<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Revista leer &#187; Nabokov</title>
	<atom:link href="/temas/nabokov/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://revistaleer.com</link>
	<description>La revista decana de libros y cultura</description>
	<lastBuildDate>Wed, 04 Sep 2019 15:54:11 +0000</lastBuildDate>
	<language>es-ES</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=4.1.27</generator>
	<item>
		<title>Lolita, luz de mi vida</title>
		<link>https://revistaleer.com/2018/03/lolita-luz-de-mi-vida/</link>
		<comments>https://revistaleer.com/2018/03/lolita-luz-de-mi-vida/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 15 Mar 2018 17:13:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición impresa]]></category>
		<category><![CDATA[1955]]></category>
		<category><![CDATA[Charlotte Haze]]></category>
		<category><![CDATA[Clare Quilty]]></category>
		<category><![CDATA[Horton Foote]]></category>
		<category><![CDATA[Humbert]]></category>
		<category><![CDATA[James Mason]]></category>
		<category><![CDATA[Kubrick]]></category>
		<category><![CDATA[Lolita]]></category>
		<category><![CDATA[Nabokov]]></category>
		<category><![CDATA[Noemí Sabugal]]></category>
		<category><![CDATA[Olympia Press]]></category>
		<category><![CDATA[Peter Sellers]]></category>
		<category><![CDATA[Shelley Winters]]></category>
		<category><![CDATA[Sue Lyon]]></category>
		<category><![CDATA[Tinta y Celuloide]]></category>

		<guid isPermaLink="false">https://revistaleer.com/?p=7944</guid>
		<description><![CDATA[Mientras la juventud bailaba al ritmo del rock and roll y el desenfreno consumista explosionaba en una sociedad estadounidense cada vez más próspera, el mismo año –1955– en que se inauguraba Disneyland y se firmaba el Pacto de Varsovia para mayor enconamiento de la Guerra Fría, un escritor ruso residente en Ithaca y que ya [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Mientras la juventud bailaba al ritmo del </span><i><span style="font-weight: 400;">rock and roll</span></i><span style="font-weight: 400;"> y el desenfreno consumista explosionaba en una sociedad estadounidense cada vez más próspera, el mismo año –1955– en que se inauguraba Disneyland y se firmaba el Pacto de Varsovia para mayor enconamiento de la Guerra Fría, un escritor ruso residente en Ithaca y que ya había rebasado el medio siglo recibía los primeros ejemplares de su nueva novela: </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita</span></i><span style="font-weight: 400;">. Acababa de ver la luz la que, pronto, sería reconocida como una obra destacada de la literatura mundial, famosa no sólo por su originalidad y sus indudables hallazgos estilísticos, sino también por las acusaciones de obscenidad debido a su tema principal: las relaciones sexuales con una menor. La novela había sido <strong>publicada en <a href="https://www.christies.com/lotfinder/Lot/nabokov-vladimir-lolita-paris-the-olympia-press-5573499-details.aspx" target="_blank">dos pequeños tomos de bolsillo de color verde</a> en una editorial parisina, Olympia Press, ante el rechazo de varios editores estadounidenses</strong>. Después sería prohibida durante tres años en Francia y tardaría otros tantos en publicarse en el país de acogida de <strong>Vladimir Nabokov</strong>, el maduro escritor ruso cuyo nombre, desde entonces, quedaría unido a esta obra prohibida aún hoy en algunos países.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">El propio autor se burlaría de aquellos «corderos que leyeron el original de </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita</span></i><span style="font-weight: 400;">» en el epílogo que añadiría al final de la obra y en el que explicaría irónicamente: «Su negativa a comprar el libro no se basaba en mi tratamiento del tema, sino en el tema mismo, pues <strong>hay por lo menos tres temas absolutamente prohibidos para casi todos los editores norteamericanos</strong>. Los otros dos son: un casamiento entre negro y blanca de éxito completo y glorioso que fructifique en montones de hijos y nietos, y el ateo total que lleva una vida sana y útil y muere durmiendo a los ciento seis años». </span> <span style="font-weight: 400;">Nabokov, profesor