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	<title>Revista leer &#187; Carmen Balcells</title>
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	<description>La revista decana de libros y cultura</description>
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		<title>Rafael Borràs, el último caballero de la edición</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Oct 2019 17:55:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Borja Martínez]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Nos encontramos con Rafael Borràs <strong>el día de San Juan en su casa del Paseo de Sant Joan</strong>, en Barcelona. Afuera, en el caluroso mediodía de la capital catalana, y subido al pedestal que hace más de cien años le pusieron en la intersección con la Diagonal, hace guardia entre cipreses el mosén <strong>Verdaguer</strong> esculpido por Joan Borrell i Nicolau.</p>
<p>Otro día de San Juan, hace dieciséis años, Borràs estaba en Madrid convocado por <strong>Luis María Anson</strong> en su despacho latifundio de <em>La Razón</em>. Anson, preocupado por la entonces inminente aparición del primer volumen de memorias de Borràs, <strong><em>La batalla de Waterloo</em></strong>, había decidido, y así se lo comunicaba, prescindir de su colaboración semanal en el periódico. La firma de Borràs, republicano <em>convicto y confeso</em>, era una de las que funcionaba como «coartada de liberalidad» del joven periódico creado por el veterano periodista monárquico. Anson temía –equivocadamente– que el libro fuese un desahogo contra los Lara, para quienes Borràs había trabajado como <strong>director literario de Planeta durante más de veinte años hasta su salida del grupo en 1995</strong>, y quería evitar a toda costa un desencuentro con los accionistas mayoritarios del diario.</p>
<p><strong>Al final fue el propio Anson quien terminó mal con los Lara.</strong> Lo exteriorizó en varias ocasiones, la más sonada con un artículo publicado en vísperas del fallo del Planeta de 2008, con el que pretendía denunciar «la farsa» del emblemático premio, pero que parecía más bien una pieza de revancha de alguien que había presidido durante años, en parecidos términos, otro lucrativo certamen de la casa, el Premio Fernando Lara de Novela.</p>
<p><strong>«Parece mentira que a su edad Anson todavía crea que los niños vienen de París»</strong>, apunta con sorna Borràs, sentados ya en los blancos sofás de su salón, <strong>el aperitivo religiosa, republicanamente dispuesto</strong>, en compañía de su mujer, <strong>Isabel Blancafort</strong>. Es poco probable que Anson haya creído alguna vez en las cigüeñas, pero su cinismo brinda a nuestro interlocutor la ocasión de recurrir una vez más a la frase utilizada por <strong>José Manuel Lara</strong> padre en la rueda de Prensa del Planeta de 1989 para responder a un periodista que le interpelaba ingenuamente acerca de un detalle <em>sospechoso</em> del ceremonial del premio. Borràs la esgrime con frecuencia porque <strong>resume las razones comerciales del galardón que él mismo organizó en más de una veintena de ocasiones</strong>. Y la trae de nuevo a colación a modo de <strong>dedicatoria</strong> –«A todos los que todavía creen que los niños vienen de París»– <strong>en su nuevo libro, <a href="http://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=4360&amp;edi=2" target="_blank"><em>La subasta</em></a></strong> (Berenice), donde cuenta precisamente la anécdota en el despacho de Anson.</p>
<p><em>La subasta</em> es <strong>la segunda «casi novela»</strong> de Borràs después de <a href="https://www.edhasa.es/libros/1018/cuando-tu-ya-estes-muerto" target="_blank"><em>Cuando tú ya estés muerto</em></a> (Edhasa, 2016). En la primera el autor, convenientemente camuflado y desdoblado, se situaba a sí mismo en la acción, ambientada en el Madrid de noviembre de 1975, rodeado de amigos, conocidos y autores propios y ajenos que asistían a <strong>las tensas vísperas de la muerte de Franco</strong>, para reflexionar sobre la Historia de España acontecida y por venir. En <em>La subasta</em> repite el mecanismo. <strong>El escenario esta vez es la Feria del Libro de Frankfurt de 1982</strong>, pocas semanas antes del arrollador triunfo electoral del PSOE y con la maquinaria de poder del pujolismo adquiriendo ya velocidad de crucero. La anunciada subasta del manuscrito de unas supuestas memorias apócrifas de Franco acapara el interés de los españoles desplazados a Alemania. Es el <strong>macguffin de un artefacto literario juguetón y sustancioso</strong> desde el que además Borràs <strong>amplía lo contado en los tres volúmenes de sus imprescindibles memorias</strong> –<em>La batalla de Waterloo</em> (2003), <em>La guerra de los planetas</em> (2005) y <em>La razón frente al azar</em> (2010)– <strong>y en sus ensayos históricos</strong> –entre los que cabe destacar su trilogía dinástica: <em>El rey de los rojos</em> (1996), dedicado a Don Juan de Borbón; <em>El rey perjuro</em> (1997), sobre Alfonso XIII, y <em>El rey de los cruzados. Don Juan Carlos I y la monarquía prodigiosa</em> (2007)–.</p>
<p>Pese a declararse en sus memorias incompetente para la novela –«cada uno ha de tener conciencia de sus limitaciones y Dios, evidentemente, no me ha llamado por el camino de la ficción» (<em>La razón frente al azar</em>, p. 400)–, Borràs reincide por la vía de la <em>casi ficción</em> porque medio siglo de trayectoria en el meollo de la edición española da para mucho, y porque <strong>considera necesario insistir en ciertas ideas sobre la Historia de España</strong>, a cuyo conocimiento tanto ha contribuido como autor y sobre todo como editor de la colección Espejo de España, el mayor y más sistemático esfuerzo editorial para el esclarecimiento del pasado reciente de nuestro país. <strong>Ya lo dice el nebuloso profesor Elbo</strong>, criatura borrasiana que ejerce de narrador de <em>La subasta</em>, en una de las tres citas que encabezan el volumen: «Siempre se escribe el mismo poema, el mismo ensayo, la misma novela, pero como nunca, o casi nunca, el personal se entera de lo que uno ha querido explicar, conviene repetirlo, tal como afirmaba André Gide».</p>
<figure id="attachment_8821" style="width: 1500px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8821" src="/wp-content/uploads/2019/10/Borras1-e1572455414539.jpg" alt="Rafael Borràs durante su encuentro con LEER. / Claudio Tornamira" width="1500" height="1333" /><figcaption class="wp-caption-text">Rafael Borràs durante su encuentro con LEER. / Claudio Tornamira</figcaption></figure>
<p><strong><em>Da la impresión de que muchas de las cosas que se cuentan en este libro sólo tú las sabes o las recuerdas. ¿Queda viva mucha gente que pueda entender las claves secretas de ‘La subasta’?</em><br />
</strong>Hay un pasaje en el que lo digo, cuando hablo de <strong>Andrés Bosch</strong>, todo un premio Planeta, y del doctor <strong>Enrique Salgado</strong>. ¿Quién se acuerda hoy de ellos? Nadie. ¿Pero es que quién sabe hoy quién era <strong>Josep Maria Castellet</strong>?</p>
<p>Andrés Bosch, premio Planeta hace sesenta años, 1959, con su pugilística novela <em>La noche</em>, y Salgado, que compaginaba el ejercicio de la oftalmología con la autoría de libros populares de muy variada temática –sus <em>Radiografías</em>, de Franco al Che pasando por Cristo, la cual le sirvió con los años para sostener un pleito por plagio contra J. J. Benítez y su <em>Caballo de Troya</em>–, Salgado y Bosch, decíamos, protagonizan un divertido pasaje de <em>La subasta</em> con otro personaje real de por medio, <strong>Manuel Sanmiguel</strong>, fraile rebotado, director de Ediciones Guadarrama, y los servicios de una prostituta como argumento para lubricar un acuerdo editorial que nunca llegará a cerrarse. Personajes reales que se imponen a la ficción, que unas veces aparecen con su nombre real, como Bosch, Salgado y Sanmiguel, y otras reciben un gentil sobrenombre, como <strong>Columna Lahola</strong> –«con tanto Lahola por aquí, Lahola por allá, tengo la impresión de que hablamos chino»–, joven y vehemente escritora que compone <strong>una caricatura certera de ciertos autores refugiados desde hace casi cuarenta años bajo el paraguas del nacionalismo</strong>.</p>
