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	<title>Revista leer</title>
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	<description>La revista decana de libros y cultura</description>
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		<title>Si mais non, Simenon</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Sep 2019 08:45:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Óscar Caballero]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p class="p1">Ambigüedad normal en un escritor de misterios, nunca se pudo saber si el escritor que se jactaba de haber redactado una obra tan vasta con solo 600 palabras nació un 12 o un 13 de febrero de 1903. La madre, supersticiosa, habría pedido a la partera que, dado que apenas habían entrado en la madrugada del 13, lo apuntara hacia las 23 y 30 del 12. Pero el propio Simenon cambió el relato un par de veces.</p>
<p class="p1"><strong>Una versión dice que Maigret fue bocetado en algún cuento de 1929</strong>, cuando Simenon tiene 26 años y al mismo tiempo que su compatriota Hergé alumbra Tintín.</p>
<p class="p1"><strong>Pero hay otra</strong>: el gran Joseph Kessel encarga a Simenon, en 1930, unos cuentos para la revista <i>Détective</i> y por ahí habría metido el morro, bueno, la pipa, el comisario.</p>
<p class="p1">Es seguro, en cambio, que <strong>la primera novela con el comisario en carne y tinta es de febrero de 1931</strong>: Fayard publica <i>Monsieur Gallet, décédé</i> y <i>Le pendu de Saint-Pholien</i> (y, en mayo, <i>Pietr-le-Letton</i>).</p>
<p class="p1">Simenon diseña <strong>un hombre en la cuarentena, «de aspecto plebeyo, enorme y huesudo</strong>. Los músculos se dibujaban bajo la chaqueta y deformaban rápidamente los pantalones nuevos». Tenía «sobre todo una forma de plantarse en todas partes, muy suya, que podía molestar incluso a los colegas. Era algo más fuerte que la seguridad en sí mismo, que sin embargo no denotaba orgullo. Aquel hombre parecía de un solo bloque. Y daba la impresión de que todo lo que chocara con ese bloque, se quebraría. Daba igual que avanzara o se quedara plantado sobre sus piernas, siempre algo separadas. La pipa seguía entre sus labios, aunque estuviera en el Majestic. ¿Sería en el fondo una vulgaridad deliberada, demostración de la confianza en sí mismo?».</p>
<p class="p1">Arthème Fayard, al frente de una editorial pionera en la masificación del libro –cinco millones de ejemplares de la serie Fantômas y alineada en la derecha nacionalista y monárquica–, podía sin embargo ser miope.</p>
<p class="p1">«Vuestras novelas policíacas», escribe a Simenon, «no lo son…Vuestros personajes no son francamente simpáticos ni francamente antipáticos. Las novelas no terminan ni bien ni mal. ¡Desastroso! No hay joven protagonista ni bella heroína. Y terminan mal porque no hay boda. <strong>No tendrá usted ni mil lectores</strong>». Cientos de miles: la fama, como los grandes tirajes, fueron inmediatos.</p>
<p class="p1">En 2003, cuando Gallimard –su segunda editorial, a la que fue a buscar prestigio, abandonada por Simenon cuando se marchó, por piernas, a Estados Unidos y dejó toda su obra a Sven Nielsen, fundador de Presses de la Cité– le otorgó consagración póstuma con obra completa en La Pléiade, hubo pequeño tour de prensa.</p>
<p class="p1">En Lieja, ciudad natal del autor, el periodista descubre el hotel Si Mais Non. Se lee <i>Simenon</i>; se traduce <i>sí, pero no</i>.</p>
<p class="p1">Relato del propietario: «Cuando abrí el hotel quise rendir homenaje al escritor del pueblo y lo llamé Hotel Simenon. El hijo me puso juicio. Quise negociar y no hubo caso. Pero, como usted debe saber, los belgas jugamos mucho con el idioma. Y, claro, al hijo le fastidia que mi hotel se llame Si Mais Non, pero no puede hacer nada».</p>
<p class="p1">Si aquella Pléiade fue la consagración literaria (que Simenon anticipó ya en 1939 cuando <strong>André Gide lo proclamó gran novelista, «el mayor, tal vez, de la literatura francesa de hoy»</strong>), los 90 años de su comisario depararon este año un impresionante <i>Tout Maigret</i>. Los diez tomos, con sus 75 novelas y 28 cuentos, a 28 euros cada uno, salieron entre enero y abril en Omnibus.</p>
<p class="p1">Otra demostración del músculo comercial del autor belga: Omnibus, colección de Presses de la Cité, se independizó en 1988, precisamente con una primera publicación de las obras de Simenon. En 2012, digitalizó íntegramente Maigret y en enero de este año empezó a destilar los diez tomos.</p>
<p class="p1">Cada uno –todos con cubiertas del ilustrador Jacques de Loustal– lleva prólogo de un escritor, de un actor o un director de cine, alusión a otra característica del belga: «Simenon es <strong>el autor más adaptado en el mundo, tanto al cine como a la televisión</strong>», según explica, en el prefacio al primer tomo, Pierre Assouline, novelista y biógrafo de Simenon.</p>
<p class="p1">En 1934, Gide lo hace entrar a Gallimard y Simenon decide ponerse una máscara. Le da vacaciones a Maigret. La vida encierra muchos <i>si</i>. <i>Si</i> no hubiera habido guerra… Pero la hubo. Simenon, que no en vano había crecido en una Bélgica muy de derechas, no la sufre. Tiene domicilio fuera de París y en París, edita y sobre todo vende guiones a la Continental Films, productora del Ocupante.</p>
<p class="p1">Curioso: Jean Gabin, uno de los seis Maigret de la pantalla, no solo se sumó a las fuerzas aliadas, porque en lugar de animación eligió el frente, sino que fue de los primeros en partir de la Francia ocupada. Y sin embargo, o más bien por eso mismo, lo tuvo crudo al regresar. Como el amor de su vida, Marlene Dietrich. Y como Michèle Morgan, Jean-Michel Aumont o Simone Simon, que también se marcharon. Fue como si los que se habían quedado –una tropa nutrida, de Picasso, Sartre y Camus a Harry Baur (intérprete de Maigret, por cierto) y Pierre Fresnay– los vieran como un recordatorio de su propia cobardía.</p>
<p class="p1">A Simenon le hacen presagiar un juicio, con desenlace incierto, cuando las depuraciones mezclaban justicia, celos y mezquinas venganzas. No puede reposar en Gallimard<b>, </b>que tras haber sido una editorial del Ocupante fue <i>liberada</i> y debe subrayarlo. Opta por Presses de la Cité, fundada en 1942 por Nielsen, hijo y nieto de libreros, y especializada en traducciones.</p>
<p class="p1">Simenon será su primer autor francés, en 1946, con <i>Je me souviens</i>, primera parte de <i>Pedigree</i>. Nielsen se convierte en una especie de <i>agenteditor</i> de Simenon, quien a cambio le concede la explotación de toda su obra. Y además, recupera a su Maigret.</p>
<p class="p1"><strong>Entre el 19 y el 27 de septiembre de 1950, Simenon escribe un libro decisivo</strong>, eso que hoy se llamaría una <i>mise en abyme</i>: encarnado por Sim, uno de sus heterónimos, aparecen las <i>Mémoires de Maigret</i>, publicadas en 1951 por Presses de la Cité. Los lectores franceses reencuentran a su comisario. Y Simenon –que depende de las transferencias de Nielsen para sus primeros años americanos– retoma el hilo.</p>
<p class="p1">Pero le tenía celos a Maigret por ser casi más famoso que él. Más aún, <strong>pensaba que Maigret le había impedido ganar el Goncourt e incluso el Nobel</strong>. Lo cierto es que, a pesar de que en 1972 se retiró como novelista, nunca <i>mató</i> al comisario.</p>
<figure id="attachment_8800" style="width: 800px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8800" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/09/GS1957-e1567586316959.jpg" alt="Belga de París, Simenon se asoma a los Campos Elíseos desde un balcón del Hotel Claridge en 1957. De sus 192 novelas, 124 tienen la capital francesa como escenario." width="800" height="940" /><figcaption class="wp-caption-text">Belga de París, Simenon se asoma a los Campos Elíseos desde un balcón del Hotel Claridge en 1957. De sus 192 novelas, 124 tienen la capital francesa como escenario.</figcaption></figure>
<h5 class="p1"><strong>Un policía de París</strong></h5>
<p class="p1"><strong>De las 192 novelas de Simenon, 124 tienen a París como escenario</strong>. De hecho, Simenon se pateó París. Y lo incorporó a sus novelas, desde Batignolles, el primer barrio que habitó –el hotel en el que se alojó a su llegada, en 1922– hasta el Bal Nègre del distrito 15, en cuyos camerinos tuvo su primera relación con Joséphine Baker.</p>
<p class="p1">Ironías del GPS urbano, el inefable <a href="https://goo.gl/maps/5mWrpgtzPLNHZBim8" target="_blank">36, quai des Orfèvres</a>, en donde terminaron por ponerle Maigret al vidrio esmerilado de una puerta, en homenaje al escritor que hizo mítica la brigada, se ha mudado con armas –nunca mejor escrito– y bagajes a una calle de aquella Batignolles que recibió al joven belga. Comisaría central en los 1930 y estado mayor de la policía judicial más tarde, el mítico 36 recibió a Jules Maigret al final de la <i>Première enquête de Maigret</i> (1949). Mudado al distrito 17 hace año y medio, <a href="https://goo.gl/maps/qkEYijYvVMYJfUZQ8" target="_blank">han puesto simbólicamente el 36 ante la entrada</a>, hoy llena de controles digitales, de la brigada.</p>
<p class="p1"><i>Figaroscope</i>, un suplemento semanal del <i>Figaro</i>, especie de guía del ocio, trazó un recorrido por <a href="http://www.lefigaro.fr/sortir-paris/2019/01/30/30004-20190130ARTFIG00082-le-paris-du-commissaire-maigret-ou-l-annee-simenon-celebree-avec-panache.php" target="_blank">el París de Simenon</a>.</p>
<p class="p1">«Hacia el 1929 del nacimiento de Maigret, al llegar el crepúsculo, ya liberado de la máquina de escribir, una copa en <a href="https://goo.gl/maps/1UxF5mNxXTMojHbq9" target="_blank">La Coupole</a>, de Montparnasse. Luego, atravesaba el boulevard para cenar en <a href="https://goo.gl/maps/VWJWgJfCb2obsmWz7" target="_blank">La Rotonde</a>, en donde tal vez se cruzaba con León Trotsky. Pasada la medianoche, los cabarets de la rue Delambre o de la rue Huyghens».</p>
<p class="p1">Casualidad o destino, esa calle es hoy la de la editorial Albin Michel, la de Amélie Nothomb, con b de belga y de <i>best seller</i>, como él. Y quien le ha sucedido en el sillón de la Real Academia de la Lengua y Literatura Francesa de Bélgica.</p>
<p class="p1">Un desvío al <a href="https://goo.gl/maps/a61p57wT7iAnKqmPA" target="_blank">5, rue Sébastien Bottin</a>, domicilio de Gallimard, sueño del joven belga que ve rechazados en 1928, allí, dos manuscritos. Pero, relación directa con Gaston Gallimard mediante, en 1935 le publican <i>Les Pitard</i>. Seguirán <i>Les inconnus dans la maison</i> (1940), <i>La Veuve Couderc</i> y <i>La vérité sur Bebé Donge</i> (1942), todas consideradas obras maestras del belga.</p>
<p class="p1">¿Y Maigret? El 20 de febrero de 1931, en el <a href="https://goo.gl/maps/EMSVen7uedaXABq99" target="_blank">33, rue Vavin</a>, enfrente del taller del escultor Bartholdi, el de la estatua de la libertad de Nueva York con réplica en París, el cabaret La Boule Blanche fue rodeado por la policía. Era un montaje de Simenon que festejaba de esa manera la publicación de <i>Monsieur Gallet, décédé</i> y <i>Le pendu de Saint-Pholien</i>. Falsos policías verificaban las invitaciones, impresas como fichas de información. Aquel <i>Bal Anthropométrique</i> quedó en la historia de la literatura francesa.</p>
<p class="p1">En febrero de 1931, Simenon se instala en el Hotel l’Aiglon (el de Buñuel, el de los Pontvianne), que sigue ahí, en el <a href="https://goo.gl/maps/vcsvNW3pCmfEYY2LA" target="_blank">232 bd Raspail</a>. En su habitación, con vistas al cementerio de Montparnasse, Simenon redactó <i>La Tête d’un homme</i>, que saldrá en septiembre. Al ritmo suyo: 80 folios diarios.</p>
<p class="p1">«<strong>En París quise conocer al hombre, y a Francia</strong>. Nada mejor que hacerlo a través de los ríos y los canales. La verdadera cara de París son las orillas del Sena», explicó Simenon en 1975. Y el puente de Austerlitz es uno de los que aparecen con frecuencia en los Maigret.</p>
<p class="p1">En 1924, tras dos años en hoteles, Simenon y su flamante esposa, Régine Renchon, Tigy, alquilan apartamento en el <a href="https://goo.gl/maps/AfYP9cZjQtbuRkbp9" target="_blank">21, Place des Vosges</a>, un decaído palacete por el que pasaron un descendiente de Richelieu, la gran duquesa de Toscana y Alfonso Daudet (en los números pares, en el 6, vivió Victor Hugo y desde 1902 es su museo, que el vecino Simenon, aún sediento de gloria, habrá visitado).</p>
<p class="p1">Y si el Quai de Valmy se ha convertido hoy en epicentro del París <i>bobo</i> (burgués bohemio), con un bar o restaurante al lado del otro y mucha juerga, era sombrío y pobre en los 1950. Pero seguramente a Simenon, hombre del norte, le recordaba los canales. En su <i>Maigret et le corps sans tête</i>, pone a meditar a su comisario en la <a href="https://goo.gl/maps/TaaTriBKqdWsUoAH7" target="_blank">Écluse des Recollets</a>, esclusa situada a la altura del 86, quai de Valmy, mientras ve pasar el reflejo de los sospechosos por las oscuras aguas del canal Saint Martin.</p>
<p class="p1">A Simenon le gustaba Montmartre. Pero si el Teatro de l’Atelier, «parecido a un juguete o a un decorado» (<i>Maigret et le client du samedi</i>; 1962), está siempre allí, la «comisaría de la rue des Abbesses», citada en <i>Maigret et la jeune morte</i> (1954), es <strong>fruto de la imaginación del autor. Igual que la omnipresente Brasserie Dauphine, en la hermosa plaza del mismo nombre</strong>, en la que tuvieron apartamento Simone Signoret e Yves Montand, a dos pasos del 36, quai des Orfèvres. Allí Maigret comía su <i>andouillette</i> con patatas fritas. O encargaba un bocata y una cerveza cuando no podía dejar el despacho.</p>
<p class="p1"><i>Ici vécut le commissaire Maigret</i>. Aquí vivió el comisario Maigret, dice la placa del <a href="https://goo.gl/maps/w8s4rD3PjjKSBSqB9" target="_blank">132 bd Richard Lenoir</a>, para corroborar lo que Simenon precisa en <i>Maigret et son mort</i> (1947). Es el reino de Madame Maigret, donde le prepara <i>quiches</i> (<i>Chez les Flamands</i>, 1932) o un <i>cassoulet</i> (<i>Maigret hésite</i>, 1968) al marido.</p>
<p class="p1"><strong>Pura ficción, naturalmente. Pero ¿cómo no peregrinar hasta ahí, si uno es simenoniano?</strong></p>
<p class="p1">«El solo punto luminoso de los Champs Elysées, en mis jóvenes años, era <a href="https://goo.gl/maps/oyknvVXcdLR8RPpY7" target="_blank">Fouquet’s</a>». Ahí sigue, hoy, en la intersección con la avenida George V. Legendario punto de encuentro de gente de cine, <strong>era un buen lugar para empezar la noche cuando Simenon –Maigret mediante– fue rico y célebre</strong>.</p>