universitario inventor de jugadas de ajedrez y descubridor de un nuevo tipo de mariposa –la </span><i><span style="font-weight: 400;"><a href="https://www.gbif.org/species/1926887" target="_blank">Lycaeides sublivens Nabokov</a>–</span></i><span style="font-weight: 400;"> <strong>ofrecía una sonrisa torcida a aquellos que habían visto en su </strong></span><strong><i>Lolita</i></strong><span style="font-weight: 400;"><strong> una vulgar novela pornográfica y no habían entendido nada más</strong>. Incluso llegaba a la carcajada cuando recordaba consejos como el de un lector editorial que sugirió que la novela se podría publicar si Lolita se convertía en un niño de doce años al que seduciría Humbert, un granjero, en un pajar, «en un ambiente agreste y árido, todo ello expuesto con frases breves y fuertes».</span></p>
<figure id="attachment_7949" style="width: 644px;" class="wp-caption aligncenter"><a href="/wp-content/uploads/2018/03/nabokov-644x362.jpg"><img class="size-full wp-image-7949" src="/wp-content/uploads/2018/03/nabokov-644x362.jpg" alt="Nueva York, 1958. Nabokov dicta a su inseparable esposa Vera. " width="644" height="362" /></a><figcaption class="wp-caption-text">Nueva York, 1958. Nabokov dicta a su inseparable esposa Vera.</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Nabokov advierte de que su </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita</span></i><span style="font-weight: 400;"> es mucho más que esas novelas «triviales y escritas a máquina por los pulgares de densas mediocridades» y a la vez, por suerte, «no tiene lastre moralizante». Algo que debió de despertar el interés de un director tan particular como <strong>Stanley Kubrick</strong>, que se había cubierto de gloria con la dirección de </span><i><span style="font-weight: 400;">Espartaco</span></i><span style="font-weight: 400;"> dos años antes y estaba en la mejor situación –también económica– para afrontar </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita </span></i><span style="font-weight: 400;">como un proyecto personal. </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Costó convencer al novelista, pero la insistencia de Kubrick y tal vez su mutua pasión por el ajedrez acabó por hacer no sólo que Nabokov aceptara, sino que además participara en el guión. Así consiguió una nominación al Oscar por el mejor guión adaptado, aunque finalmente se lo llevaría <strong>Horton Foote</strong> por </span><i><span style="font-weight: 400;">Matar a un ruiseñor</span></i><span style="font-weight: 400;">.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Cuando </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita</span></i><span style="font-weight: 400;"> se estrenó, habían pasado siete años desde la publicación de la novela y aun así las rigideces de la censura obligaron a hacer varios cambios. El principal era que Lolita crecía dos años de golpe y se convertía en una adolescente de catorce años, los mismos que tenía la actriz <strong>Sue Lyon</strong>, a la que Kubrick contrató tras verla en bikini en una popular serie de televisión. Con esa prenda la descubrirá por primera vez el maduro profesor Humbert Humbert, un <strong>James Mason</strong> en estado de gracia. Esa Lolita displicente, que lee en su jardín y se baja las gafas de sol para observar al turbado tipo que ya no le hace ningún caso a su madre mientras le habla de sus rosas y de sus tartas de cereza, quedaría para siempre impresa en la retina de los espectadores desde los años 60 hasta hoy.</span></p>
<div style="width: 640px; " class="wp-video"><!--[if lt IE 9]><script>document.createElement('video');</script><![endif]-->