<p>Comentando precisamente los hechos protagonizados por Lahola en el stand de Planeta con una botella de fino de por medio, similar a la que trasegamos ahora en casa Blancafort-Borràs, <strong>dos de los personajes de <em>La subasta</em> esclarecen el inteligente ejercicio cervantino que representa el libro</strong>:</p>
<p>«Esto no lo pongas en la novela que algún día escribirás, posiblemente con el título de <em>La subasta</em> —me dice muy serio el editor de Ridruejo—: nadie se lo creería.</p>
<p>—Claro que no, claro que no. Recuerda que en novela no hay cosas verdaderas o falsas, sino verosímiles o inverosímiles».</p>
<p>(Fiel a <strong>Dionisio Ridruejo</strong> hasta el final, «el editor de Ridruejo», sobrenombre a su vez de Martí Martín, es el apelativo más frecuente de Borràs en su ficción. Condecoración autoimpuesta. «Pese a la diferencia de edad», explica, «fue el amigo mayor que todos necesitamos para que nos oriente sin ser agobiante. <strong>De todo el grupo de <em>las</em> <em>arrepentidas</em> –los Serrano Suñer, Laín, etcétera– fue el único que pagó con cárcel y prohibiciones»</strong>. Le conoció personalmente el 12 de abril de 1955, cuando Borràs apenas contaba 19 años y Ridruejo, con 40, pronunció en el Ateneo de Barcelona una polémica conferencia cuya versión para la posteridad taquigrafió el propio Rafael a instancias de uno de los organizadores. Aquel acto marcó el comienzo del exilio interior del antiguo prócer falangista, que culminaría con su detención en 1956. «Supe desde el principio», cuenta Rafael en el primer volumen de sus memorias, que «Dionisio sería un punto de referencia en toda mi futura andadura». Y en efecto, <strong>la labor intelectual y editorial de Borràs se ha visto siempre alentada por el ejemplo democrático del Ridruejo maduro</strong>).</p>
<figure id="attachment_8829" style="width: 1500px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8829" src="/wp-content/uploads/2019/10/ricobayo-e1572456964191.jpg" alt="Entre Francisco Rico y Eliseo Bayo en la desaparecida Librería Argos de Barcelona, 1961. / Archivo Rafael Borràs" width="1500" height="1070" /><figcaption class="wp-caption-text">Entre Francisco Rico y Eliseo Bayo en la desaparecida Librería Argos de Barcelona, 1961. / Archivo Rafael Borràs</figcaption></figure>
<h5><strong>«Lo de Frankfurt es un poco un timo»</strong></h5>
<p>«Aquí lo que tendríamos que ver», nos dice el autor volviendo a su libro, «es si estos personajes que están más o menos inspirados en personas reales tienen fuerza y se aguantan por sí mismos como personajes de ficción. Porque si es así entonces es igual que estén basados e inspirados en personas reales y la gente sepa o no quiénes eran».</p>
<p>Borràs sostiene, pues, que su gran preocupación es que sus personajes sean consistentes literariamente. Pero no se puede ignorar el interés testimonial de un libro que <strong>rescata y retrata a figuras hoy casi olvidadas</strong> pero muy importantes en su día como <strong>Sebastián Auger</strong>, <em>el Vampiro</em> del libro, editor del influyente Grupo Mundo y de la Editorial Dopesa vinculado al Opus Dei, símbolo de una época. A quien no es tan sencillo identificar es a Román Romero, «el poeta lírico» cornudo y apaleado que trabaja en funciones editoriales para el Vampiro (—¿Quién es? —Mejor no te lo digo), una recurrente presencia cómica de <em>La subasta</em>.</p>
<p><strong><em>¿Cómo veías la cita anual de Frankfurt?<br />
</em></strong>El primer año, 1974, fui como un pardillo. Planeta no tenía ni stand. Estábamos realquilados en otro. Aquello no podía ser. Convencí a José Manuel [Lara padre] y lo montamos el año siguiente. Me di cuenta de la importancia de Frankfurt, pero también de que quien iba allí a buscar un <em>best seller</em> se equivocaba. Los <em>best sellers</em> se encuentran a lo largo del año.</p>
<p><strong><em>Pero la feria está basada en buena medida en esa expectativa.<br />
</em></strong>Lo de Frankfurt es un poco un timo. Pero yo iba a los stands de los pequeños países y encontraba cosas. Lo que cuento en el libro de la biografía de <strong>Wojtyla</strong> es cierto. La compré por cuatro perras en el stand de Polonia.</p>
<p>(«El editor de Ridruejo, muy contento, me dice que él ya ha justificado su estancia en la Feria: los libros de tema religioso, aunque no me lo crea, siguen vendiéndose»).</p>
<p>Borràs <strong>explica en el segundo volumen de sus memorias el endiablado mecanismo que se intuye de fondo en <em>La subasta</em></strong>. «Con los años se impuso una práctica perversa, que nos llevó a todos a la espiral disparatada de las subastas. Un agente anunciaba que tenía los derechos de una determinada obra y que la ponía a subasta», casi siempre coincidiendo con Frankfurt. «La cifra que se ofertaba era siempre inferior a lo que se estaba dispuesto a pagar, con lo que, una vez igualada por la competencia, de manera inconsciente se iba acrecentando a base de pequeñas alzas que al final, sumadas, habían disparado la cifra pensada» (<em>La guerra de los planetas</em>, pp. 85–86). Semejante estado de cosas se basaba en la convicción de los agentes de que editoriales como Planeta o Plaza &amp; Janés, del mismo modo que el Madrid o el Barça, estaban dispuestas a pagar lo que fuera por conseguir una determinada obra. <strong>Borràs, sin embargo, cambió el sistema desde Planeta</strong>: ellos determinarían previamente la cifra máxima que estaban dispuestos a ofrecer y no la incrementarían bajo ningún concepto. Aquello tenía el inconveniente de pagar de más en algunas ocasiones y quedarse fuera del juego en otras, pero era una estrategia estable, que racionalizaba el ecosistema de las pujas y que «en cualquier caso nos evitaba caer en la espiral de las subastas, con toda la carga neurótica que comportaba».</p>
<p><strong><em>¿El caso de la subasta de la biografía apócrifa de Franco está basado en un episodio real?<br />
</em></strong>No, pero hubiera podido pasar.</p>
<p><strong><em>No obstante, que el objeto de deseo de los editores españoles congregados en Frankfurt sea precisamente un libro de esa naturaleza te sirve para abundar en tu gran tema, que es la Historia de España.<br />
</em></strong>Este es un libro triste porque en definitiva la subasta no es sólo la del libro. En ese momento se ha subastado la CNT, por ejemplo. Se ha subastado o se subastará el PCE y la esperanza que representará el socialismo. Hay una serie de subastas durante la Transición, y señalarlo era mi intención.</p>
<figure id="attachment_8825" style="width: 1500px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8825" src="/wp-content/uploads/2019/10/carrillo-e1572456153702.jpg" alt="Con Santiago Carrillo en Madrid, enero de 1982. / Archivo Rafael Borràs" width="1500" height="1089" /><figcaption class="wp-caption-text">Con Santiago Carrillo en Madrid, enero de 1982. / Archivo Rafael Borràs</figcaption></figure>
<p>En el futuro, <strong>esa biografía apócrifa del general será la novela que escriba, a instancias de Borràs, Manuel Vázquez Montalbán</strong>. Pero el <em>Yo, Franco</em> que Rafael le había propuesto como «biografía novelada» se convertirá en «novela-novela», <em>Autobiografía del general Franco</em> (Planeta, 1992). Vázquez Montalbán le seguirá el juego y creará a un Marcial Pombo, de oficio escritor y con un extenso historial de resistencia y lucha contra la dictadura a sus espaldas, que recibe a su vez con perplejidad de su propio editor el encargo de escribir la autobiografía de aquel Caudillo de sus desdichas. <strong>Otra vez el juego de espejos</strong>. «Crecí a la sombra de su miedo, forcejeé contra Franco con tanta vergüenza como miedo y finalmente me di cuenta de que a Franco sólo le había vencido la biología y ni siquiera el olvido de su rastro era mi victoria, sino que se me convocaba para sacarle del olvido y convertirlo en memoria para los tiempos venideros» (<em>Autobiografía del general Franco</em>, pp. 20–21). Vázquez Montalbán prosigue el exorcismo personal y colectivo que supone toda su obra con la complicidad de Borràs, cuya experiencia de la posguerra había sido bien distinta. <strong>Vástago de una familia de clase media acomodada de Barcelona</strong>, gente de orden del «partido de la abstención» –ausente, eso sí, la figura del padre, fallecido de cáncer en febrero de 1941–, solo la tía Maria, militante catalanista antes de la Guerra, pondrá furtivamente en antecedentes al niño Rafael del mundo republicano que no había conocido, desafiando el silencio familiar y colectivo. Todo ello lo cuenta él en páginas impagables del primer volumen de sus memorias. Quizá <strong>aquella infancia <em>in albis</em> determinó su búsqueda como editor de las causas de la Guerra</strong>, así como su disposición liberal a <strong>entender «las razones del otro»</strong>, siguiendo la idea de <strong>Marañón</strong> –revolucionaria en un país marcado por el maniqueísmo– que ha guiado su desempeño profesional junto con la máxima orsiana de «la obra bien hecha».</p>
