Autómatas: pupila inerte, corazón ardiente

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Pre­pa­ra­mos el estreno de la pelí­cula “Autó­mata” de Jacq Vau­can con una ver­sión “ex pro­feso” del repor­taje sobre la mate­ria que por estas fechas hace dos años andá­ba­mos inves­ti­gando a con­cien­cia en LEER (nº 240, marzo 2013).
 

¿Qué miras con esos ojos que no ven?”. Invo­can dra­má­ti­ca­mente a Mac­beth las pri­me­ras pági­nas del tur­ba­dor relato Los autó­ma­tas de E.T.A. Hoff­mann. Por­que las pala­bras de Sha­kes­peare pue­den tomarse aquí como epi­fa­nía del esca­lo­frío hoff­man­niano ante ese “ambi­guo sen­ti­miento de fas­ci­na­ción y terror que pro­vo­can los meca­nis­mos per­fec­tos con la inquie­tante apa­rien­cia de vida en una mate­ria inerte” (José J. de Ola­ñeta). Tam­bién pare­cen arti­cu­lar el grito aho­gado que debió de sofo­car el alma román­tica del gran maes­tro del cuento fan­tás­tico cuando hace dos­cien­tos años, el 10 de octu­bre de 1813, se encaró en Dresde a los autó­ma­tas mecá­ni­cos del téc­nico J. G. Kauff­man; de entre los que des­ta­ca­ban un trom­pe­tista y una figura que tocaba el vio­lín, como docu­menta el vete­rano estu­dio de la filó­loga y tra­duc­tora Car­men Bravo-Villasante (reco­gido asi­mismo la suges­tiva edi­ción de Olañeta).

Robot román­tico

Aque­lla desa­so­se­gante expe­rien­cia le ins­piró a Hoff­mann la escri­tura del enig­má­tico texto de Los autó­ma­tas, que des­pertó la admi­ra­ción de per­so­na­li­da­des como Hein­rich Heine, Ste­fan Zweig y Adel­bert von Cha­misso. No era para menos: el per­so­naje del sinies­tro Turco par­lante, deto­nante del con­flicto argu­men­tal, des­pliega una pode­rosa fas­ci­na­ción que emana de su con­tra­dic­to­ria natu­ra­leza de muñeco viviente, tur­bu­lenta y espe­cial­mente gri­mosa en los pasa­jes que le reve­lan como “extra­or­di­na­rio vidente de lo des­co­no­cido”. A tra­vés de sus orácu­los, pro­vo­ca­dos con una llave en el cos­tado para dar cuerda a un meca­nismo de relo­je­ría, ame­naza en estas pági­nas con dejar­nos atra­pa­dos para siem­pre bajo su arro­lla­dora “influen­cia psí­quica y espiritual”.

haTan per­tur­ba­dora recrea­ción es, no obs­tante, muy con­se­cuente con nues­tros terro­res atá­vi­cos. Mucho más cer­tera, sin duda, que tan­tas otras pro­pues­tas edul­co­ra­das de la cul­tura popu­lar de nues­tros días. Sin embargo, nunca se pue­den escon­der total­mente las con­no­ta­cio­nes som­brías que estos inge­nios arras­tran como una mal­di­ción inhe­rente a su ori­gen arti­fi­cioso en desa­fío eterno a la madre natu­ra­leza. Como prueba de ello, toda una gene­ra­ción quedó sobre­co­gida de algún modo por la extra­va­gante máquina de feria Zol­tar de la pelí­cula Big (Penny Mars­hall, 1988). A pesar de que el busto de pode­res sobre­na­tu­ra­les, habi­li­tado mági­ca­mente para cum­plir deseos, se plan­teaba como mero mcguf­fin de come­dia infan­til (pro­ta­go­ni­zada en el colmo de lo naíf por un entra­ña­ble, e incluso boba­li­cón, Tom Hanks), las finas garras del mis­te­rio ara­ña­ban desde lo pro­fundo en aquel filme. Cómo olvi­dar el sonido de los engra­na­jes del mago Zol­tar al echar la moneda, la visión de su boca al des­en­ca­jarse y, sobre todo, el efecto de luz roja que pro­du­cían sus inex­pre­si­vos glo­bos ocu­la­res al entrar en actividad.