<video class="wp-video-shortcode" id="video-7944-1" width="640" height="360" preload="metadata" controls="controls"><source type="video/mp4" src="/wp-content/uploads/2018/03/lolita62_whatwasthedecisivefactor_FC_640x360_800.mp4?_=1" /><a href="/wp-content/uploads/2018/03/lolita62_whatwasthedecisivefactor_FC_640x360_800.mp4">https://revistaleer.com/wp-content/uploads/2018/03/lolita62_whatwasthedecisivefactor_FC_640x360_800.mp4</a></video></div>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">El cuerpo de Sue Lyon tenía más de mujer que de niña y eso también servía para sortear los escrúpulos de los censores, además de las sutiles –y no tanto– referencias a su predisposición sexual, ya antes de sus encuentros con Humbert. Por ejemplo en el baile de fin de curso en el instituto de Ramsdale, al que acude como acompañante de su madre, la frívola Charlotte, que mientras ríe y devora una salchicha le cuenta que Lolita le ha dicho que el chico con el que está bailando le pedirá </span><i><span style="font-weight: 400;">relaciones</span></i><span style="font-weight: 400;"> esa noche. «¡Forman una parejita encantadora!», exclama ante un acongojado profesor. Esa <em>madurez</em> de Lolita no es tan clara en la novela, pero parecía necesaria para evitar que se impidiera la llegada de la película a los cines y, de todas formas, nunca llegará a plasmarse de modo explícito en una escena sexual. A pesar de eso, <strong>el escalofrío del deseo recorre toda la historia desde la misma sensualidad de los títulos de crédito</strong>, proyectados sobre la imagen de la mano de hombre que pinta morosamente, dedo a dedo, las uñas del hermoso pie adolescente de Lolita. Está en el beso que Lolita –en camisón infantil– le da antes de irse a la cama, en la observación codiciosa de su juego con el aro en el jardín y hasta en la niña comiendo patatas fritas y sorbiendo cocacola.</span></p>
<p><a href="http://www.artofthetitle.com/title/lolita/"><img class="aligncenter size-full wp-image-7947" src="/wp-content/uploads/2018/03/lolita_c-0-1080-0-0.jpg" alt="lolita_c-0-1080-0-0" width="1080" height="638" /></a></p>
<p> </p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Si el trabajo de la joven Sue Lyon como Lolita es casi insuperable, cabe decir lo mismo de <strong>Shelley Winters</strong> como Charlotte Haze. La madre de la adorada ninfa de Humbert es ordinaria, fuma sin parar y en la novela usa un «abominable francés» que le debe de parecer el colmo de la sofisticación. El sarcasmo de Humbert se dirige muchas veces hacia esta mujer con la que finalmente deberá casarse si quiere estar cerca de </span><i><span style="font-weight: 400;">su</span></i><span style="font-weight: 400;"> Lolita y a la que describe como «una copia mala de Marlene Dietrich». <strong>El contraste entre la fascinación que produce la ninfa y la artificiosidad de su madre</strong> es tan evidente en la obra de Nabokov como en la película y aviva el desprecio que el profesor siente hacia ésta última, aún más tras convertirse en su marido.   </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;"><strong>Kubrick acertará también trasladando a la pantalla el corrosivo humor de Nabokov</strong>, que enturbia aún más el trágico dilema de Humbert. Esto se destila no sólo en los personajes y situaciones (como la de la cama plegable en el hotel, puro </span><i><span style="font-weight: 400;">slapstick</span></i><span style="font-weight: 400;">), sino en nombres como el del campamento de verano al que va Lolita, el </span><i><span style="font-weight: 400;">Camp Climax for girls </span></i><span style="font-weight: 400;">o el bar </span><i><span style="font-weight: 400;">La reina frígida</span></i><span style="font-weight: 400;">. En esta línea, un personaje que <em>crece</em> en la película es el patético Clare Quilty, un autor teatral que surge como una especie de doble de Humbert a causa de su atracción por Lolita. Kubrick decidió que el final del libro se convirtiera en el principio de la película, narrando la historia hacia atrás, y en él Quilty será la pieza clave. </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;"><strong>Peter Sellers</strong> es el melindroso y astuto Quilty, pero Kubrick usará la habitual esquizofrenia interpretativa del actor británico para convertirlo también en un supuesto policía en el primer hotel al que van Humbert y Lolita (y donde se celebra, ¡vaya!, una convención de este cuerpo) o en el Dr. Zempf, el psicólogo alemán de la escuela de Lolita que sugiere a Humbert que la niña requiere mayor libertad.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">La novela –la película menos– <strong>es también una historia de carretera, un recorrido por ese Estados Unidos resplandeciente en apariencia pero lleno de pequeñas miserias.