El “impulso furioso” de Antonio Muñoz Molina

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UN DÍA DE ENERO de hace casi 30 años, un escri­tor de pro­vin­cias coge un tren a Lis­boa con una bolsa de viaje y un cha­que­tón de invierno. Lo hace para reme­diar su impos­tura. Si quiere ter­mi­nar una novela en la que esta ciu­dad es la clave, debe cono­cerla de pri­mera mano. En sus qui­me­ras, el escri­tor ima­gina la capi­tal como una mis­ce­lá­nea entre Gra­nada y San Sebas­tián, como en esos sue­ños en los que sales de tu casa y divi­sas el mar aun­que tu casa esté en un lugar que no tiene costa. Tuvo la suerte de que la ciu­dad le com­pla­ciera y fuera como la había ima­gi­nado, como si hubiera emer­gido de su pro­pio deseo narra­tivo. Gra­cias a aquel viaje que hizo en la mayor de las sole­da­des, con la inti­mi­dad que otor­gaba un mundo de comu­ni­ca­cio­nes limi­ta­das, Muñoz Molina pudo ter­mi­nar El invierno en Lis­boa (1987), la novela que le con­sa­gró y le abrió las puer­tas de la lite­ra­tura como forma de vida.

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Como la som­bra que se va”, Anto­nio Muñoz Molina (Seix Barral).

Vein­ti­siete años des­pués, muchos libros, pre­mios y muchas vidas dis­tin­tas, cae en sus manos una bio­gra­fía de James Earl Ray, el ase­sino de Mar­tin Lut­her King, y des­cu­bre que, en su huída, el fugi­tivo había pasado diez días en Lis­boa. La coin­ci­den­cia le lleva a pen­sar que ahí puede haber una his­to­ria, le sobre­viene “el impulso furioso” que hace posi­ble lite­ra­tura y comienza a escri­bir la novela que ahora pre­senta, la genial Como la som­bra que se va (Seix Barral). De nuevo un impulso le con­duce a la ciu­dad que cono­ció hace tres déca­das. Llega a la Praça do Comér­cio y se recuerda con­tem­plán­dola por pri­mera vez, ve al joven que creía que su vida le reser­vará pocas sor­pre­sas, que come­tió erro­res pero que avanzó deci­dido hacia un camino lite­ra­rio que tomó forma en ese viaje. Y esa vida, la suya, mien­tras recreaba con pre­ci­sión los días de un ase­sino, se le fue colando por las ren­di­jas del libro.

Una mañana de noviem­bre de 2014, Anto­nio Muñoz Molina entra en una libre­ría madri­leña para con­ce­der una entre­vista con una mochila y un cha­que­tón para la llu­via. Es, en este momento, uno de los más bri­llan­tes escri­to­res del país donde ha nacido y acaba de ter­mi­nar una novela que no sabía que escri­bi­ría, como no sabe que escri­birá la siguiente. Ha puesto un punto y final a una his­to­ria con muchos fina­les y muchos comien­zos, de via­jes en el tiempo. De la vida que muta, de lo que hici­mos bien o mal, de ver­nos en el pasado como si fué­ra­mos per­so­na­jes de un libro, de la recrea­ción de la pro­pia exis­ten­cia y de la capa­ci­dad para vivir las vidas de los otros. De la escri­tura en sí misma. Un libro “¿cómo puede estar aca­bado si aún no está aca­bada mi vida?”, se pre­gunta Cer­van­tes. La novela es una con­fe­sión honesta y un ejer­ci­cio meta­li­te­ra­rio en el que las emo­cio­nes y el amor tam­bién son las claves.

 

Cuando escri­bía ‘El invierno en Lis­boa’ pre­sa­giaba que no habría ya muchos cam­bios en su vida.

Cuando uno es joven piensa que la vida tiene una direc­ción. La ima­gi­na­ción intros­pec­tiva es limi­tada, no es que la vida sea muy cam­biante, es que la ima­gi­na­ción no te per­mite ver que va a ser dis­tinta a como es.

 James Earl Ray ate­rriza en Lis­boa movido por “un impulso ins­tin­tivo de huida, de lle­gar cuanto antes lo más lejos posi­ble”. Usted tam­bién llegó allí la pri­mera vez esca­pando de una exis­ten­cia que no le com­pla­cía. Dice: “Escri­bía para apro­piarme ilu­so­ria­mente de lo que no era capaz de pro­cu­rar en mi vida”.

Hay una sime­tría. Es el prin­ci­pio activo que genera el libro, ese des­cu­bri­miento que hice leyendo su bio­gra­fía. Es el estre­me­ci­miento que te lleva a iden­ti­fi­car que ahí hay una his­to­ria. Y, al cabo del tiempo, a que eso siga en la cabeza y se acabe con­vir­tiendo en una his­to­ria. Lo que me atrajo de manera incons­ciente fue el otro viaje mío, esa rela­ción con Lis­boa que tiene que ver tanto con el tra­bajo literario.

Deseaba hace 30 años que su lite­ra­tura fuera como el jazz, como un río o un tren que no se sabe hacia dónde se dirige. ¿Sigue con­ci­bién­dola así?

Cada vez creo más en que escri­bir es encon­trar un impulso. Una vez que lo has encon­trado, si tie­nes la suerte de man­te­nerlo, todo lo demás es secun­da­rio. Esa idea de que la lite­ra­tura debe lle­varte tiene mucha rela­ción con la música, por­que hay otra parte que es el con­trol frente a ese impulso. Se trata de sal­tar al vacío sin saber si te lleva a alguna parte. Luego empie­zan a salir cosas, como en este libro, en el que sur­gió el peso de la pro­pia vida. Y está el con­trol, ser des­pia­dado a la hora de no poner nada super­fluo. En esta novela el impulso crea­tivo ha sido tremendo.

(…)

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Anto­nio Muñoz Molina con­versa con Marta Caba­llero durante la entre­vista para LEER en la libre­ría La Cen­tral de Callao (foto: Ricardo Torres).

 

Este es un ade­lanto de la larga y jugosa entre­vista que MARTA CABALLERO ha rea­li­zado a ANTONIO MUÑOZ MOLINA para el pró­ximo número de LEER. Un encuen­tro en el que el escri­tor ofre­ció algu­nas de las cla­ves de su pro­ceso crea­tivo y de su forma de enten­der la lite­ra­tura. Un texto impres­cin­di­ble que encon­trará con­ti­nua­ción en las pági­nas de nues­tro Extra de Navi­dad (diciem­bre 2014/enero 2015).

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