<p class="p1">En 1988, allí como en otros restaurantes eternizados en los Maigret, una mesa, la que Simenon tenía siempre reservada, fue distinguida con una pequeña placa: «Homenaje a George Simenon. Esta mesa es la del comisario principal Jules Maigret, huésped de honor de esta casa».</p>
<p class="p1">Para seguir la huella de comidas y cenas del comisario, una buena guía, <a href="http://www.alexandrines.fr/paris-de-simenon/" target="_blank"><i>Le Paris de Simenon</i></a> (Éditions Alexandrines, 2016), de Jean-Baptiste Boronian, su compatriota y también académico belga.</p>
<p class="p1"><strong>Aunque cambiados, a veces hasta de nombre, algunos bistrots son todavía comestibles</strong>. Por ejemplo La Ferme des Mathurins, hoy Chez Cécile, 17, rue Vignon, junto a la Madeleine. En el distrito VII, Le Petit Tonneau (20, rue Surcouf) guarda incluso el nombre. Si apetece, como a Maigret, un sólido <i>cassoulet</i>, hay que pedirlo chez Philippe en Auberge Pyrénées-Cévennes (siempre en el 106, rue de la Folie-Méricourt, XI).</p>
<p class="p1">Cerca de la Place des Vosges que Simenon habitó, Maigret tenía servilleta en L’Impasse (hoy Gorille Blanc), 4, impasse Guéménée. En fin, más gastronómico, hoy en manos de Alain Ducasse, Benoît (20, rue Saint-Martin) es el único bistrot de París con estrella Michelin. Más sencillos, Chez Fred (190 Bd Péreire, a dos pasos de la Porte Maillot) y Chez Léon, 32, rue Légendre, en el distrito XVII.</p>
<p class="p1">Si la Brasserie Dauphine no existió nunca, en los parajes del 36, quai des Orfèvres sigue firme, y muy real hasta por su nombre, la Taverne Henri IV (13, place du Pont Neuf), en medio del puente. Aunque ya no esté Robert Cointepas, su mítico patrón, tal vez el primer importador de finos de Jerez, lo que provocaba líquidas conversaciones con el periodista. Interrumpidas cuando Cointepas cogía una llamada e invariablemente respondía: «Aquí Enrique IV».</p>
<p class="p1">En fin, si al lector le quedan piernas, más París del comisario en <a href="https://www.bibliocite.fr/maigret-traversees-de-paris/" target="_blank"><i>Maigret Traversée de Paris. Les 120 lieux parisiens du commissaire</i></a> (<i>Travesía de París, los 120 lugares parisinos del comisario</i>), de Michel Carly, en la muy maigretiana Éditions Omnibus.</p>
<figure id="attachment_8798" style="width: 1600px;" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-8798" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/09/GSbaker-e1567586135876.jpg" alt="Simenon entre mujeres: su primera esposa Régine Renchon, Tigy, y su amada y amante Joséphine Baker hacia 1928." width="1600" height="1062" /><figcaption class="wp-caption-text">Simenon entre mujeres: su primera esposa Régine Renchon, Tigy, y su amada y amante Joséphine Baker hacia 1928.</figcaption></figure>
<h3 class="p1"><b>Comprender sin juzgar</b></h3>
<p class="p1">Otro prologuista de la serie Maigret de Omnibus, el director de cine Bertrand Tavernier, lo tiene claro: «Maigret es una proyección respetable del mundo de Simenon; eran personajes opuestos. <strong>Simenon amaba el lujo, la poligamia. Maigret lleva una vida espartana</strong>. Coinciden en la mesa, eso sí: a los dos le gustan cocidos y guisados».</p>
<p class="p1">Cinéfilo y encargado de prensa de varios filmes, <strong>Tavernier debutó como director en 1974 con <i>L’Horloger de Saint Paul</i>, donde adapta un Maigret</strong>. Su coguionista entonces, Jean Aureche, postulaba que «Maigret es, más que un policía, un novelista que se impregna de la vida de la gente».</p>
<p class="p1"><strong>Assouline subraya que los temas del escritor son siempre «el amor, el odio, los celos, la mentira, el pesar, la vergüenza»</strong>. Y que su genialidad es «la de transformar al lector en personaje: las grandes novelas nos explican lo que nos ocurre mejor que lo haríamos nosotros mismos. Lo que cuenta en los Maigret son las situaciones, no la investigación. <strong>Simenon no cesa de susurrarle al lector: el próximo culpable será tal vez usted</strong>. Nadie está predestinado a ser criminal. Hasta el punto de que Simenon aseguraba que si no hubiera escrito los Maigret, acaso habría matado».</p>
<p class="p1">Y sigue: «Simenon es un intuitivo. Y vivió. A los 16 años era periodista. A Fellini le confesó haberse acostado con más de 10.000 mujeres. Viajó en barcaza por todo Francia. Recorrió de sur a norte y de este a oeste los Estados Unidos. Todo lo convertía en novela. Y no estaría de más que mucha gente adoptara la divisa de Maigret, de Simenon seguramente: ‘comprender, no juzgar’».</p>
<p class="p1" style="text-align: right;">De la edi­ción impresa de la Revista <span class="caps">LEER, <a href="http://revistaleer.com/2019/07/leer294-rafael-borras-el-ultimo-editor/" target="_blank">número 294</a>.</span></p>
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		<title>Los personajes de Melville: iniquidad, inocencia y fatalidad</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Aug 2019 07:43:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[J. Rafael Hernández Arias]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición impresa]]></category>
		<category><![CDATA[Bartleby]]></category>
		<category><![CDATA[Benito Cereno]]></category>
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		<category><![CDATA[Herman Melville]]></category>
		<category><![CDATA[J. Rafael Hernández Arias]]></category>
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		<description><![CDATA[En las obras de grandes escritores encontramos personajes que, sin elevarse al rango de los más célebres mitos literarios, como pueden serlo don Quijote, don Juan, Fausto o Hamlet, por alguna razón se aferran a nuestra memoria y afloran a la conciencia cuando uno menos se lo espera. Parecen funcionar como una suerte de déjà [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">En las obras de grandes escritores encontramos personajes que, sin elevarse al rango de los más célebres mitos literarios, como pueden serlo don Quijote, don Juan, Fausto o Hamlet, por alguna razón <strong>se aferran a nuestra memoria y afloran a la conciencia cuando uno menos se lo espera.</strong> Parecen funcionar como una suerte de </span><i><span style="font-weight: 400;">déjà vu,</span></i><span style="font-weight: 400;"> y comprendemos que, en virtud de alguna misteriosa asociación, nos ayudan a identificar y a interpretar las circunstancias en que nos vemos envueltos. Tras una larga labor traductora <strong>esta sensación la he experimentado sobre todo con algunos personajes de Melville</strong>, dotados de una densidad, una consistencia y una complejidad insuperables.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Desde la personalidad extravagante por su pasividad y apatía de Bartleby, pasando por el alma tremebunda de Ajab, la inacción angustiosa de Benito Cereno, hasta la pureza y el halo virtuoso de Billy Budd, por las páginas de la obra del escritor norteamericano desfilan personajes <strong>saturados de referencias simbólicas y metafísicas, pero que no se quedan en meras abstracciones estériles</strong>. Nunca rompen el hilo con la realidad, por lo que nos mantienen inmersos en las potencias de lo verosímil. Melville construye el armazón psicológico de sus figuras mediante un meticuloso método estilístico que va ahondando, capa tras capa, en la personalidad de sus héroes y en la relación problemática que mantienen con su entorno. Por ello su comportamiento escapa a lo anecdótico y se integra en el plano universal del género trágico o del auto sacramental. Es casi imposible sustraerse a su fuerza de atracción. Estos personajes exhiben asimismo <strong>rasgos titánicos, fáusticos, quijotescos, hamletianos</strong>, pues Melville se sentía deudor de la gran tradición literaria y quería integrarse en esa aurea catena. Y ante todo no se puede olvidar que, pese a haber perdido su fe, Melville nunca salió de <strong>una cultura bíblica con acentos calvinistas</strong> de la que recibía buena parte de su inspiración. El Antiguo Testamento era, en particular, para él, un fabuloso depósito de sabiduría y un enorme campo de acción para la naturaleza humana, donde se libraban las luchas decisivas y se tocaban los últimos misterios de la humanidad.</span></p>
<h5><b>Bartleby: un ser sin voluntad</b></h5>
<p><span style="font-weight: 400;">Confieso que Bartleby es uno de mis personajes favoritos. Melville escoge como escenario de su existencia literaria el Nueva York de Wall Street, los despachos de abogados, el centro neurálgico del dinamismo fáustico de la gran ciudad, una de las mecas del </span><i><span style="font-weight: 400;">american dream</span></i><span style="font-weight: 400;">, y precisamente en uno de esos despachos es donde sitúa a Bartleby, <strong>una suerte de muerto viviente de pasado confuso</strong> que, paradójicamente, parece cobrar algo de vida mediante su negativa a cumplir con sus obligaciones. Su fórmula, <strong>«preferiría no hacerlo»</strong>, se ha convertido en una de las expresiones más famosas de la literatura. La pasividad del pálido copista provoca desorientación en su entorno; sus colegas y superiores se preguntan, perplejos, si se trata de una provocación, de una burla o, incluso, si no estarán ante una estrategia subversiva. Con su actitud suscita sentimientos de rechazo, ira, melancolía, tristeza, <strong>incita a la reflexión, a preguntarse por el sentido de la vida, de la propia actividad</strong>. Todo se tambalea en el despacho de abogados con la presencia de este ser fantasmal, cuya voluntad atrofiada contrasta con el mundo que le rodea. No puede extrañar que Bartleby se haya convertido en un problema filosófico al que se dedican sesudos estudios, en los que se intenta explicar su comportamiento aplicando conceptos como el de alienación. Sea como fuere, el personaje de Bartleby inquietará y emocionará a todo lector con un mínimo de sensibilidad, y es muy posible que le acompañe durante el resto de su vida, brotando de la memoria en los momentos más inopinados.</span></p>
<h5><b>Benito Cereno: roto por dentro</b></h5>
<p><span style="font-weight: 400;">Para lanzar su imaginación Melville necesitaba recurrir a informes, crónicas, noticias de sucesos verídicos, que él interpretaba y reelaboraba dándoles un significado y una intensidad nuevos. Así ocurre con su relato </span><i>Benito Cereno</i><span style="font-weight: 400;">, basado en hechos reales, pero que él transforma esencialmente aportando elementos dramáticos. Se ha discutido hasta qué punto este texto puede considerarse un alegato contra la esclavitud. Pero a mi modo de ver, el aspecto esencial estriba en recrear la relación entre opresor y oprimido como drama psicológico. <strong>El método adoptado es el del misterio escondido a plena luz del día.</strong> Cuando el capitán americano Amasa Delano abandona su barco para visitar el Santo Domingo, un navío español dedicado al tráfico de esclavos, se sorprende ante el mal estado del buque y la extraña tensión emocional que atenaza a la tripulación. Aunque el lector interpreta correctamente los signos y es consciente con rapidez del peligro en que se encuentra el capitán Benito Cereno, el americano hace gala de una ingenuidad desconcertante. La dilación en Delano para darse cuenta de la verdadera situación en el barco irrita al lector, pero para el capitán americano lo que está sucediendo es casi inimaginable, pues se trata ni más ni menos que de la inversión del orden natural de las cosas. El mundo al revés: los esclavos son los amos; los amos, los esclavos. <strong>La incertidumbre por el destino de los protagonistas alcanza cotas insoportables.</strong> Benito Cereno logra al final hacer acopio de las fuerzas necesarias para saltar a la chalupa del capitán americano y salvarse. Pero la humillación y la angustia a las que ha estado expuesto, el haber tenido que presenciar las crueles torturas a las que sometieron a su amigo Aranda, desmembrado y despedazado por los esclavos, le han roto por dentro. Cereno se muestra incapaz de alegrarse por el rescate. Delano le pregunta: «Pero está a salvo, ¿qué arroja esa sombra sobre usted?». «El negro» es la única respuesta que ofrece el capitán español y en la que condensa toda su experiencia traumática. Si estamos ante una parábola revolucionaria, una paradoja moral o un conflicto teológico-político, es y será objeto de debate, pero el estado emocional que logra recrear Melville en la figura de Benito Cereno es algo que no se puede olvidar y que constituye <strong>la materia ideal para las pesadillas</strong>.</span></p>
<h5><b>Billy Budd: el mal contra la inocencia</b></h5>
<p><span style="font-weight: 400;">En las obras de madurez de Melville se insiste en temas como la fragilidad de la existencia moral del hombre, así como en su colisión con el mundo de la justicia y la ley. Esto mismo ocurre, en grado sumo, con el relato </span><i><span style="font-weight: 400;">Billy Budd,</span></i><span style="font-weight: 400;"><strong> la obra crepuscular de Melville, un fruto de la senectud</strong>. Escrita entre fases de agotamiento físico y mental, en esta obra probablemente vertiera todo su dolor por el suicidio de su hijo Malcolm, en plena juventud. El manuscrito está plagado de correcciones, carece de la espontaneidad de obras anteriores, y en la prosa meticulosa y reflexiva se aprecia una combinación de tristeza y serenidad. Budd, un marinero apuesto y querido por todos sus compañeros, es reclutado por la fuerza y pasa del barco mercante Rights-of-Man al buque de guerra Bellipotent (y los nombres encierran todo un manifiesto). El texto adquiere, más que nunca, la urdimbre de una parábola. Billy resulta la <strong>víctima de su belleza física y moral, de su ingenuidad y su pureza, de la trasparencia de su ser, ese es el destino de la inocencia en el mundo</strong>: despertar y excitar todos los propósitos malignos que constituyen el misterio de iniquidad. Así, la historia de la caída del hombre se repite una y otra vez. John Claggart, el </span><i><span style="font-weight: 400;">master-at-arms</span></i><span style="font-weight: 400;">, odiado y temido por la tripulación pero eficiente en su trabajo, se ve provocado por una naturaleza como la de Billy y acusa a este, injustamente, de sedición. Claggart, como Ajab, es un personaje cincelado en piedra veterotestamentaria, posee sus mismos rasgos obsesivos y fanáticos. Al final, Billy mata de un puñetazo a Claggart cuando éste le acusa ante el capitán Vere, quien no tiene otro remedio que ejecutar al marinero, tal y como mandan las ordenanzas, pese a ser consciente de su inocencia.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En los personajes de Melville que hemos mencionado se acumula toda la inspiración que ha creado figuras como el rey Lear, de Shakespeare, el Satán de Milton o el don Quijote de Cervantes; <strong>poseen el mérito de trascender la realidad sin traicionarla</strong>. Nos transmiten una emoción y un desasosiego indispensables para tomar conciencia de los enigmas que determinan nuestra existencia en este mundo.</span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-weight: 400;">* * *</span></p>