</strong> Ese tipo de huida tan norteamericana que consiste en dar vueltas por el país en búsqueda de uno mismo y que también servirá para que, por fin, Humbert sea dueño de Lolita. Al menos en apariencia, claro. </span><i><span style="font-weight: 400;">Lolita</span></i><span style="font-weight: 400;"> tiene de esta forma muchas y variadas lecturas, pero nunca la de ser simplemente una historia tórrida con menor de por medio. Como advierte Nabokov, «después de todo, no somos niños, ni delincuentes juveniles, ni analfabetos, ni alumnos de escuelas públicas inglesas que tras una noche de juegos homosexuales deben soportar la paradoja de leer a los antiguos en versiones expurgadas». Eso sí, como el escritor comentó irónicamente en una entrevista, tal vez los norteamericanos ahora eviten usar el nombre de Lolita para sus hijas y lo dejen para «pequeños caniches hembra».</span></p>
<p style="text-align: right;"><em><strong>NOEMÍ G. SABUGAL</strong></em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Una versión de este artículo aparece en el <a href="/2017/11/leer-en-noviembre-madrid-protagonista-en-la-fil-guadalajara/" target="_blank">número de noviembre de 2017, 287</a>, de la Revista LEER.</em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://revistaleer.com/2018/03/lolita-luz-de-mi-vida/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
<enclosure url="https://revistaleer.com/wp-content/uploads/2018/03/lolita62_whatwasthedecisivefactor_FC_640x360_800.mp4" length="22972844" type="video/mp4" />
		</item>
		<item>
		<title>La biblioteca de Benítez Reyes</title>
		<link>https://revistaleer.com/2017/05/la-biblioteca-de-benitez-reyes/</link>
		<comments>https://revistaleer.com/2017/05/la-biblioteca-de-benitez-reyes/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 10 May 2017 09:31:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición impresa]]></category>
		<category><![CDATA[Abelardo Linares]]></category>
		<category><![CDATA[Aguilar]]></category>
		<category><![CDATA[Alberti]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Machado]]></category>
		<category><![CDATA[Aristóteles]]></category>
		<category><![CDATA[Auden]]></category>
		<category><![CDATA[Barral]]></category>
		<category><![CDATA[Baudelaire]]></category>
		<category><![CDATA[Bécquer]]></category>
		<category><![CDATA[Bergamín]]></category>
		<category><![CDATA[Bioy Casares]]></category>
		<category><![CDATA[Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Caballero Bonald]]></category>
		<category><![CDATA[Camus]]></category>
		<category><![CDATA[Chaves Nogales]]></category>
		<category><![CDATA[Chesterton]]></category>
		<category><![CDATA[Cioran]]></category>
		<category><![CDATA[Dashiel Hammett]]></category>
		<category><![CDATA[Edhasa]]></category>
		<category><![CDATA[Eliot]]></category>
		<category><![CDATA[Erasmo de Rotterdam]]></category>
		<category><![CDATA[Esa puta tan distinguida]]></category>
		<category><![CDATA[Felipe Benítez Reyes]]></category>
		<category><![CDATA[García Montero]]></category>
		<category><![CDATA[Gastón Baquero]]></category>
		<category><![CDATA[Gómez de la Serna]]></category>
		<category><![CDATA[Gore Vidal]]></category>
		<category><![CDATA[Hernán Cortes]]></category>
		<category><![CDATA[Hojas de hierba]]></category>
		<category><![CDATA[Jesús Marchamalo]]></category>
		<category><![CDATA[John Fante]]></category>
		<category><![CDATA[José Hierro]]></category>
		<category><![CDATA[Joyce]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Bonilla]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Ramón]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Ramón Jiménez]]></category>
		<category><![CDATA[Lorca]]></category>
		<category><![CDATA[Marsé]]></category>
		<category><![CDATA[Martin Amis]]></category>
		<category><![CDATA[Metafísica]]></category>
		<category><![CDATA[Monterroso]]></category>
		<category><![CDATA[Muñoz Molina]]></category>
		<category><![CDATA[Nabokov]]></category>
		<category><![CDATA[Pessoa]]></category>
		<category><![CDATA[Piglia]]></category>
		<category><![CDATA[Pla]]></category>
		<category><![CDATA[Proust]]></category>
		<category><![CDATA[Realidad casi nuve]]></category>
		<category><![CDATA[Rimbaud]]></category>
