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Fútbol inspirador

Deporte y cultura nunca han sido territorios incomunicados. En el caso del fútbol, las mejores crónicas siempre han frisado el territorio de la literatura, y no han faltado los poetas dispuestos a glosar la lírica y la épica del juego y sus protagonistas.

leer_para_santanderIlustración: Ricardo Fumanal

Como ha escrito Javier Marías, en el pasado «no había inte­lec­tual que se atre­viera a con­fe­sar públi­ca­mente que le gus­tara el fút­bol», «esa cosa estú­pida de ingle­ses» en pala­bras de Bor­ges. Recí­pro­ca­mente, el mundo del fút­bol siem­pre ha mirado con sos­pe­cha la cul­tura. Jorge Val­dano ha con­tado más de una vez que cuando era juga­dor un entre­na­dor le prohi­bía leer en las con­cen­tra­cio­nes por­que creía que eso le dis­traía. Desde un dia­rio ofi­cial se cri­ti­caba así durante el fran­quismo al fut­bo­lista del Real Madrid Manuel Fer­nán­dez Pahíño: «¿Qué puede espe­rarse de un delan­tero que lee a Dos­toievski?». Dos veces Pichi­chi, pese a los libros.

Auto­res como el men­cio­nado Marías, Manuel Váz­quez Mon­tal­bán o el mexi­cano Juan Villoro han com­ba­tido y des­he­cho «un pre­jui­cio erró­neo que sitúa deporte y cul­tura como agen­tes incom­pa­ti­bles», tal y como ha escrito el Nobel peruano Mario Var­gas Llosa. Y poco a poco los escri­to­res han dejado de escon­der su afi­ción y se han atre­vido a reivin­di­car, no sólo las posi­bi­li­da­des lite­ra­rias del fút­bol sino su con­di­ción de labo­ra­to­rio a escala de can­cha de la come­dia humana. Como juego que es, «esta­blece unas nor­mas, y al hacerlo acota un terri­to­rio frente a la vida abierta», escri­bía hace unos años en LEER David Gis­tau. Si «un equipo es un com­pen­dio de vir­tu­des» como «la cama­ra­de­ría y el com­pro­miso», el par­tido se pre­senta como «un pre­texto para some­terse, sin derra­ma­mien­tos de san­gre homé­ri­cos, a prue­bas tales como la vic­to­ria, la derrota, la supera­ción y la ten­ta­ción de la trampa».

Donde hay héroes hay mate­rial épico y lite­ra­rio, y con ello la posi­bi­li­dad de comu­ni­car emo­cio­nes y valo­res posi­ti­vos como la vir­tud de la exce­len­cia o la humil­dad. Un refe­rente ético e inte­lec­tual como Albert Camus lo dejó claro: «Des­pués de muchos años en los que el mundo me ha per­mi­tido varia­das expe­rien­cias, lo que más sé a la larga, acerca de la moral y de los hom­bres, se lo debo al fút­bol». Más cerca de noso­tros, otro escri­tor fut­bo­lista como Juan José Armas Mar­celo lo expli­caba a su manera: «Le debo al fút­bol haber cono­cido desde muy joven las nece­si­da­des de otras cla­ses socia­les dis­tin­tas a la mía, mucho más bajas y casi en la mise­ria; hijos de gen­tes que no tenían ni siquiera para ves­tirse eran mis com­pa­ñe­ros de aque­lla pasión de niño y ado­les­cente: el fút­bol». Armas Mar­celo le escu­chó decir en muy pocas pala­bras a un colega de filas en la Unión Depor­tiva Las Pal­mas, el mejor delan­tero cen­tro de la his­to­ria del club cana­rio y hoy su pre­si­dente de honor, Ger­mán Dévora, la clave de todo esto: «Al fút­bol no se juega con los pies. Se juega con la cabeza».

Lan­ces y versos

Habi­tual­mente ha sido la cró­nica el género encar­gado de con­ci­liar la expe­rien­cia del campo y las emo­cio­nes del espec­ta­dor. Pero un deporte capaz de con­mo­ver a millo­nes de per­so­nas tenía nece­sa­ria­mente que atraer a los poe­tas. Y así ha sido desde que el fút­bol se con­vir­tió en el deporte rey. Tem­pra­na­mente las van­guar­dias se intere­sa­ron por él y die­ron curso a ese inte­rés a tra­vés de los ver­sos. En España, la revista ultraísta Gre­cia (1918–1920) de Isaac del Vando-Villar ofre­ció sus pági­nas a algu­nos de esos poe­mas pre­cur­so­res. Así Pedro Gar­fias, con “Domingo” –«Cam­pa­ne­ros gozo­sos / jue­gan al foot-ball con pelo­tas metá­li­cas / de torre a torre»–, o el mala­gueño Fer­nando de Lapi, para quien el par­tido era «un ballet de púgi­les sobre la verde felpa» en torno a un balón que remeda «un mundo que ha parido la tie­rra y que de un golpe vuela». O el sevi­llano Fer­nando Villa­lón con el diver­tido y picante “Foot-Booll” (sic): «Si fue­ras puerta del campo / y yo fuera delan­tero / del equipo del Cariño / F.C., goal cer­tero / chu­ta­ría sobre tu red, / que no para­ría San Pedro, / que es mucho más que Zamora, / por­que es por­tero del cielo».