Tam­bién los ojos son un motivo recu­rrente y obse­sivo, motor de pasa­jes de enorme plas­ti­ci­dad de anti­ci­pa­ción surrea­lista, en El hom­bre de la arena de Hoff­mann. Publi­cado en 1816, den­tro de la obra Pie­zas noc­tur­nas, este relato pre­senta a un autó­mata feme­nino lla­mado Olim­pia: “bella si su mirada no pare­ciera sin vida, si no pare­ciera care­cer del sen­tido de la vista”… De ella, he ahí el drama, se enamora el cada vez más enaje­nado pro­ta­go­nista, Nat­ha­nael.

«¡Her­mo­sos ocos! ¡Her­mo­sos ocos!»

Es evi­dente que son muchos los aspec­tos que rela­cio­nan a esta muñeca mecá­nica con la del ante­rior cuento del autor, Los autó­ma­tas. Ape­nas sepa­ra­das en su escri­tura por el plazo de un año, existe una explí­cita liga­zón entre lo supues­ta­mente sublime de ambas a tra­vés del tema del canto y de la música. No parece casual que el pri­mero de los tex­tos fuera ela­bo­rado para la revista All­ge­mei­ner Musi­ka­lis­che Zei­tung y que, por su parte, el segundo ins­pi­rase al com­po­si­tor ale­mán Jac­ques Offen­bach (Olim­pia apa­rece en el pri­mer acto de la ópera Los cuen­tos de Hoff­mann) y tam­bién al fran­cés Léo Deli­bes para el ballet de Cop­pe­lia. Lo que dife­ren­cia fun­da­men­tal­mente a estos  títu­los de Hoff­mann es el desen­lace, fatal y terri­ble, del último de ellos, que cul­mina con el sui­ci­dio del joven enamo­rado. Tras­tor­nado ya sin reme­dio, tras con­tem­plar des­mem­brada y con las cuen­cas ocu­la­res vacia­das a su amada arti­fi­cial (los ojos, en el suelo, “inmó­vi­les y ensan­gren­ta­dos”), Nat­ha­nael salta al vacío al grito (con acento pia­mon­tés) de: “¡Her­mo­sos ocos! ¡Her­mo­sos ocos!”.

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No sor­prende que Sig­mund Freud, el padre del psi­coa­ná­li­sis, cen­trara, pues, la segunda parte de su famoso ensayo Lo sinies­tro en El hom­bre de la arena. Para él, el cuen­tista ale­mán era “el maes­tro sin rival de lo sinies­tro”, como se explica en la bri­llante reco­pi­la­ción El rival de Pro­me­teo. Vidas de autó­ma­tas ilus­tres (Impe­di­menta). Amén de reco­ger con mimo las apor­ta­cio­nes capi­ta­les de Hoff­mann y Freud en el apar­tado “Las máqui­nas fata­les”, esta edi­ción de Sonia Bueno y Marta Pei­rano, que reviste enorme inte­rés de prin­ci­pio a fin, ofrece otras per­las como Rela­ción sobre el Meca­nismo de un Autó­mata (Carta de Jac­ques de Vau­can­son al abad De Fon­taine) y El Hom­bre Máquina de Julien de la Met­trie (“Las máqui­nas filo­só­fi­cas”) o El juga­dor de aje­drez de Mael­zel de Edgar Allan Poe (“El Turco”).

