­pués de pasar por el apren­di­zaje externo, llega a la rela­ción de pareja y sus con­flic­tos, sea con­tado como si fuera un relato, en el que las refe­ren­cias lite­ra­rias y el fer­vor por la pala­bra tie­nen una impor­tan­cia de pri­mer orden.

A veces, dice la autora, las nove­las te ayu­dan, mucho más que los estu­dios clí­ni­cos, a entrar en la con­cien­cia de los per­so­na­jes, que en nin­gún caso dejan de ser casos reales que, en el fondo, bus­can una luz para encon­trar el camino hacia el bie­nes­tar; no hacia la feli­ci­dad, que es asunto más com­pro­me­tido, como explica Car­men en la entre­vista que sigue.

Me consta que Car­men Durán ha empe­zado a escri­bir otro libro. Anda dán­dole vuel­tas al tema de la culpa, un asunto que me apa­siona y que tiene, otra vez, muchas remi­nis­cen­cias y ecos lite­ra­rios. Tam­bién que guarda en su cajón un libro de rela­tos, refe­ri­dos a sus casos, que son su mate­ria hacia la luz que impera en la pala­bra. Espero que no se demore mucho.

AURELIO LOUREIRO

Entre­vista / Car­men Durán: «El dolor forma parte de la vida»

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Car­men Durán (foto: Ricardo Torres).

Para empe­zar, me gus­ta­ría que des­pe­já­se­mos algu­nas dudas. La pro­li­fe­ra­ción de los lla­ma­dos libros de auto­ayuda sue­len lle­var a con­fu­sión. ¿A quién va diri­gido este? Sé, por tus artícu­los en la revista, que dife­ren­cias los libros de auto­ayuda de los divul­ga­ti­vos. Los pri­me­ros no te gus­tan y los segun­dos no te molestan.

El ensayo divul­ga­tivo sí me interesa. Lo que no me gus­tan son las fór­mu­las mági­cas para ayu­darse a uno mismo que no sir­ven para nada. Este libro real­mente tiene que ver con los pacien­tes de la con­sulta; con gente que tiene una deter­mi­nada pro­ble­má­tica y que puede verse refle­jada en el libro. Tam­bién va diri­gido a algu­nos cole­gas, sobre todo los que están empe­zando. Lo único que he pre­ten­dido es orde­nar esa infor­ma­ción. Salvo en las tera­pias psi­coa­na­lí­ti­cas donde si hay una for­ma­ción muy amplia detrás, aquí la parte teó­rica está muy poco desa­rro­llada y, por lo tanto, la téc­nica es más difí­cil de poner en prác­tica. Esa parte teó­rica me ha resul­tado fun­da­men­tal sobre todo cuando me he enfren­tado a tera­pia de parejas.

¿No ha pen­sado en el lec­tor no profesional?

Sí, y por eso quiero acla­rar el asunto de la auto­ayuda. Sin duda una de las fina­li­da­des del libro es que sea útil al lec­tor. Pero no es un libro de auto­ayuda por­que no hay fór­mu­las de solu­ción del pro­blema, sino modos de pro­fun­di­zar algo más en su pro­pio cono­ci­miento y en el cono­ci­miento de ese problema.

¿Le ha plan­teado algún pro­blema la con­jun­ción del enfo­que pro­fe­sio­nal y el divulgativo?

Sí. De hecho mi edi­tor de Kai­rós, Agus­tín Páni­ker, al leer el manus­crito me dijo que bajara el tono y así lo hice. En ori­gen me había salido más aca­dé­mico. De manera que no es un libro de auto­ayuda, pero sí un libro divul­ga­tivo. Sé que hay capí­tu­los duros para el lec­tor, difí­ci­les de enten­der, como el del dolor.

Pero hay fra­ses tan cer­te­ras y con­tun­den­tes, sobre todo en lo refe­rente al dolor por la pér­dida, que suplen cual­quier com­ple­ji­dad. Es difí­cil que algo no se quede.

Siem­pre se tiene miedo de que sea dema­siado obvio para los pro­fe­sio­na­les y dema­siado téc­nico para los no pro­fe­sio­na­les, pero era en ese terreno en el que me que­ría mover.

