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Enrique Moradiellos: «Decir que Franco era inteligente no te hace franquista»

Después de obtener el Premio Nacional de Historia con su ‘Historia mínima de la Guerra Civil española’, Enrique Moradiellos ha vuelto a facturar una excelente síntesis, en este caso centrada en la figura del dictador. Una ocasión para conversar sobre la historia, sus distorsiones y el uso interesado del pasado con uno de los principales contemporaneístas españoles. Por BORJA MARTÍNEZ

AR4003Franco en El Pardo, 1958. / ARCM

Hay, de un tiempo a esta parte, en Enri­que Mora­die­llos (Oviedo, 1961) una volun­tad de estar en el foro público, de con­tri­buir con un poco de «luz racio­nal e his­tó­rica» al debate de las cosas. Y el his­to­ria­dor astu­riano, cate­drá­tico de la Uni­ver­si­dad de Extre­ma­dura, autor de impor­tan­tes libros, bió­grafo de Negrín y ahora de Franco –con una obra escrita para el público bri­tá­nico y publi­cada aquí por Tur­ner, Franco. Anato­mía de un dic­ta­dor–, lo hace sin miedo a pelear el sen­tido de las pala­bras, a meterse en los char­cos aga­rrado a la enseña de la His­to­ria, aun a riesgo de ser malin­ter­pre­tado en clave polí­tica. Ejer­ciendo «un tipo de prác­tica de la razón his­tó­rica que va explo­rando sus lími­tes», que es lo que le pide y exige su profesión.

El libro comienza con un aná­li­sis deta­llado de la memo­ria de Franco, «incó­modo espec­tro del pasado», en la España demo­crá­tica.
Es una de las par­tes más com­pro­me­ti­das del libro, por­que hay más vuelo filo­só­fico y obliga a tomar posi­ción. Lo otro es pura acción his­to­rio­grá­fica. Está plan­teada con una volun­tad explí­cita de seña­lar que la rareza espa­ñola de la Tran­si­ción, el pacto del olvido, es en reali­dad lo más nor­mal del mundo. Lo que se va a apli­car, si es posi­ble, en Colom­bia, en Vene­zuela cuando caiga esta dic­ta­dura, o Cuba. No era, no es posi­ble hacer tabula rasa.

Hablas del «mal lla­mado pacto del olvido».
Se trata más bien de un pacto de silen­cio. Lo explica Henry Rousso en El sín­drome de Vichy. Los fran­ce­ses no olvi­da­ron la Ocu­pa­ción y la cola­bo­ra­ción, pero pre­fi­rie­ron no hablar públi­ca­mente de ello y no uti­li­zarlo como estigma. Si De Gau­lle hubiera uti­li­zado la Ocu­pa­ción como estigma, Mit­te­rrand nunca hubiera sido siquiera can­di­dato a la pre­si­den­cia de la Repú­blica por­que fue un enorme cola­bo­ra­cio­nista, al menos hasta el 43. Nin­gún pre­fecto de Fran­cia dimi­tió de su cargo cuando se firmó el armis­ti­cio. Nin­gún maris­cal de Fran­cia, nin­gún capi­tán gene­ral, nin­gún gene­ral de divi­sión. Sólo un gene­ral de bri­gada, De Gau­lle, se mar­cha a Lon­dres a con­ti­nuar la gue­rra. Y los comu­nis­tas tam­poco lucha­ron hasta 1941, por­que tras la firma del pacto ger­mano sovié­tico el PCF había lla­mado al derro­tismo revo­lu­cio­na­rio. Cons­ta­tar que Sar­tre y Beau­voir se que­da­ron en París, que Feb­vre siguió haciendo Anna­les en París mien­tras su com­pa­ñero Marc Bloch se unía a la Resis­ten­cia y era fusi­lado al final de la gue­rra, es cons­ta­tar que hubo una cola­bo­ra­ción gene­ra­li­zada. No es un jui­cio moral; las socie­da­des son así. De ahí lo del pacto de silen­cio. No uti­li­za­mos en público el pasado de cada uno, aun­que es algo que sigue ahí; el silen­cio no es olvido. Por eso se hablaba en su momento del famoso techo oculto de Fraga, que operó tam­bién con­tra los comu­nis­tas his­tó­ri­cos como Carri­llo o Pasio­na­ria y a favor de los socia­lis­tas reno­va­dos.