<p><strong><em>Hay episodios reales que no contabas en tus memorias y en ‘La subasta’ sí. ¿Te has sentido más desinhibido por tratarse de una ‘casi novela’ o es que ahora te sientes más libre para decir determinadas cosas?<br />
</em></strong>Supongo que sí, más tranquilo y según cómo más acojonado, porque hay cosas que he contado muy libremente en este libro y luego he pensado, coño, ¿y si los herederos se cabrean? Por ejemplo, lo de Cambó.</p>
<p><strong><em>Una historia de hijas naturales, peleas por herencias y abogados desleales… Hay episodios de una franqueza tremenda. Como cuando hablas de Martín de Riquer.<br />
</em></strong>O de José Pardo. Que a su mujer le robaron el abrigo en el Frankfurter Hof es cierto.</p>
<p>Otro personaje olvidado, <strong>José Pardo</strong>. Editor de Noguer, «había sido el segundo de a bordo de <strong>Martín de Riquer</strong> en la inmediata posguerra, cuando éste desempeñó la Jefatura Provincial de Propaganda, dependiente de la Subsecretaría de Educación Popular del Ministerio de la Gobernación. Una de las funciones principales de tal Jefatura, como puede suponerse, era el ejercicio represor de la censura», que ambos desempeñaron «de una manera feroz», cuenta Borràs en <em>La subasta</em>. Todavía en marzo de 1947 Pardo se expresaba en los siguientes términos en una conversación con <strong>Ignacio Agustí</strong> que recogió <strong>Néstor Luján</strong> en su dietario y se puede leer en <a href="http://www.editorialmeteora.com/libro/la-barcelona-dels-tramvies-i-altres-textos/190" target="_blank"><em>La Barcelona dels tramvies i altres textos</em></a> (Meteora): «Estamos en un estado sectario, con una prensa sectaria dirigida por un hombre sectario que, mi querido Ignacio, soy yo». Casi medio siglo después, Pardo –que acabará en Planeta acogido por Lara tras el naufragio de Noguer– se mueve por Frankfurt «como la ardilla de la fábula» mientras pondera «las virtudes de <em>la vieja Alemania</em>, eufemismo que no alcanza a disimular por dónde van los tiros», lo cual no evitó que a su esposa, en efecto, le robaran el visón de su habitación del Hof.</p>
<p><strong><em>Este libro tiene mucho de desenmascaramiento de impostores. Porque el mundo del libro está lleno de impostores, ¿no?<br />
</em></strong>Sí. Empezando seguramente por el autor de este libro. Pero también hay mucha ingenuidad. En un libro que ha publicado recientemente, Jorge Herralde me llama «el hombre del maletín».</p>
<figure id="attachment_8833" style="width: 1500px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8833" src="/wp-content/uploads/2019/10/rosmellado-e1572457447980.jpg" alt="Entre Gloria de Ros, viuda de Dionisio Ridruejo, y el teniente general Gutiérrez Mellado (Madrid, 1984). / Archivo Rafael Borràs" width="1500" height="1160" /><figcaption class="wp-caption-text">Entre Gloria de Ros, viuda de Dionisio Ridruejo, y el teniente general Gutiérrez Mellado (Madrid, 1984). / Archivo Rafael Borràs</figcaption></figure>
<h5><strong>El hombre del maletín</strong></h5>
<p>Esta era una cuestión prevista. Escrutando el índice onomástico de <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/biblioteca-de-la-memoria/un-dia-en-la-vida-de-un-editor/9788433908094/BM_39" target="_blank"><em>Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales</em></a>, volumen con el que Anagrama homenajea a su fundador en el cincuentenario del sello, comprobamos que hay una sola mención a Borràs. Procede de un artículo de Herralde publicado en <em>El Periódico de Cataluña </em>el 2 de febrero de 2015 con motivo del fallecimiento de José Manuel Lara Bosch:</p>
<p>«A principios de los noventa, cuando en la colección Narrativas Hispánicas de Anagrama descollaban muchos escritores, en Planeta empezaron a tentarlos. Su colaborador Rafael Borràs, llamado “el hombre del maletín” (de dinero, claro), estuvo tanteando a <strong>Javier Marías</strong> y <strong>Carmen Martín Gaite</strong>, que lo rechazó de plano. A fin de hablar de la situación quedé con el hijo para comer en el Windsor. Escuchó mis quejas y me dijo que ordenaría a Borràs no seguir pujando. “Somos tan grandes que a veces no nos damos cuenta del daño que hacemos”, concluyó». Borràs, director literario de Planeta, es para Herralde «colaborador», mientras que Lara Bosch es el «editor vocacional» y «gran empresario».</p>
<p>—<strong>¿Tú sabes lo que me dijo a mí José Manuel?</strong> —prosigue Borràs—. Aparte de burlarse y quejarse amargamente del Windsor –«este cabrón me ha llevado a comer a un sitio asqueroso»–, se sorprendió de que Herralde protestara y llorara como una magdalena. «Yo le he dicho que te ordenaría que parases, ¡pero tú aprieta, Rafael!». ¿Esto Herralde no lo entiende? Aparte de que él en su momento nos pisó a algunos autores, que en algunos casos yo luego recuperé, como <strong>Javier Tomeo</strong>. <strong>En 1973, cuando me hicieron director literario, yo pedí un cupo.</strong> Yo sabía que tenía que atenerme a la cuenta de resultados. Les dije, no os preocupéis que os haré ricos. Pero quiero un cupo. <strong>Para <em>apostar</em></strong>. Y entonces conseguí y publiqué a algunos autores con resultados evidentes. <strong>Cuando yo invito a Soledad Puértolas a presentarse al Planeta, ni ella ni su agente literaria, que era Raquel de la Concha, se lo hacen decir dos veces.</strong> Si el señor Herralde quiere reclamar, que lo haga a Raquel de la Concha. Y lo mismo digo de <strong>Álvaro Pombo</strong>…</p>
<p>Se revuelve con razón Borràs ante la <em>ingenuidad</em> de Herralde, pero <strong>no tiene problema en referirse a sí mismo en <em>La subasta</em> como el «ayudante del verdugo»</strong>, gesto de honestidad además de homenaje expreso a su colega <strong>Mario Lacruz</strong>. El gran editor de Plaza &amp; Janés, Argos Vergara o Seix Barral publicó en 1971 una novela con ese título, <em>El ayudante del verdugo</em>, de la que Borràs ya se acordó en el tercer volumen de sus memorias a propósito de un episodio de mal recuerdo: cuando tuvo que comunicar a <strong>Andrés Trapiello</strong> que, por razones comerciales ajenas a su voluntad, determinadas por la flamante directora general editorial <strong>Ymelda Navajo</strong> y <strong>Fernando Lara</strong>, el libro que le había encargado para el premio Espejo de España 1994 quedaba a última hora apeado del galardón (un año después, despido improcedente mediante, Borràs salía de Planeta, adonde tras su paso por Plaza &amp; Janés volvería en 2005 para dirigir la colección España Escrita, heredera de Espejo de España). «Se ejerza por cuenta propia o ajena, <strong>no siempre el oficio de editor, pese a las magnificaciones de la leyenda, es <em>un oficio de caballeros</em></strong>, y cuando se desempeña a beneficio de terceros el papel de ayudante del verdugo es el más desairado de la representación», escribía ahí Borràs. «Mario Lacruz, que conocía el paño, escribió una novela en clave muy ilustrativa al respecto, cuyo protagonista reflexionaba: “Si yo no hacía mi trabajo, otro lo haría en mi lugar. Es el razonamiento clásico de todos los que pactan con la iniquidad”. Su conclusión era obvia: “Sólo hay un ser más despreciable que el verdugo, y es su ayudante”». Hay otro suceso narrado en <em>La subasta</em>, la contratación de un editor de la competencia para conseguir a sus autores y luego despedirlo, cuya veracidad Borràs confirma y que abunda en esa práctica extrema y dudosa de la lealtad corporativa.</p>