<p style="text-align: right;"><b>José Rafael Fernández Arias</b><span style="font-weight: 400;"> ha proyectado su interés por la cultura alemana y anglosajona traduciendo a numerosos autores: Nietzsche, Schopenhauer, Stirner, Kafka, Chesterton o De Quincey. De Herman Melville, siempre para la editorial Valdemar, ha adaptado al castellano</span><span style="font-weight: 400;"> ‘<a href="http://www.valdemar.com/product_info.php?products_id=822&amp;osCsid=" target="_blank">Bartleby el escribiente</a>’, ‘<a href="http://www.valdemar.com/product_info.php?products_id=567&amp;osCsid=" target="_blank">Benito Cereno y otros cuentos del mar</a>’ –incluido ‘Billy Budd’– o ‘<a href="http://www.valdemar.com/product_info.php?products_id=626&amp;osCsid=" target="_blank">Las encantadas</a>’. Suya es, además, una de las más recientes traducciones de ‘<a href="http://www.valdemar.com/product_info.php?products_id=648" target="_blank">Moby Dick</a>’.</span></p>
<p style="text-align: right;">De la edi­ción impresa de la Revista LEER, <a href="http://revistaleer.com/2019/05/leer293_herman_melville/" target="_blank">número 293</a>, pági­nas 28 y 29.</p>
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		<title>Herman Melville, palabra sin retorno</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Jul 2019 08:54:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Borja Martínez]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Melville cumple 200 años y sigue siendo un misterio.</strong> En parte porque murió fuera del canon. Pero también porque sus intenciones no fueron precisamente sencillas. De ahí que siga suscitando interpretaciones diversas. Alrededor, sobre todo, de <em>Moby Dick</em>: es difícil escribir de Melville y que el poderoso magnetismo de su obra maestra no acapare la atención, pese a que otros trabajos, como los relatos de <em>The Piazza Tales</em>–que incluía entre otros su inmortal <em>Bartleby</em>–, el personalísimo <em>Pierre o las ambigüedades </em>–donde vuelca buena parte de los traumas y frustraciones de su vida– o el póstumo <em>Billy Budd </em>complementan el sentido de su obra.</p>
<p>Tuvieron que pasar tres décadas desde su muerte en 1891 para que Melville fuera reconocido como un contribuyente medular de lo que <strong>Antonio Lastra</strong>, uno de los pocos estudiosos españoles del segmento literario y filosófico de la Norteamérica decimonónica, ha dado en llamar «la escritura constitucional americana». <strong>Integrado en los 40 del XX por Matthiessen en el canon del «renacimiento americano» con Emerson, Thoreau, Whitman y Hawthorne</strong>, Melville viene siendo considerado desde entonces un heraldo de la literatura y la mentalidad contemporáneas, del hastío del oficinista a la inquietud espiritual ante la duda de Dios y la falta de sentido.</p>
<p>Aunque para Lastra «leer a Melville como precursor de <strong>Freud</strong> o <strong>Joyce</strong> o <strong>Virginia Woolf</strong> no es leer a Melville como Melville escribió», resulta indudable la influencia, de <strong>Faulkner</strong> a <strong>Borges</strong>, en tantos autores clave del siglo XX; e inevitable deducir la modernidad de su obra, aunque sus intenciones fueran otras que las de los escritores del futuro que se verán reflejados en él.</p>
<p>«Tiene esa libertad de opinión (sería demasiado severo llamarla laxitud de principios) que lo vuelve <strong>tolerante con códigos morales que quizá no estén del todo en consonancia con los nuestros</strong>», escribió Nathaniel Hawthorne a propósito de la primera novela de Melville, <em>Typee</em>, antes de conocerse ambos en 1850; «un espíritu más bien propio de un marinero joven y aventurero, y que hace que su libro sea tanto más saludable para nuestros formales hombres de tierra firme».</p>
<p>El joven aventurero, que se había dado a la mar a los 19 años como tripulante del mercante St. Laurence huyendo de la bancarrota familiar y <strong>animado por un «anhelo permanente de cosas hermosas», ya atesoraba una voluntad heterodoxa</strong>. De su primer viaje a Liverpool, de su peripecia posterior a bordo del ballenero Acushnet, de sus meses en una de las islas Marquesas conviviendo con los caníbales y la travesía como marinero a bordo de una fragata de la Marina antes de regresar a Boston en 1844 vía el Cabo de Hornos se nutrirá toda su obra y en especial esos primeros libros exitosos: <em>Typee </em>(1846), <em>Omoo </em>(1847) <em>Redburn </em>(1849) y <em>Chaqueta blanca </em>(1850).</p>
<h5><strong>Hawthorne: fraternidad infinita </strong></h5>
<p>De vuelta a tierra firme los anhelos de Melville encontrarán en su <em>soulmate </em>Nathaniel Hawthorne el reactivo para evolucionar en otra dirección distinta a la de la novela de aventuras. <strong>La lectura de <em>La letra escarlata </em>le abrió nuevos horizontes e inquietudes</strong>, y su amistad, más allá de las especulaciones en torno a la naturaleza de su relación –«Conocerte me convence de nuestra inmortalidad más que la Biblia», le escribe en noviembre de 1851–, terminó de poner en marcha el <em>proyecto </em>literario de Melville. Para Lastra –seguimos su artículo “Ismaelitas: Emerson y Melville”, extraido de su libro <a href="https://aduanavieja.com/libros/pensamiento/la-filosofia-y-los-dioses-de-la-ciudad/" target="_blank"><em>La filosofía y los dioses de la ciudad</em></a>–, la correspondencia entre ambos «es un documento tanto de lo que Melville calificó como “una fraternidad infinita de sentimiento” como de un alejamiento»; <strong>en Hawthorne confiará «hasta un punto sin retorno», pero también «sin correspondencia»</strong>. La disposición a la originalidad y la ruptura de Melville se verá definitivamente animada por Hawthorne, pero no encontrará eco en él.</p>
<p>Hasta el final, con su <em>Billy Budd </em>–publicada muy póstumamente, en 1924–, Melville «estuvo aprendiendo a escribir como había estado aprendiendo a vivir, negándose a aprovechar, sin conseguirlo en todas las ocasiones, el impulso adquirido como narrador o, en los últimos años de su vida, como poeta». En <em>Timoleon</em>, el libro de poemas que Melville se autoeditó, diríamos en términos actuales, pocos meses antes de morir, abundan «los ejemplos de un arte de escribir en el que la “audacia” tiene que sobreponerse a la “reverencia”». Y cita Lastra un verso de uno de los 42 poemas de aquel libro, “The Enthusiast”, que resume toda su actitud ante la escritura: <strong>«<em>No return through me!</em>»: Que nada vuelva a través de mí, escribe ya consciente de ser un escritor sin lectores</strong>; la prueba más palpable de que prefería ante todo «no volver a hacer lo que ya había hecho».</p>
<p>Desde <em>Moby Dick</em>, y <strong>como el obsesivo lector de la Biblia que era, afronta la escritura con una responsabilidad mesiánica</strong>. Lo hace menos interesado en la fama y la reputación –al tiempo que busca sin descanso ese empleo gubernamental que garantice su estabilidad material y la de su familia– que en mantenerse fiel a una ética de la literatura muy firme, y quizá confiado en la verdad de una máxima que aparece subrayada en su ejemplar de <em>Leyes espirituales</em>, de Ralph Waldo Emerson: «Un hombre no puede sepultar sus intenciones tan profundamente en su libro sin que el tiempo y otros hombres semejantes a él las encuentren». Alguien llegará que mi mensaje entenderá.</p>
<p>Esa ética melvilliana lo emparenta con el patriarca trascendentalista. En 1822, recién terminados sus estudios en la universidad, <strong>Emerson ya decía que sólo podría hacer bien su trabajo «abjurando» de las costumbres de los demás</strong>. El llamado ismaelismo trascendentalista consistirá en «establecer una relación original con el universo» y sólo entonces «medir cuál debía ser la relación con las instituciones establecidas». <strong>El gran practicante de esa forma de pensar y de estar será Thoreau</strong>.</p>
<p>Melville no formó parte del círculo trascendentalista ni rindió culto a Emerson; tampoco hay constancia de que éste leyera una sola página suya, entre otras razones porque el <em>vidente de Concord </em>no leía novelas. Pero hay una disposición espiritual compartida. En 1849 Melville asistió a una conferencia suya en Boston, y escribió poco después a uno de sus corresponsales literarios en Nueva York, <strong>Evert Duyckinck</strong>, tal y como recoge <strong>Carlos Baker</strong> en su inconcluso retrato de grupo <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-emerson-entre-los-excentricos/15055" target="_blank"><em>Emerson entre los excéntricos</em></a>: «<strong>Venero a los hombres que se <em>sumergen</em></strong>. Cualquier pez puede nadar cerca de la superficie, pero sólo una gran ballena puede sumergirse diez kilómetros o más… Ahora no me refiero al señor Emerson, sino a cuantos se sumergen en el pensamiento, que han estado sumergiéndose y saliendo otra vez a la superficie con los ojos inyectados en sangre desde que el mundo es mundo». Ese año publica <em>Mardi</em>, otra aventura ambientada en los mares del Sur, pero penetrada ya del mundo simbólico que desarrollará en <em>Moby Dick</em>; no será bien recibida. Después volverá una última vez sobre sus pasos con <em>Redburn </em>y <em>Chaqueta blanca </em>–un éxito con carga política que denunciaba los abusos en el seno de la Marina–, pero <strong>Melville ya está metido hasta el fondo en su misión autoimpuesta, acrisoladas las inquietudes propias, los influjos ajenos</strong> –la lectura sistemática de <strong>Shakespeare</strong>– y la seguridad en su prosa. <strong>Está en marcha la escritura profética.</strong> «La historia no está cocida todavía, aunque el fuego del infierno en el que todo el libro bulle debería haberla cocido hace mucho tiempo», escribe a Hawthorne en el verano de 1851. La tarea sólo iba a merecer la pena si se realizaba hasta las últimas consecuencias, sin tener en cuenta otras consideraciones. En 1852, tras los fracasos de <em>Moby Dick </em>y <em>Pierre</em>, un Melville de apenas 33 años ya sabe que su punto de vista es incomprendido, pero no está dispuesto a escribir de otro modo.</p>
<p>Obra sin género, <strong><em>Moby Dick </em>apareció predestinada al fracaso</strong>. El club de lectores elegidos tardará en reunir miembros suficientes, y no llegarán a tiempo de paliar los sinsabores del solitario compromiso de su autor. A cambio, Melville dejaba una pieza insustituible en el edificio literario y espiritual de Estados Unidos, <strong>condenando de paso a sus colegas compatriotas del futuro a la búsqueda de esa quimérica noción llamada <em>gran novela americana</em></strong>.</p>
<p><strong>Ahab, «prometeo americano»</strong>, «héroe-villano» en la tradición de Lear, Macbeth o Hamlet, <strong>«es el genio o <em>daimon </em>de su nación», interpreta Harold Bloom</strong>. Es el <em>malo </em>de la trilogía que a su juicio conformará la épica nacional: <em>Moby Dick</em>, <em>Hojas de hierba </em>y <em>Las aventuras de Huckleberry Finn</em>. «El Ahab de Melville habla con una prosa shakesperiana, metafísica y dramática que ha sido transformada por el genio del autor en <strong>una característica permanente de la lengua estadounidense</strong>».</p>
<p style="text-align: right;">De la edición impresa de la Revista LEER, <a href="http://revistaleer.com/2019/05/leer293_herman_melville/" target="_blank">número 293</a>, páginas 22 y 23.</p>
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		<title>#leer294: Rafael Borràs, el último editor</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jul 2019 08:00:11 +0000</pubDate>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Forma parte de una estirpe extinguida, la de los editores de la edad de oro del libro, cuando en las grandes empresas del ramo <strong>las ideas no estorbaban al negocio</strong>. Dirigió el criterio literario de <strong>Planeta</strong> durante <strong>las mejores dos décadas de la editorial que ahora cumple 70 años</strong>, y ayudó a esclarecer la historia y la memoria contemporánea del país con la colección <strong>Espejo de España</strong>. Después de publicar sus memorias en tres abundantes tomos, <strong>Rafael Borràs</strong> entrega ahora <strong><em>La subasta </em></strong>(<a href="http://grupoalmuzara.com/a/fichalibro.php?libro=4360" target="_blank">Berenice</a>). Su segunda <em>casi-novela</em> ofrece la oportunidad de reivindicar a través de su figura ese «oficio de caballeros» que desapareció <em>usurpado</em> por los gestores.</p>
<p>No se ofendan los muchos buenos editores de hoy. Si Borràs es «el último», siguiendo el titular de LEER, es porque representa una especie desaparecida de la que proceden los que en el presente, casi siempre desde un registro independiente, sostienen la dignidad del oficio. La especie de <strong>quienes conformaron para las grandes casas editoriales catálogos consistentes, sostenidos con criterios literarios e intelectuales sin descuidar la exigencia de beneficio </strong>del empresario de turno. Lo cual no es una quimera ni una ingenuidad: <strong>una industria cultural que prescinde de las ideas está apostando por su autodestrucción</strong>. El tiempo coloca nombres como el de Borràs en la trastienda donde trabajan historiadores y especialistas, pero él, al contrario que la mayoría de sus colegas, se ha empeñado en escribir. Sus citadas memorias son un registro insustituible de medio siglo de historia intelectual y editorial de España. Tras su primera incursión en la <em>casi-ficción</em>, <a href="https://www.edhasa.es/libros/1018/cuando-tu-ya-estes-muerto" target="_blank"><em>Cuando tú ya estés muerto</em></a> (Edhasa), <em>La subasta</em> es <strong>una divertida sátira del mundo editorial ambientada en la Feria del Libro de Frankfurt</strong>. <strong>Borja Martínez</strong> ha conversado con él sobre su libro, su oficio, sus colegas, y personajes controvertidos como <strong>Carmen Balcells</strong>, la todopoderosa Agente, muy presente en <em>La subasta</em> y en la vida profesional de Borràs. Además, <strong>David Escobar Laplana</strong>, autor de <a href="https://www.trea.es/books/una-coleccion-para-la-transicion-espejo-de-espana-de-la-editorial-planeta-1973-1978" target="_blank">una tesis doctoral y un libro</a> dedicados a Espejo de España, traza una certera semblanza de quien por encima de todo ha ambicionado «explicar la España contemporánea a un lector/ciudadano que solo había accedido a una historia tergiversada o a un relato lenitivo y truncado» de la misma.</p>
