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Lara Hernández, 100 años

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EN ENERO DE 1939, enro­lado en las tro­pas de libe­ra­ción que ocu­pa­ron Bar­ce­lona, o en las tro­pas de ocu­pa­ción que la libe­ra­ron, como se pre­fiera, se afincó en la ciu­dad derro­tada un joven legio­na­rio, sin bie­nes de for­tuna cono­ci­dos, lla­mado José Manuel Lara Her­nán­dez. Era oriundo de El Pedroso, muni­ci­pio de Sevi­lla que, como gus­taba repe­tir mucho des­pués, había dado dos edi­to­res –él mismo y Alfredo Herrero Romero– y nin­gún lec­tor. Opo­si­tor frus­trado por el esta­llido de la Gue­rra Civil al Cuerpo de Telé­gra­fos, fut­bo­lista y bai­la­rín pro­fe­sio­nal en la com­pa­ñía de revis­tas de Celia Gámez, com­ba­tiente en la Legión, empre­sa­rio de un par de aca­de­mias al tér­mino de la con­tienda, en su currí­cu­lum fue deci­sivo, al pare­cer, su matri­mo­nio con María Teresa Bosch, que puso orden, como explicó él de manera reite­rada, en una vida que hubiera podido ser más que des­or­de­nada. A su muerte, en mayo de 2003, enno­ble­cido con el título de mar­qués por Juan Car­los I, había con­ver­tido una empresa fami­liar, Pla­neta, en un impe­rio edi­to­rial. El pasado 31 de diciem­bre se cum­plió el cen­te­na­rio de su naci­miento; con­fie­mos que la enti­dad que él creó y con­so­lidó se tome la moles­tia de cele­brarlo como se merece, pero en un balance muy esque­má­tico de sus acier­tos como empre­sa­rio –deje­mos para otro día sus posi­bles fallos– creo que hay que des­ta­car tres hechos.

Tres logros

Pri­mero, la edi­ción espa­ñola de la Gran Enci­clo­pe­dia Larousse, con un equipo de jóve­nes uni­ver­si­ta­rios esco­ra­dos a la izquierda, en el que con­taba la valía de cada uno de sus miem­bros, al mar­gen de su mili­tan­cia o sus con­vic­cio­nes polí­ti­cas –celo­sa­mente guar­da­das para sí, por supuesto, en la mayo­ría de los casos–. Pero aquel esfuerzo ingente, de costo eco­nó­mico apa­bu­llante, se hubiese frus­trado si Lara no hubiese mon­tado su pro­pia orga­ni­za­ción de venta a cré­dito, que segu­ra­mente le per­mi­tió un des­pe­gue espec­ta­cu­lar. Segundo, la crea­ción y la con­ti­nui­dad del Pre­mio Pla­neta de Novela, que, según Lara, se pro­puso desde el prin­ci­pio no des­cu­brir nue­vos valo­res sino apor­tar al mundo del libro nue­vos lec­to­res; muchas veces la obra gana­dora, hoy en tira­jes desusa­dos en nues­tro raquí­tico mer­cado, se soli­cita no por su título o por su autor sino por el galar­dón otor­gado –Deme el pla­neta de este año–, pero un buen número de los nom­bres pre­mia­dos avala la apuesta por difun­dir, de forma masiva, auto­res de calidad.

A dife­ren­cia de otros com­pa­ñe­ros de gre­mio, Lara no era un  ‘homme de let­tres’, lo que no le impi­dió con­ver­tir Pla­neta en un imperio

Ter­cero, la colec­ción Espejo de España, un refe­rente impres­cin­di­ble, con 178 títu­los publi­ca­dos entre 1973 y 1995, para un mejor enten­di­miento de la Segunda Repú­blica, la Gue­rra Civil, la larga noche del fran­quismo y, sobre todo, la tran­si­ción de la Dic­ta­dura a un sis­tema demo­crá­tico de liber­ta­des for­ma­les. Lara era un fran­quista con­ven­cido, posi­ble­mente sujeto a nos­tal­gias, pero sin com­ple­jos, y en todo momento supo mane­jarse muy bien. En 1973 ni Lara ni su hijo José Manuel, que habían patro­ci­nado el pro­yecto, ni yo mismo, que me lo había sacado de la manga, podía­mos pen­sar que la serie aco­ge­ría tex­tos del roje­río en pleno, desde Dolo­res Ibá­rruri a San­tiago Carri­llo, pasando por Ramón Tama­mes cuando toda­vía mili­taba en el PCE, o Manuel Váz­quez Mon­tal­bán, inase­qui­ble al des­aliento hasta su muerte; nadie podía ima­gi­nar, tam­poco, que bajo un gobierno del PSOE se publi­ca­rían obras del pre­cur­sor de los fas­cis­mos espa­ño­les, Ernesto Gimé­nez Caba­llero, o del más acé­rrimo defen­sor del cre­púsculo de las ideo­lo­gías, Gon­zalo Fer­nán­dez de la Mora, sin olvi­dar a quie­nes, como José Utrera Molina, muerto Franco man­te­nían sus prin­ci­pios sin cam­biar de ban­dera. Por­que desde el comienzo estaba claro que el día que este país se nor­ma­li­zara no se podía sus­ti­tuir una cen­sura por otra de signo con­tra­rio. Había que pro­cu­rar aten­der, y enten­der, las razo­nes de los otros, inclui­dos, por supuesto, aque­llos que, desde la Con­tra­rre­forma, se habían dedi­cado a que­mar eras­mis­tas con tanto entu­siasmo como saña.

