11-M: hito y tabú

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Suce­dió hace diez años. En vís­pe­ras de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Fue­ron ase­si­na­das 191 per­so­nas. Mucho de lo acon­te­cido en España desde enton­ces tiene que ver con la con­mo­ción inme­diata y dife­rida cau­sada por aque­llas explo­sio­nes. El trauma, la nega­ción, un duelo colec­tivo mal resuelto en diver­sas ins­tan­cias motiva que, un dece­nio des­pués, la fase de reposo que pre­cede al des­em­barco de los his­to­ria­do­res en los hechos no se haya resuelto satis­fac­to­ria­mente. En el siguiente texto JORGE BUSTOS ensaya una hipó­te­sis de minuta de aque­llo y de sus con­se­cuen­cias, un intento de ilu­mi­nar la som­bra espesa y alar­gada que explica varias ano­ma­lías socia­les y polí­ti­cas de la España reciente.

 

Cuando el gene­ral De Gau­lle deci­dió al fin depo­ner la lucha y reco­no­cer el dere­cho de Arge­lia a su inde­pen­den­cia, se cuenta que uno de sus ase­so­res más recal­ci­tran­te­mente beli­cis­tas pro­testó: “¡Se ha derra­mado dema­siada san­gre!” A lo que el gene­ral res­pon­dió, en pala­bras de már­mol: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Se cum­plen diez años del aten­tado terro­rista que derramó más san­gre en la his­to­ria reciente de Europa. Ocu­rrió un 11 de marzo de 2004, en Madrid, a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Y en torno a la trá­gica efe­mé­ride, el perio­dismo se dis­pone a pre­sen­tar su pri­mer borra­dor de la his­to­ria, más cer­cano ya de la his­to­ria que del borra­dor. Por­que los pla­zos de la his­to­rio­gra­fía, su pro­ver­bial exi­gen­cia de pers­pec­tiva, se acor­tan cada vez más a tono con el vér­tigo evo­lu­tivo de la época, con lo que el 11-M ya es un hito historiable.

El 11-M es, de hecho, el hito con­tem­po­rá­neo que marca un punto de infle­xión en la his­to­ria de España, pues cam­bió muchas más cosas, en el tiempo de un país y en el espa­cio de su con­cien­cia colec­tiva, que el puro des­ga­rro ori­gi­nal, pri­vado: la vida talada de 200 fami­lias. El aten­tado fija el 2004 en las enci­clo­pe­dias como la muerte de Franco fija 1975: con la misma emble­má­tica tras­cen­den­cia. Ahora es cuando lo empe­za­mos a ver, y a leer.

Y sin embargo la san­gre derra­mada en aque­llos tre­nes, como sabía De Gau­lle, está más seca que nunca. Si su noti­cia se halla ya lo sufi­cien­te­mente lejos como para pro­pi­ciar la sere­ni­dad del pri­mer aná­li­sis his­tó­rico, el res­coldo de su trauma social sigue aún dema­siado vivo en nues­tra memo­ria, que reac­ciona al enfren­ta­miento anual con la masa­cre cada vez menos, cada vez más silen­cio­sa­mente, de hecho con un rechazo camu­flado de has­tío –incluso de fas­ti­dio– ante las imá­ge­nes con­sa­bi­das recor­da­das por el enésimo docu­men­tal. El 11-M empieza a adqui­rir en la memo­ria colec­tiva los incon­fun­di­bles con­tor­nos del tabú. Más ade­lante tra­ta­re­mos de expli­car por qué la inco­mo­di­dad que pro­duce el 11-M no obe­dece solo a con­tro­ver­ti­das razo­nes polí­ti­cas, a car­gan­tes teo­rías mediá­ti­cas de la cons­pi­ra­ción, a la incle­mente rueda de la actua­li­dad que sepulta incluso los hechos más tre­men­dos; no solo es eso, que tam­bién. Noso­tros pen­sa­mos que el 11-M es ante todo un tabú socio­ló­gico, un temor supers­ti­cioso que apa­reja un giro en la men­ta­li­dad del pue­blo, sin­gu­lar­mente en la de los jóve­nes de mi gene­ra­ción, y que explica en buena medida el nuevo volks­geist de esta España pos­trada, cri­sis aparte. El 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo.