Quizá era la cons­ta­ta­ción tran­quila de que aque­llas ya eran posi­cio­nes polí­ti­cas obso­le­tas, y que su iden­ti­fi­ca­ción con las actua­les care­cía, y carece, de sen­tido.
Cito en el libro a Fran­cisco Ayala: en el fondo nin­guno nos sen­tía­mos soli­da­rios de las ver­sio­nes extre­mas de aque­lla época. Era un anacro­nismo. Es como si las aso­cia­cio­nes femi­nis­tas o LGTBI revi­sa­ran hoy los dis­cur­sos de los par­ti­dos comu­nis­tas; dirían que son fachas. Se tiende a aso­ciar con el fran­quismo reali­da­des que son ante­rio­res y pos­te­rio­res al régi­men, y que tie­nen que ver con cul­tu­ras polí­ti­cas muy machis­tas, quizá muy medi­te­rrá­neas. Pero es que enton­ces fachas eran los asi­rios y los nean­der­ta­les. Es un mal uso de los tér­mi­nos tan fla­grante que en cali­dad de his­to­ria­dor no pue­des que­darte callado.

Haces hin­ca­pié en la bana­li­za­ción de los tér­mi­nos cuando hablas de la defi­ni­ción del Régi­men.
Si te nie­gas, como es mi caso, a decir que el fran­quismo fue un tota­li­ta­rismo, tam­bién corres el riesgo de que te lla­men facha. Pro­voca una suerte de reflejo de Pavlov. ¿Fue el fran­quismo un fas­cismo espa­ñol? No, no lo fue. Un régi­men en pro­ceso de fas­cis­ti­za­ción trun­cada es lo que yo defen­de­ría. Pero fas­cismo, no.

¿Hay his­to­ria­do­res que han con­tri­buido al uso frí­volo de los tér­mi­nos?
Sí. Hay auto­res que con­si­de­ran que es la misión his­tó­rica, la fun­ción social de la dic­ta­dura, y no la forma polí­tica lo que cate­go­riza un régi­men. Sin repa­rar en que la fun­ción y la misión his­tó­rica de esta­bi­li­za­ción del capi­ta­lismo une a regí­me­nes tan dis­pa­res como la social­de­mo­cra­cia sueca de Olof Palme y la dic­ta­dura de Pino­chet. Con eso, para el lla­mado mar­xismo de la lla­mada RDA, eran tan fas­cis­tas Willy Brandt como Hitler, por­que ambos, según las con­di­cio­nes, esta­ble­cen la dic­ta­dura terro­rista del capi­tal sobre los tra­ba­ja­do­res y extraen plus­va­lía. Pero eso es un uso polí­tico abu­sivo, no puede ser una lógica expli­ca­tiva his­tó­rica, por­que recu­rre a una visión bina­ria de la his­to­ria que no atiende al matiz. Muchos his­to­ria­do­res dicen que en la época de entre­gue­rras, ante la cri­sis y el colapso del capi­ta­lismo, sólo había dos solu­cio­nes posi­bles, la solu­ción socia­lista o la solu­ción fas­cista. Eso es falso. Chur­chill te diría, entre estos dos esta­mos noso­tros. Y Roo­se­velt. ¿Y qué pasaba con los movi­mien­tos de inde­pen­den­cia y anti­co­lo­nia­les? ¿Se puede ser demo­cra­cia y estar con­tra las demo­cra­cias por­que son las metró­po­lis impe­ria­les? Sabe­mos que sí: ahí está Nehru, y lleva ade­lante su pro­grama en aquel mismo momento sin echarse en bra­zos de Japón o de la URSS.

