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Treinta y nueve novísimos

Diez años después de su primera antología de jóvenes escritores iberoamericanos, bautizada como Bogotá 39 2007, Hay Festival ofrece un nuevo repertorio. Hablamos con seis de ellos para reconocer inquietudes, motivaciones y referentes. Por JOSÉ FAJARDO

Los autores de Bogotá 39 2017 retratados en la última edición del Hay Festival de Cartagena de Indias en enero de este año.Los autores de Bogotá 39 2017 retratados en la última edición del Hay Festival de Cartagena de Indias en enero de este año.

¿Qué está pasando en la lite­ra­tura joven de Amé­rica Latina? Hay Fes­ti­val ela­boró el año pasado la segunda edi­ción de la lista Bogotá 39 con los 39 escri­to­res de fic­ción meno­res de 40 años más des­ta­ca­dos de la región (a su jui­cio) para tra­tar de ofre­cer una res­puesta. El anto­ló­gico expe­ri­mento ha ser­vido, al igual que en 2007, para agi­tar un debate.

«Este tipo de anto­lo­gías gene­ran diá­logo y crean bulla», explica a LEER la colom­biana Mar­ga­rita Valen­cia, res­pon­sa­ble de la edi­ción del libro que incluye tex­tos de los 39 auto­res y ha sido publi­cado en 13 paí­ses por 14 edi­to­ria­les inde­pen­dien­tes, entre ellas Gala­xia Guten­berg en España. Algu­nos de los escri­to­res anto­lo­ga­dos esta­rán en el Hay Fes­ti­val de Sego­via entre el 20 y el 23 de sep­tiem­bre.

El jurado encar­gado de la selec­ción lo han for­mado la argen­tina Leila Gue­rriero, la mexi­cana Car­men Bou­llosa y el colom­biano Darío Jara­mi­llo. La lista incluye auto­res de 15 paí­ses de Amé­rica Latina: siete de México, seis de Argen­tina y de Colom­bia, cua­tro de Chile, tres de Perú, dos de Ecua­dor, de Uru­guay y de Bra­sil, ade­más de un repre­sen­tante de Cuba, Repú­blica Domi­ni­cana, Boli­via, Costa Rica, Vene­zuela, Gua­te­mala y Puerto Rico.

El obje­tivo de Bogotá 39 es pro­mo­cio­nar la obra de estos escri­to­res y esta­ble­cer víncu­los entre las lite­ra­tu­ras de cada país. La ini­cia­tiva recuerda a otras simi­la­res rea­li­za­das con ante­rio­ri­dad en Ibe­roa­mé­rica como las de la Feria Inter­na­cio­nal del Libro de Gua­da­la­jara (FIL) o las lis­tas de revis­tas como Granta, ade­más de las anto­lo­gías McOndo, edi­tada en 1996 por los chi­le­nos Alberto Fuguet y Ser­gio Gómez, y Líneas aéreas, publi­cada tres años des­pués por Len­gua de Trapo.

«Este pro­yecto pone de relieve la inmensa riqueza y diver­si­dad de lo que se está haciendo en la región. Tene­mos ase­gu­rada la buena lite­ra­tura en Lati­noa­mé­rica para mucho tiempo», ase­gura Mar­ga­rita Valen­cia. En su opi­nión, lo impor­tante es for­ta­le­cer el diá­logo con­ti­nen­tal entre los auto­res jóve­nes. «Hace 10 o 15 años había que pasar nece­sa­ria­mente por España para alcan­zar el pres­ti­gio. La idea es que los auto­res argen­ti­nos se lean en Colom­bia, que los vene­zo­la­nos conoz­can a los mexi­ca­nos, y así suce­si­va­mente, sin nece­si­dad de ese trán­sito hacia el otro lado del océano».