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El hito

No sé si alguien habrá dicho ya que el 11-M equi­vale a la pér­dida de Cuba y FiIi­pi­nas en la reciente con­cien­cia nacio­nal mucho antes de la deba­cle eco­nó­mica. Este noven­ta­yo­chismo en boga, ins­ta­lado en la opi­nión pública y reno­vado a dia­rio con las gri­ses apor­ta­cio­nes de los ter­tu­lia­nos, no arranca de las hipo­te­cas sub­prime ni de la cola del paro. Arranca de ese sal­vaje agu­jero en el tren de Ato­cha, que es como la boca del ente que grita en el cua­dro de Munch. El ojo negro del mal abierto de golpe para mirar fija­mente, con su atur­di­dora mirada vacía, a los des­avi­sa­dos españoles.

Pero lo impor­tante, si nos cen­tra­mos en el 11-M como hito his­tó­rico, es la fecha de la deto­na­ción: a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. El 11-M –y no estoy tomando par­tido ni me interesa en este ensayo la auto­ría mate­rial o inte­lec­tual– se eje­cutó para influir en el resul­tado elec­to­ral de un país gober­nado por la dere­cha, en la obvia espe­ranza de que el par­tido en el gobierno per­diera un poder osten­tado con mayo­ría abso­luta y orien­tado hacia un com­pro­miso inter­na­cio­nal (más esce­ni­fi­cado que efec­tivo) por la lucha con­tra el terro­rismo islá­mico en estre­cha alianza, pies sobre su mesa inclui­dos, con el jefe texano del Imperio.

Cuesta reco­no­cer que a los terro­ris­tas les salió per­fecto el cálculo. Que cala­ron como finos soció­lo­gos el abur­gue­sa­miento del por enton­ces prós­pero pue­blo espa­ñol, y se die­ron cuenta de que el terror súbito y arbi­tra­rio movi­li­za­ría a algu­nos de ellos –fue­ron los sufi­cien­tes– para abor­tar en sus éli­tes cual­quier orgu­lloso intento de jugar a gran poten­cia con tal de no ver ame­na­zado de nuevo su modo de vida. ¿Por qué los espa­ño­les echa­mos a un gobierno des­pués de un aten­tado del terro­rismo inter­na­cio­nal, y los nor­te­ame­ri­ca­nos apo­ya­ron en su día al suyo teniendo a mano la misma ecua­ción: pre­sen­cia exte­rior = aten­ta­dos? Bási­ca­mente por­que aquí no había­mos pade­cido una agre­sión exte­rior desde 1892, y se había ins­ta­lado en el sub­cons­ciente colec­tivo el espe­jismo de que éra­mos into­ca­bles. Irre­le­van­tes, más bien. Nadie salvo Aznar podía creer que la nos­tal­gia isla­mista de Al-Ándalus pudiera ir en serio, y mucho menos que la foto de las Azo­res fuera nece­sa­ria. La inge­nui­dad del espa­ñol en polí­tica exte­rior es pro­ver­bial, y su arrai­gado desin­te­rés por la geo­es­tra­te­gia data de la deca­den­cia impe­rial y ter­mina de blin­darse con el Desas­tre del 98. La espe­cia­li­dad de la casa tras Napo­león es más bien la gue­rra civil.

¿Fue el apoyo de Aznar a la gue­rra de Irak la causa del 11-M, si es que el terror indis­cri­mi­nado admi­ten jus­ti­fi­ca­ción cau­sal? Eso no importa: lo que importa es que el espa­ñol medio lo creyó así. El ejem­plar ope­ra­tivo de mani­pu­la­ción político-mediática des­ple­gado durante tres días por la izquierda, ines­ti­ma­ble­mente auxi­liada por la polí­tica de comu­ni­ca­ción de un gobierno que tenía al afá­sico –si no men­ti­roso– Ace­bes como minis­tro y por­ta­voz en aque­llas 72 horas de vér­tigo, obró la movi­li­za­ción del voto de cas­tigo, o voto del miedo, dadas las cir­cuns­tan­cias. Es un com­por­ta­miento de masas muy com­pren­si­ble; otra cosa es que la alter­na­tiva sur­gida de aque­llas urnas en shock lle­vara el nom­bre, la son­risa y el bagaje de José Luis Rodrí­guez Zapatero.