«Yo no quiero hacer anti­fran­quis­tas retros­pec­ti­vos por­que lean mi libro. Sea usted fran­quista, anti­fran­quista o indi­fe­rente. Me da igual. Yo quiero comprender»

Esa lógica bina­ria parece insu­pe­ra­ble incluso entre los his­to­ria­do­res a la hora de abor­dar epi­so­dios de nues­tra his­to­ria reciente como el fran­quismo o la demo­cra­cia.
Es preo­cu­pante. Yo he par­ti­ci­pado en muchos deba­tes, y hay corrien­tes. Hay con­tem­po­ra­neís­tas como Gut­maro Gómez Bravo o Javier Rodrigo que lo están haciendo bien. No tiene nada que ver con lo que hacen otros auto­res de la corriente memo­ria­lista his­tó­rica. Gente como Fran­cisco Moreno, que ya en los 70 tenía un libro sobre la repre­sión fran­quista en Cór­doba que ahora se ha con­ver­tido en El geno­ci­dio fran­quista en Cór­doba. Esta evo­lu­ción de los tér­mi­nos ya te dice algo del cam­bio de para­digma que se ha producido.

¿La impre­ci­sión ter­mi­no­ló­gica tiene que ver con la ideo­lo­gía?
Con la volun­tad ideo­ló­gica de demo­ni­za­ción de un régi­men. Pero el pro­blema de la demo­ni­za­ción es que el que odia está inca­pa­ci­tado para enten­der. El odio es muy legí­timo en la vida pri­vada, incluso en la polí­tica, por­que con el odio pue­des levan­tar pasio­nes y en el fondo la lucha polí­tica no es moral. Pero los his­to­ria­do­res no pode­mos hacer eso, por­que enton­ces no hay his­to­ria. Se car­gan la dis­ci­plina. Y apa­rece enton­ces una pro­pa­ganda más o menos edul­co­rada. Yo sos­tengo, y ade­más creo que es demos­tra­ble, que hay una dis­ci­plina que intenta com­pren­der sin odio, sine ira, como diría Tácito. Yo no quiero hacer anti­fran­quis­tas retros­pec­ti­vos por­que lean mi libro. Sea fran­quista, sea anti­fran­quista o sea indi­fe­rente. Es que me da igual. Yo quiero com­pren­der. Lo pri­mero que escribe Han­nah Arendt des­pués del Holo­causto, cuando sabe lo que le ha pasado a una parte de su fami­lia, cuando ya sabe lo que han hecho Hei­deg­ger y muchos de sus ami­gos, es que no los quiere con­de­nar moral­mente. Quiere com­pren­der cómo gente que no era así se con­vir­tió en eso. Cómo lle­ga­ron a admi­rar y apo­yar el régi­men de Hitler. Y quiere hacerlo por nece­si­dad inte­lec­tual de expli­carse el mundo, no de esta­ble­cer con­de­nas mora­les desde una supe­rio­ri­dad incierta.

En el caso del fran­quismo no se trata sólo de la com­pren­sión de un régi­men, sino del com­por­ta­miento de toda una socie­dad que en 1975 toda­vía está en con­di­cio­nes de adhe­rirse a él, aun­que fuera pasi­va­mente, y que un año y medio des­pués vota con entu­siasmo la Reforma polí­tica.
Y que no secundó la huelga gene­ral de noviem­bre de 1976, la ope­ra­ción de Carri­llo para inten­tar dete­ner la Reforma. Y cuando llega el refe­rén­dum se aprueba la Reforma, y el No se aso­ció con Fuerza Nueva, con lo que que­daba del bún­ker. Y cuando lle­gan las elec­cio­nes de 1977 la repre­sen­ta­ción elec­to­ral es tan genuina que en vez de haber una reforma mínima del fran­quismo se abre un periodo cons­ti­tu­yente. A veces parece que no hubiera habido periodo cons­ti­tu­yente en España des­pués del fran­quismo. ¿Enton­ces qué tuvi­mos? Las elec­cio­nes del 77 no eran ini­cial­mente cons­ti­tu­yen­tes, pero resul­ta­ron cons­ti­tu­yen­tes. ¿Por qué? Por sus resul­ta­dos. Y por eso se aprobó de inme­diato la ponen­cia cons­ti­tu­cio­nal. Y en el paquete iba la forma de Estado, es decir, la monar­quía. Quie­nes dicen que la monar­quía no se votó en refe­rén­dum se olvi­dan de que hubo refe­rén­dum cons­ti­tu­cio­nal. Pero es un olvido intere­sado, al menos entre his­to­ria­do­res bien ver­sa­dos. Sin embargo, la Cons­ti­tu­ción de 1931 nunca se some­tió a refe­rén­dum. Se aprobó por una mayo­ría recor­tada en las Cor­tes. Y por tanto la Repú­blica fue resul­tado del aban­dono del monarca tras las elec­cio­nes muni­ci­pa­les. Aquí te das cuenta del uso polí­tico de la his­to­ria según con­viene. Una dis­ci­plina crí­tica está para seña­lar este tipo de incoherencias.