Es inevi­ta­ble com­pa­rar a los 39 auto­res con los de la pri­mera lista de 2007, cuando Bogotá fue Capi­tal Mun­dial del Libro. Entre ellos esta­ban el colom­biano Juan Gabriel Vás­quez, la mexi­cana Gua­da­lupe Net­tel, el peruano Daniel Alar­cón , el gua­te­mal­teco Eduardo Hal­fon y la cubana Wendy Gue­rra. «En su mayo­ría eran gran­des escri­to­res, pero ahora hay un salto cua­li­ta­tivo impor­tante: varios ya han sido publi­ca­dos en inglés y otras len­guas y eso no pasaba hace una década», refle­xiona Valencia.

 

Hablan los elegidos

En 2007 «exis­tía mucho más ais­la­miento», cree una de las selec­cio­na­das, la escri­tora mexi­cana Vale­ria Lui­se­lli. «En aque­lla pri­mera gene­ra­ción la mayo­ría se cono­cie­ron por pri­mera vez al par­ti­ci­par en la lista. En este caso muchos de noso­tros ya lle­va­mos años de diá­logo cons­tante. Los escri­to­res lati­noa­me­ri­ca­nos esta­mos más conec­ta­dos que antes».

Una de las crí­ti­cas que más se han escu­chado durante estos últi­mos meses es que la mayo­ría de los ele­gi­dos son hom­bres, el doble del total: 26 frente a 13 muje­res. «Estas lis­tas debe­rían ser pari­ta­rias. En un mundo ideal en donde no fuera más difí­cil para una mujer publi­car o ser leída en deter­mi­na­dos círcu­los, esto no sería nece­sa­rio. Pero no vivi­mos en ese mundo ideal», defiende la ecua­to­riana Mónica Ojeda.

«Siento que ya no existe la for­ma­li­dad de antes, cuando un escri­tor tenía la ambi­ción de ser emba­ja­dor de su país o minis­tro de Cul­tura», resalta el domi­ni­cano Frank Báez. «Acá sólo somos jóve­nes que escri­ben y hacen lo posi­ble para vivir de eso». Sobre la selec­ción, Báez señala tres carac­te­rís­ti­cas: «La increí­ble cali­dad de las escri­to­ras, la escasa repre­sen­ta­ción del Caribe y que muchos auto­res viven fuera de sus paí­ses, ya sea por­que se fue­ron a estu­diar a Esta­dos Uni­dos o por­que viven en gran­des capi­ta­les como Ciu­dad de México». Y se pre­gunta: «¿Es posi­ble con­tar tu país desde fuera?».

Res­ponde el cubano Car­los Manuel Álva­rez, que vive en México. «Cuba se ha con­tado y se seguirá con­tado desde fuera. En mi caso, irme me dio otra pers­pec­tiva y así pude hablar de un tema esen­cial: el exi­lio, tan pre­sente en la his­to­ria reciente de mi país».

«Esta gene­ra­ción lite­ra­ria tiene una obse­sión: las frac­tu­ras socia­les y los trau­mas polí­ti­cos vis­tos o narra­dos desde la inti­mi­dad y no tanto desde la épica», dice Giu­seppe Caputo. Este colom­biano cree que el inte­rés de la lista radica tam­bién en las ausen­cias. Gra­cias a su tra­bajo como direc­tor cul­tu­ral de la Feria Inter­na­cio­nal del Libro de Bogotá (FILBo) ha des­cu­bierto nom­bres, como la mexi­cana Fer­nanda Mel­chor, que «sin duda mere­ce­rían estar».

La argen­tina Lola Copa­ca­bana piensa que «el ser lati­noa­me­ri­cano es algo que tiene que ver con nues­tra geo­gra­fía y su his­to­ria com­par­tida: nues­tra her­man­dad como exco­lo­nias, que tiene implí­cita toda una serie de horro­res pero tam­bién nos dio una len­gua mayo­ri­ta­ria en común. Como escri­tora, todo eso resulta en un cóc­tel interesante».