<p><a href="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/08/pdfportada294-e1567529868437.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-8788" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/08/pdfportada294-e1567529868437.jpg" alt="pdfportada294" width="1200" height="1608" /></a></p>
<p>Por irradiación aparecen otros editores en el último número de LEER. <strong>Max Lacruz</strong>, editor de <a href="http://www.funambulista.net" target="_blank">Funambulista</a>, hablando de su padre, el histórico <strong>Mario Lacruz</strong>, un hacedor de bibliotecas a la altura de Borràs; <strong>Paco Ignacio Taibo II</strong> explicando su particular revolución al frente de <strong>Fondo de Cultura Económica</strong>, el gigante editorial público mexicano; o <strong>Servando Rocha</strong> revelando los secretos de <a href="https://lafelguera.net" target="_blank"><strong>La Felguera</strong></a>, el más emblemático sello contracultural español de los últimos años. Incluso el artículo de <strong>Óscar Caballero</strong> dedicado a <strong>Georges Simenon</strong> en el trigésimo aniversario de su muerte podría tener una explicación borrasiana en tan borrasiano número de LEER. Ávido lector de la obra del belga, Borràs le cita oportunamente en el arranque de sus memorias: «Lo difícil, cuando uno intenta recordar, es separar lo importante de lo que no importa».</p>
<p>Siguen un esclarecimiento a través de los libros, de <strong>Vasari</strong> a <strong>Didi-Huberman</strong>, de los misterios de la obra de <strong>Fra Angelico</strong>, uno de los protagonistas del bicentenario de El Prado con una <a href="https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/fra-angelico-y-los-inicios-del-renacimiento-en/c8c45536-59a2-5e3a-9615-6daf8c3ef9e9" target="_blank">exposición antológica</a>; una reflexión de la obra crepuscular de los escritores partiendo del último libro de <strong>J. M. Coetzee</strong>, <em>La muerte de Jesús</em>; el análisis de <a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/la-lira-de-las-masas/" target="_blank"><em>La lira de las masas</em></a>, el libro de <strong>Martín Rodríguez-Gaona</strong>, último Premio Málaga de Ensayo, que pincha la burbuja de la nueva poesía <em>poptardoadolescente</em>, pero que no deja de desnudar las vergüenzas del establecimiento poético precedente; entrevistas a <strong>Isabel Burdiel </strong>(<a href="https://www.megustaleer.com/libros/emilia-pardo-bazan-coleccion-espanoles-eminentes/MES-070325" target="_blank"><em>Emilia Pardo Bazán</em></a>), <strong>Socorro Venegas </strong>(<a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/la-memoria-donde-ardia/" target="_blank"><em>La memoria donde ardía</em></a>), <strong>Gregorio Morán</strong> (<a href="https://www.akal.com/libro/memoria-personal-de-cataluna_50831/" target="_blank"><em>Memoria personal de Cataluña</em></a>), <strong>Dolores Payás </strong>(<em>Solo sombras</em>), <strong>Leyre Khyal y Un Tío Blanco Hetero </strong>(<a href="https://www.planetadelibros.com/libro-prohibir-la-manzana-y-encontrar-la-serpiente/292866" target="_blank"><em>Prohibir la manzana y encontrar la serpiente</em></a>) y <strong>Alejandro Baer</strong>; además de las secciones habituales y otros muchos contenidos, entre ellos uno de los nuevos relatos de <strong>Patricia Esteban Erlés</strong>, <em>De culos y manzanas</em>, incluidos en <em>Manderley en venta y otros cuentos</em> (Páginas de Espuma).</p>
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		<title>Arturo</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jul 2019 08:07:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La ballena blanca que persigue Arturo es la excelencia. Está ensimismado, no como el capitán Ahab sino a la manera de esas criaturas laboriosas que producen, para el deleite de otros, miel o funciones. Se forjó en el siglo xx pero no desdeña, y entiende, las armas de este otro que le ha pillado a trasmano pero [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La ballena blanca que persigue Arturo es la excelencia. Está ensimismado, no como el capitán Ahab sino a la manera de esas criaturas laboriosas que producen, para el deleite de otros, miel o funciones.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Se forjó en el siglo xx pero no desdeña, y entiende, las armas de este otro que le ha pillado a trasmano pero en medio; así, catódico, clásico y transversal, un pimiento le importa qué piensen de él, malo o bueno. Cuando se ríe, llora y su llanto parece una carcajada silenciosa. Resiste y supera todo, a pesar de sus cargas, solo consciente de sus deberes.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Nos protege desde la primera línea, sin falsa modestia, nostalgia hacia los caídos ni respeto a los maestros, con un vago reconocimiento a los iguales que se hundieron en la eternidad.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Agradezco su ferocidad, su honestidad sin fisuras. Su mordaz sinceridad y su extraña ternura en pequeños gestos, a él, expresivo y hierático, serio y gracioso, dual, con colmillos y rizos para suavizar su ira o entibiar su frialdad. Si estás en su órbita, te controla de refilón con el rabillo de un ojo dorado que parecía negro y cuando te tiene enfrente, no ha pasado el tiempo.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><strong>Va más allá de Closas y Rivelles, galanes fundidos en él hasta dejarle completo</strong> y nunca exhausto de ganas de clavarse la espina de la pálida rosa para teñirla con su sangre. Así hace cada vez que sale a escena.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Es el currante que se viste de alta comedia, que odia las vacaciones y se ocupa de los suyos sin deshacerse en carantoñas. El rumiante de una sola idea derecha al éxito, <strong>el muchacho existencialista y obrero que se emociona con los boleros y vive de los aplausos porque da su vida para ellos</strong>. El cómico ambulante capaz de currarse dos sesiones al día así reviente, el gran patriarca que todavía va de soltero de oro, el discípulo de San Francisco que habla con cariño a las cucarachas y a los perros e interviene ante las injusticias porque le tocan los huevos. Es el actor del canto del cisne de <strong>Chéjov</strong> en los ambientes de <strong>Gregory La Cava</strong> y vive más contento en su camerino del Amaya, su casa, que en cualquier palacio absurdo. Allí baraja sus vírgenes cual si fueran naipes y les hace confesiones de colega e hijo pródigo. Y está lleno de defectos que corrige menos que sus diálogos. Desconfía, entiende lo que le da la gana, siempre se guarda un as en el pulcro puño de la camisa, es más tozudo que un arado asturiano, rebosa secretos, se mata de hambre sin saberlo, no sale de su personaje porque teme salir de su zona de confort, tiene un perfil soberbio y no lo explota, lo manda todo a tomar por culo y a ti, si te descuidas, tan autentico como el oro y el hierro, con la honestidad del pan bregado y la gracia de un dragón de la suerte o un puma sabio que caza mientras la llanura se consume. <strong>Tiene la mejor voz de España aunque la aflaute para soltar <em>chatines</em></strong> e instalarse en el </span><span style="font-weight: 400;">trending topic</span><span style="font-weight: 400;"> con su sana incorrección. Y ama la literatura sin dárselas de lector pues alimenta su arte o artesanía. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Me enseñó todo lo que sé de escribir. Sin él me habría perdido entre adjetivos y chuminadas. Es mi única escuela literaria.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Su «tu no escribes comercial… ¿pero qué cojones es esto?”». Los cinco mil adjetivos tachados en ciento y pico páginas y su «esta frase no se puede decir que me atraganto» me ganaron para la claridad, expulsaron la paja de mi cabeza. Solo aspiro a que me diga porque, desde el polvo de la carretera y el murmullo del público, antes de levantar el telón, y después cuando al salir se quita cuarenta años de encima, <strong>admiro su independencia, la libertad de este anarquista de la otra generación del 27</strong>, al existencialista que queda, al último titán en pie bajo quien guarecerse, siempre presto para para recibir las balas y la gloria.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">De su nobleza los nostálgicos dirían que ya no pertenece a este mundo. Pero no hay nada que exija más presente que el Teatro, la religión y la vida de Arturo, que no cree en más corona que el aplauso trabajado y la sala llena, que se quita los chaqués con una elegancia que rompe el corazón y, al apagarse las luces, solo piensa en hasta mañana.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Salve, Arturo.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Cuando tenga un <em>best seller</em>, serás el responsable.</span></p>
<p style="text-align: right;"><strong>LEER, número 293, <a href="http://revistaleer.com/2019/05/leer293_herman_melville/" target="_blank">primavera de 2019</a></strong></p>
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		<title>Fútbol inspirador</title>
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		<pubDate>Thu, 30 May 2019 08:00:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Como ha escrito Javier Marías, en el pasado «no había intelectual que se atreviera a confesar públicamente que le gustara el fútbol», «esa cosa estúpida de ingleses» en palabras de Borges. Recíprocamente, el mundo del fútbol siempre ha mirado con sospecha la cultura. Jorge Valdano ha contado más de una vez que cuando era jugador [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Como ha escrito <strong>Javier Marías</strong>, en el pasado «no había intelectual que se atreviera a confesar públicamente que le gustara el fútbol», «esa cosa estúpida de ingleses» en palabras de <strong>Borges</strong>. Recíprocamente, el mundo del fútbol siempre ha mirado con sospecha la cultura. <strong>Jorge Valdano</strong> ha contado más de una vez que cuando era jugador un entrenador le prohibía leer en las concentraciones porque creía que eso le distraía. Desde un diario oficial se criticaba así durante el franquismo al futbolista del Real Madrid <strong>Manuel Fernández </strong></span><strong><i>Pahíño</i></strong><span style="font-weight: 400;">: «¿Qué puede esperarse de un delantero que lee a <strong>Dostoievski</strong>?». Dos veces Pichichi, <em>pese</em> a los libros.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Autores como el mencionado Marías, <a href="http://revistaleer.com/2019/04/mvm/" target="_blank"><strong>Manuel Vázquez Montalbán</strong></a> o el mexicano <strong>Juan Villoro</strong> han combatido y deshecho «un prejuicio erróneo que sitúa deporte y cultura como agentes incompatibles», tal y como ha escrito el Nobel peruano <strong>Mario Vargas Llosa</strong>. Y poco a poco los escritores han dejado de esconder su afición y se han atrevido a reivindicar, no sólo las posibilidades literarias del fútbol sino su condición de<strong> laboratorio a escala de cancha de la </strong></span><strong><i>comedia humana</i></strong><span style="font-weight: 400;">. Como juego que es, «establece unas normas, y al hacerlo acota un territorio frente a la vida abierta», escribía hace unos años en LEER <strong>David Gistau</strong>. Si «un equipo es un compendio de virtudes» como «la camaradería y el compromiso», el partido se presenta como «un pretexto para someterse, sin derramamientos de sangre homéricos, a <strong>pruebas tales como la victoria, la derrota, la superación y la tentación de la trampa</strong>». </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Donde hay héroes hay material épico y literario, y con ello la posibilidad de comunicar emociones y valores positivos como la virtud de la excelencia o la humildad. Un referente ético e intelectual como <strong>Albert Camus</strong> lo dejó claro: «Después de muchos años en los que el mundo me ha permitido variadas experiencias, <strong>lo que más sé a la larga, acerca de la moral y de los hombres, se lo debo al fútbol</strong>». Más cerca de nosotros, otro escritor futbolista como <strong>Juan José Armas Marcelo</strong> lo explicaba a su manera: «Le debo al fútbol haber conocido desde muy joven las necesidades de otras clases sociales distintas a la mía, mucho más bajas y casi en la miseria; hijos de gentes que no tenían ni siquiera para vestirse eran mis compañeros de aquella pasión de niño y adolescente: el fútbol». Armas Marcelo le escuchó decir en muy pocas palabras a un colega de filas en la Unión Deportiva Las Palmas, el mejor delantero centro de la historia del club canario y hoy su presidente de honor, <strong>Germán Dévora</strong>, la clave de todo esto: «Al fútbol no se juega con los pies. Se juega con la cabeza».</span></p>
<h5><strong>Lances y versos</strong></h5>
