Revista leer
Ayer falle­ció en Madrid Adolfo Suá­rez. Anun­ciada dos días antes por su hijo, la muerte del pri­mer pre­si­dente de la demo­cra­cia ha desatado la pre­vi­si­ble cata­rata de elo­gios fúne­bres más o menos sin­ce­ros. La figura de Suá­rez, los libros y lec­tu­ras que han escla­re­cido a un per­so­naje que ate­soró como pocos los secre­tos y cla­ves del cam­bio de Régi­men, será objeto de aná­li­sis en LEER. Entre­tanto, hoy res­ca­ta­mos un her­moso artículo de JOSÉ LUIS GUTIÉRREZ. Dos días des­pués de que Adolfo Suá­rez Illana rea­li­zara la foto tanta veces repro­du­cida estos días y que meses des­pués fue reco­no­cida con el Pre­mio Ortega y Gas­set a la mejor infor­ma­ción grá­fica, el edi­tor de LEER, José Luis Gutié­rrez, escri­bía para el dia­rio El Mundo esta her­mosa evo­ca­ción del momento y su significado.
 

Intra­his­to­ria de una foto para la Historia

Los Reyes de España, don Juan Car­los y doña Sofía, en la mañana del pasado jue­ves, 17 de julio, tejían sin saberlo un sin­gu­lar tapiz griego de coin­ci­den­cias y pre­des­ti­na­cio­nes que aca­ba­ría mate­ria­li­zado en una foto­gra­fía insó­lita, for­mi­da­ble, his­tó­rica, de rara cali­dad artís­tica y perio­dís­tica que, al día siguiente, ocu­pa­ría el lugar de honor de las “pri­me­ras” todos los diarios.

La ins­tan­tá­nea reco­gía la visita del Rey al expre­si­dente Adolfo Suá­rez en su casa madri­leña de La Flo­rida. Antes, poco des­pués de las 12 del medio­día, los monar­cas habían reci­bido y salu­dado a todos y cada uno de los casi cua­tro­cien­tos ado­les­cen­tes de la Ruta Quetzal-BBVA en el madri­leño Pala­cio Real, con fre­cuen­tes ojea­das regias al reloj, sin duda acu­ciado Juan Car­los por una agenda densa y exce­siva. La visita a Adolfo poco des­pués de la una, la des­pe­dida en Bara­jas al Cus­to­dio de las Dos Mez­qui­tas, el Rey Abdu­llah de Ara­bia Saudita…

En la tarde del mismo día, un pase pri­vado del pro­me­te­dor filme de Anto­nio del Real “La con­jura de El Esco­rial” ofre­cía una abru­ma­dora e insis­tente exhi­bi­ción del Toi­són de Oro –la con­de­co­ra­ción más exclu­siva y valiosa del mundo, creada por Felipe III en 1429, desde ese vir­tuo­sismo que acre­di­tan los reyes para nego­ciar con los siglos, con la His­to­ria– sobre los negros ter­cio­pe­los del pecho de Felipe II (al que da vida un con­te­nido y muy bri­tá­nico Juanjo Puigcorbé).

El pre­sente que el Rey le entre­gaba a Adolfo Suá­rez sí era, en cam­bio, doble­mente real: las insig­nias de la Orden del Toi­són de Oro que la Corona le había con­ce­dido al Duque de Suá­rez –y el pre­cep­tivo acuerdo del Con­sejo de Minis­tros– un año antes, por sus ser­vi­cios a “España y a la Corona”, por su “coraje y valen­tía” a lo largo de la Transición.

Durante algo más de una hora y cuarto los Reyes pasea­ron con Adolfo Suá­rez por el cés­ped del jar­dín de su cha­let madri­leño, con la sola pre­sen­cia del Duque y de su hijo mayor, Adolfo Suá­rez Illana y su mujer, Isa­bel. Por razo­nes de ele­men­tal res­peto, la Casa Real no envió a nin­guno de sus fotógrafos.

Y la foto­gra­fía, ofre­cida en alta reso­lu­ción (1,53 Mb) a todo el que deseara repro­du­cirla, en la página Web de la Zar­zuela, era una de las cinco ins­tan­tá­neas toma­das por Adolfo Suá­rez Illana (firma: A.S.I.) con su Canon Eos digital.

toison-copia2-720x1024Pocas veces una foto­gra­fía acu­mula tan apre­tada carga de sím­bo­los y sig­ni­fi­can­tes que la hacen mere­ce­dora de todos los galar­do­nes. De espal­das, el Rey toma del hom­bro con su brazo dere­cho a Adolfo Suá­rez sobre el cés­ped del jar­dín ante un verde e impre­ciso hori­zonte de bam­búes. Ni los cin­ce­les helé­ni­cos hubie­ran plas­mado con seme­jante con­cor­dia, belleza y exac­ti­tud la leve­dad armó­nica y mar­mó­rea de la curva pra­xi­te­liana que simula el movi­miento en las esta­tuas, de las pier­nas (inex­pli­ca­ble­mente cer­ce­na­das por algu­nos medios) de ambos y, espe­cial­mente, las del Duque de Suá­rez. El Her­més de Pra­xí­te­les, el David de Miguel Ángel simu­lan desde la quie­tud mine­ral del már­mol el mismo grá­cil movi­miento del cuerpo que recoge el ins­tante dete­nido, cap­tu­rado, por los moto­res ver­ti­gi­no­sos de la Canon Eos de Suá­rez Illana.

El con­trap­posto, el enun­ciado del arque­tipo pra­xi­te­liano apa­rece exac­ta­mente repro­du­cido en el ade­mán incons­ciente del Duque. La figura –tan jun­cal y bien con­ser­vada como siem­pre (“guapo”, le piro­pea­ría la Reina)– con una pierna fle­xio­nada y ele­vada la cadera del lado opuesto y el hom­bro de ese mismo lado a menor altura que el hom­bro con­tra­rio, dibu­jando el cuerpo una S ima­gi­na­ria, unas leves y ele­gan­tí­si­mas curva y contracurva.

El ros­tro del Duque, su gesto apa­ci­ble y dulce, con el pelo de la nuca, a sus 75 años, aún negro, sin reco­no­cer a quien tan cáli­da­mente le abra­zaba, sumido en los enig­má­ti­cos abis­mos de su dolen­cia irre­ver­si­ble y pro­gre­siva. Cobraba tam­bién sig­ni­fi­cado el acer­tado título de un libro edi­tado por esta Casa: “Adolfo Suá­rez. Una tra­ge­dia griega”.

Ese ale­jarse de los dos gran­des pro­ta­go­nis­tas de la Tran­si­ción sugiere, tam­bién, una cierta y man­ri­queña evo­ca­ción del tiempo pasado, del fin de una Era, acaso del fin de la Tran­si­ción enten­dida como hasta ahora. Y, acaso, el anun­cio pre­mo­ni­to­rio del final de una larga y her­mosa amistad.

JOSÉ LUIS GUTIÉRREZ (Dia­rio El Mundo, 19/07/2008)