¿Está la His­to­ria refor­mu­lando sus tér­mi­nos en para­lelo a la rup­tura de esa amnis­tía tácita, de ese pacto de silen­cio, que parece que está teniendo lugar en el seno de la socie­dad y en la polí­tica?
Sí. Y es un cam­bio que tiene que ver con al menos dos gran­des fenó­me­nos. Uno es el reem­plazo gene­ra­cio­nal. En los esta­men­tos de poder de la estruc­tura social han entrado per­so­nas que como mucho tenían cinco años cuando acabó la dic­ta­dura. Están en car­gos de ges­tión, en los medios, en la aca­de­mia, en la polí­tica. Pedro Sán­chez, Albert Rivera, Casado o Igle­sias no tenían 15 años cuando murió Franco, ni juga­ron al fut­bo­lín en la OJE. Esto es muy impor­tante. Sus visio­nes del pasado son media­das, lo que les con­ta­ron, lo que leye­ron, y sobre todo la lite­ra­tura, el cine y la tele­vi­sión, gran­des agen­tes de for­ma­ción de la con­cien­cia his­tó­rica que no son nece­sa­ria­mente aje­nos al mani­queísmo y la sim­pli­fi­ca­ción, a veces por­que su pro­pio for­mato lo exige. Y vol­ve­mos a la lógica bina­ria. El otro fac­tor tiene que ver con la caída del Muro. Ha pro­du­cido un cam­bio radi­cal en el mundo, y ha obli­gado a las izquier­das a mirar nos­tál­gi­ca­mente a un pasado glo­rioso en busca de referentes.

Por ahí vol­ve­mos al peso de la memo­ria.
Si la memo­ria y el tes­ti­mo­nio de la víc­tima es sacro­santo y no se puede poner en cues­tión, ¿dónde queda la his­to­ria? Yo pongo en cues­tión un movi­miento que reduce mi dis­ci­plina, que tiene ya 2.500 años de exis­ten­cia, a un mero adje­tivo de un sus­tan­tivo. Del cual, por ser adje­tivo, es mero atri­buto. Memo­ria his­tó­rica. ¿Por qué? Para los his­to­ria­do­res, un tes­ti­mo­nio nunca puede ser la última pala­bra. Por­que hay que cote­jarlo, hay que cri­barlo, hay que ponerlo en cues­tión, es sis­te­má­ti­ca­mente revi­sa­ble por otros pun­tos de vista y el cotejo de docu­men­tos. La memo­ria his­tó­rica, ade­más, incum­ple su pro­pio pre­cepto cuando por ejem­plo quiere tirar deter­mi­na­dos monu­men­tos his­tó­ri­cos. Pre­ser­var la memo­ria his­tó­rica apli­cando la dam­na­tio memo­riae es un sin­sen­tido. Resig­ni­fí­quese, explí­quese, como la Topo­gra­fía del Terror en Ber­lín. Será ade­más la mejor escuela de his­to­ria. Pero déjese ahí. Si se des­truye como si nada hubiera pasado, nadie sabrá lo que ha sido por­que ha des­a­pa­re­cido. A mí me parece una barbaridad.