El libro es una mez­cla de expe­rien­cia per­so­nal y docu­men­ta­ción ava­lada por la lec­tura y la inves­ti­ga­ción de muchos años. Ade­más del esfuerzo por des­po­jarlo de ari­dez eru­dita, mues­tras un pro­fundo res­peto por tus fuen­tes, los auto­res y tex­tos que te han ser­vido de refe­ren­cia, algo que cada vez se lleva menos…

Es ver­dad que eso se ha per­dido. Yo he lle­gado a leer fra­ses lite­ra­les sin espe­ci­fi­car de dónde vie­nen y ni citar la refe­ren­cia en la biblio­gra­fía. Puede ser sin­cro­nía, pero lo dudo…

Tú, en cam­bio, y aun a riesgo de caer en esa ari­dez de la que habla­mos, vas inter­ca­lando en el texto todas esas refe­ren­cias, incor­po­rando esos auto­res a tu pro­pio discurso.

Los que cito son los que me gus­tan. Por ejem­plo, Rof Car­ba­llo me parece una joya. Me gus­ta­ría mucho que la gente tuviera inte­rés en saber lo que dice Rof Carballo.

En “Amor y dolor en la pareja” has lle­vado a cabo el relato del cre­ci­miento emo­cio­nal del indi­vi­duo desde la pers­pec­tiva actual, pero aten­diendo al bagaje que veni­mos arras­trando desde hace siglos, com­pa­rán­dolo con otros ani­ma­les, otras cul­tu­ras, sin caer en la pro­li­ji­dad ni per­der el res­peto por la pala­bra y la expre­sión justas.

Creo que el cui­dado de la escri­tura, ya sea un texto lite­ra­rio, un ensayo cien­tí­fico o un artículo divul­ga­tivo, es una defe­ren­cia con el lec­tor y no sólo en el sen­tido de que se pueda leer con mayor o menor dificultad.

¿Tiene que ver con esto tu dedi­ca­ción a la lite­ra­tura, tanto desde la pers­pec­tiva de lec­tora como de autora de algu­nas novelas?

La lite­ra­tura ha sido mi sal­va­vi­das. Yo siem­pre me he refu­giado en los libros. Mi padre con­taba que empecé a leer con tres años, pero ahora que tengo nie­tos se me ima­gina impo­si­ble. Lo cierto es que, fuera a los tres o des­pués, me pasaba el domingo leyendo, tebeos, cuen­tos. Y luego ya lite­ra­tura, desde los diez. Era algo que me arras­traba. De hecho hay muchas citas lite­ra­rias en el libro. Hay muchas emo­cio­nes que se expre­san mejor en una novela que en el len­guaje psicológico.

¿Vas a seguir escri­biendo novela?

Tengo varios rela­tos cor­tos esbo­za­dos e ins­pi­ra­dos en los asun­tos de la con­sulta; ya se sabe que la vida muchas veces es el ger­men de la fic­ción, y me resulta más fácil par­tir de ellos y des­pués dejar que la mente diva­gue. Pero he estado ocu­pada en la escri­tura, pri­mero de Enea­grama, luego con Amor y dolor en la pareja, y ahora con el tema de la culpa, un asunto que me apa­siona. Hay gran­des nove­las sobre la culpa.

Quizá esa expe­rien­cia clí­nica per­so­nal y su natu­ral imbri­ca­ción en las lec­tu­ras que te han for­mado como per­sona pue­den ayu­dar al lec­tor más que una serie de “tru­cos” para resol­ver su pro­blema que, ade­más, no podrá poner en práctica.

No, no podrá poner­los en prác­tica. Bueno, la ver­dad es que la mayo­ría de los libros de auto­ayuda no los escri­ben psi­có­lo­gos. Los escri­ben entre­na­do­res, perio­dis­tas… Ahora tam­bién están de moda los libros tes­ti­mo­nia­les, que a todos vie­nen muy bien, con lo cual a los psi­có­lo­gos nos va que­dando poco terreno. Con todo, en psi­co­te­ra­pia es tan difí­cil con­se­guir peque­ños cam­bios que pen­sar que con un libro vas a con­se­guirlo es un poco ingenuo…

¿Cuá­les son los mayo­res obs­tácu­los que sur­gen en ese reco­rrido emo­cio­nal desde el con­tacto del bebé con su madre hasta la vida en pareja?