<figure id="attachment_8831" style="width: 1499px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8831" src="/wp-content/uploads/2019/10/semprun-e1572457292780.jpg" alt="Con Jorge Semprún (Barcelona, 1977). " width="1499" height="1065" /><figcaption class="wp-caption-text">Con Jorge Semprún (Barcelona, 1977).</figcaption></figure>
<h5><strong>Todo por el catálogo</strong></h5>
<p>Las maniobras de persuasión utilizadas por Borràs para enriquecer la oferta de Planeta –para conformar ese «catálogo editorial bien pensado y compuesto» que debe perseguir todo buen editor según regla de <strong>Laín Entralgo</strong> que Rafael ha hecho suya– eran diversas. La aproximación indirecta siempre ha sido una buena idea. Un ejemplo. A finales de los 80 concibe un par de libros de cuentos, entre ellos <em>El fin del milenio</em>, donde autores más comerciales como <strong>Juan Eslava Galán</strong> conviven con otros más literarios, como <strong>Pombo</strong>, <strong>Tomeo</strong>, <strong>Marsé</strong> o <strong>Puértolas</strong>. «Les pedía un cuento. Además muy bien pagado. Ellos te lo dan. Luego les convences de que su obra merece una mayor y mejor difusión… Ese es el maletín» del que habla Herralde.</p>
<p>Otro de los escritores presentes en aquel libro de cuentos, Juan Marsé, es mencionado por Borràs en <em>La subasta</em> a propósito de sus quejas sobre el montaje del Planeta, reveladas primero por <strong>Josep Maria Cuenca</strong> en su biografía de Marsé, <em>Mientras llega la felicidad</em> (2015) y más tarde por el propio escritor en un artículo de <em>El País</em> de 2017 en el que relató su «nefasta experiencia como jurado» en 2004 y 2005, que le obligó a dimitir tras comprobar que «el negocio editorial primaba sobre la literatura».</p>
<p>—Eso es que no se acuerda de cómo lo ganó él en 1978 —responde Borràs—. Él estaba en Seix Barral, cuando Seix Barral no era de Planeta. Me llama un día y quedamos en Bocaccio. Marsé tenía una tarjeta que daba <strong>Oriol Regàs</strong> a un grupo de <em>vips</em> para tener el local lleno de gente <em>bien</em>, para invitar, aunque sólo a la primera consumición. Me dijo que quería ganar el Planeta y que lo quería ganar así, directamente. ¿Hubiese protestado si el jurado no se lo hubiese dado alegando que había otra obra con mayores méritos literarios?</p>
<p><strong><em>¿Había un sentido de superioridad por parte de los editores independientes respecto a los que trabajabais para las grandes empresas?</em><br />
</strong>Una vez, lo cuento en el libro, me quejé amargamente a una agente, <strong>Mercedes Casanovas</strong>, de que le hubiese dado una novela de <strong>José Ferrater Mora</strong> a Seix Barral y no a Planeta. Su respuesta fue que Planeta no publicaba buenos libros, solo libros comerciales. Pero yo había publicado en la colección Ensayo a Ferrater Mora <em>El ser y la muerte</em>, que supongo era menos comercial que la novela que le acababa de dar a Seix Barral. En esa colección yo había publicado a <strong>Pepe Bergamín</strong>, a <strong>Celaya</strong>, a <strong>Giménez Caballero</strong>, a <strong>Pasolini</strong>… De mí lo único que ha quedado como algo positivo es Espejo de España, pero nadie se acuerda de las colecciones literarias.</p>
<p>(Lo cierto es que Borràs dio al catálogo literario de Planeta una solidez y una coherencia de las que carecía antes de su llegada y que después fue perdiendo hasta desaparecer, quizá en favor de los sellos que el grupo ha ido incorporando a su estructura; desde la salida de Borràs no ha vuelto a haber una dirección literaria como tal. Él elude comentar la evolución de Planeta tras su salida: «La verdad es que no lo he seguido muy de cerca, y no quisiera hacer un juicio injusto que seguramente no sería objetivo». El último caballero del oficio).</p>
<p><strong><em>¿Jugaban los autores y los agentes a estar entre lo lucrativo con Planeta y el prestigio supuesto que daban otras editoriales para conseguir una cosa y la otra?</em><br />
</strong>Supongo que sí.</p>
<p> </p>
<h5><strong>La Agente</strong></h5>
<p>Y entre los agentes, La Agente. <strong>Una de las grandes atracciones de <em>La subasta</em></strong>, uno de sus grandes atrevimientos también, es <strong>el retrato que hace Borràs, de manera directa e indirecta, de Carmen Balcells</strong>. «El editor de Ridruejo enciende un pitillo y con aire soñador nos explica que, en cierta ocasión, invitó a cenar en su piso, con otras gentes, a la Balcells y a su marido y a <strong>Mercedes Salisachs</strong>. La Balcells le comentó, supone que en broma, aunque con ella nunca se sabe, que ella no triunfaría en la vida hasta que Mercedes no la invitase a su casa. Pasaron los años y la ocasión se presentó, con motivo de una cena informal que organizó Mercedes en honor del editor de Ridruejo, ya no recuerda el motivo –o prefiere no mentarlo–. Pero la Balcells se pasó toda la velada sentada entre otras dos personas, y con Mercedes sólo cruzó la palabra al llegar y al despedirse. ¿Orgullo? No lo cree. Seguramente inseguridad, nos dice».</p>
<p><strong><em>¿Hasta qué punto el personaje Balcells, su agencia y su forma de trabajar transformaron las relaciones entre autores y editoriales?</em><br />
</strong>A mí me parece un mito. Defender los derechos de los autores me parece muy bien, pero esto lo tiene que hacer cualquier agente. Hace poco se emitió un reportaje en televisión, <a href="https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/sense-ficcio/la-clausula-balcells/video/5657290/" target="_blank"><em>La cláusula Balcells</em></a>, con guion del periodista <strong>Xavi Ayen</strong>. Me llamaron para intervenir. Vinieron a casa, les eché de beber, me movieron los muebles. Dije algunas de las cosas que cuento en las memorias. Muy bien. Pasan las semanas, se emite el programa y ni rastro. Le puse una tarjeta a Ayén felicitándole. Se sintió obligado a llamarme para disculparse. «No nos cupo».</p>
<p><strong><em>Tú debiste de cerrar muchos tratos con ella.</em><br />
</strong>Algunas veces sí. Y otras no. Por ejemplo, <strong>el Planeta de Cela</strong>. Fui a ver a Camilo a Guadalajara y se lo propuse. Cuando volví a Barcelona me llamó la Balcells. “Qué contenta estoy de que hayas tenido esta idea”. En realidad la podías haber tenido tú, que para eso cobras la comisión a don Camilo. Y a continuación me dice, “no se lo cuentes a Lara, pero es que Cela en estos momentos no vende”. Pues con todo, la Balcells <strong>fue directamente a ver a Lara padre y le sacó el doble de anticipo</strong>; si el premio eran 100 millones le sacó 200. Lara padre tenía entonces un poco síndrome del rey Lear. Veía que se le mermaba el poder y de repente hacía machadas como esta, y si la Balcells le pedía que doblase, doblaba. Con lo cual perdieron hasta la camisa. Dos años antes, en 1992, pocas horas antes de que se fallara el Planeta para <strong>Sánchez Dragó</strong> por <em>La prueba del laberinto</em>, el premio estuvo a punto de irse al traste. <strong>A la mujer de Lara le parecía que Fernando era <em>poco católico</em></strong>. La víspera fue un via crucis, con Sánchez Dragó ya en Barcelona desesperado en el hotel y <strong>Antonio Prieto</strong> (miembro del jurado) y yo intentando resolver la situación. Al final le dijimos, sales seguro. Te lo confirmará Fernando Lara. Llamamos a Fernando Lara y le dijo a Sánchez Dragó, textualmente: <strong>“No te preocupes, Fernando, tú ganas y esto no volverá a pasar porque dentro de poco inhabilitaré a mi padre”</strong>.</p>
<figure id="attachment_8827" style="width: 1500px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8827" src="/wp-content/uploads/2019/10/Salisasch-e1572456275615.jpg" alt="En la cena del Premio Planeta 1975 con la ganadora, Mercedes Salisachs, por &quot;La gangrena&quot;. / Archivo Rafael Borràs" width="1500" height="1104" /><figcaption class="wp-caption-text">En la cena del Premio Planeta 1975 con la ganadora, Mercedes Salisachs, por «La gangrena». / Archivo Rafael Borràs</figcaption></figure>
<p>Borràs, gesto imperturbable, es hombre de pocas palabras. Quizá es el mecanismo de defensa desarrollado por quien durante seis décadas de desempeño profesional ha pagado caro decir una palabra o hacer un gesto de más ante colegas sin escrúpulos, compañeros arribistas, jefes dictatoriales y autores oportunistas. Consigue incluso inhibir el ya de por sí débil celo interrogador de su interlocutor, que felizmente anestesiado por el afecto de Rafael e Isabel termina hablando de sí mismo y se va por donde ha venido con muchas preguntas sin formular y otras tantas respondidas a medias. Afortunadamente hay 2.000 páginas de memorias, además de libros como <em>La subasta</em>, para responderlas. Hablan los libros.</p>