<p><span style="font-weight: 400;">Habitualmente ha sido la crónica el género encargado de conciliar la experiencia del campo y las emociones del espectador. Pero <strong>un deporte capaz de conmover a millones de personas tenía necesariamente que atraer a los poetas</strong>. Y así ha sido desde que el fútbol se convirtió en el deporte rey. Tempranamente las vanguardias se interesaron por él y dieron curso a ese interés a través de los versos. En España, la revista ultraísta </span><i><span style="font-weight: 400;">Grecia</span></i><span style="font-weight: 400;"> (1918–1920) de <strong>Isaac del Vando-Villar</strong> ofreció sus páginas a algunos de esos poemas precursores. Así <strong>Pedro Garfias</strong>, con “Domingo” –«Campaneros gozosos / juegan al </span><i><span style="font-weight: 400;">foot-ball</span></i><span style="font-weight: 400;"> con pelotas metálicas / de torre a torre»–, o el malagueño <strong>Fernando de Lapi</strong>, para quien el partido era «un ballet de púgiles sobre la verde felpa» en torno a un balón que remeda «un mundo que ha parido la tierra y que de un golpe vuela». O el sevillano <strong>Fernando Villalón</strong> con el divertido y picante “Foot-Booll” (sic): «Si fueras puerta del campo / y yo fuera delantero / del equipo del Cariño / F.C., </span><i><span style="font-weight: 400;">goal</span></i><span style="font-weight: 400;"> certero / chutaría sobre tu red, / que no pararía San Pedro, / que es mucho más que Zamora, / porque es portero del cielo». </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Será sin embargo uno de los más importantes autores de la Generación del 27 quien pondrá el jalón poético más recordado en lo que al fútbol se refiere. Se trata de <strong>Rafael Alberti</strong> y su “Oda a Platko”, inspirada por el primero de los tres partidos de la final de Copa de 1928 disputada por la Real Sociedad y el Fútbol Club Barcelona en Santander. Alberti pasaba unos días en Cantabria invitado por <strong>José María de Cossío</strong> y acudió con él al campo. «</span><span style="font-weight: 400;">Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes», cuenta el poeta en sus memorias, </span><i><span style="font-weight: 400;">La arboleda perdida</span></i><span style="font-weight: 400;">. «Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán». </span><span style="font-weight: 400;">La épica actuación del portero blaugrana en aquel encuentro disputado hace ahora 90 años le costó una herida en la cabeza tras un lance con el delantero donostiarra Cholín, así como un aparatoso vendaje que acabó perdiendo de vuelta al campo. Pero si ese partido ha pasado a la posteridad ha sido por el emocionante poema de Alberti, publicado siete días después en un diario local. Este es un fragmento:</span></p>
<p style="text-align: left; padding-left: 210px;"><i><span style="font-weight: 400;">Y el aire tuvo piernas,<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">tronco, brazos, cabeza.<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">¡Y todo por ti, Platko,<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">rubio Platko de Hungría!<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Y en tu honor, por tu vuelta,<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">porque volviste el pulso perdido a la pelea,<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">en el arco contrario al viento abrió una brecha.<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Nadie, nadie se olvida.</span></i></p>
<p>Y que todavía décadas después mereció una improvisada “Contraoda” de otro poeta presente aquel día en el Viejo Sardinero, <strong>Gabriel Celaya</strong>, animado por la emoción del 75º aniversario blanquiazul en 1984.</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Quizá inspirado por la oda de Alberti nació la “Elegía al guardameta” de <strong>Miguel Hernández</strong> –juvenil jugador en un equipo aficionado de Orihuela, La Repartidora–, dedicada a un compañero supuestamente fallecido tras chocar su cabeza contra el poste de la portería: «A los penaltys que tan bien parabas / acechando tu acierto, / nadie más que la red le pone trabas, / porque nadie ha cubierto / el sitio, vivo, que has dejado, muerto».</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;"><strong>El impulso poético ante los lances del campo no decayó, y ha discurrido desde entonces con calidad desigual</strong>, pero siempre ensalzando virtudes propias del buen futbolista como el pundonor, la fuerza y la voluntad. Así, en la revista poética </span><i><span style="font-weight: 400;">Garcilaso</span></i><span style="font-weight: 400;">, <strong>Federico Muelas</strong> firmará en 1943 una conceptista composición dedicada al defensa del Real Madrid <strong>Jacinto Quincoces</strong> –«centauro de firmísimo cimiento»– con ocasión de su retirada, y veinte años después <strong>José María Pemán</strong> redactará el «Romance del rapto blanco» cuando <strong>Alfredo di Stéfano</strong> sea víctima de un breve secuestro en Venezuela. Sin dejar la órbita blanca, <strong>Manuel Mantero</strong>, en «Ataque al corazón (Gol del Real Madrid)», describe la insospechada muerte en el campo de un veterano aficionado –«Balas pasaron junto al cuerpo suyo / en la guerra de España, y sonrió, / como quien sabe que morir por algo / es conquistarse la mitad de un dios»–. Y ya en nuestros días, <strong>Elena Medel</strong> ofrecerá en 2003 el poema “Ikeriónida” a otro histórico cancerbero del Real Madrid, <strong>Iker Casillas</strong>, al que convierte casi en mito griego: «No dejes de competir en belleza con los astros: / tú eres uno, y esta batalla es tuya y de tus ojos, / tuya y de tus labios expectantes de elegía». </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">También de la admiración le salió poco antes de morir a <strong>Mario Benedetti</strong> un hermoso soneto dedicado a <strong>Maradona</strong>, un elogio de la leyenda contra la decadencia al que pertenece este cuarteto; de un uruguayo a un argentino –toda una declaración de concordia–:</span></p>
<p style="padding-left: 210px;"><i><span style="font-weight: 400;">Tu edad de otras edades se alimenta<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">No importa lo que digan los espejos<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Tus ojos todavía no están viejos<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Y miran, sin mirar, más de la cuenta.</span></i></p>
<p>Pero ha sido quizá <strong>Luis García Montero</strong> quien ha escrito una de las más certeras aproximaciones poéticas al balompié en su poema “Domingos por la tarde” (2008), que acaba así:</p>
<p style="padding-left: 210px;"><i><span style="font-weight: 400;">Las verdades del área<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">son rectas de dudosa geometría,<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">como ardientes amores de ficción<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">en manos de un penalti.<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Por eso saben mucho<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">de la felicidad y la belleza.<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">No conviene que demos a estas cosas<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">un valor excesivo.<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Son noventa minutos en un vaso de agua<br />
</span></i><i><span style="font-weight: 400;">Pero a mí me han quitado muchas veces la sed</span></i></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Abundan, pues, los versos y los argumentos: el fútbol es capaz de excitar las más altas pasiones.</span></p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8759" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/santander_champions.jpg" alt="santander_champions" width="1238" height="680" /></p>
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		<title>Algunos buenos libros (xv)</title>
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		<pubDate>Sat, 18 May 2019 07:00:58 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Es un primor esta edición de El mago de Oz que trae El Paseo con nueva traducción de Óscar Mariscal y las ilustraciones originales de W. W. Denslow en el centenario de la muerte de su autor, Lyman Frank Baum. El cuento de Dorothy, Alicia de las praderas, que estaba llamado a ser una pieza clave de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Es un primor <a href="http://elpaseoeditorial.com/es/inicio/54-el-maravilloso-mago-de-oz-9788494588570.html" target="_blank">esta edición</a> de </span><i><span style="font-weight: 400;">El mago de Oz</span></i><span style="font-weight: 400;"> que trae <strong>El Paseo</strong> con nueva traducción de <strong>Óscar Mariscal</strong> y las ilustraciones originales de <strong>W. W. Denslow</strong> en el centenario de la muerte de su autor, <strong>Lyman Frank Baum</strong>. El cuento de Dorothy, </span><i><span style="font-weight: 400;">Alicia</span></i><span style="font-weight: 400;"> de las praderas, que estaba llamado a ser una pieza clave de la cultura contemporánea occidental, aparecía en 1900 con una llamativa ambición. «Incluyendo ya la educación moderna la moralidad en sus temarios, el niño de hoy solo busca entretenimiento en sus cuentos maravillosos, y con mucho gusto prescinde de todo episodio truculento», explicaba Baum en la introducción. «Con esto en mente, la historia de </span><i><span style="font-weight: 400;">El maravilloso mago de Oz</span></i><span style="font-weight: 400;"> fue escrita exclusivamente para complacer a los niños de hoy en día. Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, en el que se conservan el asombro y la alegría, y del que se excluyen las angustias y las pesadillas». Puede que el afán de Baum fuera sincero, pero el mundo de Oz ofrecía su propio reverso truculento, reflejo quizá del nuevo mundo en el que se inspiraba y al que iba dirigido, la Norteamérica que se preparaba para la hegemonía global. En su excelente ensayo </span><a href="https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/teenage-la-invencion-de-la-juventud-1875-1945-jon-savage/" target="_blank"><i><span style="font-weight: 400;">Teenage. La invención de la juventud</span></i></a><span style="font-weight: 400;">, editado el año pasado en España por <strong>Desperta Ferro</strong>, <strong>Jon Savage</strong> explica cómo tanto Baum como Denslow se nutrieron de las impresiones de la Exposición Universal de Chicago de 1893 para construir el mundo imaginario de la ciudad esmeralda. Aquel escenario efímero y deslumbrante, <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/World%27s_Columbian_Exposition" target="_blank">The White City</a>, donde 50.000 expositores de todo el mundo exhibieron las maravillas de la modernidad industrial, se erigía a pocos kilómetros de la ciudad real, gris y desmesurada, sobrepasada por las urgencias de su propio crecimiento. Denslow pasó en su recinto prácticamente todos los días que duró el certamen dibujando escenas para el </span><i><span style="font-weight: 400;">Herald</span></i><span style="font-weight: 400;"> de Chicago: «Lo primero que pensé, sabiendo que solo serviría para el breve lapso de seis meses, fue que compondría una ruina magnífica cuando todo hubiera terminado». ¿La fantasmagoría del capitalismo industrial inspirando la figura del mago farsante detrás del mundo de Oz? «El siglo XX exigía nuevos mitos y Oz no solo fue uno de los primeros, sino uno de los más duraderos. Junto con </span><i><span style="font-weight: 400;">La interpretación de los sueños</span></i><span style="font-weight: 400;">», publicado ese mismo año, </span><strong><i>El mago de Oz</i></strong><span style="font-weight: 400;"><strong> «se sitúa en un punto crucial en la concepción occidental de la juventud»</strong>, asegura Savage. Su libro es embriagador y sugerente y nos envuelve a la manera del tornado que se lleva a Dorothy, hasta el punto de hacernos caer de cabeza por nuestra propia cuenta en las páginas de <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-hollywood-babilonia-i/90059" target="_blank"><em>Hollywood Babilonia</em></a>, donde <strong>Kenneth Anger</strong> relata de manera inmisericorde el triste final de <strong>Judy Garland</strong>: «La Dorothy de </span><i><span style="font-weight: 400;">El Mago de Oz</span></i><span style="font-weight: 400;"> murió sentada en el retrete, apto para un viaje <a href="https://youtu.be/8TOBzT-1LfU" target="_blank"><em>over the rainbow</em></a>. Totalmente vestida, encorvada, como si estuviese rezando y con el rostro hecho un revoltillo ensangrentado, parecía una máscara azteca». Otra historia, desde luego, pero que ilustra hasta qué punto los cuentos de hadas, incluso los de nuevo cuño, precisan de un reverso de angustia y pesadilla para ser grandes.</span></p>
<p><a href="http://elpaseoeditorial.com/es/inicio/54-el-maravilloso-mago-de-oz-9788494588570.html"><img class="aligncenter wp-image-8730 size-full" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/978849458857-e1558127774205.jpeg" alt="cubierta_el magodeoz_final_230419.indd" width="300" height="434" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://elpaseoeditorial.com/es/inicio/54-el-maravilloso-mago-de-oz-9788494588570.html" target="_blank"><strong><em>EL MARAVILLOSO MAGO DE OZ</em></strong></a><br />
<strong>L. Frank Baum</strong>. Ilustraciones de <strong>W. W. Denslow</strong><br />
El Paseo</p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">No se sientan disuadidos por las sinopsis. No se trata de otra historia conmovedora ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Confíen sobre todo en el criterio de un sello fiable como <strong>Sexto Piso</strong>, que nos trae de vuelta a una de sus autoras fetiche, <strong>Nell Leyshon</strong>. </span><a href="http://www.sextopiso.es/esp/item/92/del-color-de-la-leche" target="_blank"><i><span style="font-weight: 400;">Del color de la leche</span></i></a><span style="font-weight: 400;"> apareció en 2013, obtuvo el premio a Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid en 2014 y desde entonces lleva más de 25.000 ejemplares vendidos. En <em>El bosque</em> la novelista y dramaturga inglesa –primera mujer en estrenar en el Shakespeare’s Globe de Londres– no ha buscado una temática vistosa sobre la que construir una novela. Ha sido al revés. <strong>Conmovida por la profunda carga afectiva que descubrió en su propia maternidad</strong>, Leyshon quería encontrar la mejor manera de escribir al respecto. Inventó a sus protagonistas, Zofia y Pawel, una madre y un hijo arrojados por las circunstancias a un destino incierto, y los situó en la Varsovia ocupada de la que le había hablado un amigo de sus padres, el ilustrador y autor de libros infantiles<strong> Jan Pienkowski</strong>. La novela aparece así trazada en dos movimientos: primero en Polonia, donde el niño Pawel, sensible e imaginativo, crece protegido por su madre, su tía y su abuela antes de que la guerra destruya aquel entorno de seguridad y obligue a Zofia y su hijo a buscar refugio en el bosque del título. <strong>Escondidos al cuidado ocasional de una anciana con trazas de hechicera</strong>, Pawel descubre la vida de verdad y establece con su madre un vínculo fortísimo basado en «la intimidad de estar encerrado en aquel establo con el olor a orín y mierda de caballo» y en la emoción posterior de haber sobrevivido. </span>El segundo movimiento tiene lugar décadas después en Inglaterra, donde Zofia y Pawel se han convertido en Sofia y Paul, ciudadanos ingleses. Ella viuda, él escenógrafo de éxito que decide reciclarse en ilustrador y marcharse a vivir al campo, secretamente estimulado por el recuerdo de lo que aprendió acerca de cultivos y plantas en el bosque, y sobre todo decidido a compartir la vida con Alexander, su pareja desde hace años, tras la despenalización de la homosexualidad en Inglaterra, y hacérselo saber a su madre, que hasta entonces ha vivido al margen de ese aspecto fundamental de sí mismo. <span style="font-weight: 400;">«Ellos dos, surgidos de las cenizas de todo eso, </span><i><span style="font-weight: 400;">todo eso</span></i><span style="font-weight: 400;">. <strong>Han atravesado el gran siglo XX, escondidos en el bosque para sobrevivirlo, y aquí están ahora, en el siglo XXI</strong>». Ellos y un adorado libro que estimuló los sueños a los que con el tiempo Paul daría su propia forma. </span>Nell Leyshon administra todo ello con sutileza y encanto. Evocando los sucesivos episodios de esas dos trayectorias trenzadas, describiendo con gran delicadeza los momentos y gestos de ese enorme amor filial desde la perspectiva de cada uno. Y evidenciando, de paso, lo próximos que pueden estar, a tiro de unas pocas décadas y unas horas de vuelo, el sosiego y el infierno.</p>