«Hace diez años había que pasar por España para alcan­zar el pres­ti­gio. Ahora ese trán­sito al otro lado del océano ya no es nece­sa­rio», afirma la edi­tora Mar­ga­rita Valencia

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Car­los Manuel Álva­rez
CUBA DESDE LOS MÁRGENES

Car­los Manuel Álva­rez (Matan­zas, 1989) se bifurca entre dos sen­de­ros: el perio­dismo y la fic­ción. «El nivel de esfuerzo, rigor y tiempo es alto en ambos casos si te lo tomas en serio. Pero en la fic­ción solo entra en juego mi cabeza, puedo escri­bir desde cual­quier sitio y eso supone cierta liber­tad. En el perio­dismo inter­vie­nen más fac­to­res exter­nos, los per­so­na­jes no están en tus manos».

El autor cubano, que desde 2015 vive en México, entró al perio­dismo «como un motel de paso para escri­bir fic­ción». Fue uno de los fun­da­do­res de El Estor­nudo, uno de los medios online en Cuba que han reva­lo­ri­zado la cró­nica perio­dís­tica. Cuando ter­minó la uni­ver­si­dad ya había publi­cado gra­cias a un pre­mio el libro de cuen­tos La tarde de los suce­sos defi­ni­ti­vos.

Desde 2014 hasta 2017, mien­tras com­pa­gi­naba cola­bo­ra­cio­nes con dis­tin­tos medios inter­na­cio­na­les, fue dando forma a La tribu: retra­tos de Cuba (Seix Barral, 2017), un calei­dos­co­pio de cró­ni­cas que retra­tan la reali­dad de su país en un momento his­tó­rico, desde el des­hielo de las rela­cio­nes diplo­má­ti­cos con Esta­dos Uni­dos hasta la muerte de Fidel Castro.

Son 16 his­to­rias en las que el autor se aden­tra en el ima­gi­na­rio cubano (la esca­sez, el exi­lio, la cen­sura, el boxeo, el béis­bol, la música) a tra­vés de per­so­na­jes que, en su mayo­ría, han sido derro­ta­dos y per­ma­ne­cen en los már­ge­nes del sis­tema. «Ese mar­gen es el cen­tro del país, todos somos peri­fe­ria en Cuba por­que el poder polí­tico nos ha des­pla­zado. A mí me interesa esta gente que no acaba de encon­trar su sitio, cuyo lugar es volá­til, que están apar­ta­dos pero a la vez son el cora­zón del país».

El icó­nico male­cón de La Habana fue el punto de par­tida del libro. «Rechazo esa moda de la auto­fic­ción, donde el que escribe cree que su expe­rien­cia es intere­sante per se cuando en reali­dad en su vida no está suce­diendo abso­lu­ta­mente nada. En vez de hacer eso e inven­tarme una nada yo decidí reco­rrer el male­cón, lite­ral y meta­fó­ri­ca­mente: el male­cón como male­cón, pero tam­bién el male­cón como país».

Tras ese tra­bajo de repor­teo de más de tres años, el autor nece­sitó vol­ver a la fic­ción, a esa sole­dad que le per­mite habi­tar en los mun­dos que sólo exis­ten en su ima­gi­na­ción. En otoño sal­drá con Sexto Piso su novela Los caí­dos, pro­ta­go­ni­zada por una fami­lia cubana de un pue­blo de provincias.

«En este caso el drama cubano, o el país, es sólo un tras­fondo. Me interesa vaciarlo y ver el poso que deja en las per­so­nas esa atmós­fera, el drama que pueda sur­gir del con­texto que conozco y con­ver­tirlo en fic­ción. Explo­rar los dra­mas de la rup­tura, el des­arraigo, la angus­tia y la opre­sión y ver qué puede pasar en una fami­lia con todo eso».

 

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«Rechazo la moda de la auto­fic­ción, por la cual el que escribe cree que su expe­rien­cia es intere­sante ‘per se’. En vez de hacer eso decidí reco­rrer el malecón».