«¿Fue el fran­quismo un fas­cismo espa­ñol? No, no lo fue. Un régi­men en pro­ceso de fas­cis­ti­za­ción trun­cada es lo que yo defen­de­ría. Pero fas­cismo, no»

 ¿Verías posi­ble, como se está pidiendo desde algu­nas ins­tan­cias, una sus­pen­sión del cor­pus de con­de­nas del fran­quismo? ¿Es com­pa­ti­ble con la Amnis­tía del 77?
Hay que tener mucha pru­den­cia con que­rer enmen­dar el pasado a fuerza de decla­ra­cio­nes sim­bó­li­cas del pre­sente. Pri­mero por el alcance que puede tener. Pero tam­bién por­que moral­mente es un poco ver­gon­zoso. Se dice que es con la inten­ción de res­ta­ble­cer la dig­ni­dad de las víc­ti­mas, pero pri­mero, la dig­ni­dad nunca la per­die­ron, por­que la dig­ni­dad no va con el hecho de ser ven­ce­dor o ven­cido. Hay mucho indigno entre los ven­ce­do­res y había muy indigno entre los ven­ci­dos. Y por­que hay víc­ti­mas en ambos lados. Una demo­cra­cia, que debe mirar al pasado con ojos abier­tos y no sec­ta­rios ni revan­chis­tas ni ven­ga­ti­vos, ni tam­poco sim­pli­fi­ca­do­res ni mani­queos, lo que debe hacer es tra­tar con equi­dad a sus ciu­da­da­nos, a los actua­les y a los ante­rio­res, y si se decide que las con­de­nas del fran­quismo debie­ran sus­pen­derse, yo entiendo que una demo­cra­cia debe­ría sus­pen­der tam­bién las con­de­nas de los tri­bu­na­les popu­la­res, que fue­ron mani­fies­ta­mente anti­de­mo­crá­ti­cas y por tanto inmo­ra­les. ¿Qué garan­tías jurí­di­cas había? Nin­guna. Y hubo 55.000 pasea­dos y muer­tos sen­ten­cia­dos por tri­bu­na­les de ese tipo. Si hubiera la posi­bi­li­dad de recla­mar com­pen­sa­ción eco­nó­mica por la nuli­dad de esas sen­ten­cias enton­ces el Estado podría que­brar. Eso no se ha hecho ni con la caída del comu­nismo. Es impo­si­ble de asumir.

En el libro esta­ble­ces la dife­ren­cia entre la amnis­tía espa­ñola y lo que ha pasado en otros luga­res. Lo que hubo aquí no fue una ley de punto y final.
No tuvo nada que ver. Aquí con la Ley de Amnis­tía salie­ron los ase­si­nos del aten­tado de la calle Correo, que causó 12 muer­tos y setenta heri­dos. No fue una ley creada para que Billy el Niño se esca­para. Fue una ley que tam­bién cerró el expe­diente sobre Para­cue­llos, 2.400 muer­tos. Y muchas cosas más.

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Enri­que Moradiellos.

 