Será sin embargo uno de los más impor­tan­tes auto­res de la Gene­ra­ción del 27 quien pon­drá el jalón poé­tico más recor­dado en lo que al fút­bol se refiere. Se trata de Rafael Alberti y su “Oda a Platko”, ins­pi­rada por el pri­mero de los tres par­ti­dos de la final de Copa de 1928 dispu­tada por la Real Socie­dad y el Fút­bol Club Bar­ce­lona en San­tan­der. Alberti pasaba unos días en Can­ta­bria invi­tado por José María de Cos­sío y acu­dió con él al campo. «Un par­tido bru­tal, el Can­tá­brico al fondo, entre vas­cos y cata­la­nes», cuenta el poeta en sus memo­rias, La arbo­leda per­dida. «Platko, un gigan­tesco guar­da­meta hún­garo, defen­día como un toro el arco cata­lán». La épica actua­ción del por­tero blau­grana en aquel encuen­tro dispu­tado hace ahora 90 años le costó una herida en la cabeza tras un lance con el delan­tero donos­tia­rra Cho­lín, así como un apa­ra­toso ven­daje que acabó per­diendo de vuelta al campo. Pero si ese par­tido ha pasado a la pos­te­ri­dad ha sido por el emo­cio­nante poema de Alberti, publi­cado siete días des­pués en un dia­rio local. Este es un fragmento:

Y el aire tuvo pier­nas,
tronco, bra­zos, cabeza.
¡Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hun­gría!
Y en tu honor, por tu vuelta,
por­que vol­viste el pulso per­dido a la pelea,
en el arco con­tra­rio al viento abrió una bre­cha.
Nadie, nadie se olvida.

Y que toda­vía déca­das des­pués mere­ció una impro­vi­sada “Con­tra­oda” de otro poeta pre­sente aquel día en el Viejo Sar­di­nero, Gabriel Celaya, ani­mado por la emo­ción del 75º aniver­sa­rio blan­quia­zul en 1984.

Quizá ins­pi­rado por la oda de Alberti nació la “Ele­gía al guar­da­meta” de Miguel Her­nán­dez –juve­nil juga­dor en un equipo afi­cio­nado de Orihuela, La Repar­ti­dora–, dedi­cada a un com­pa­ñero supues­ta­mente falle­cido tras cho­car su cabeza con­tra el poste de la por­te­ría: «A los penaltys que tan bien para­bas / ace­chando tu acierto, / nadie más que la red le pone tra­bas, / por­que nadie ha cubierto / el sitio, vivo, que has dejado, muerto».

El impulso poé­tico ante los lan­ces del campo no decayó, y ha dis­cu­rrido desde enton­ces con cali­dad desigual, pero siem­pre ensal­zando vir­tu­des pro­pias del buen fut­bo­lista como el pun­do­nor, la fuerza y la volun­tad. Así, en la revista poé­tica Gar­ci­laso, Fede­rico Mue­las fir­mará en 1943 una con­cep­tista com­po­si­ción dedi­cada al defensa del Real Madrid Jacinto Quin­co­ces –«cen­tauro de fir­mí­simo cimiento»– con oca­sión de su reti­rada, y veinte años des­pués José María Pemán redac­tará el «Romance del rapto blanco» cuando Alfredo di Sté­fano sea víc­tima de un breve secues­tro en Vene­zuela. Sin dejar la órbita blanca, Manuel Man­tero, en «Ata­que al cora­zón (Gol del Real Madrid)», des­cribe la insos­pe­chada muerte en el campo de un vete­rano afi­cio­nado –«Balas pasa­ron junto al cuerpo suyo / en la gue­rra de España, y son­rió, / como quien sabe que morir por algo / es con­quis­tarse la mitad de un dios»–. Y ya en nues­tros días, Elena Medel ofre­cerá en 2003 el poema “Ike­rió­nida” a otro his­tó­rico can­cer­bero del Real Madrid, Iker Casi­llas, al que con­vierte casi en mito griego: «No dejes de com­pe­tir en belleza con los astros: / tú eres uno, y esta bata­lla es tuya y de tus ojos, / tuya y de tus labios expec­tan­tes de elegía».

Tam­bién de la admi­ra­ción le salió poco antes de morir a Mario Bene­detti un her­moso soneto dedi­cado a Mara­dona, un elo­gio de la leyenda con­tra la deca­den­cia al que per­te­nece este cuar­teto; de un uru­guayo a un argen­tino –toda una decla­ra­ción de concordia–:

Tu edad de otras eda­des se ali­menta
No importa lo que digan los espe­jos
Tus ojos toda­vía no están vie­jos
Y miran, sin mirar, más de la cuenta.

Pero ha sido quizá Luis Gar­cía Mon­tero quien ha escrito una de las más cer­te­ras apro­xi­ma­cio­nes poé­ti­cas al balom­pié en su poema “Domin­gos por la tarde” (2008), que acaba así:

Las ver­da­des del área
son rec­tas de dudosa geo­me­tría,
como ardien­tes amo­res de fic­ción
en manos de un penalti.
Por eso saben mucho
de la feli­ci­dad y la belleza.
No con­viene que demos a estas cosas
un valor exce­sivo.
Son noventa minu­tos en un vaso de agua
Pero a mí me han qui­tado muchas veces la sed

Abun­dan, pues, los ver­sos y los argu­men­tos: el fút­bol es capaz de exci­tar las más altas pasiones.

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