<p style="text-align: right;">Revista LEER, <a href="/2019/07/leer294-rafael-borras-el-ultimo-editor/" target="_blank">número 294</a>.</p>
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		<title>#leer294: Rafael Borràs, el último editor</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jul 2019 08:00:11 +0000</pubDate>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Forma parte de una estirpe extinguida, la de los editores de la edad de oro del libro, cuando en las grandes empresas del ramo <strong>las ideas no estorbaban al negocio</strong>. Dirigió el criterio literario de <strong>Planeta</strong> durante <strong>las mejores dos décadas de la editorial que ahora cumple 70 años</strong>, y ayudó a esclarecer la historia y la memoria contemporánea del país con la colección <strong>Espejo de España</strong>. Después de publicar sus memorias en tres abundantes tomos, <strong>Rafael Borràs</strong> entrega ahora <strong><em>La subasta </em></strong>(<a href="http://grupoalmuzara.com/a/fichalibro.php?libro=4360" target="_blank">Berenice</a>). Su segunda <em>casi-novela</em> ofrece la oportunidad de reivindicar a través de su figura ese «oficio de caballeros» que desapareció <em>usurpado</em> por los gestores.</p>
<p>No se ofendan los muchos buenos editores de hoy. Si Borràs es «el último», siguiendo el titular de LEER, es porque representa una especie desaparecida de la que proceden los que en el presente, casi siempre desde un registro independiente, sostienen la dignidad del oficio. La especie de <strong>quienes conformaron para las grandes casas editoriales catálogos consistentes, sostenidos con criterios literarios e intelectuales sin descuidar la exigencia de beneficio </strong>del empresario de turno. Lo cual no es una quimera ni una ingenuidad: <strong>una industria cultural que prescinde de las ideas está apostando por su autodestrucción</strong>. El tiempo coloca nombres como el de Borràs en la trastienda donde trabajan historiadores y especialistas, pero él, al contrario que la mayoría de sus colegas, se ha empeñado en escribir. Sus citadas memorias son un registro insustituible de medio siglo de historia intelectual y editorial de España. Tras su primera incursión en la <em>casi-ficción</em>, <a href="https://www.edhasa.es/libros/1018/cuando-tu-ya-estes-muerto" target="_blank"><em>Cuando tú ya estés muerto</em></a> (Edhasa), <em>La subasta</em> es <strong>una divertida sátira del mundo editorial ambientada en la Feria del Libro de Frankfurt</strong>. <strong>Borja Martínez</strong> ha conversado con él sobre su libro, su oficio, sus colegas, y personajes controvertidos como <strong>Carmen Balcells</strong>, la todopoderosa Agente, muy presente en <em>La subasta</em> y en la vida profesional de Borràs. Además, <strong>David Escobar Laplana</strong>, autor de <a href="https://www.trea.es/books/una-coleccion-para-la-transicion-espejo-de-espana-de-la-editorial-planeta-1973-1978" target="_blank">una tesis doctoral y un libro</a> dedicados a Espejo de España, traza una certera semblanza de quien por encima de todo ha ambicionado «explicar la España contemporánea a un lector/ciudadano que solo había accedido a una historia tergiversada o a un relato lenitivo y truncado» de la misma.</p>
<p><a href="/wp-content/uploads/2019/08/pdfportada294-e1567529868437.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-8788" src="/wp-content/uploads/2019/08/pdfportada294-e1567529868437.jpg" alt="pdfportada294" width="1200" height="1608" /></a></p>
<p>Por irradiación aparecen otros editores en el último número de LEER. <strong>Max Lacruz</strong>, editor de <a href="http://www.funambulista.net" target="_blank">Funambulista</a>, hablando de su padre, el histórico <strong>Mario Lacruz</strong>, un hacedor de bibliotecas a la altura de Borràs; <strong>Paco Ignacio Taibo II</strong> explicando su particular revolución al frente de <strong>Fondo de Cultura Económica</strong>, el gigante editorial público mexicano; o <strong>Servando Rocha</strong> revelando los secretos de <a href="https://lafelguera.net" target="_blank"><strong>La Felguera</strong></a>, el más emblemático sello contracultural español de los últimos años. Incluso el artículo de <strong>Óscar Caballero</strong> dedicado a <strong>Georges Simenon</strong> en el trigésimo aniversario de su muerte podría tener una explicación borrasiana en tan borrasiano número de LEER. Ávido lector de la obra del belga, Borràs le cita oportunamente en el arranque de sus memorias: «Lo difícil, cuando uno intenta recordar, es separar lo importante de lo que no importa».</p>
<p>Siguen un esclarecimiento a través de los libros, de <strong>Vasari</strong> a <strong>Didi-Huberman</strong>, de los misterios de la obra de <strong>Fra Angelico</strong>, uno de los protagonistas del bicentenario de El Prado con una <a href="https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/fra-angelico-y-los-inicios-del-renacimiento-en/c8c45536-59a2-5e3a-9615-6daf8c3ef9e9" target="_blank">exposición antológica</a>; una reflexión de la obra crepuscular de los escritores partiendo del último libro de <strong>J. M. Coetzee</strong>, <em>La muerte de Jesús</em>; el análisis de <a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/la-lira-de-las-masas/" target="_blank"><em>La lira de las masas</em></a>, el libro de <strong>Martín Rodríguez-Gaona</strong>, último Premio Málaga de Ensayo, que pincha la burbuja de la nueva poesía <em>poptardoadolescente</em>, pero que no deja de desnudar las vergüenzas del establecimiento poético precedente; entrevistas a <strong>Isabel Burdiel </strong>(<a href="https://www.megustaleer.com/libros/emilia-pardo-bazan-coleccion-espanoles-eminentes/MES-070325" target="_blank"><em>Emilia Pardo Bazán</em></a>), <strong>Socorro Venegas </strong>(<a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/la-memoria-donde-ardia/" target="_blank"><em>La memoria donde ardía</em></a>), <strong>Gregorio Morán</strong> (<a href="https://www.akal.com/libro/memoria-personal-de-cataluna_50831/" target="_blank"><em>Memoria personal de Cataluña</em></a>), <strong>Dolores Payás </strong>(<em>Solo sombras</em>), <strong>Leyre Khyal y Un Tío Blanco Hetero </strong>(<a href="https://www.planetadelibros.com/libro-prohibir-la-manzana-y-encontrar-la-serpiente/292866" target="_blank"><em>Prohibir la manzana y encontrar la serpiente</em></a>) y <strong>Alejandro Baer</strong>; además de las secciones habituales y otros muchos contenidos, entre ellos uno de los nuevos relatos de <strong>Patricia Esteban Erlés</strong>, <em>De culos y manzanas</em>, incluidos en <em>Manderley en venta y otros cuentos</em> (Páginas de Espuma).</p>
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		<title>Morán: “Este es mi libro más duro y más brutal”</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Oct 2014 15:13:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La decisión de Planeta de cancelar el lanzamiento “El cura y los mandarines”, una de las grandes novedades del otoño, ha sido la noticia cultural de la “rentrée”. Antes de la polémica y el escándalo, LEER fue el primer medio que habló de la obra con su autor. La entrevista de FERNANDO PALMERO con GREGORIO [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<address>La decisión de Planeta de cancelar el lanzamiento “El cura y los mandarines”, una de las grandes novedades del otoño, ha sido <a href="/2014/10/el-cura-y-los-mandarines-historia-de-un-libro-nonato/" target="_blank">la noticia cultural de la “rentrée”</a>. Antes de la polémica y el escándalo, LEER fue el primer medio que habló de la obra con su autor. La entrevista de <strong>FERNANDO PALMERO</strong> con <strong>GREGORIO MORÁN</strong> publicada en <a href="/2014/10/leer-en-octubre/" target="_blank">nuestro número de octubre</a> ha sido la fuente primera y necesaria para entender lo sucedido. El 13 de septiembre conversamos con Morán (Oviedo, 1947) en el despacho de su ático barcelonés, fumando y hablando de una obra en la que ha invertido diez años de estudio y que define como un “un ajuste de cuentas” con su generación; una indagación en las promiscuas relaciones de los intelectuales con el poder desde la madurez del franquismo hasta el ocaso del felipismo, siguiendo la inclemente línea de ‘El maestro en el erial’ pero cambiando a Ortega por Jesús Aguirre como figura vertebral. Finalmente lo publicará Akal. Entretanto, aquí está el resultado de aquel encuentro, cuajado de declaraciones y revelaciones explosivas.</address>