Robot del siglo XX

Pero se antoja espe­cial­mente valiosa la repre­sen­ta­tiva pre­sen­cia en esta com­pleta com­pi­la­ción de un extracto de la obra de tea­tro dis­tó­pica R.U.R. (Robots Uni­ver­sa­les Ros­sum) del maes­tro checo Karel Capek, a quien se debe la acu­ña­ción del tér­mino “robot” en 1920 (deri­vado del voca­blo “robota”, que en cas­te­llano se tra­duce como “tra­bajo” o “pres­ta­ción per­so­nal”). Es en la pre­sen­ta­ción que se rea­liza de esta impor­tante pieza donde encon­tra­mos, tal vez, una res­puesta válida para jus­ti­fi­car la incer­ti­dum­bre que sobre todos noso­tros viene gene­rando la mirada robó­tica: el robot es inven­tado como un obrero “muy simi­lar en apa­rien­cia al hom­bre pero con una inte­li­gen­cia muy supe­rior y la ven­taja aña­dida de care­cer de todo lo espe­cí­fi­ca­mente humano, es decir, de deseos, emo­cio­nes, sen­ti­mien­tos, en defi­ni­tiva, de un alma”. En ver­dad, si la más sober­bia lite­ra­tura de robots del siglo pasado le ha per­mi­tido al hom­bre lle­gar a atis­bar algo de todo ello en los ojos de sus cria­tu­ras, espejo del alma, no es sino la pro­yec­ción que rea­liza de sí mismo: las inex­pre­si­vas pupi­las de la crea­ción nos devuel­ven nues­tra pro­pia ima­gen. Y no pare­cer haber nada más des­es­ta­bi­li­za­dor para el ser humano de nues­tro tiempo. Dicho en pala­bras del excep­cio­nal his­to­ria­dor Patrick J. Gyger, desde la intro­duc­ción de El rival de Pro­me­teo: “El autó­mata (fun­da­mento de todas las for­mas de vida arti­fi­cial que le siguie­ron, puesto que tomaba como modelo al ser humano) con­serva una facul­tad inigua­la­ble para ayu­dar­nos a deli­mi­tar los inte­rro­gan­tes acerca de nues­tra pro­pia natu­ra­leza (a falta de poder res­pon­der­los de forma defi­ni­tiva) y el androide, ins­tru­mento de fic­ción for­mi­da­ble gra­cias a su fuerza meta­fó­rica, nos per­mite enta­blar una inves­ti­ga­ción meta­fí­sica y nos recuerda que el ser humano no ha hecho más que inte­rro­garse a sí mismo al sacarle bri­llo a su pro­pio reflejo”.

En cual­quier caso, parece claro que habría habido muchas posi­bi­li­da­des de que los robots de R.U.R. (Robots Uni­ver­sa­les Ros­sum) se hubie­ran man­te­nido como sir­vien­tes idea­les si hubie­ran con­tado con la codi­fi­ca­ción de las pos­te­rio­res Tres Leyes de la Robó­tica. Éstas, como explica Julián Díez en Las cien mejo­res nove­las de cien­cia fic­ción del siglo XX (La Fac­to­ría de Ideas), “nacie­ron de dife­ren­tes dis­cu­sio­nes con el edi­tor John W. Camp­bell y apa­re­cie­ron por pri­mera vez en el cuento Razón (1941)”:

1. Nin­gún robot dañará a un ser humano o per­mi­tirá, por inac­ción, que éste
sufra daño.
2. Un robot obe­de­cerá las órde­nes de un ser humano siem­pre que éstas no   con­tra­di­gan la Pri­mera Ley.
3. Un robot sal­va­guar­dará su pro­pia exis­ten­cia, siem­pre que tal hecho no entre en con­flicto con la Pri­mera o Segunda Ley.

Cabe pun­tua­li­zarse (como bien se hace en El rival de Pro­me­teo) que el Buen Doc­tor aña­dió Ley Cero de la Robó­tica en el año 1984: Un robot no puede rea­li­zar nin­guna acción, ni por inac­ción per­mi­tir que nadie la realice, que resulte per­ju­di­cial para la huma­ni­dad, aun cuando ello entre en con­flicto con las otras tres leyes.

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Es pre­ci­sa­mente en los roces y coli­sio­nes entre esas nor­mas donde la cul­tura robó­tica asi­mo­viana, clave en la pro­duc­ción del ido­la­trado autor, reviste las más altas cotas de abru­ma­dora genia­li­dad. Esto puede cons­ta­tarse con obras deli­cio­sas como Sue­ños de robot (1986), cuya lec­tura resulta espe­cial­mente grata en la edi­ción publi­cada por Debol­si­llo: las ilus­tra­cio­nes de Ralph McQua­rrie (dise­ña­dor de nume­ro­sas pelí­cu­las de cien­cia fic­ción) “aumen­tan incon­men­su­ra­ble­mente la belleza del libro e incluso aña­den sen­tido a las his­to­rias, situando al lec­tor en la debida acti­tud visual”, en opi­nión del pro­pio Asi­mov, quien valoró la fun­ción “huma­ni­za­dora” de las imá­ge­nes. Esta misma intro­duc­ción en la que así se pro­nun­cia el autor, tam­bién recoge el recuerdo de sus inicios en la narra­tiva de robots (1939), cuando con­taba con die­ci­nueve años (“desde el pri­mer momento, los ima­giné como máqui­nas cui­da­do­sa­mente cons­trui­das por inge­nie­ros, con la pro­tec­ción inhe­rente de Las Tres Leyes de la Robó­tica)”, que­dando des­ta­cado que fue el pri­mero en uti­li­zar la pala­bra “robó­tica” (Asom­brosa Cien­cia Fic­ción, marzo de 1942). Su esta­tus de pio­nero se refuerza, ade­más, con anéc­do­tas visio­na­rias (“de pro­feta menor”) rela­cio­na­das con los pro­pios rela­tos de esta com­pi­la­ción: “En La sen­sa­ción de poder (1957), men­cioné los orde­na­do­res de bol­si­llo apro­xi­ma­da­mente diez años antes de que exis­tie­ran de ver­dad; y en Sally (1953), des­cribí los coches compu­tari­za­dos que casi alcan­za­ban a tener vida propia”.