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Zapa­tero llegó al poder con el men­saje per­fec­ta­mente cap­tado y tomó como pri­mera medida la famosa reti­rada de las tro­pas de Irak. La his­to­ria cifrará en esa deci­sión todo su man­dato, que nació, se desa­rro­lló y murió entre ester­to­res de farsa bajo el cri­te­rio rec­tor de la publi­ci­dad. Zapa­tero fue el pri­mer pre­si­dente neta­mente pos­mo­derno de la his­to­ria de España, un gober­nante sobre­ve­nido por la ima­gen –su céle­bre talante no era la forma: era el fondo– y entre­gado a ella, y toda su eje­cu­to­ria viene expli­cada por el trauma matriz del 11-M del mismo modo que el pén­dulo de un carri­llón alcanza un polo por la iner­cia nacida del polo opuesto. Pasa­mos de la gran­deur aznarí al zapa­te­rismo naïf. Pero Zapa­tero, polí­tico infan­til, no inoculó el infan­ti­lismo a la socie­dad espa­ñola: ella misma, al retum­bar en las ven­ta­nas el esta­llido de las bom­bas, había des­per­tado en mitad de la noche lla­mando a mamá, con las sába­nas empa­pa­das de miedo. Y mamá vino.

El obje­tivo del terro­rismo es el miedo, y el coro­la­rio del miedo es la bús­queda de calma (más que de genuina paz) a toda costa. España se ovi­lló sobre sí misma, renun­ció con gusto a los peli­gros de la polí­tica exte­rior para dotarse del mayor número posi­ble de dere­chos socia­les, con­sa­gró el diá­logo anu­lando jerar­quías, fle­xi­bi­lizó sin lími­tes la Cons­ti­tu­ción, con­fun­dió los prin­ci­pios con la caspa y la ética con la esté­tica, abrazó el pacto, equi­paró en impor­tan­cia lo apa­re­cido en el BOE y en los medios, eli­gió apa­ci­guar sus ten­sio­nes terri­to­ria­les por la vía rápida de la con­ce­sión o la pro­mesa, eri­gió dia­rios monu­men­tos al buen rollo. Y la gente sus­piró de ali­vio y renovó el man­dato de su diri­gente des­oyendo nue­vas alar­mas, esta vez eco­nó­mi­cas. Fue un bonito sueño, con­ci­liado tras una pesa­di­lla ferroviaria.

Pero la iden­ti­fi­ca­ción de la socie­dad con el zapa­te­rismo no fue en abso­luto epi­dér­mica. La pésima ges­tión de la cri­sis tumbó a Zapa­tero pero queda intacto el cam­bio social que repre­sentó, un como reblan­de­ci­miento gene­ral de las cos­tum­bres. La exi­gen­cia cons­tante de dere­chos y este rechazo al con­cepto ya carca de res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal se halla en pleno vigor, y el pue­blo depau­pe­rado chi­lla y pata­lea recla­mando lo que creía que era suyo. El hecho asom­broso de que Rajoy merezca del perio­dismo más crí­ti­cas por su aver­sión a los medios que por su ges­tión prueba un sín­drome de abs­ti­nen­cia cau­sado por la sobre­ex­po­si­ción de son­ri­sas de su ante­ce­sor. El zapa­te­rismo fue un nar­có­tico para tole­rar el 11-M, y la socie­dad sigue engan­chada. Entre los jóve­nes de mi gene­ra­ción, con su fenó­meno ni-ni y su quin­ce­ma­yismo de filo­so­fía de cami­seta, la afec­ción resulta espe­cial­mente prevalente.

Las pri­me­ras con­se­cuen­cias del 11-M fue­ron la lle­gada al poder de Zapa­tero y la aper­tura de una época de cris­pa­ción en la vida pública: a la dere­cha mediá­tica y polí­tica le cos­taba –lógi­ca­mente– asi­mi­lar lo hete­ro­doxo de su desa­lojo y tra­taba de des­le­gi­ti­mar la vic­to­ria del PSOE, el cual pre­via­mente había ins­ti­gado con­tra el PP una serie de cam­pa­ñas de agit­prop sin pre­ce­den­tes. El cai­nismo se fue apla­cando a par­tir de 2008, cuando Rajoy deci­dió eman­ci­parse de tute­las retros­pec­ti­vas, ali­nearse con el tabú que empe­zaba a cubrir el aten­tado y hacer su pro­pio camino polí­tico (anti­po­lí­tico, más bien). Aque­llas secue­las polí­ti­cas más o menos ya han pres­crito y el desa­fío ahora es la pura eco­no­mía. Pero el sig­ni­fi­cado dura­dero del hito his­tó­rico que marca el aten­tado es, a mi jui­cio, la exten­sión del infan­ti­lismo social. La agu­di­za­ción extrema de la cul­tura de la queja. Un noven­ta­yo­chismo que deplora la pér­dida de las colo­nias sen­ti­men­ta­les del talante pri­mero y de la bur­buja inmo­bi­lia­ria después.