Aun­que nos ter­mi­na­mos de hacer fuera para adqui­rir los hábi­tos del entorno, hay algo que se estruc­tura en la rela­ción con la madre; esa forma de vin­cu­larse mar­cada por la con­fianza, por el cariño, por el sos­tén. Y si la madre ha sido capaz física y psi­co­ló­gi­ca­mente de sos­te­ner al bebé o no, por­que pue­den darse casos de depre­sión, tra­bajo, el naci­miento de un her­mano con una lesión de lo que quiera que sea, que pue­den repre­sen­tar una caren­cia en el cre­ci­miento del niño. El apego a la madre, la urdim­bre con el entorno, todo eso forma el tejido que se nece­sita para que se pro­duzca un desa­rro­llo humano completo.

¿Eso te acom­paña toda la vida?

Sí.

Por­que de lo que se trata es de ir hacia una rela­ción salu­da­ble, que no tiene nada que ver con la bús­queda ince­sante de la felicidad…

En una época en que la bús­queda de la feli­ci­dad es una moda con mucha lite­ra­tura al res­pecto, los huma­nos la plan­tea­mos en el sen­tido de encon­trar una situa­ción que no sea polar, en que todo sea pla­cer y no exista el dolor. Desde esa óptica, la feli­ci­dad es impo­si­ble. Por­que el dolor forma parte de la vida. Si nos plan­tea­mos eli­mi­nar esa pola­ri­dad y que sólo haya pla­cer lo que encon­tra­mos en esa bús­queda es como una men­tira que se retro­ali­menta. Todo pasa por acep­tar nues­tra con­di­ción humana, con los lími­tes de la enfer­me­dad, de la vejez, de las difi­cul­ta­des par­ti­cu­la­res de cada uno, y en el caso de la pareja acep­tar al otro tal como es y no como qui­sié­ra­mos que fuera. Es muy común en las tera­pias de pareja que la culpa de lo que sucede la tenga el otro. Si el otro cam­biara se aca­ba­ría el pro­blema. La clave es la acep­ta­ción de la vida, la acep­ta­ción del pre­sente, tomar cada vez más con­cien­cia de lo que nos pasa ahora, y lo que nos pasó enton­ces poder verlo como un con­di­cio­nante de enton­ces y no un con­di­cio­nante de ahora, no lo que inunda nues­tra expe­rien­cia de ahora.

¿Es posi­ble variar la evo­lu­ción emo­cio­nal del individuo?

Es posi­ble, pero depende tam­bién de las con­di­cio­nes per­so­na­les del indi­vi­duo. Hay una novela reciente Tene­mos que hablar de Kevin, de Lio­nel Shri­ver, que trata de una madre con un hijo psi­có­pata; son car­tas que escribe al marido. La novela es for­tí­sima, pero el plan­tea­miento te lleva a cues­tio­narte qué parte hay gené­tica y qué parte es edu­ca­tiva. No tengo duda de que hay una buena parte gené­tica y con esa es muy poquito lo que se puede hacer. Pero hay una parte edu­ca­tiva que hace más fácil lo más difí­cil y esa sí pode­mos mejorarla.

¿Qué impor­tan­cia tiene el cre­ci­miento espi­ri­tual, en el sen­tido más amplio de la pala­bra, incluso en el religioso?

En el sen­tido reli­gioso no lo uti­lizo, pero sí me parece impor­tan­tí­simo en el sen­tido espi­ri­tual, tan impor­tante que yo creo que sin ello no hay evo­lu­ción psi­co­ló­gica. Me quedo con la defi­ni­ción de cre­ci­miento espi­ri­tual que hace Max Sche­ler: “La capa­ci­dad de con­cien­cia es lo que nos dife­ren­cia de los demás ani­ma­les”. En esa capa­ci­dad de con­cien­cia es fun­da­men­tal la medi­ta­ción, mucho más que otras téc­ni­cas más modernas.

A. L.

Una ver­sión de esta entre­vista ha sido publi­cada en el número 251, corres­pon­diente al mes de abril de 2014, de la Revista LEER (cóm­prala, o mejor aún, sus­crí­bete).