		<category><![CDATA[Ruano]]></category>
		<category><![CDATA[Seix Barral]]></category>
		<category><![CDATA[Shakespeare]]></category>
		<category><![CDATA[Shelley]]></category>
		<category><![CDATA[Teresa de Jesús]]></category>
		<category><![CDATA[Torrente Ballester]]></category>
		<category><![CDATA[Trapiello]]></category>
		<category><![CDATA[Valle-Inclán]]></category>
		<category><![CDATA[Vallejo]]></category>
		<category><![CDATA[Walt Whitman]]></category>
		<category><![CDATA[Wilde]]></category>

		<guid isPermaLink="false">https://revistaleer.com/?p=7118</guid>
		<description><![CDATA[Un joven Felipe de trece años, flequillo desfilado, pantalón corto y ojos vivarachos, decidió hacerse escritor. Su padre había heredado la casa de unos parientes y allí, en un viejo despacho, llegaba cada tarde y, a escondidas se ponía a fumar con el pretexto de escribir una novela. Era ya entonces un niño lector, al [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">Un joven Felipe de trece años, flequillo desfilado, pantalón corto y ojos vivarachos, decidió hacerse escritor. Su padre había heredado la casa de unos parientes y allí, en un viejo despacho, llegaba cada tarde y, a escondidas se ponía a fumar con el pretexto de escribir una novela. Era ya entonces un niño lector, al que su padre, que fue alcalde de Rota, empezaba a traer libros desde Madrid cuando viajaba por motivos de trabajo, casi siempre de poesía, cumpliendo diligente sus encargos: <strong>Rimbaud</strong> y <strong>Baudelaire</strong>, <strong>Lorca</strong> y <strong>Vallejo</strong>, <strong>Gil de Biedma</strong>, <strong>Salinas</strong>, con los que empezó a formar una pequeña y selecta biblioteca. De aquellos libros, muchos víctimas de mudanzas y de expurgos, conserva todavía una vieja edición de <strong>Walt Whitman</strong>, <em>Hojas de hierba</em>, y otra de <strong>Castellet</strong>, <em>Nueve novísimos</em>, editada en <strong>Barral</strong>.</p>
<p style="text-align: left;">Por entonces, también, año arriba o abajo, compró su primer libro. Estudiaba interno en el colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María, con la sombra invocada –largos pasillos, patios al sol, invierno– de <strong>Alberti </strong>y <strong>Juan Ramón</strong>, también allí estudiantes cuando niños. Leía biografías de <strong>Hernán Cortes</strong> o <strong>Teresa de Jesús,</strong> y poesía, y un día en esas salidas, lunes y miércoles, seis a ocho, puntuales, compró en una librería, no supo bien por qué, la <em>Metafísica</em> de <strong>Aristóteles</strong>. Con él volvió al colegio, y recuerda a aquel cura, en la puerta, que recibía a  los niños con apremio, y cómo le arrebató el libro y, escamado por lo impropio del tema para un niño, se dirigió a él y más acusador que interrogante, le preguntó: «<em>¿Y este libro, Benítez, de dónde lo ha robado?». </em>De esa época rememora también las lecturas de <strong>Erasmo de Rotterdam</strong>, del que tampoco entendió nada, teatro clásico, griego y latino, sacado de la biblioteca del colegio, y de <strong>Antonio Machado</strong>, las <em>Poesías Completas</em>, regalo de su abuelo materno, y que hoy están entre sus libros poéticos, lomo desportillado y marcas de humedad, puntos de óxido, con su firma de entonces, infantil pero firme, pequeña y apretada, tinta negra, en una esquina, abajo. “Teníamos horas de estudio, por las tardes, en las que podíamos hacer lo que quisiéramos menos hablar, y yo leía”, recuerda. “Completamente helado en invierno, por cierto, porque el cura tenía la idea de que el frío activaba la sangre y el cerebro, así que nos hacía leer con las ventanas abiertas de par en par”.</p>
<p><img class="aligncenter wp-image-7125 size-large" src="/wp-content/uploads/2017/05/UNO-1024x768.jpg" alt="UNO" width="690" height="518" /></p>
<h5></h5>
<p style="text-align: left;">Aquello de la novela y el tabaco terminó de forma abrupta, porque una tarde, fumando allí en la casa de sus parientes, sintió una desazón inesperada, un silencio helado y misterioso, una presencia vaga, indeseada, antes de que un reloj antiguo de pared cayera al suelo con un estrépito de engranajes y madera astillada. Un susto que se fue acrecentando cuando vio que la hembrilla estaba intacta, como también lo estaba la escarpia que lo sujetaba a la pared. Un fenómeno inexplicable, fantasmal y lleno de misterio que le hizo dejar aquella casa, recogiendo, apurado, los papeles, el borrador de su novela y el tabaco. Y no volver ya nunca.</p>