<p style="text-align: left;"><a href="http://sextopiso.es/esp/item/439/el-bosque"><img class="aligncenter size-full wp-image-8731" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/978841751728-e1558127944455.jpeg" alt="978841751728" width="300" height="459" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://sextopiso.es/esp/item/439/el-bosque" target="_blank"><em><strong>EL BOSQUE</strong></em></a><br />
<strong>Nell Leyshon</strong><br />
Sexto Piso</p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;"><strong>Rafael Abella</strong> (1917–2008) fue uno de los grandes autores de la historia popular enfocada particularmente sobre la Guerra Civil y el franquismo. Químico de formación y profesión, en los años 70 se inició en la escritura de libros de divulgación histórica para la Editorial Planeta, donde terminó trabajando y llegó a llevar las relaciones institucionales de la casa. Lo cierto es que Abella tuvo el honor de abrir una aventura editorial clave: el primer título de la colección <strong>Espejo de España</strong> creada y dirigida por <strong>Rafael Borràs</strong> fue </span><i><span style="font-weight: 400;">La vida cotidiana durante la Guerra Civil. La España nacional</span></i><span style="font-weight: 400;"> (1973). Después llegaría, en 1975, el volumen correspondiente a la España republicana, y en 1978 </span><i><span style="font-weight: 400;">Por el imperio hacia Dios</span></i><span style="font-weight: 400;">, una visión en las mismas coordenadas de la España de la posguerra entre 1939 y 1953, cuando tiene lugar la firma de los acuerdos con Estados Unidos, <strong>momento en que el régimen consigue la aceptación internacional y el influjo del partido único empieza a decaer</strong> hasta la insignificancia meramente simbólica. Ese libro ha servido precisamente de base para la refundición que ahora presenta <strong>Arzalia</strong> en edición de <strong>David Pallol</strong>. Una actualización del trabajo de Abella, reescritura en algunos aspectos, que adapta a nuestro tiempo el importante trabajo de investigación e interpretación que realizó su autor. El resultado es una síntesis plausible y muy bien articulada de historia política, social y cultural expresada con un estilo ameno y accesible. <strong>Una introducción muy recomendable</strong> para conocer no sólo la estructura política del Estado y las sensibilidades ideológicas que anidaban en él, sino realidades como la represión, la miseria, la censura, o la moral y las costumbres imperantes. Aderezado todo con curiosas estampas publicitarias extraídas de la prensa del momento.</span></p>
<p style="text-align: left;"><a href="https://arzalia.com/libros/la-espana-falangista/"><img class="aligncenter size-full wp-image-8732" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/la-espana-falangista-e1558128097815.jpg" alt="la-espana-falangista" width="300" height="460" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="https://arzalia.com/libros/la-espana-falangista/" target="_blank"><em><strong>LA ESPAÑA FALANGISTA</strong></em></a><br />
<strong>Rafael Abella</strong><br />
Arzalia</p>
<p style="text-align: left;">En este loco mundo de la edición de hoy, <strong>cuando parece que todo libro debe tener un potencial <em>decorativo</em> </strong>si quiere abrirse hueco en los estantes de novedades, es necesario reivindicar diaria, denodada, incansablemente la labor de esos editores de verdad que sacan adelante un proyecto intelectual antes que estético. Como <strong>Raúl Herrero</strong>, que con sus <strong>Libros del Innombrable</strong> va conformando discretamente un catálogo imprescindible de <strong>heterodoxos, herméticos y obliterados por las modas vigentes</strong>. Todavía sobre la mesa el imponente testamento artístico de <strong>Josep Soler i Sardà</strong> llega en el post centenario de su nacimiento esta antología de otro autor caracterizado por su independencia, <strong>Werner Aspenström</strong>, uno de los grandes poetas suecos del XX, a cargo de una figura de la traducción en España como <strong>Francisco J. Uriz</strong>. Después de preparar la antología de Aspenström que hace ahora veinte años publicó <strong>Kepa Murua</strong> en su editorial Bassarai, Uriz siguió traduciendo «por puro capricho», pero con cierta intención de completarla y ampliarla. «En una charla con el Innombrable», cuenta Uriz en el prólogo, «le conté lo que estaba haciendo, me dio luz verde para seguir mi proyecto hasta su publicación y hace un par de años me puse seriamente a la labor». <strong>De Zaragoza tenían que ser</strong>. Aquí está el resultado, que triplica aquella primera antología. Y es un placer el descubrimiento de una obra «imbuida de sabiduría campesina y filosofía zen, con una particular visión de la vida que difunde en pequeñas miniaturas, sin levantar la voz, con dulce melancolía». Frente al pesimismo de los escritores de su generación, la escritura de Aspenström se fija con humor y agudeza en <strong>una cotidianidad donde no faltan los problemas, pero tampoco la luz que desafía la oscuridad de la existencia</strong>. Comprometido pero no panfletario, escéptico pero no cínico, «desconfía de las grandes palabras, del estilo ampuloso y de los grandes gestos» así como del intelectualismo en general. Aspenström se inspira con frecuencia en la naturaleza donde se crió como niño campesino y en los sueños que recopiló metódicamente durante toda su vida. Para muestra este delicado botón titulado “Oruga medidora”: <em>Me asomo a la hoja de mi cerezo / y oteo hacia la eternidad: / hoy la eternidad es algo demasiado grande, / demasiado azul y kilométrico. / Creo que voy a quedarme en mi cerezo / midiendo mi verde hoja de cerezo.</em></p>
<p style="text-align: left;"><a href="http://www.librosdelinnombrable.com/noticias/noticias.asp?idNoticia=545"><img class="aligncenter size-full wp-image-8733" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/El_poeta_quiere_que_la_poesía_se_abra_al_mundo-e1558128332395.jpg" alt="El_poeta_quiere_que_la_poesía_se_abra_al_mundo" width="300" height="443" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://www.librosdelinnombrable.com/noticias/noticias.asp?idNoticia=545" target="_blank"><em>EL POETA QUIERE QUE LA POESÍA SE ABRA AL MUNDO</em></a><br />
Werner Aspenström<br />
</strong>Libros del Innombrable</p>
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		<title>Algunos buenos libros (xiv)</title>
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		<pubDate>Fri, 10 May 2019 17:52:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Llegan dos libros sobre Madrid. El poeta y escritor Sergio C. Fanjul propuso el año pasado al Ayuntamiento de la capital de España realizar una serie de paseos urbanos por los 21 distritos de la ciudad, en paralelo a diversas actividades de los Veranos de la Villa, con el propósito de escribir una crónica de cada uno [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Llegan dos libros sobre Madrid. El poeta y escritor <a href="https://twitter.com/txepeligro" target="_blank"><strong>Sergio C. Fanjul</strong></a> propuso el año pasado al Ayuntamiento de la capital de España realizar una serie de paseos urbanos por los 21 distritos de la ciudad, en paralelo a diversas actividades de los Veranos de la Villa, con el propósito de escribir una crónica de cada uno de ellos. Así fue, y así se entregaron a los asistentes de los espectáculos y <a href="https://veranosdelavilla.madrid.es/es/proyecto/1/expedicion-asfaltica#" target="_blank">se publicaron en la web de los Veranos de la Villa</a>. Sobre aquello ha compuesto Fanjul este libro, <em>La ciudad infinita</em>. Para la ocasión las crónicas se han visto enriquecidas con reflexiones posteriores y experiencias previas. Porque Fanjul <strong>tuvo vocación de pasear Madrid desde que en 2001, con 21 años, llegó de su Oviedo natal</strong> para estudiar un segundo ciclo de Astrofísica. Venía de la pequeña Vetusta con un picor de <em>flâneur</em> que sólo se podía resolver en una gran ciudad, porque si sigues la calle Uría cuando te quieres dar cuenta estás encaramado al Naranco. En Madrid, sin embargo, se puede satisfacer con creces el deseo deambulatorio. Como buen explorador urbano, Fanjul no se paró en las barras de la almendra central; rebasó las pasarelas de la M-30 y buscó la vida y el encanto de los barrios del Gran Madrid, aquel que fue creciendo desde mediados de los 50 del XX para recibir la emigración interior absorbiendo de paso los pueblos cercanos –un proceso que Fanjul atribuye, aventurándose un poco, a la supuesta voluntad del Caudillo de competir con Barcelona en hechuras y alcance–. El autor camina con ánimo periodístico y escribe lo que va viendo, apuntalándolo con lecturas e impresiones personales. <strong>Acierta a pillarle el tono a la ciudad, lo cual no es fácil, porque Madrid no es la típica urbe vistosa y monumental</strong>. </span><span style="font-weight: 400;">«En eso radica el infinito encanto de Madrid: en esa sencillez, en ese caos, esa complejidad, esa irresumibilidad, en esa cutrez, en ese desenfado, en ese aldeanismo universal, en ese casticismo, en ese amor por la buena vida, que se va acabando a base de emprendimiento, turistas, franquicias, desahucios y pensamiento positivo». Confiemos en que no sea así, en que no se vaya acabando. Al fin y al cabo Madrid nunca ha sido ajena a las modas foráneas –¿qué es si no Lhardy?– y ha sido capaz de ir incorporándolas sin renunciar a su carácter. Por eso todavía no se pueden hacer fotos en <a href="https://goo.gl/maps/BnUeU2JoSkFTg6mv7" target="_blank">La Venencia</a>.</span></p>
<p><a href="https://www.megustaleer.com/libros/la-ciudad-infinita/MES-108359#"><img class="aligncenter size-full wp-image-8722" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/ERK11630-e1557508803289.jpg" alt="ERK11630" width="300" height="426" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="https://www.megustaleer.com/libros/la-ciudad-infinita/MES-108359#" target="_blank"><strong><em>LA CIUDAD INFINITA</em></strong></a><br />
<strong>Sergio C. Fanjul</strong><br />
Reservoir Books</p>
<p> </p>
<p><span style="font-weight: 400;">Encaramado a un cerro del sureste de Madrid, Fanjul se hace preguntas habituales ante quien ve en lontananza el heterogéneo caserío de la tercera aglomeración de Europa: «De donde saldrá la energía para alimentar un monstruo tan descomunal», o «por qué hay tanta gente en Madrid». De esa extrañeza de la ciudad en medio de la nada parece alimentarse la historia legendaria de un lugar llamado Maderit, trasunto capitalino surgido de la imaginación de <strong>Alberto Otto</strong> y que se aparece en tinieblas con cuatro brevísimos movimientos en su primer y sorprendente libro </span><i>Un chalet en la Gran Vía</i><span style="font-weight: 400;">. Una idealización remota de un poblachón aislado y fortificado, rodeado de la nada castellana, al que una tarde llega insospechadamente el sonido del mar porque desde el Mediterráneo hasta allí de repente solo hay silencio, y en cuyo límite oriental sus habitantes deciden instalar un potente faro de secano porque buscaban </span><span style="font-weight: 400;">«gente para divertirse. <strong>Una ciudad pérfida y cansada de sí misma a la que todo le venía bien</strong>». </span></p>
<p>Los de Otto –él sí nacido en Madrid, crecido entre Carabanchel y Aluche según se nos informa desde la solapa de su libro– son una colección de <strong>setenta textos breves o greguerías extendidas de nuevo cuño</strong> vertebradas por la presencia más o menos explícita de la ciudad, que su autor vislumbra y madura desde una ventana del Madrid de los Austrias. Desde la cual intuye la música del reciclaje perpetrada por dos monjas neocatecumenales en la Plaza de la Paja, sonido celestial de la basura, o el lamentable destino del anillo arzobispal perdido entre bolsas sucesivas de la farmacia, la frutería y una tienda de lujo. <strong>El chispazo surrealista se hace ramoniano y funciona porque Alberto Otto escribe muy bien.</strong> No sucumbe al tono resabido de la «gente irónica de Madrid que trabaja en revistas». Tampoco a los tics del escritor profesional que hasta la fecha no es, ni se deja llevar por la tentación de hacer política que brinda el contexto municipal. Este libro es creación pura. El lector se ríe con frecuencia ante la sutileza y la brillantez del punto de vista y el tono con que Otto metaboliza las imágenes de la ciudad. Con los diversos ecosistemas que representan las mesas de un bar tras la batalla del menú del día, por ejemplo, o con «los abuelos de puta» empeñados en desquitarse de toda una vida de orden y buena voluntad, o con las niñas chinas que ejercen la representación diplomática de las tiendas de alimentación de sus padres. Hay un inventario de pasadizos secretos entre edificios de Madrid, transexuales titánicos, guepardos que violan a los leones del Congreso, cosas que dicen cosas, gentes que miran a gente que mira un infarto, escolares que se meten en su mochila para refugiarse de los adultos –he aquí la greguería: «El niño es un caracol escolar con una concha de nailon»– y hasta «una historia verídica sobre la reina» que apetece mucho contrastar cualquier martes de primavera. Pero esta enumeración es inútil. A Otto hay que leerlo. Es inteligente y original, lo cual ya es mucho decir hoy que todo el mundo va a rueda de otros. Este no es otro bonito libro entelado.</p>