<address> </address>
<h5><em>¿Este es otro de esos libros en los que cuentas cosas que nadie quiere escuchar?</em></h5>
<p>Posiblemente sí. En este caso creo que el que más, porque es un ajuste de cuentas. <strong>Es quizá el más duro y más brutal de todos los que he escrito.</strong> De alguna manera es un relato que, sin vanidad alguna, sólo podía hacer yo, porque tenía ganas de hacerlo y porque es mi generación. Además yo no entré en el PSOE y antes de la legalización del PCE ya estaba fuera… Pero también es <strong>una continuación del libro de Ortega</strong> –<em>El maestro en el erial</em> (Tusquets, 1998)–, porque el libro de Ortega es una explicación de la barbarie en la cual nacimos. <strong>Por eso es posible que este libro no exista, que no salga en los papeles como se intentó con el de Ortega…</strong> Es el único favor que le debo a <strong>Vargas Llosa</strong>. El grupo Prisa había decidido no publicar ni una sola referencia, pero el director de Tusquets, <strong>Antonio López Lamadrid</strong>, que ya falleció, le mandó un ejemplar a Vargas Llosa, que estaba en Berlín en una de esas genialidades (dos años de beca) que consiguen los que saben vivir bien. Y sin tener ni idea de las consecuencias que tenía aquello, hizo un artículo para <em>El País</em>, que nadie se atrevió a levantar, absolutamente impresionante a favor del libro. Y ahí empezó a existir.</p>
<h5><em>‘El cura y los mandarines’ tiene como hilo conductor a <strong>Jesús Aguirre</strong>…</em></h5>
<p>Sí, pero la historia es más compleja. Están los <strong>Pradera</strong>, los <strong>Gil de Biedma</strong>, los <strong>Castellet</strong>… Los mandarines de la época que consideraron que el hecho más importante de sus vidas fue ver a <em>Jesusito</em> convertido en duque de Alba. Eso dice mucho. <strong>Aguirre es un personaje complejo e importantísimo en esos años.</strong> No olvides que es él quien presenta en sociedad a <strong>Felipe González</strong> cuando el PSOE aún no es legal. En la presentación de un libro sobre <strong>Besteiro</strong> de <strong>Guillermo Solana</strong>, que ahora es director del Thyssen y que antes estaba vinculado al PSOE y a <strong>Tierno Galván</strong>, ante el <em>tout</em> Madrid, <em>Jesusito</em> Aguirre, director de Taurus, dice: ‘ese hombre tan citado que la gente llama Isidoro, yo lo tengo que presentar aquí, se llama Felipe González’. Te podría contar de estas anécdotas una docena, que están en el libro. Se podría decir que Aguirre es un personaje secundario, sí, pero está allí. <strong>Es como Forrest Gump, con la diferencia de que no es Forrest Gump, sino todo lo contrario.</strong></p>
<blockquote><p><em>Los mandarines de la época consideraron que el hecho más importante de sus vidas fue ver a “Jesusito” convertido en duque de Alba. Eso dice mucho </em></p></blockquote>
<h5><em>El libro arranca en 1962…</em></h5>
<p><strong>Hay años en la historia de la Humanidad donde se concentran los acontecimientos. Y el 62 es uno de ellos.</strong> La gente ya no lo recuerda, pero en el 62 se casan <strong>Don Juan Carlos</strong> y <strong>Doña Sofía</strong>; se produce la gran huelga minera asturiana y se declara el estado de excepción; tiene lugar el Contubernio de Múnich; no sólo aparecen <em>Nosaltres, els valencians</em>, de <strong>Joan Fuster</strong>, y una editorial muy potente, Ediciones 62, sino que <strong>Martín Santos</strong> hace la novela más importante de la posguerra española y de la segunda mitad del siglo XX, <em>Tiempo de Silencio</em>… Es además el final de una etapa del franquismo muy dura que desemboca en el estado de excepción del 69 provocado por el asesinato de <strong>Enrique Ruano</strong>. Yo recojo algunos datos poco conocidos. Por ejemplo, los nombres de los tres policías que lo asesinaron, a los que se les dio unas medallas y fueron ascendidos por el primer ministro de Interior socialista, <strong>Barrionuevo</strong>. La reacción frente a aquel crimen provoca en el movimiento estudiantil una violencia enorme, que aprovecha el franquismo, y concretamente <strong>Carrero Blanco</strong>, para preparar el nombramiento de Juan Carlos como sucesor. Y <strong>Franco</strong> liquida a <strong>Fraga Iribarne</strong>, porque éste echa un pulso al régimen pensando que Franco en el momento que descubra que tiene unos chorizos como ministros los va a echar. Se equivocaba. Evidentemente, Franco los asciende.</p>
<figure id="attachment_2574" style="width: 690px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="wp-image-2574 size-large" src="/wp-content/uploads/2014/10/IMG_8749REC-1024x557.jpg" alt="IMG_8749REC" width="690" height="375" /><figcaption class="wp-caption-text">Últimas pruebas de “El cura y los mandarines”.</figcaption></figure>
<p>Ese año 69 es decisivo y es también cuando <strong>Max Aub</strong> consigue venir a España con un visado de tres meses, utilizando como tapadera su libro sobre <strong>Buñuel</strong>, porque no le habían concedido el visado ni cuando murió su madre ni cuando murió su padre. A ese capítulo lo llamo “El año de la gallina ciega”. Gracias a mi buena relación con una hija de Max Aub, que era militante del PCE de entonces, he podido entrar en los archivos y ver, por ejemplo, el manuscrito de <em>La gallina ciega</em>. Ese libro es capital para entender lo que era el 69. Hay quienes dicen, como <strong>Manolito Aznar</strong>, que se equivocaba Max porque aquí había grupos de luchadores… Aquí no había nada, lo puedo constatar yo con mi experiencia. <strong>Éramos cuatro, y cuando ocurría algún incidente grave desaparecía todo el mundo.</strong> Nosotros no vivimos el 68, vivimos el 69, que a algunos nos afectó personalmente más que a otros. Cuando algún gracioso dice algo del 68, sé que no estuvo en nada.</p>
<h5><em>Y el final del periodo que abarcas es el año 96.</em></h5>
<p>Sí, es el final del PSOE. Hay un capítulo entero dedicado a esto, en el cual juego con <strong>Adorno</strong>, para desarrollar <em>una teoría de la ilustración</em>: el PSOE viene a ilustrar y su política ilustrada es absolutamente memorable. La situación económica no es que fuera buena pero tampoco es la de ahora. Por primera vez hay un Gobierno que invierte en comprar inteligencia y compra a prácticamente la totalidad de la inteligencia española, con cosas divertidísimas, como una exposición de abanicos en la cual paga 50.000 pelas por el texto de tres líneas que acompaña a cada abanico. El que desenmascara todo esto es <strong>Sánchez Ferlosio</strong> en <a href="http://elpais.com/diario/1984/11/22/opinion/469926007_850215.html" target="_blank">el artículo más agudo sobre aquella época</a>, donde incluye una frase memorable que decía algo así: Si <strong>Goebbels</strong> (no lo había dicho él, pero se le atribuye) cada vez que oía la palabra <em>cultura</em> sacaba la pistola, el PSOE ha cambiado la frase. Cada vez que oyen hablar de la cultura sacan la chequera.</p>
<blockquote><p><em>El PSOE vino a ilustrar y su política ilustrada fue memorable. Por primera vez un Gobierno invirtió en comprar inteligencia, y compró a prácticamente la totalidad de la inteligencia española</em></p></blockquote>
<h5><em>En ‘Los españoles que dejaron de serlo’ hablas del ‘síndrome <strong>Maeztu</strong>’ para referirte a los intelectuales vascos que cambiaron de discurso sin tener que dar explicaciones. </em></h5>