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El tabú

Ahora bien: repi­ta­mos que el 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo. La pro­pia sus­ti­tu­ción del hecho por la fecha (“11-M”) remite al eufe­mismo. Pese a que los efec­tos socio­ló­gi­cos del mal per­du­ren, según hemos inten­tado expli­car, el suceso en sí cada vez se recuerda menos. La san­gre era mucha, pero se ha secado pronto. Los espa­ño­les pre­fie­ren encap­su­lar la com­pli­cada efe­mé­ride en el asép­tico for­mato del home­naje ritual, sim­bo­li­zado en la ofrenda flo­ral en el Bos­que de los Ausen­tes del Par­que del Retiro que lle­van a cabo ese día las auto­ri­da­des. Cada vez es más habi­tual oír comen­ta­rios de har­tazgo cuando llega la fecha fatídica.

Y yo, con David Rieff, pienso que esa diso­lu­ción del recuerdo es posi­tiva, es natu­ral. En su con­tro­ver­tido ensayo Con­tra la memo­ria, Rieff –una rara coin­ci­den­cia de repor­tero de gue­rra del New York Times y ensa­yista de calado– escribe: “En las coli­nas de Bos­nia aprendí a detes­tar, pero sobre todo a temer, la memo­ria his­tó­rica colec­tiva. Al apro­piarse de la his­to­ria, mi pasión per­du­ra­ble y mi refu­gio desde la infan­cia, la memo­ria colec­tiva lograba que la pro­pia his­to­ria no pare­ciera sino un arse­nal de armas nece­sa­rias para con­ti­nuar las gue­rras o para man­te­ner una paz ende­ble y fría. Lo que pre­sen­cié en Bos­nia, en Ruanda, en Kosovo, en Israel-Palestina y en Irak no me ha dado razón alguna para cam­biar de parecer”.

Rieff sis­te­ma­tiza bri­llan­te­mente una idea tan pro­vo­ca­dora como el pro­ver­bio cas­tizo: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. No se trata de olvi­dar a nues­tros muer­tos, ni de des­pre­ciar la sen­ten­cia que advierte de que el pue­blo que ignora su his­to­ria está con­de­nado a repe­tirla; se trata de levan­tar un dique entre el duelo nacio­nal y su fácil dege­ne­ra­ción en revan­chismo nacio­na­lista. La eter­ni­za­ción del con­flicto palestino-israelí, apunta lúcido Rieff, no es sino el pro­ducto de un encar­ni­za­miento de la memo­ria colec­tiva, una per­ma­nente mur­mu­ra­ción del memo­rial de agra­vios. Si nadie olvida, nadie per­dona. Pres­cribe nues­tro ensa­yista un “impe­ra­tivo ético del olvido” que aplica lo mismo a la bio­gra­fía sen­ti­men­tal del indi­vi­duo como a la memo­ria colec­tiva de las nacio­nes: “Todo debe lle­gar a su fin, incluso las penas del duelo. De otro modo, la san­gre nunca se seca, el fin de un gran amor se con­vierte en el fin del amor mismo y, mucho des­pués de que la disputa haya dejado de tener sen­tido, el recuerdo del ren­cor per­dura. El per­dón no es sufi­ciente. No puede sus­traerse a su pro­pia con­tin­gen­cia. Sin olvido, sería­mos mons­truos heri­dos, sin per­dón dado o reci­bido, sería­mos inconsolables”.

En el libro, el pro­pio Rieff ana­liza el caso espa­ñol de la Ley de Memo­ria His­tó­rica y su qui­jo­tesca inter­pre­ta­ción a cargo de Bal­ta­sar Gar­zón. Insiste en que el éxito de la Tran­si­ción se fun­da­mentó sobre un pacto de olvido, y pos­tula que si el recuerdo tiene fecha de cadu­ci­dad, puede que el olvido tam­bién la tenga. Eso expli­ca­ría la recu­pe­ra­ción del dis­curso anti­fran­quista que aban­deró el PSOE de Zapa­tero y que había sos­la­yado res­pon­sa­ble­mente el PSOE de Gon­zá­lez. Es cierto que la España actual no es Oriente Medio, y que la reha­bi­li­ta­ción de vie­jos agra­vios difí­cil­mente podría ya pren­der la chispa real de nues­tro entra­ña­ble gue­rra­ci­vi­lismo. Pero tene­mos en el norte un pro­blema lla­mado ETA y una solu­ción que pide un deli­ca­dí­simo juego de memo­ria, dig­ni­dad y jus­ti­cia, sí; pero tam­bién de per­dón, con­vi­ven­cia y “olvido” en el sen­tido que reivin­dica Rieff y que parece corres­pon­der al tipo de lide­razgo que hoy quiere desa­rro­llar alguien como Aran­tza Quiroga.