Has pasado de Negrín a Franco como objeto de estu­dio. De un lado al otro del espec­tro polí­tico de la Gue­rra pero sin aban­do­narla. ¿Cómo comenzó tu inte­rés por el tema?
La Gue­rra Civil siem­pre me ha pare­cido el acon­te­ci­miento más diver­gente de la his­to­ria espa­ñola reciente res­pecto al entorno de Europa occi­den­tal. Mi fami­lia no tuvo una espe­cial vin­cu­la­ción con la Gue­rra, así que yo no quiero reivin­di­car la memo­ria del abuelo facha o el abuelo pro­gre, por­que no lo eran. Casi todos los espa­ño­les tene­mos dos abue­los, e incluso la abuela repu­bli­cana solía ser muy cató­lica. Era lo más nor­mal del mundo en la época. A mí me pare­cía que la Gue­rra Civil era lo más lla­ma­tivo de España. Hasta enton­ces no nos dife­ren­ciá­ba­mos en nada del resto del sur de Europa. Per­de­mos un impe­rio, igual que Por­tu­gal, esta­mos en la peri­fe­ria sur de la moder­ni­za­ción, con una indus­tria­li­za­ción un poco retar­da­ta­ria y un régi­men libe­ral oli­gár­quico como la Ita­lia de enton­ces, una cri­sis mili­tar… Pero de repente la Gue­rra sí difiere. Del mismo modo, la sin­gu­la­ri­dad del régi­men salido de la vic­to­ria de la Gue­rra era lo más anacró­nico que había en aque­lla Europa en la que está­ba­mos. Quise estu­diarlo. Y den­tro de aque­llo, en el plano inter­na­cio­nal, lo que me pare­cía más lla­ma­tivo era por qué las demo­cra­cias no ayu­da­ron a la Repú­blica si era una demo­cra­cia. Mi tesis versó sobre la polí­tica de no inter­ven­ción. Le pedí a Paul Pres­ton que me la diri­giera, y estuve cua­tro años y medio en Lon­dres tra­ba­jando en ello. Y quien empieza estu­diando la Gue­rra Civil en fuen­tes diplo­má­ti­cas des­cu­bre que, pese a que los gran­des hom­bres de la Repú­blica eran Largo, Prieto o Azaña, Negrín apa­rece de manera muy posi­tiva en la docu­men­ta­ción bri­tá­nica. Cuando está ya en el exi­lio tiene acceso directo a Cle­ment Attlee, se car­tea con Chur­chill durante la Gue­rra Mun­dial, es invi­tado a for­mar parte de la Socie­dad Fabiana. Es un hom­bre muy reco­no­cido. ¿En cali­dad de qué, cómo es posi­ble? Es una figura muy lla­ma­tiva y me dio a enten­der que ahí había mate­ria. Ade­más, en Gran Bre­taña des­cu­brí la fuerza de la bio­gra­fía his­tó­rica, esa hija espu­ria de la novela y un poco hijas­tra de la his­to­rio­gra­fía. Yo en España había tenido una for­ma­ción muy estruc­tu­ral, que a veces pasa por mar­xiana pero que en reali­dad era puro fun­cio­na­lismo, y de repente des­cu­brí el acer­ca­miento a los fenó­me­nos his­tó­ri­cos a tra­vés de la vida de los indi­vi­duos. En aquel tiempo leí algu­nas obras nota­bles. Ian Kers­haw pre­sen­taba su pri­mer volu­men de Hitler, y sobre Hitler pre­ci­sa­mente leí el libro de Eber­hard Jäckel, La cos­mo­vi­sión de Hitler. En ape­nas 150 pági­nas entendí el nazismo mejor que en cual­quier manual estruc­tu­ral según el cual las sin­gu­la­ri­da­des huma­nas no hacen nada y Hitler era el gran capi­tal. Te da una pers­pec­tiva a ras de suelo de algo que a mí filo­só­fi­ca­mente me parece cla­rí­simo: que nada está escrito, y que este hom­bre pudo hacer esto o aque­llo, esta­ble­cer una alianza o no hacerlo.