Fun­da­ción e imperio

A dife­ren­cia de otros com­pa­ñe­ros de gre­mio con­tem­po­rá­neos suyos, como pudie­ron serlo Luis de Caralt, Josep Janés o José Ver­gés, Lara no era un homme de let­tres, sino un empre­sa­rio nato, que tras sus años legio­na­rios rigió la empresa como un cor­tijo, lo que no le impi­dió con­ver­tirla en un impe­rio en los albo­res del pre­sente siglo. Este sen­tido patri­mo­nial explica, tal vez, algu­nas sali­das de tono que deses­pe­ra­ban a sus subor­di­na­dos para rego­cijo de la cana­llesca. La noche del 15 de octu­bre de 1989, por ejem­plo, se cele­bró una rueda de prensa tras la pro­cla­ma­ción de la obra gana­dora del Pre­mio Pla­neta de aquel año, que corres­pon­dió a Sole­dad Puér­to­las. Una perio­dista, segu­ra­mente poco ave­zado en el tema, pre­guntó can­do­ro­sa­mente cómo era posi­ble que la hoy aca­dé­mica (que había con­cur­sado ocul­tando su nom­bre y el título de su obra con un doble seu­dó­nimo) hubiera sido invi­tada al acto en Bar­ce­lona –ella resi­día en Madrid– antes de ser cono­cido el fallo; una son­risa cóm­plice reco­rrió la sala, son­risa que se trans­formó en car­ca­jada cuando Lara hizo el opor­tuno quite con una frase memo­ra­ble: –Me parece que usted toda­vía cree que los niños vie­nen de París. Frase que el empre­sa­rio –genio y figura– repi­tió cua­tro años des­pués, en 1993, la vís­pera de la con­ce­sión del pre­mio –que corres­pon­dió a Mario Var­gas Llosa– cuando un perio­dista le pre­guntó si el galar­dón estaba con­ce­dido de antemano.

Con el Pre­mio Pla­neta, Lara se pro­puso desde el prin­ci­pio no des­cu­brir nue­vos valo­res sino apor­tar nue­vos lectores

Hoy en día el mon­taje de un pre­mio –al mar­gen de la cuan­tía con que esté dotado– mueve muchos miles de euros; pen­sar que una empresa media­na­mente seria se expon­drá a la catás­trofe que supone que nin­guna de las obras pre­sen­ta­das tenga un alto valor lite­ra­rio y comer­cial a un tiempo es no saber de qué va el nego­cio. Por esto, en la casi tota­li­dad de los pre­mios otor­ga­dos por las edi­to­ria­les, las bases esta­ble­cen que no podrá ser decla­rado desierto –que es lo que a algu­nos miem­bros de los dis­tin­tos jura­dos les gus­ta­ría hacer por sis­tema–, y los direc­to­res lite­ra­rios, o los edi­tors corres­pon­dien­tes, han de espa­bi­larse a lo largo del año si, de manera irres­pon­sa­ble, pien­san que el azar nunca puede sus­ti­tuir la pre­vi­sión, aun­que en oca­sio­nes así ocu­rra; si un pre­mia­ble seguro a última hora no entrega el ori­gi­nal, quien lle­vaba todos los núme­ros para ser segundo, aun siendo un des­co­no­cido, puede alzarse con el santo y la peana, muchas veces con una obra, lite­ra­ria­mente, supe­rior a la que estaba pro­gra­mada. Luz Sánchez-Mellado escri­bía en El País al día siguiente de la con­ce­sión del Pre­mio Pla­neta de este año, otor­gado a Jorge Zepeda, gana­dor y a Pilar Eyre, fina­lista: “Da ter­nura pen­sar en los jun­ta­le­tras que man­da­ron sus ori­gi­na­les desde Marrue­cos, Indo­ne­sia y Corea del Sur pen­sando, ilu­sos, que esto era un con­curso”. Pero como en todas par­tes cue­cen habas, según dicen, me parece que no resulta aven­tu­rado pen­sar que si los Alia­dos hubie­sen per­dido la Segunda Gue­rra Mun­dial difí­cil­mente se hubiese con­ce­dido el Pre­mio Nobel de Lite­ra­tura, en 1953, a Wins­ton S. Chur­chill, y es muy posi­ble, tam­bién, que sí se hubiese otor­gado, entre otros, a gen­tes como Louis-Ferdinand Céline, Ezra Pound o Jean Coc­teau.

RAFAEL BORRÀS BETRIU fue direc­tor lite­ra­rio de Pla­neta entre 1973 y 1993.

En la ima­gen supe­rior (de dere­cha a izquierda) Rafael Borràs, José Manuel Lara Her­nán­dez, José María de Areilza, Manuel Aznar y Gui­llermo Díaz-Plaja en la pre­sen­ta­ción en Bar­ce­lona del libro de Areilza ‘Así los he visto’ en abril de 1974 (Archivo Rafael Borràs).
 
Una ver­sión de este artículo apa­rece publi­cada en el Extra de Navi­dad 2014, número 258, de la Revista LEER. Dis­po­ni­ble en quios­cos y libre­rías y en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE (sus­crí­bete).

 

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