 

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Frank Báez
LO INTELECTUAL Y LA CALLE

«Nací en Repú­blica Domi­ni­cana en 1978 pero tem­pra­nito mi fami­lia se fue a México. A los cinco años regresé a mi país y vivía en un barrio que se llama Mira­mar. Cuando había hura­ca­nes nos subía­mos al techo de la casa y veía­mos las olas que tira­ban pie­dras y peces. Si deja­bas la tapa del inodoro abierta por la noche los can­gre­jos se cola­ban en tu cuarto. Estu­dié psi­co­lo­gía y des­pués me fui a Chicago para hacer una maes­tría. Esa expe­rien­cia de tra­tar de asen­tarme en una ciu­dad tan dis­tinta me expan­dió el mundo. A dife­ren­cia de todos los domi­ni­ca­nos volví acá de nuevo. Santo Domingo es apa­sio­nante, muy cosmopolita».

Así des­cribe su bio­gra­fía el autor de la colec­ción de poe­mas Este es el futuro que esta­bas espe­rando (Seix Barral, 2017). Su voz en la poe­sía sur­gió a par­tir de su iden­ti­dad como domi­ni­cano. «Al prin­ci­pio fue una cri­sis, estaba acos­tum­brado a leer a poe­tas que venían del frío y no sabía cómo yo iba a poder expli­car lo que vivía, ¿tú sabes?». Desde enton­ces esos deta­lles de lo coti­diano reco­rren sus tex­tos: el male­cón, zapa­tos moja­dos por la llu­via, casi­nos, evan­gé­li­cos, jubi­la­dos en el bingo, ciber­ca­fés, gua­guas, boxeadores…

«Me intere­san las pala­bras cuando van pin­tando algo: situa­cio­nes que uno ve en la calle y de alguna manera ya están en un nivel surrea­lista. La reali­dad es tan mara­vi­llosa en el Caribe que uno solo trata de cap­tarla. Me influye William Car­los Williams y sus imá­ge­nes yux­ta­pues­tas para expli­car esas locu­ras que él veía en Esta­dos Unidos».

Frank Báez quiso ser poeta cuando su padre le leyó una frase de Dylan Tho­mas: «La mitad del mundo es del demo­nio y la otra mitad es mía». Des­pués se con­ta­gió con las cla­ves ocul­tas del Uli­ses de James Joyce y La tie­rra bal­día de T. S. Eliot. En su obra con­si­gue bajar al pue­blo la alta cul­tura que le ins­piró, «dis­fra­zando la pedan­te­ría». «Ese es mi jue­guito, mez­clar lo inte­lec­tual con la calle. Bus­car una forma de con­tar que sea extra­va­gante y con humor. Es ries­goso, claro, pero la lite­ra­tura es un poco eso: decir las cosas de manera distinta».

Frente «a la poe­sía con ten­den­cia pan­fle­ta­ria entre los 60 y 80 en Lati­noa­mé­rica», el domi­ni­cano reivin­dica el hip hop, el rock duro y la cul­tura popu­lar para engan­char con el lec­tor. En sus líneas se cue­lan Dun­kin Donuts y DJ Tiesto, las Con­verse Magic y la NBA. Ese inte­rés por conec­tar con el que está al otro lado le impulsó a fun­dar junto a otro escri­tor de su tie­rra, Homero Puma­rol, El Hom­bre­cito, un pro­yecto de spo­ken word donde mez­clan música, poe­sía y visuales.

Frank Báez reivindica el hip hop, el rock duro y la cultura popular para enganchar con el lector. « La realidad es tan maravillosa en el Caribe que uno solo trata de captarla».
Frank Báez reivin­dica el hip hop, el rock duro y la cul­tura popu­lar para engan­char con el lec­tor. « La reali­dad es tan mara­vi­llosa en el Caribe que uno solo trata de captarla».

 

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Giu­seppe Caputo
MÍSTICA Y VIOLENCIA

Un taller con la escri­tora chi­lena Dia­mela Eltit cam­bió la vida de Giu­seppe Caputo (Barran­qui­lla, 1982). «Esa mujer habla y salen dia­man­tes. Dice genia­li­da­des todo el tiempo, tiene una capa­ci­dad de ver lo que nadie ve. Me amplió el espec­tro con influen­cias ines­pe­ra­das que van desde la antro­po­lo­gía hasta el psicoanálisis».