<p style="text-align: left;">Hoy, en su biblioteca, bonita y apacible, ordenada, presidida por un quinteto de guitarras que posan espigadas y coquetas, se respira el sosiego de los libros: <strong>Valle-Inclán</strong> y <strong>Juan Ramón Jiménez</strong>; <strong>Ruano</strong>, el del bigote pintado a tinta china, <strong>Cansinos</strong>, <strong>Bioy Casares</strong> y <strong>Gómez de la Serna</strong> al lado de <em>El cuarteto de Alejandría</em>, de <strong>Durrell</strong>, en la edición de <strong>Edhasa</strong>, cuatro tomos, en dos cuerpos de estantes a medida, del suelo al techo, airosos, donde tiene novela y biografía; <strong>Torrente Ballester</strong>, <strong>Marsé</strong>, <strong>Pla</strong>, lomos rectos, apenas interrumpidos por un pequeño busto de Falla en medio de las obras de <strong>Bergamín</strong>, y al lado, <strong>Martin Amis</strong> y <strong>Camus</strong>, <strong>John Fante </strong>y <strong>Dashiel Hammett</strong>. “Todo está un poco mezclado, con un orden bastante personal”, afirma. “Pero como es una biblioteca pequeña, yo sé dónde está todo, y ya desde hace tiempo me propuse que cada libro que entra en casa, obliga a otro a salir”.</p>
<blockquote><p>Me gusta leer varios libros al tiempo, tengo quince o veinte en la mesilla: biografías, poesía, tres o cuatro novelas, y algún clásico</p></blockquote>
<p style="text-align: left;">Porque durante años fue adicto de librerías de viejo. Llegaba a una ciudad, confiesa, la que fuera, dejaba las maletas en el hotel y con el impulso de los descubridores, salía a visitar librerías en busca de esa suerte, esquiva y caprichosa, del comprador de libros que, a veces, las menos, te lleva a encontrar un tesoro, un destello que brilla apenas un instante entre las montoneras de papel. “Viví, hace tiempo, en Sevilla y mi rutina consistía en recorrer librerías de viejo tres o cuatro veces por semana en un afán de acumular y comprar: libros que me gustaban por la tipografía, o por la cubierta, o autores desconocidos, raros, hasta que cada vez se fue imponiendo más el lector al bibliófilo”, recuerda, “pero fui descubriendo en aquello una cierta patología, así que lo acabé dejando”. De su etapa de bibliófilo, y su obsesión por los libros antiguos, queda en la biblioteca pública de Rota, una de las mejor surtidas gracias a sus regulares donaciones, un rastro de poetas modernistas”. También regalo a amigos, a <strong>Abelardo Linares</strong>, por ejemplo, le regalé <em>Viaducto</em>, de Ruano, con una dedicatoria autógrafa, que él, que tiene casi todo, no tenía”</p>
<p style="text-align: left;">Enfrente, y bajo la escalera, también del suelo al techo, poesía: <strong>Lorca</strong>, <strong>Gil Albert</strong>, <strong>Darío</strong> o <strong>Guillén</strong>, y amigos, muchos, y muchos de sus libros, dedicados:<strong> Marzal</strong>, <strong>García Montero</strong>, <strong>Alberti</strong>; <strong>José Hierro</strong>, aquel artista secreto, que dibujaba, marinas y retratos; <strong>Gastón Baquero</strong>, también firmado, con su letra de médico; o ese ejemplar de <strong>Caballero Bonald</strong>, <em>Vivir para contarlo</em>, en <strong>Seix Barral</strong>, donde se lee:</p>
<p style="text-align: left;"><em>A Silvia y a Felipe, este libro tan viejo como yo<br />
</em><em>con los muy especiales cariños de Pepe.<br />
</em><em>Entre Rota y Chipiona, abril de 2000</em></p>