En el caso de Franco es algo muy claro. Cons­truye un régi­men alre­de­dor de su per­sona y sus deci­sio­nes van mar­cando el deve­nir del país.
Recuerdo algo que decía Ray­mond Carr: la mayor incóg­nita de un estu­dioso sobre Franco es saber por qué deci­dió no hacer como George Monck. En 1660 es el gene­ral de la gue­rra civil, de los que con­de­na­ron y eje­cu­ta­ron a Car­los I, y a la muerte de Crom­well decide que venga la res­tau­ra­ción. Des­pués de que el ejér­cito, por­que es una dic­ta­dura mili­tar, no puede here­darse en el hijo de Crom­well, hay que lla­mar al hijo del rey. Hay que res­tau­rarle. Pero pone con­di­cio­nes. Una, la amnis­tía. The Obli­vion Act. Ley del olvido, pero que es una ley de per­dón. Es la amnis­tía la que pone en mar­cha el gobierno monár­quico par­la­men­ta­rio en Gran Bre­taña. Y es el gene­ral Monck quien decide lla­mar al pre­ten­diente. Franco no quiso serlo, yo creo que por­que era dic­ta­dor sobe­rano, no dic­ta­dor comi­sa­rio, y eso no es baladí. Es quien ins­ti­tuye el Régi­men. Y no tiene que ver sólo con la ambi­ción de poder, que la tenía, sino con que pro­ba­ble­mente creía que el rey que vol­viera no dura­ría mucho.

«Durante los últi­mos años el nacio­na­lismo ha recreado la ima­gen de una España domi­na­dora para crear la fic­ción de que está luchando con­tra la España de Franco»

Durante la Gue­rra, Franco rechaza que Don Juan se incor­pore a su causa por­que, y lo dice, no quiere que el futuro rey quede vin­cu­lado a uno de los dos ban­dos. En el libro citas un memo­rando de Carrero de 1959, urgién­dole a poner en orden las leyes de suce­sión, en el cual el almi­rante le dice que él es cau­di­llo «por­que funda monar­quía».
Hay muchos de estos ele­men­tos que están saliendo que mati­zan y hacen cam­biar la ima­gen sobre Franco. No es lo mismo cono­cer a una per­sona a tra­vés de los libros que meterse en sus pape­les. Tra­tán­dose de Franco a uno le sor­prende a veces su cerri­li­dad dog­má­tica, pero otras la astu­cia tan aguda. Antes solía decir que Franco era astuto, ahora digo que Franco era inte­li­gente, si es que por astu­cia reba­ja­mos el valor de la inte­li­gen­cia. Decir que Franco era inte­li­gente no te hace fran­quista. Me indigna, de hecho, que se diga que Franco era tonto. Cómo va a ser tonto un gober­nante que dura 40 años en el poder abso­luto, superando con­tex­tos com­pli­ca­dí­si­mos de gue­rra civil, la peor gue­rra mun­dial y la peor pos­gue­rra. Es un prin­ci­pio absurdo. La inte­li­gen­cia no es exclu­siva de los demó­cra­tas ni de las izquierdas.

El mito de Franco va parejo al de su suerte. Quizá pre­fe­ría pasar por afor­tu­nado o por tonto.
Girón dijo que una de sus gran­des vir­tu­des era saber hacerse el bobo, escu­char y no dar pie a saber lo que pen­saba. Don Juan Car­los dijo tanto a Vila­llonga como a Pres­ton y Char­les Powell que Franco era un maes­tro de los silen­cios. Arrese cuenta en sus memo­rias que se lanzó a la ope­ra­ción de ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción de la Falange del 56 por­que el gene­ral Franco le había dado el visto bueno, pero no era ver­dad. Le expli­caba durante horas lo que se iba a hacer y él miraba y pare­cía muy com­pla­cido. Hasta que le llama y le dice, esto no va a ser así. Y dimite, claro.

Hay una frase que pro­nun­cia en un dis­curso en 1963, reco­gida en su ‘Pen­sa­miento polí­tico’ y que tú citas, que abunda en ese posi­bi­lismo con­ser­va­dor y cama­leó­nico: «No hemos pasado de tota­li­ta­rios a libe­ra­les por­que no somos nin­guna de las dos cosas».
O en otro momento, cuando reco­noce que a lo largo de estos años «hemos adap­tado la norma a los tiem­pos que nos ha tocado vivir». Es una decla­ra­ción de prag­ma­tismo. Eso no te lo encuen­tras en otros dic­ta­do­res, por supuesto ni en Mus­so­lini ni en Hitler.