<p>Esto es mucho más. Cuando Max Aub va al Congreso Cultural de La Habana en 1968 (sobre el que hizo un libro muy bonito que nadie quiere reeditar) se queda turulato, <strong>yo no sabía que había en España tantos intelectuales revolucionarios por metro cuadrado, dice</strong>, porque fueron como 300 o 400. Y todos firmaron una declaración a favor de la lucha armada de los pueblos frente a las dictaduras, que era una cosa absolutamente surrealista para unos tíos como <strong>Félix Grande</strong>, que luego venía a España y ejercía como secretario de una revista oficial como <em>Cuadernos Hispanoamericanos</em>. Yo recuerdo personas, podría decir hasta los nombres, me acuerdo perfectamente, pero hoy sería un escándalo, que se iban a hacer práctica de lucha armada a la sierra… de Guadarrama. Eso lo viví yo. Y el cura Aguirre era también partidario de la lucha armada.</p>
<p><img class="aligncenter wp-image-2802 size-large" src="/wp-content/uploads/2014/10/IMG_8732-1024x682.jpg" alt="IMG_8732" width="690" height="459" /></p>
<h5><em>El cura estaba en el ‘Felipe’</em>…</h5>
<p>Sí pero el <em>Felipe</em> [FLP, Frente de Liberación Popular] se disuelve antes del 69. <strong>Jaime Pastor</strong>, que es uno de los principales, se va a los <em>troskos</em>, y <strong>Julio Cerón</strong> se retira al castillo del Périgord, un castillo con puente levadizo. Hay unos buenos apartados sobre el inefable Cerón, que era realmente un tipo de psiquiatra, además de ser un católico… <strong>Todo el grupo del FLP estaba muy afectado por el catolicismo, salieron del seminario para entrar en el <em>Felipe</em></strong>, como<strong> César Alonso de los Ríos</strong>, uno de los que cruza todo el ciclo español entero: sale de un seminario de un pueblo de Valladolid y va directamente al FLP; de ahí al PCE, donde tiene una activa participación; luego pasa al PSOE a ser nada menos que la mano izquierda de <strong>Solana</strong> en Cultura, y de ahí al PP, extrema derecha, además, no la facción más moderada. Lo de Maeztu… eso es una broma, porque en Maeztu no había el aspecto chorizo. Yo no creo que tuviera muchas luces pero no era un tipo que como estos entraron donde entraron siempre por dinero. <strong>Toda esa generación entró por dinero.</strong> Por ejemplo, <strong>Juan Benet</strong> participa en un libro, <em>Cien españoles y la OTAN</em>, de Víctor Márquez Reviriego, donde dice que no firmará nunca a favor del ingreso en la OTAN. El libro sale dos meses antes de que Benet dijera sí a la OTAN.</p>
<h5><em>Sin rubor intelectual…</em></h5>
<p>Mira, <strong>el carácter falaz de la cultura de la época está en unas cartas del 64–65 entre Gil de Biedma y Ferrater</strong>, dos <em>patums</em> de la sociedad <em>barcelonina</em>, en las que uno le dice al otro: ‘Oye ¿tú has leído <em>La Regenta</em>? La acabo de empezar y es increíble’; y dice el otro: ‘Yo la estoy leyendo ahora, es impresionante sí’. Eso es lo más grave. Pero si hay un resumen de lo que significa el libro, o de lo que significa para mí al menos como autor, es la conclusión de que <strong>la quiebra de la Guerra Civil, intelectualmente, me refiero, no se cerró en el 39 y que la Transición no significó borrón y cuenta nueva.</strong> Eso no es verdad. El exilio fue implacable, sobre todo con los que tienen que escapar de aquí durante y al final de la Guerra. Porque la de los otros, los que se van en los años 60, como <strong>López Pacheco</strong> a Canadá o <strong>Ángel González</strong> a EEUU, es otra historia diferente, que evidentemente trato, pero es diferente. Los de aquel exilio se tiraron seis o siete años sin deshacer las maletas, pensando que volvían. Terrible. Y luego no los dejan volver. No a todos. Max Aub vuelve completamente lúcido, pero sólo unos meses. <strong>Juan Goytisolo</strong>, que es poco dado a la autocrítica, me contó una cosa que yo introduzco en el libro: <strong>‘¡Qué mal nos portamos con Max!’</strong>, me dijo. ‘Él leía todo lo nuestro y nosotros nunca leímos sus libros’. Es bestial.</p>
<blockquote><p><em>Cela es excepcional por haber escrito ‘La Colmena’, pero luego está el trepa, y desde Quevedo no ha habido uno como él</em></p></blockquote>
<h5><em>Pero hablas también de los que se quedaron…</em></h5>
<p>Claro. Hay un capítulo entero dedicado a <strong>Cela</strong> que es memorable. No creo que haya en la Historia de la Literatura Española desde <strong>Quevedo</strong> un trepa con tanto talento para trepar. Y que supiese de literatura. Cualquier acto, cualquier decisión que toma siempre tiene un doble fin: subir la Cucaña. Cela es excepcional por haber escrito un libro capital, que es <em>La Colmena</em>. Pero luego está el trepa. Él había hecho en los años 40 <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/A_379" target="_blank">un libro por encargo</a> de la dictadura venezolana de <strong>Marcos Pérez Jiménez</strong>, <em>La Catira</em>. Como Cela era un figurón de la cultura española, le vendió la moto al dictador y escribió un libro que era una mierda (los términos venezolanos, por ejemplo, estaban todos equivocados), pero eso sí, él había cobrado por adelantado tal cantidad de dinero que se construye una casa en Mallorca, la casa de Son Armadans. Entonces Venezuela era una dictadura siniestra y en la que había todo el dinero del mundo para robar. Y años después, cuando ya estaba casado con la chica joven de la radio, quiso repetir la jugada, porque necesitaba numerario para construirse una casa en el Jarama. Y le hace una proposición a su agente, <strong>Carmen Balcells</strong>, que ésta transmite al Ayuntamiento de Marbella, es decir, a <strong>Gil y Gil</strong>: escribir un libro sobre Marbella que se llamase <em>Marbella Paraíso</em>, o algo así, una cosa golfa, por 100 millones. Hasta a Gil y Gil, que no tenía ningún rubor, aunque no fuera la literatura lo suyo, le pareció excesivo. Si le llega a salir, hubiera sido como <em>La Catira</em>. <strong>Cela no tenía ningún problema de principios. Es la representación genuina del escritor del franquismo.</strong> Era listo, no era un escritor de fondo (los poemas que hizo se pueden tirar todos a la basura) y además publicaba mucho, estoy seguro de que ni corregía todo lo que le hacían los negros, pero sacó muchísimo dinero. En el libro no entro en cómo consiguió el Nobel, pero doy las pistas para entenderlo. Muerto Franco en noviembre del 75, habiendo recibido todos los premios y siendo senador real de aquellos que nombró Juan Carlos, <strong>¿cómo llega al Nobel? ¿Cómo se puede saltar de la Alcarria al mundo?</strong> Fácil. ¿Qué organización no existía en España entonces? La hispano-israelí. La funda él, con el grupo de judíos de<strong> Max Mazin</strong>. Después del Holocausto aquí estoy yo, dice. Es el presidente de la asociación hispano israelí en un momento en el que no hay relaciones diplomáticas entre España e Israel. Eso es talento. Recorrió todos los centros judíos del mundo dando conferencias y se transformó en una figura internacional. Sin el sionismo no lo hubiera conseguido. Eso es Cela.</p>
<figure id="attachment_2582" style="width: 690px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="wp-image-2582 size-large" src="/wp-content/uploads/2014/10/IMG_8741-1024x682.jpg" alt="IMG_8741" width="690" height="459" /><figcaption class="wp-caption-text">Fotografías: Ana Lisis.</figcaption></figure>
<h5><em>Volviendo a Aguirre, ¿por qué se casó <strong>Cayetana</strong> con él sabiendo que era homosexual?</em></h5>
<p>Posiblemente con ella no lo fuera. No sería el primer caso. Tampoco me pareció ella una persona especialmente apasionada, pero ¿quién de nosotros no conoce homosexuales casados? A ella le fascinaba. Aguirre se llevaba bien con todos los hijos de Cayetana menos con <strong>Jacobo</strong>, porque era un competidor, y él no admitía competidores. <em>Jesusito</em> tenía que ser siempre el más brillante. En el entierro privado, según contaba Pradera, no lloró ninguno de los hijos. La única persona que lloró fue Cayetana, y lloró de verdad, porque le quería. El amor tiene esas cosas. Y lo de ser homosexual no creo que tuviera la más mínima importancia. Es más, a ella le sorprendería. Y eso que él siguió con una vida más bien irregular en esos campos, era un homosexual con una relación notable… Su final, sin embargo, es terrible, enloquece, porque <strong>es un duque de Alba que se aburre. Siendo un hombre tan frívolo llegó al puesto más importante de España</strong>, ni el Rey es tan importante como un duque de Alba. Fíjate, al Rey lo han retirado, aún no sabemos quién y tardaremos tiempo en conocer los detalles de la conspiración, pero a un duque no lo pueden retirar. Y sin embargo se aburre. Al final del libro explico que somos una generación absolutamente fracasada, ninguno de sus objetivos se cumplió, salvo en el caso de Jesús Aguirre.</p>