<p><a href="http://www.terrranova.com/producto/un-chalet-en-la-gran-via/"><img class="aligncenter size-full wp-image-8723" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/UnChaletenlaGranVia_cover-e1557508856561.jpg" alt="UnChaletenlaGranVia_cover" width="300" height="445" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><strong><strong><a href="http://www.terrranova.com/producto/un-chalet-en-la-gran-via/" target="_blank"><em>UN CHALET EN LA GRAN VÍA</em></a><br />
Alberto Otto<br />
</strong></strong>Terranova</p>
<p> </p>
<p><span style="font-weight: 400;">«Todo se puede entender mirando los cajones de una ferretería». Un hombre como D., consagrado a la venta de herramientas y tornillería, tenía necesariamente que explicarle el mundo a su hija M. en esos términos. El mandamiento reposa en dos lecciones adicionales: lo grande y lo pequeño se complementan y <strong>un solo tornillo mal puesto puede precipitar el fin del mundo</strong>. Con semejantes argumentos a D. no le costó convencer a su hija para que le acompañara en sus aventuras como viajante por el sur de Chile de espaldas a su madre y dejando de lado la escuela. Con solo 7 años M. se convierte en valiosa compañera de negocio y descubre las sutilezas del mundo, las flaquezas y la picaresca como sólo se puede descubrir en el comercio y visitando los pueblos –otra lección: «Todos los pueblos son iguales»–. La propia M. es la narradora de <em>Kramp</em>, de María José Ferrada, premiada escritora de poesía y narrativa infantil y juvenil que con esta novela publicada en su país en 2017 y traducida ya al italiano ha dado el salto a literatura para adultos con muy buen pie.</span></p>
<p><a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=5810479&amp;id_col=100500&amp;id_subcol=100501"><img class="aligncenter size-full wp-image-8721" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/61HMLesK9bL-e1557508889479.jpg" alt="61HMLesK9bL" width="300" height="455" /></a></p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong><strong><a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=5810479&amp;id_col=100500&amp;id_subcol=100501" target="_blank"><em>KRAMP</em></a><br />
María José Ferrada<br />
</strong></strong>Alianza</p>
<p> </p>
<p><strong>Josep Lluís Sert</strong> en la portada de un libro debería ser un reclamo infalible para cualquier lector curioso. Es uno de esos personajes de la historia española reciente cuya figura rebasa con creces la concreción, en su caso excelente, del desempeño profesional. Hijo de lo mejor de Barcelona, con retrato infantil realizado por <strong>Ramón Casas</strong> incluido y Rolls a la puerta del palacio del Tibidabo para ir a clase en la universidad, interpretó desde muy pronto su oficio, la arquitectura, en los términos del movimiento moderno con un acusado ingrediente social. Eso le acercó a la República y después de la guerra al exilio, formando parte de la triste pero deslumbrante diáspora europea que marchó a Estados Unidos empujada por los totalitarismos. <strong>María del Mar Arnús</strong>, autora de este <em>Ser(t) arquitecto</em>, es de la familia: esposa del actual conde de Sert, y madre de otro arquitecto Sert. Tuvo la oportunidad de conocer bien a Josep Lluís y a la inefable <strong>Moncha</strong>, su compañera de vida, una mujer de pueblo a la que la madre de su esposo nunca quiso conocer pero que «lo fue todo para él». La indudable implicación de Arnús le impide establecer la siempre recomendable distancia, pero cuenta a cambio con las ventajas de la proximidad: la documentación y los testimonios a mano. Vemos aquí <strong>el descubrimiento de Ibiza como paisaje y enclave de arquitectura vernácula</strong> que induce los conceptos básicos de la obra de Sert: <strong>simplicidad en las formas, claridad en las ideas y atención al entorno</strong> –«Una construcción geométrica simple, una arquitectura sin estilo y sin arquitecto, una dignidad ejemplar, un reposo para los ojos y para el espíritu», como dirá en su revista <a href="https://www.museoreinasofia.es/publicaciones/ac-revista-gatepac" target="_blank"><em>AC</em></a> del GATEPAC–; las aventuras intelectuales por una nueva arquitectura, la relación con los maestros <strong>Gropius</strong> y <strong>Le Corbusier,</strong> el proyecto del Pabellón de la República para la exposición de París del 37, la diáspora en Norteamérica, la labor en Harvard… Una excelente introducción a su figura.</p>
<p>*Y un pretexto para revisitar <a href="http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-josep-lluis-sert-sueno-nomada/2567683/" target="_blank">el <em>Imprescindibles</em> dedicado a Sert</a>, ahora que el programa de La 2 de TVE ha recibido el <a href="http://www.rtve.es/rtve/20190509/imprescindibles-rtve-premio-nacional-television-2019/1934000.shtml" target="_blank">Premio Nacional de Televisión</a>.</p>
<p><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/biblioteca-de-la-memoria/ser-t-arquitecto/9788433908124/BM_41"><img class="aligncenter size-full wp-image-8720" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/26c41383c86fd626835361612f9df04edde4b415-e1557508946274.jpeg" alt="26c41383c86fd626835361612f9df04edde4b415" width="300" height="479" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/biblioteca-de-la-memoria/ser-t-arquitecto/9788433908124/BM_41" target="_blank"><em><strong>SER(T) ARQUITECTO</strong></em></a><br />
<strong>María del Mar Arnús</strong><br />
Anagrama</p>
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		<title>Algunos buenos libros (xiii)</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2019 16:31:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[El diálogo es una fórmula fructífera de obtención de conocimiento. Y hoy es más necesaria que nunca. Porque ahora que todo se plantea en términos de conversación, paradójicamente, se ha deteriorado la disposición general a entender las razones del otro y la aceptación del disenso. Por eso es tan oportuna esta colección Diálogos de Gedisa que ahora ha [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El diálogo es una fórmula fructífera de obtención de conocimiento. Y hoy es más necesaria que nunca. Porque ahora que todo se plantea en términos de <em>conversación</em>, paradójicamente, se ha deteriorado la disposición general a entender las razones del otro y la aceptación del disenso. Por eso es tan oportuna esta colección <a href="http://www.gedisa.com/articulos.aspx?modo=c&amp;fam=304" target="_blank">Diálogos de Gedisa</a> que <a href="http://www.gedisa.com/ficha.aspx?idcol=304&amp;cod=304106&amp;titulo=Cultura-escrita-y-textos-en-red&amp;aut=Chartier,%20Roger%20/%20Scolari,%20Carlos%20A." target="_blank">ahora ha reunido</a> a dos figuras situadas en puntos bien distantes de la abigarrada red del saber en torno a los medios y tecnologías de la información y el conocimiento. El gran historiador del libro y la cultura <strong>Roger Chartier</strong> conversa con <a href="https://hipermediaciones.com/autor/" target="_blank"><strong>Carlos Alberto Scolari</strong></a>, estudioso pionero de una disciplina, la ecología de medios, que en la senda abierta de manera visionaria por Marshall McLuhan ha visto multiplicarse los frentes a cubrir con la revolución digital. <strong>¿Cómo resistir los peligros que amenazan la difusión del conocimiento y la democracia?</strong> ¿Debemos aceptar la mera sustitución de soportes supuestamente obsoletos, como el libro de papel, o por el contrario debemos afirmar «la necesidad de asociar las tres culturas de lo escrito que todavía tenemos hoy en día» –la escritura a mano, la publicación impresa y la escritura digital– para alcanzar una armonía fructífera? Son las preguntas de arranque que se hace Chartier para afrontar un momento tan intenso de cambios como el actual: nunca las transformaciones de la cultura escrita, ya fueran técnicas, morfológicas o culturales, tuvieron lugar de manera simultánea y tan rápida. Cuando el ser humano, y por ende el lector, se convierte en un hatajo de datos; cuando desaparece la mediación, y por eso las mentiras y los errores vuelan con mayor rapidez; y cuando la lectura digital, como parte de la lógica general de la aceleración, deteriora la necesaria paciencia interpretativa, la exigencia de validación y modifica las estructuras mentales. Razones, apunta Chartier, para <strong>volver a las bibliotecas y las librerías sin dejar de mirar al futuro</strong>, pero tampoco al pasado, donde Scolari está convencido de que se hallan muchas de las respuestas que necesitamos para no naufragar en este presente tan fluido.</p>
<p><a href="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/304106-e1556900628536.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-8706" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/304106-e1556900628536.jpg" alt="304106" width="300" height="444" /></a></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.gedisa.com/ficha.aspx?idcol=304&amp;cod=304106&amp;titulo=Cultura-escrita-y-textos-en-red&amp;aut=Chartier,%20Roger%20/%20Scolari,%20Carlos%20A.#.XMxhfNMzaRs" target="_blank"><em><strong>CULTURA ESCRITA Y TEXTOS EN RED</strong></em></a><br />
<strong>Roger Chartier y Carlos A. Scolari</strong><br />
Gedisa</p>
<p> </p>
<p>Un medio que ha sobrevivido a la revolución digital, o se ha adaptado ejemplarmente integrándose en los nuevos medios, ha sido la radio. Para la radio polaca concibió <strong>Sławomir Mrożek</strong> en los años 60, antes de su exilio, estas piezas satíricas que ahora reúne <strong>Acantilado</strong>. Se reconoce con júbilo ese humor excepcional que surge de la adversidad. De la escasez y la ausencia de libertades y de la observación de un poder tan torpe como arbitrario. Sea en la taberna, en la plaza mayor o en la oficina, los encantadores funcionarios y apesebrados estatales de Mrożek <strong>juguetean con la estupidez burocrática de una superioridad que promulga ordenanzas absurdas</strong> como instalar un ascensor en un edificio público de una planta al que, lo que es peor, hay que darle uso como sea. Y así se suceden estos microrrelatos ejemplares sobre un funcionario hallado vivo bajo una montaña de expedientes, o aquel declarado desaparecido en el insondable Archivo de Asuntos Pendientes, o un ciudadano desaprensivo dispuesto a esperar durante horas sin perder la paciencia, o el pervertido que siembra el terror en la ciudad regalando billetes en el parque, o el hombre con un guisante alojado en la nariz que se convierte en materia de jardinería por la larguísima lista de espera del médico. El notable Mrożek encuentra, a través del humor y del absurdo, la manera de desafiar al poder, poniendo en evidencia las contradicciones de un régimen y los códigos puestos en circulación para adormecer las conciencias.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8707" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/9788417346645-e1556900665603.jpg" alt="9788417346645" width="300" height="453" /></p>
<p style="text-align: center;"><em><strong>MAGACÍN RADIOFÓNICO</strong></em><br />
<strong>Sławomir Mrożek</strong><br />
Acantilado</p>
<p> </p>
<p>Curiosos pero prevenidos por su condición de periodista nos acercamos a los relatos de <strong>José A. Cano</strong>. Primera sorpresa: escribe bien. Se advierte además el entusiasmo del primerizo en la lid literaria. La primera pieza no es la mejor, y es atrevido poner a prueba de primeras la paciencia del lector contemporáneo, que, si hacemos caso a lo que más arriba dice Roger Chartier, es más bien escasa. Pero el conjunto va creciendo de relato en relato y nos encontramos metidos en una colección más que correcta, escrita con un estilo reconocible y muy sugerente. Algunos de los textos se entrelazan para componer <strong>un pequeño mundo eminentemente meridional de casas cuartel, base aéreas y audiencias provinciales</strong>. Imaginamos que construido a partir de las experiencias profesionales y personales de Cano, pero todo ello bien elaborado y sublimado, alejando así el riesgo de la autoficción satisfecha. Sin recrearse en florituras ni coloquialismos, brillando por su ausencia el mal de la metáfora –tan frecuente en las primeras tentativas literarias y en los escritores de periódico–, este es un libro meditado. Nos encantan dos relatos futbolísticos –qué complicado es escribir de fútbol de manera veraz y contenida– enlazados por la presencia de una estrella alemana, Markus Thon; que asiste primero a la sonada salida del armario de un compañero de equipo y protagoniza después una insospechada semifinal de Copa del Mundo contra Perú a cuya conclusión pierde de vista en el túnel de vestuarios a un contrincante querido con el que quería intercambiar algo más que la camiseta. Otro texto, «No conocí mucho a Álvarez», ofrece un retablo impresionista de la trastienda del sistema por boca de un eficaz abogado de altos vuelos cuya versatilidad –lo mismo apaña unas comisiones que un contrato deportivo– pone en evidencia los insospechados vasos comunicantes del poder. Y quién sabe si «Disturbio», o la llamada a su ex mujer en busca de consuelo de un veterano guardia civil, en el ojo del huracán mediático por el vídeo de una carga y un mal golpe, no será el primer relato del 1 de Octubre. Y hay otros muchos más que merecen la atención del lector atento del género breve en este libro puesto bajo la advocación de la ballena, quién sabe si en homenaje a <strong>Melville</strong> en su bicentenario.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8708" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/9788417064952_04_g-e1556900701463.jpg" alt="9788417064952_04_g" width="300" height="442" /></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.editorialbase.es/libros/350" target="_blank"><em><strong>EL AÑO DE LA BALLENA</strong></em></a><br />
<strong>José A. Cano</strong><br />
Editorial Base</p>
<p> </p>