No obs­tante, de entre todas, des­taca la pieza que da título a la obra reco­pi­la­to­ria, la única escrita ex pro­feso: Sue­ños de robot, pro­ta­go­ni­zada por la robo­psi­có­loga Susan Cal­vin (per­so­naje legen­da­rio en el ima­gi­na­rio asi­mo­viano). Tal vez sea la más esti­mu­lante recrea­ción del “com­plejo de Fran­kens­tein”: a la doc­tora no le tiem­bla el pulso para dis­pa­rar su arma de elec­tro­nes y aca­bar con Elvex,  el más peli­groso de los robots, el robot que sueña…

La rebe­lión robótica

Ese miedo humano a que la máquina se rebele con­tra su crea­dor es arque­tí­pico. Y adquiere su máxima poten­cia con­tem­po­rá­nea en una obra maes­tra del cine que superó a su direc­tor, Rid­ley Scott: Blade Run­ner (1982), ins­pi­rada en la novela ¿Sue­ñan los androi­des con ove­jas eléc­tri­cas? y los repli­can­tes Nexus-6 de Phi­lip K. Dick. En el filme, estos androi­des fabri­ca­dos por la Tyrell Cor­po­ra­tion son pre­sen­ta­dos como “seres casi idén­ti­cos al hom­bre, supe­rio­res en fuerza y agi­li­dad y, al menos, igua­les en inte­li­gen­cia a los inge­nie­ros gené­ti­cos que los crea­ron”. Con ese poten­cial demo­le­dor, aca­ban rebe­lán­dose con­tra su con­di­ción de escla­vos y la fecha de cadu­ci­dad (cua­tro años) con que han sido crea­dos. De manera que un grupo en fuga,  lide­rado por Roy Batty (Rut­ger Hauer), decide pedirle cuen­tas a su “padre”, el doc­tor  Eldon Tyrell.

Curio­sa­mente, los repli­can­tes aca­ban demos­trando ser “más huma­nos que los huma­nos”, mítica frase de la pelí­cula que, ade­más, titula un libro impres­cin­di­ble en el abor­daje de las cues­tio­nes tras­cen­den­ta­les de la cinta, publi­cado por Juan José Muñoz Gar­cía (Rialp). En decla­ra­cio­nes para LEER, este doc­tor en filo­so­fía explica que “los repli­can­tes libe­ran al humano de la super­fi­cia­li­dad inte­lec­tual de la socie­dad post­mo­derna, hiper­con­su­mista e hiper­he­do­nista que habita, le obli­gan a pen­sar en el sen­tido de la vida”. Dejan muy claro que “poseen cua­li­da­des genui­na­mente per­so­na­les que los autén­ti­cos hom­bres han olvi­dado o per­dido a causa de la des­hu­ma­ni­za­ción impe­rante en el siglo XXI: con­cien­cia muy desa­rro­llada y gran sen­tido moral, afán de rela­cio­nes (fami­lia, padres…), deseo de inmor­ta­li­dad y bús­queda de su crea­dor”.

ocos

Y, una vez más, en el careo del hom­bre frente al androide y la medi­ción del grado de huma­ni­dad en ambos, el ojo vuelve a ser “un sím­bolo temá­tico cen­tral, en muchos pla­nos deta­lle, sobre todos los del test Voigt-Kampff que con­trola la dila­ta­ción de la pupila con objeto de detec­tar repli­can­tes”, como corro­bora Muñoz Gar­cía. Sin embargo, el fra­caso del test de empa­tía como con­cepto en sí mismo resulta estre­pi­toso aten­diendo a la última y alec­cio­na­dora secuen­cia del filme, de tin­tes abso­lu­ta­mente tras­cen­den­ta­les, una de las más bellas de la his­to­ria del celu­loide: “Roy demues­tra pie­dad al sal­var a su per­se­gui­dor Rick Deckard y cum­ple así a la per­fec­ción la con­signa con la que fue creado, es más humano que el humano”.