En las primeras semanas de febrero, Fernando García Mozo recorría y documentaba para LEER los escenarios vinculados a la memoria del 11-M: los espacios ferroviarios donde tuvo lugar la masacre y los monumentos conmemorativos que recuerdan a las víctimas, los "ausentes" que ponen nombre al jardín del Retiro (arriba) plantado en su memoria. Una selección de su trabajo ilustra este artículo, la portada y las páginas del número de marzo de 2014 de LEER.

En las pri­me­ras sema­nas de febrero, Fer­nando Gar­cía Mozo reco­rría y docu­men­taba para LEER los esce­na­rios vin­cu­la­dos a la memo­ria del 11-M: los espa­cios ferro­via­rios donde tuvo lugar la masa­cre y los monu­men­tos con­me­mo­ra­ti­vos que recuer­dan a las víc­ti­mas, los «ausen­tes» que ponen nom­bre al jar­dín del Retiro (arriba) plan­tado en su memo­ria. Una selec­ción de su tra­bajo ilus­tra este artículo, la por­tada y las pági­nas del número de marzo de 2014 de LEER.

En lo que res­pecta al 11-M, su pro­gre­siva muta­ción a tabú no supon­dría pues una deriva nece­sa­ria­mente nega­tiva. Segui­mos con­va­le­cien­tes de aque­llo y pre­fe­ri­mos guar­dar silen­cio para no estor­bar su lenta cica­tri­za­ción. Hur­gar en la cons­pi­ra­noia pro­duce rechazo incluso en muchos de los lec­to­res de El Mundo. La socie­dad parece que­rer decir lo mismo que Jesu­cristo con aque­lla dura exhor­ta­ción: “Dejad a los muer­tos que entie­rren a sus muertos”.

Esta ten­den­cia al tabú se ve más clara aún en la mar­gi­na­ción de las aso­cia­cio­nes de víc­ti­mas, las que agru­pan a dam­ni­fi­ca­dos por ETA como por la bar­ba­rie islá­mica. Otrora guías mora­les de la vida polí­tica, su par­ti­ci­pa­ción en el debate público se con­tem­pla ahora con cen­sura cre­ciente. Sus por­ta­vo­ces siem­pre inco­mo­dan a alguien y ni siquiera los pro­pios colec­ti­vos están uni­dos en sus reivin­di­ca­cio­nes, pues se regis­tran dispu­tas y fugas cada vez más airea­das. Los opi­na­do­res han per­dido el rubor que les disua­día de con­tra­de­cir abier­ta­mente las tesis de las víc­ti­mas y algu­nas de estas, en sin­to­má­tica reac­ción, se han aliado con polí­ti­cos des­con­ten­tos para fun­dar un nuevo par­tido, Vox, con la lucha anti­te­rro­rista como pro­grama básico y la incor­po­ra­ción de Ortega Lara por emblema.

De nuevo, hacer del terro­rismo y sus efec­tos visi­bles un tabú social denota un miedo infan­til al sufri­miento, pero tam­bién un salu­da­ble deseo de cura­ción. Cual­quier encuesta que pre­gun­tara direc­ta­mente a los espa­ño­les si creen que las heri­das del 11-M están cerra­das arro­ja­ría un no mayo­ri­ta­rio, sos­pe­cho. Pero el cuerpo social, cons­ciente de sus heri­das abier­tas, pre­fiere no recor­dar­las si no le pre­gun­tan, por­que el trauma terro­rista es de una clase tan dolo­rosa que exige años de rege­ne­ra­ción celu­lar, si es que ese tejido puede sutu­rarse del todo algún día. La san­gre –la hemo­rra­gia mediá­tica– se ha secado pronto, siguiendo a De Gau­lle; pero la marca queda.

¿Es una década tiempo sufi­ciente? Para seña­lar su tras­cen­den­cia polí­tica y sus refle­jos socia­les, desde luego que sí, y eso hemos tra­tado de hacer aquí. Pero si lo que se pre­tende es dar por cerra­dos los efec­tos más hon­dos del 11-M, me temo que el ciclo men­tal bajista que inau­guró en España no ha hecho más que empezar.

JORGE BUSTOS (@JorgeBustos1)

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Este artículo ha sido pub­li­cado orig­i­nal­mente en el número de marzo de 2014 (250) de la Revista LEER (cóm­pralo o, mejor aún, sus­crí­bete).

 

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