<p>«Soy de la época, de la clase, que puede permitirse buscarle sentido a su vida». <strong>Claire Legendre</strong> (Niza, 1979) tuvo una abuela muy religiosa y supersticiosa que probablemente abonó su manera ansiosa de observar la realidad. Y una niña quiromante que iba a su colegio le auguró que moriría el 3 de julio de 2007 en un accidente de tráfico. Superó esa jornada fatídica de sus 27, pero para entonces ya había decidido no sacarse el carnet de conducir. Descubrió que se había sentido protegida por aquella siniestra profecía, y expuesta entonces a la incertidumbre de la vida afloraron los miedos de la hipocondría. Y Legendre, fumadora empedernida desde la adolescencia, conoció por culpa de su vicio que tenía órganos que no sabía que tenía, y le empezaron a doler sólo cuando les puso nombre. Y de ahí <em>El nenúfar y la araña</em>, <strong>una hermosa reflexión literaria y autobiográfica de resonancias kafkianas sobre el miedo individual y colectivo</strong>, el de «una civilización serena, a la que no amenazan ni la guerra ni el hambre», razón por la cual «cultivamos en nuestro interior los monstruos que nos devoran». Legendre hace aquí inventario de miedos: «Me da miedo no gustar y eso me hace cobarde. Me da miedo morir antes de haber aceptado la idea. Me da miedo vivir en vano. Me da miedo que no me quieran nunca más. Me da miedo no vivir de verdad…». Y así. Incluso «le da miedo lo que vayas a decir de este libro». Si en algún momento pensó que escribir le serviría de terapia, se desengaña y nos advierte. «En el momento de terminar sigo temblando: la escritura no es una válvula de escape. O si lo es, no resuelve nada».</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-8709" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/el-nenufar-y-la-arala-claire-legendre-600x923-e1556900738815.jpg" alt="el-nenufar-y-la-arala-claire-legendre-600x923" width="300" height="462" /></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://editorialtransito.es/producto/el-nenufar-y-la-arana/" target="_blank"><em><strong>EL NENÚFAR Y LA ARAÑA</strong></em></a><br />
<strong>Claire Legendre</strong><br />
Tránsito</p>
<p> </p>
<p>Oh, este existencialismo de nuevo cuño de Legendre no hubiera sorprendido a <strong>Owen Barfield</strong> (1898–1997). «Entre todos los signos amenazantes que nos rodean a mediados del siglo XX, tal vez lo que genera mayor desasosiego en las personas reflexivas sea la creciente y difundida sensación de una ausencia de sentido», escribe en los primeros compases de <em>El arpa y la cámara</em>, título de uno de los escritos que bautiza esta recopilación de ensayos de <strong>uno de los <em>inklings</em> que hicieron guardia desde Oxford contra la derrota del espíritu</strong>. Si a mediados del siglo XX Barfield se mostraba preocupado por la tiranía positivista de la ciencia, qué no diría hoy, cuando las ciencias cognitivas están a punto de someter todo sentimiento a una reacción química reconocible. No dejaría de insistir en que, siguiendo obstinada y únicamente el camino de la ciencia positiva, hemos perdido de vista el sentido y el espíritu y una comprensión más cabal de la naturaleza y el mundo; que sería «más cierto decir que<strong> hemos llegado a saber cada vez más sobre cada vez menos</strong>» y que perdiendo de vista la idea de ciencia de <strong>Goethe</strong> –«dedicó más tiempo a la investigación científica que a la poesía»– que inspiró al mismísimo <strong>Darwin</strong> se ha renunciado a algo básico: «Además de medir cantidades, el científico debe formarse para percibir cualidades». Y estas reflexiones sólo aluden al primero de los textos de este libro que, como siempre que se trata de Barfield, nos invita a cuestionar nuestras certezas y deshacer zozobras buscando trazas de sabiduría en un pasado que creemos anegado en superstición.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8710" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/0001-8-e1556900782602.jpg" alt="0001 (8)" width="300" height="471" /></p>
<p style="text-align: center;"><a href="https://www.edicionesatalanta.com/libro.php?id=146" target="_blank"><em><strong>EL ARPA Y LA CÁMARA</strong></em></a><br />
<strong>Owen Barfield</strong><br />
Acantilado</p>
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		<title>#leer293: Herman Melville, la escritura océanica</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2019 08:51:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición impresa]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace algo más de un año un artículo publicado en Babelia, el suplemento cultural del diario El País, sirvió para que Moby Dick aflorara por unos días a la superficie del anémico debate cultural español. Se trataba de la primera entrega de lo que pretendía ser una nueva sección iconoclasta –”Clásicos latosos”– en la que su [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Hace algo más de un año <a href="https://elpais.com/cultura/2017/12/12/babelia/1513073168_414520.html" target="_blank">un artículo</a> publicado en </span><i><span style="font-weight: 400;">Babelia</span></i><span style="font-weight: 400;">, el suplemento cultural del diario </span><i><span style="font-weight: 400;">El País</span></i><span style="font-weight: 400;">, sirvió para que </span><i><span style="font-weight: 400;">Moby Dick</span></i><span style="font-weight: 400;"> aflorara por unos días a la superficie del anémico debate cultural español. Se trataba de la primera entrega de lo que pretendía ser una nueva sección iconoclasta –”Clásicos latosos”– en la que su autor, <strong>Kiko Amat</strong>, un por lo demás estimable escritor en su género, se disponía a resumir «algunas de esas grandes obras de la literatura que seguro que ustedes no tienen intención de leer». Con atributos de monologuista Amat se estrenaba intentando desacreditar las virtudes de la obra maestra de Melville. <strong>Por una vez las redes funcionaron a favor del bien</strong> , Amat obtuvo <a href="https://elcultural.com/revista/opinion/Preferiria-no-hacerlo/40514" target="_blank">más de una respuesta</a> y la ironía pasada de vueltas, nota predominante de esta era del humor sin sentido del humor, no impuso su criterio negativo. La sección fue efímera y probablemente su autor esté todavía doliéndose de aquel trance.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Dada la inclinación de Amat por la música y la cultura pop, quizá la persona más indicada para convencerle de la grandeza de </span><i><span style="font-weight: 400;">Moby Dick</span></i><span style="font-weight: 400;"> sería un veterano de la escena musical londinense reconvertido en excelente escritor, <strong>Philip Hoare</strong>. El año pasado, coincidiendo con la publicación en España de su último libro, </span><a href="http://aticodeloslibros.com/index.php?id_product=144&amp;controller=product" target="_blank"><i><span style="font-weight: 400;">El alma del mar</span></i></a><span style="font-weight: 400;">, Hoare se ratificaba en la pasión melvilliana que ya había desarrollado en </span><a href="http://aticodeloslibros.com/index.php?id_product=65&amp;controller=product" target="_blank"><i><span style="font-weight: 400;">Leviatán o la ballena</span></i></a><span style="font-weight: 400;">: «No puedo esca­par de él. Melville es mi guía, como <strong>Bowie</strong>, como Prós­pero, el inven­tor, el hechi­cero, el mago. <strong>Es la per­sona que ha trans­for­mado el mar en alta lite­ra­tura</strong>», <a href="http://revistaleer.com/2018/10/philip-hoare-todo-el-mundo-es-precioso-en-el-mar/" target="_blank">explicaba a LEER</a>. «No existe mejor libro sobre el mar que </span><i><span style="font-weight: 400;">Moby Dick</span></i><span style="font-weight: 400;"> y jamás se escri­birá algo pare­cido. Pero no trata solo del mar, <strong>tam­bién de las balle­nas, de la fra­gi­li­dad humana, de la ambi­ción, del bien y el mal</strong>. Trata sobre lo que expe­ri­men­ta­mos en el mundo natu­ral, aque­llo que la natu­ra­leza nos expresa de manera poé­tica».</span></p>
<p><strong>Heraldo del futuro</strong>, del hastío existencial del oficinista a la inquietud espiritual ante la falta de sentido, anticipó desde el XIX la forma de contar del XX. Contra la incomprensión de sus contemporáneos y sobre todo de los nuestros, su obra maestra, <em>Moby Dick</em>, <strong>Quijote de los mares, sigue siendo una cornucopia literaria</strong>. Por eso hay que celebrar a Melville.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-8748" src="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/Portada-LEER-293-e1558437654130.jpg" alt="Portada LEER 293" width="600" height="810" /></p>
<p><span style="font-weight: 400;">En el número 293 de LEER el traductor <strong>J. Rafael Hernández Arias</strong> reflexiona acerca de la densidad simbólica y psicológica de los grandes personajes de Melville: <strong>Bartleby</strong> y su pasividad subversiva, la angustiosa parálisis de <strong>Benito Cereno</strong> o la insoportable pureza de <strong>Billy Budd</strong>. <strong>Gonzalo Pernas</strong> explica el camino de Melville hasta </span><i><span style="font-weight: 400;">Moby Dick</span></i><span style="font-weight: 400;">, verdadera odisea moderna, «refutación brutal del optimismo emersoniano» que sustentaba la nueva civilización norteamericana y cuyo protoexistencialismo e iconoclastia no serán apreciados hasta bien entrado el siglo XX.  <strong>Andrés Barba</strong>, autor de una de las más recientes adaptaciones al castellano de la novela, publicada por <a href="http://sextopiso.es/esp/item/228/10/moby-dick" target="_blank">Sexto Piso</a>, escribe sobre las dificultades de traducir <em>Moby Dick </em>desde su mismo e icónico comienzo, «Call me Ishmael», que anticipa el denso mundo de referencias bíblicas de la novela. A ese respecto <strong>Francisco Javier Expósito</strong>, autor reciente de <a href="https://www.lahuertagrande.com/publicacion/somos-tierra-santa-la-paz-de-meville/" target="_blank">un libro</a> inspirado por el viaje de Melville a Tierra Santa, ensaya una hipótesis de trinidad espiritual encarnada por Ismael y Ahab y la ballena, que serían una proyección de Melville y sus progenitores. Y aún va más allá <strong>Álvaro Cortina</strong> en <strong>un excelente artículo sobre el capítulo 42 de </strong></span><strong><i>Moby Dick</i></strong><span style="font-weight: 400;"><strong>, “La blancura de la ballena”</strong>, «epicentro del sistema nervioso» de la novela, una «reversión de la teología de la luz» donde Ismael, preso de un rapto casi chamánico, adopta maneras de profeta para reflexionar sobre el horror de lo blanco. <strong>Ada del Moral</strong> sitúa en el gran cetáceo al héroe de la historia melvilliana, y <strong>Víctor Márquez Reviriego</strong> acude a New Bedford de la mano de <strong>Malcolm Lowry</strong> para hacerle a Melville su Auténtica Entrevista Falsa –«La América de Nueva Inglaterra era entonces más pija y victoriana que la Inglaterra puritana y puñetera. Por eso el siglo XIX fue para mí el siglo equivocado»–. <strong>Óscar Caballero</strong> ofrece una breve y apasionante <strong>historia de la caza de la ballena</strong>, la gran industria preindustrial, un mundo de ayer nacido en el Golfo de Vizcaya y del que Melville levantó acta. Y <strong>José Luis Garci</strong>, en un fragmento recuperado de su libro de 1971 sobre <strong>Ray Bradbury</strong>, a punto de ser reeditado, reconstruye la aproximación del autor de <em>Crónicas marcianas</em> a la novela para escribir el guión de la película de <strong>John Huston</strong>. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Melville es portada de un número con otros muchos argumentos. <strong>Anxo F. Couceiro</strong> se pregunta <strong>quién mató los premios literarios</strong> después de que el último Biblioteca Breve reabriera tímida, y a veces cínicamente, el debate crítico sobre la dignidad de los mismos en España. <strong>Felipe Benítez Reyes</strong> y <strong>Juan Soto Ivars</strong> responden. En contraste, desde Francia, donde la mayoría de premios prestigiosos se conceden a libros ya publicados, <strong>Óscar Caballero</strong> cuenta en un informe imprescindible cómo su mundo editorial hierve al calor de una prosperidad donde las esferas antaño inmiscibles de la literatura y el <em>best seller</em> se confunden y los directores editoriales protagonizan traspasos millonarios, mientras una masa de <em>jornaleros de la gloria</em> de la escritura observan desde los márgenes del sistema. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Recientemente la Residencia de Estudiantes ha publicado un monumento de la cultura española, el <a href="http://tienda.edaddeplata.org/tienda/SelectProd.do;jsessionid=3D0D6073918739A4B4A1596DA3BAC09F?prodId=297&amp;year=2018&amp;category=novedades&amp;name=Alberto+Jim%C3%A9nez+Fraud.+Epistolario%2C+1905-1964&amp;author=VV.+AA." target="_blank"><em>Epistolario</em></a> de <strong>Alberto Jiménez Fraud</strong>. Un personaje clave pero poco conocido, consagrado a la creación, desarrollo y dirección de la Residencia desde 1910 hasta mucho más allá de su clausura tras la Guerra Civil. Sus cartas ofrecen una historia coral, polifónica, que participa del gran relato de la diáspora europea y reúne testimonios muy importantes de lo que el propio Jiménez Fraud llamó el «naufragio español». Sobre esta trabajo imponente <strong>Borja Martínez</strong> ha hablado con uno de sus editores, <strong>José García-Velasco</strong>. </span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Y si <strong>Álvaro Bermejo</strong> esclarece los misterios y desactiva el potencial escandaloso que ante el nuevo puritanismo ofrece el arte de <strong>Balthus</strong> que ha brillado los últimos meses en el <a href="https://www.museothyssen.org/exposiciones/balthus" target="_blank">Thyssen</a>, <strong>José Sánchez Tortosa</strong> escribe sobre educación aprovechando la coincidencia en librerías de varios títulos que cuestionan rigurosamente las fórmulas pedagógicas dominantes, entre ellos uno suyo, </span><a href="https://www.akal.com/libro/el-culto-pedagogico_49292/" target="_blank"><i><span style="font-weight: 400;">El culto pedagógico</span></i></a><span style="font-weight: 400;">. </span>Entrevistas con <strong>Javier Pérez Andújar</strong> (<a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/la-noche-fenomenal/9788433998712/NH_622" target="_blank"><em>La noche fenomenal</em></a>), <strong>Elisa Levi</strong> (<a href="https://www.planetadelibros.com/libro-por-que-lloran-las-ciudades/283530" target="_blank"><em>Por qué lloran las ciudades</em></a>), <strong>Carlos Manuel Álvarez</strong> (<a href="http://www.sextopiso.es/esp/item/416/los-caidos" target="_blank"><em>Los caídos</em></a>), <strong>Eloy Tizón</strong> (<a href="http://paginasdeespuma.com/catalogo/herido-leve/" target="_blank"><em>Herido leve</em></a>), <strong>Loreto Urraca Luque</strong> (<a href="http://www.funambulista.net/2018/entre-hienas/" target="_blank"><em>Entre hienas</em></a>) o <strong>Esteban Hernández</strong> (<a href="https://www.akal.com/libro/el-tiempo-pervertido_49315/" target="_blank"><em>El tiempo pervertido</em></a>) y las secciones habituales completan <a href="http://revistaleer.com/wp-content/uploads/2019/05/LEER293_sumario.pdf" target="_blank">un jugoso número de LEER</a> disponible en kioscos y librerías.</p>
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