Cró­ni­cas de oveja eléctrica

Cómo olvi­dar la oveja eléc­trica de Phi­lip K. Dick, chis­peante sím­bolo de dis­to­pía. El Rick Deckard de papel (¿Sue­ñan los androi­des con ove­jas eléc­tri­cas?) padece la ver­güenza de no ser dueño de un ani­mal ver­da­dero en una socie­dad que valora tal pose­sión en tér­mi­nos de esta­tus. En su lugar, tiene un sofis­ti­cado objeto mecá­nico que “pasta” en su azo­tea y con el que engaña al vecin­da­rio, que la ve ramo­near con satis­fac­ción y mos­trar inte­rés por la avena (gra­cias un cir­cuito sen­si­ble al cereal).

Lo mejor es que la admi­ra­ción por esta cria­tura puede pro­lon­garse hasta los que pode­mos con­si­de­rar sus parien­tes fran­ce­ses cer­ca­nos. Los encon­tra­mos en una obra deli­ciosa, Secre­tos medie­va­les de Jesús Callejo Cabo (Temas de hoy). Sus pági­nas, que alber­gan a una buena y docu­men­tada can­ti­dad de autó­ma­tas, dan deta­lle del afa­mado pato del Siglo de las Luces, fabri­cado por Jac­ques Vau­can­son, “un ánade de cobre que alar­gaba el cue­llo, movía las alas, nadaba, se ali­saba las plu­mas, pico­teaba…” y tam­bién, “comía, dige­ría y eva­cuaba los ali­men­tos”. Y, del Rena­ci­miento, hay refe­ren­cia al “asom­broso león mecá­nico cons­truido por Leo­nardo da Vinci para el rey Fran­cisco I de Fran­cia el día de su coro­na­ción, que se abría el pecho con su garra y mos­traba el escudo de armas”, uti­li­zado pre­via­mente “en 1499 con motivo de la entrada del monarca Luis XII en Milán: cruzó el salón del ban­quete y se detuvo ante él en medio de una llu­via de azucenas”.

Pro­to­ti­pos ” Made in Spain”

Toda la tra­ge­dia de una exis­ten­cia nefanda es lo que el incon­fun­di­ble  Jesús Ferrero nos hace sen­tir con Jua­nelo o el hom­bre nuevo (Alfa­guara), homúnculo tole­dano ani­mado por una suerte de magia caba­lís­tica y supues­ta­mente inmor­ta­li­zado en El entie­rro del Conde de Orgaz de El Greco. Bello como “un sueño de Fidias” y ator­men­tado en su final por una urgen­cia de reden­ción (en esen­cia, desa­fío pro­me­teico a las Altu­ras, ¿acaso tiene alma que pueda ser sal­vada?), es ele­vado como sím­bolo artís­tico de todo lo que debe per­ma­ne­cer oculto (pul­sio­nes abe­rran­tes y bajas pasio­nes). Es fácil aban­do­narse al eco vibrante de la prosa ferre­riana: lírica en las reso­nan­cias poé­ti­cas; dra­má­tica, en las filo­só­fi­cas; anti­gua, en las míti­cas… dejarse arras­trar hasta la per­di­ción (acaso puri­fi­ca­ción, a tra­vés del fuego) por la “mueca de Dios griego” de la cria­tura arti­fi­cial y sus repe­ti­cio­nes mecá­ni­cas,  hasta el cul­men de la deses­pe­ra­ción. Cabe des­ta­carse que la fábula se ins­pira en la figura de Gio­vanni Torriani, cien­tí­fico dis­tin­guido por Felipe II; por­que, curio­sa­mente, el Autó­mata del siglo XVI de Adolfo Gar­cía Ortega (Bru­guera), con forma de gue­rrero terri­ble, se ubica en un supuesto plan secreto de este monarca para for­ti­fi­car Maga­lla­nes. Y, por otro lado, frente a la tur­bu­lenta pluma de Ferrero, un ter­cer autó­mata ilus­tre, pero apa­ci­ble y sereno: el de las Memo­rias de un hom­bre de madera (Menos­cuarto) de Andrés Ibá­ñez. Esta  novela repre­senta el triunfo vital de ZAM-36, un robot, camu­flado en la socie­dad actual como fabri­cante de relo­jes de cuco, que sí es capaz de alcan­zar la feli­ci­dad. Lo con­si­gue a tra­vés del amor, con una mujer de carne y hueso.

MAICA RIVERA (@maica_rivera)

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