<h5><em>Bueno, y de muchos de esos mandarines…</em></h5>
<p>Sí, pero llegaron con unos peajes terribles. Esos mandarines no son los mandarines de <strong>Simone de Beauvoir</strong>, no son los mandarines franceses, aquí el peaje son los 40 años de franquismo, que parecía que no se acababa nunca. Y cuando acabó… En un capítulo del libro trato de las relaciones entre los intelectuales y el entonces príncipe Juan Carlos, intelectual importante donde los haya.</p>
<h5><em>Entre él y <strong>Suárez</strong> se leyeron tres libros… </em></h5>
<p>No, Suárez no leyó ninguno y el Rey tampoco. <strong>Suárez empezó <em>Papillon</em> y lo dejó porque le parecía muy denso.</strong> ¿El Rey? Hay una anécdota, que tiene trascendencia, durante la inauguración de la primera Feria del Libro del postfranquismo. Están paseando Juan Carlos y Sofía por las casetas y alguien le enseña a la Reina un ejemplar de <em>El Principito</em> de <strong>Saint-Exupéry</strong>. Y ella dice: ‘Juanca, Juanca, mira <em>El Principito</em>, como nuestro hijo’. Lo de la cultura de la Reina es otra mitología. El rey de ahora, mucho más allá no irá. La que sí va mucho más allá es ella.</p>
<p style="text-align: right;">Revista LEER, <a href="/2014/10/leer-en-octubre/" target="_blank">octu­bre de 2014, número 256</a>.</p>
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		<title>El cura y los mandarines: historia de un libro nonato</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Oct 2014 17:12:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>EN LEER SUPIMOS TEMPRANAMENTE de la existencia de <em>El cura y los mandarines</em> gracias a <strong>Víctor Márquez Reviriego</strong>, colaborador mensual de esta casa con sus “Auténticas Entrevistas Falsas” y buen amigo de <strong>Gregorio Morán</strong>. Hace algunos meses, en una de sus habituales visitas a la redacción, <strong>Víctor nos anticipó la inminente publicación de un <em>libro bomba</em></strong> en el que el controvertido escritor asturiano afincado en Barcelona venía trabajando desde hacía cerca de diez años.</p>
<p>Morán, que firma cada fin de semana en <em>La Vanguardia</em> unas implacables “<a href="http://hemeroteca.lavanguardia.com/search.html?fromISO=true&amp;q=%2522SABATINAS%2520INTEMPESTIVAS%2522&amp;aux=%22SABATINAS+INTEMPESTIVAS%22&amp;bd=01&amp;bm=02&amp;by=1881&amp;ed=01&amp;em=12&amp;ey=2014&amp;x=0&amp;y=0" target="_blank">Sabatinas intempestivas</a>”, es sobre todo <strong>autor de un puñado de libros muy importantes</strong>: <em>Miseria y grandeza del Partido Comunista de España</em>, el libro de referencia sobre el PCE que le publicara <strong>Rafael Borràs</strong> en la Colección Espejo de España de Planeta en 1986 y hoy inencontrable; la anterior y excelente biografía <em>Adolfo Suárez, historia de una ambición</em>, y su prolongación en <em>Adolfo Suárez. Ambición y destino</em> (Debate, 2009); o <em><strong>El maestro en el erial</strong>. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo</em>, publicado por Tusquets en 1998, <strong>retrato demoledor de la cultura española de la inmediata posguerra</strong> a través de la figura de su gran referente intelectual, desde su regreso a España en 1945 hasta su muerte diez años después.</p>
<p><strong>En esas mismas coordenadas se nos anticipaba <em>El cura y los mandarines</em>, una suerte de continuación de <em>El maestro en el erial</em></strong> en tanto que elucidación de la cultura oficial española, pero que llegaría hasta la transición democrática y más allá y que en esta ocasión tomaría a <strong>Jesús Aguirre como hilo conductor.</strong> Y así lo confirmó el propio Gregorio Morán cuando el pasado 13 de septiembre recibió a <strong>Fernando Palmero</strong> en su domicilio de Barcelona para hablar del que iba a ser su próximo, inminente libro. “<strong>Es quizá el más duro y más brutal de todos los que he escrito.</strong> De alguna manera es un relato que, sin vanidad alguna, sólo podía hacer yo, porque tenía ganas de hacerlo y porque es mi generación”, afirma en el arranque de la conversación, y <strong>así se recoge en la larga entrevista que publicamos en <a href="/2014/10/leer-en-octubre/" target="_blank">el número de octubre de LEER.</a></strong></p>
<figure id="attachment_2582" style="width: 690px;" class="wp-caption aligncenter"><a href="/wp-content/uploads/2014/10/IMG_8741.jpg"><img class="wp-image-2582 size-large" src="/wp-content/uploads/2014/10/IMG_8741-1024x682.jpg" alt="IMG_8741" width="690" height="459" /></a><figcaption class="wp-caption-text">Gregorio Morán durante la entrevista concedida a LEER (fotos: Ana Lisis).</figcaption></figure>
<p>“También es una continuación del libro de Ortega, porque el libro de Ortega es <strong>una explicación de la barbarie en la cual nacimos. Por eso es posible que este libro no exista</strong>, que no salga en los papeles como se intentó con el de Ortega”. Con estas palabras Morán <strong>anticipaba para <em>El cura y los mandarines</em> un velo de silencio equivalente</strong> al que rodeó a <em>El maestro en el erial</em>, –en aquella ocasión inadvertidamente roto por el <a href="http://elpais.com/diario/1998/03/01/opinion/888706803_850215.html" target="_blank">entusiasta comentario de <strong>Mario Vargas Llosa</strong></a> en páginas habitualmente poco propicias para Morán como las de <em>El País</em>–. Finalmente <strong>el velo de silencio ha sido innecesario; el libro, al menos de momento, ni siquiera existe en sentido estricto.</strong></p>
<p>Un libro con Aguirre como figura y reclamo, pero cuya “historia es más compleja. <strong>Están los Pradera, los Gil de Biedma, los Castellet… Los mandarines de la época que consideraron que el hecho más importante de sus vidas fue ver a <em>Jesusito</em> convertido en duque de Alba</strong>”.</p>
<figure id="attachment_2584" style="width: 200px;" class="wp-caption alignright"><img class="wp-image-2584" src="/wp-content/uploads/2014/10/el-cura-y-los-mandarines_9788498927443.jpg" alt="el-cura-y-los-mandarines_9788498927443" width="200" height="292" /><figcaption class="wp-caption-text">Portada de un libro “nonato”.</figcaption></figure>
<p>El relato comienza en 1962; porque “hay años en la historia de la Humanidad donde se concentran los acontecimientos. Y el 62 es uno de ellos”, justifica su autor. Y llega hasta 1996, año de la primera derrota electoral socialista después de su <em>landslide</em> del 82; un triunfo que se manifestó verdaderamente aplastante en materia cultural. En palabras de Morán, <strong>“el PSOE viene a ilustrar y su política ilustrada es absolutamente memorable (…). Por primera vez hay un Gobierno que invierte en comprar inteligencia y compra a prácticamente la totalidad de la inteligencia española”.</strong></p>
<p>De esto y mucho más; de cómo, según él, <strong>Camilo José Cela</strong> –“no creo que haya en la Historia de la Literatura Española desde <strong>Quevedo</strong> un trepa con tanto talento para trepar”– consiguió el Nobel; <strong>del pasado de muchos intocables de la cultura progresista</strong>, y del comportamiento de algunos de ellos con figuras del exilio como <strong>Max Aub</strong>; de personajes en apariencia tan distantes como <strong>Carmen Balcells</strong> y <strong>Jesús Gil y Gil</strong> <strong>habla Gregorio Morán en el número de octubre de LEER como probablemente no lo haga hasta que logre ver publicado en otra editorial <em>El cura y los mandarines</em>.</strong></p>
<p style="text-align: right;"><em><strong>BORJA MARTÍNEZ</strong></em></p>
<address style="text-align: left;"> </address>
<address style="text-align: left;"><a href="/2014/10/leer-en-octubre/"><img class="alignleft wp-image-2536" src="/wp-content/uploads/2014/10/PORTADA-256-SIN-CODIGO.jpg" alt="Maquetación 1" width="150" height="200" /></a><strong>Lee la entrevista a Gregorio Morán</strong> sobre “El cura y los mandarines” en el <a href="/2014/10/leer-en-octubre/" target="_blank">número de octubre de 2014</a> de la Revista LEER. Pídelo en quioscos y librerías seleccionados o <a href="/suscribete/" target="_blank">suscríbete</a>.</address>
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