Cuando se abre la posi­bi­li­dad de entrar en la Segunda Gue­rra Mun­dial del lado del Eje, ¿fue Marrue­cos una ten­ta­ción impe­rial para un afri­ca­nista como él?
Él había sido coman­dante de las Balea­res y de Cana­rias, había estado en el pro­tec­to­rado. Y antes de ir a la entre­vista con Hitler en Hen­daya tenía ya el informe del minis­tro de Marina, el almi­rante Moreno, y del enton­ces jefe de ope­ra­cio­nes de la Armada, Carrero Blanco, que cons­ta­taba que entrar en gue­rra sería una locura. Sólo con decla­rarla se per­de­rían Balea­res, Cana­rias y la única refi­ne­ría de petró­leo. «Una receta para el desas­tre». Y añade que sólo cabría inter­ve­nir cuando Ale­ma­nia ocu­para Suez y Gibral­tar. O lo que es lo mismo: cuando hubiera ganado la gue­rra. A la hora de los últi­mos tiros, como quien dice.

¿Esas expe­rien­cias mili­ta­res pre­vias le sir­vie­ron para su con­ver­sión en hom­bre polí­tico?
Sí, por­que hay un prin­ci­pio de prag­ma­tismo en un buen mili­tar. Hay mili­ta­res doc­tri­na­rios y enlo­que­ci­dos, pero lo que sabe­mos por ejem­plo del alto mando ale­mán es que los bue­nos mili­ta­res son los que luego se enfren­tan a Hitler. Gude­rian, Rom­mel, Franz Hal­der, eran tan nazis como el que más, pero eran prag­má­ti­cos. Lo que tiene Franco detrás es gente muy prag­má­tica, Sal­va­dor Moreno, el almi­rante Carrero Blanco, Mar­tí­nez de Cam­pos, Kin­de­lán, gene­ra­les que tenían una carrera, no los chus­que­ros. Ellos inter­vi­nie­ron y die­ron los avi­sos oportunos.

En el libro sugie­res que des­pués de ceder al Plan de Esta­bi­li­za­ción se pro­duce una suerte de inhi­bi­ción polí­tica, un prin­ci­pio de reti­rada que cul­mina en el 63, cuando cum­ple 70 años. ¿Eso fue así?
En la acción polí­tica, sí. Se va reti­rando a ocu­pa­cio­nes más pla­cen­te­ras. Deja de estar tan al día. López Rodó comenta que los Con­se­jos de Minis­tros a par­tir de 1963 son muy cor­tos, cuando antes podían durar dos días. La comi­sión dele­gada que se reúne antes con Carrero lo avanza todo y Franco pro­gre­si­va­mente está ya mode­rando, dando la última pala­bra, diri­miendo como árbi­tro final, pero menos al día. El acci­dente de caza de 1961 yo creo que lo pro­mueve en parte. Como diría un inglés, Franco conoce ahí the inti­ma­tion of mor­ta­lity.

En la pri­mera página del libro citas a Eduardo Men­doza, que en ‘Qué está pasando en Cata­luña’ se lamenta de los esfuer­zos inú­ti­les por expli­car a sus ami­gos extran­je­ros que la España de hoy no tiene nada que ver con el fran­quismo.
Me pare­ció una cita muy opor­tuna, por­que yo explico a Franco a ese mismo público, aun­que esa men­ta­li­dad se puede apli­car ya a los espa­ño­les, y por eso este libro se publica en espa­ñol. Durante los últi­mos años se ha asis­tido al uso ins­tru­men­tal del fran­quismo para ilus­trar una España domi­na­dora, con­quis­ta­dora, expo­lia­dora y depre­da­dora, el nacio­na­lismo ha recreado esa ima­gen para crear la fic­ción de que está luchando con­tra la España de Franco. Yo mismo me he encon­trado en la obli­ga­ción de expli­carle a com­pa­ñe­ros angló­fo­nos o ale­ma­nes que esto es otra cosa y no puede verse en esa clave, aler­tando del anacro­nismo de aso­ciar la España cons­ti­tu­cio­nal con la España franquista.

Revista LEER, número 292, Invierno 2019