<p style="text-align: left;">Y arriba, en el estudio donde escribe –barcos, velas al viento, máquinas de escribir, sombreros– los escritores que son fidelidades permanentes: <strong>Chesterton</strong>, <strong>Pessoa</strong>, <strong>Eliot</strong>, y cerca, una balda completa de <strong>Nabokov</strong>, uno de sus dioses mayores; <em>Ada, Cartas a Vera</em>, y varias ediciones de <em>Lolita. </em>En los estantes, <strong>Trapiello</strong>, cuatro o cinco volúmenes de sus diarios, <strong>Muñoz Molina,</strong> <strong>Wilde</strong>, <strong>Monterroso</strong>… También sus propios libros, a los que cada vez resta más sitio <strong>Borges</strong>. Y por allí, <strong>Cioran</strong>, <strong>Auden</strong>, <strong>Piglia</strong>. “Me gusta leer varios libros al tiempo, lo mismo tengo quince o veinte en la mesilla; biografías, poesía, tres o cuatro novelas, algún clásico, y contemporáneos o amigos, voy alternando, hasta que hay algo que se cruza, y lo termino”. Y me enseña, en un cuaderno, la lista de lecturas que anota, minucioso, siquiera para que, cuando de una revista le pregunten por los libros del año, pueda hacer el balance de lecturas: <strong>Gore Vidal</strong>, <em>Palimpsesto</em>; <strong>Marsé</strong>, <a href="http://www.megustaleer.com/libro/esa-puta-tan-distinguida/ES0121323"><em>Esa puta tan distinguida</em></a>; <strong>Juan Bonilla</strong>, <em>Poemas pequeño-burgueses</em>; <strong>Antonio Soler</strong>, <em>Apóstoles y asesinos</em>…</p>
<p style="text-align: left;">Veo por los estantes <strong>Proust</strong>, <strong>Joyce</strong>, <strong>Bécquer</strong>, <strong>Chaves Nogales</strong>, la colección completa de la revista <em>Poesía</em>, <strong>Shakespeare</strong> y<strong> Shelley</strong> y, en medio, inadvertido, minúsculo, un librito de la colección de<strong> Aguilar</strong>, los <em>crisolines</em>, de su amigo <strong>Ángel González</strong>, <em>Realidad casi nube</em>, en cuya página de cortesía firmó, letra pequeña:</p>
<p><em>Para Silvia y Felipe, con los besos de Ángel. </em></p>
<p style="text-align: left;">Y es verdad que no caben más besos en menos sitio.</p>
<p> </p>
<h5><strong>TRES ESCOGIDOS</strong></h5>
<p><em>David Copperfield</em>. <strong>Charles Dickens</strong><br />
“Recomendar un libro es una imprudencia, porque se trata de reacciones químicas imprevistas y de reacciones metafísicas imprevisibles. Pero me cuesta imaginar que a alguien pueda no gustarle este libro”.</p>
<p><em><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-el-azar-y-viceversa/202495">El azar y viceversa</a></em>. <strong>Felipe Benítez Reyes</strong><br />
“Me acuerdo muy poco de los libros que he escrito, sospecho que por necesidad de depuración, así que elegiría la última novela, <em>El azar y viceversa</em>, de la que ya he empezado a olvidarme”.</p>
<p><em><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-el-corazon-perplejo/89472">El corazón perplejo</a></em>. <strong>Carlos Marzal<br />
</strong>“Estoy releyendo la poesía reunida de Carlos Marzal. De los muy grandes de ahora, y creo que también de mañana”.</p>
<p style="text-align: right;"><em><strong>JESÚS MARCHAMALO </strong></em>(<a href="https://twitter.com/jmarchamalo?lang=es"><span dir="ltr">@jmarchamalo</span></a>)</p>
<p> </p>
<p>El <strong>ciclo de Bibliotecas de escritores</strong> organizado por la <strong><a href="http://www.ayto-fuenlabrada.es/index.do?MP=1&amp;MS=53&amp;MN=3">Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Fuenlabrada</a> </strong>se desarrolla en dos ciclos anuales, en noviembre y abril-mayo, hasta 2018. El coloquio sobre la biblioteca de Felipe Benítez Reyes tuvo lugar el pasado mes de noviembre en el <a href="http://ceartfuenlabrada.es/"><strong>Centro de Arte Tomás y Valiente</strong></a><b> </b>(calle Leganés, 51), que acogerá los encuentros en torno a las bibliotecas de <strong>Luisgé Martín </strong>(11 de mayo) y <strong><a href="http://www.javiersierra.com/">Javier Sierra</a> </strong>(16 de mayo). Ambos entrarán en conversación con <strong>Jesús Marchamalo </strong>a partir de las 18 horas.</p>
<p><em><i><img class="alignleft wp-image-7055" src="/wp-content/uploads/2017/05/PORTADA2827-225x300.jpg" alt="PORTADA282" width="150" height="200" /><br />
Una versión de este reportaje aparece publicada originalmente en el <a href="/2017/04/leer-en-abril-opera-una-sublimacion-literaria/" target="_blank">número de <strong>mayo de 2017</strong></a>, 282, de la <strong>edi­ción impresa de la Revista <span class="caps">LEER</span></strong><span class="caps">.</span></i></em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>https://revistaleer.com/2017/05/la-biblioteca-de-benitez-reyes/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