De aque­lla expe­rien­cia salió una novela que aún per­ma­nece iné­dita. «Tengo ade­más tres libros de poe­mas que no han salido a la luz. No tengo afán por publi­car, si no estoy muy seguro con algo no lo mues­tro». Por suerte, sí se atre­vió a com­par­tir Un mundo huér­fano (Lite­ra­tura Ran­dom House, 2017), su debut lite­ra­rio, una his­to­ria tierna donde la vio­len­cia se asoma sin avisar.

«Habla de unos per­so­na­jes que han sido des­po­seí­dos de bie­nes mate­ria­les y pue­blan su des­pojo sim­bó­li­ca­mente. Son suje­tos de barrio cuyas vidas y muer­tes a nadie impor­tan y que tra­tan de darse a sí mis­mos un lugar que la socie­dad les niega».

Esta his­to­ria de un padre y su hijo se desa­rro­lla en una ciu­dad en el mar, sal­vaje y noc­turna, que bien podría ser la Barran­qui­lla donde nació al autor colom­biano. «Está pre­sente en esa cons­cien­cia que tene­mos en Lati­noa­mé­rica de las fron­te­ras invi­si­bles, que si las cru­zas te pue­den matar. Pero para mí la novela es un híbrido de todos los luga­res donde he vivido».

De padre ita­liano y madre barran­qui­llera, Caputo cursó perio­dismo en Bogotá y des­pués amplió sus estu­dios en Bar­ce­lona, Nueva York y Iowa, donde se espe­cia­lizó en estu­dios queer y de género. Es un apa­sio­nado de la poe­sía y entró a la lite­ra­tura por los mís­ti­cos Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

La vio­len­cia en su libro se ejerce con­tra el dife­rente. Es el horror hacia lo que no se entiende. Y es doble: duele el acto, pero tam­bién su repre­sen­ta­ción. «Lo que no se puede cla­si­fi­car genera ansie­dad. Ahí entran per­so­na­jes como Ramón Ramona, para el que uso el género neu­tro que per­mite nues­tro idioma».

El autor uti­liza la ima­gi­na­ción pero no como un recurso a la fan­ta­sía para huir de la reali­dad sino como con­cien­cia polí­tica. Sus per­so­na­jes espe­ran que el mar les entre­gue algo de valor como una metá­fora de una fuerza supe­rior (la reli­gión, el Gobierno) que debiera ocu­parse de ellos. «En este mundo huér­fano hay una orfan­dad eco­nó­mica, social y polí­tica. La gran men­tira del capi­ta­lismo es que todo depende de ti: si te esfuer­zas, sal­drás de la pobreza. Ese dis­curso te hace sen­tir más alie­nado aún».

Caputo se enfada cuando algún lec­tor le ha dicho que las esce­nas explí­ci­tas sobre los encuen­tros sexua­les del pro­ta­go­nista sobran. «Su dere­cho a sen­tir y dar pla­cer es lo único que tiene ¡y encima se lo quie­ren quitar!».

El debut literario de Caputo, ‘Un mundo huérfano’ (Literatura Random House), es una historia tierna donde la violencia se asoma sin avisar. / Foto: Chris Mosquera
El debut lite­ra­rio de Caputo, ‘Un mundo huér­fano’ (Lite­ra­tura Ran­dom House), es una his­to­ria tierna donde la vio­len­cia se asoma sin avi­sar. / Foto: Chris Mosquera

 

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Lola Copa­ca­bana
FEMINISMO EN RED

A prin­ci­pios de siglo, Inés Gallo de Urioste, alias Lola Copa­ca­bana (Bue­nos Aires, 1980), empezó a escri­bir en la Red. «En ese momento yo era una madre sol­tera muy joven, estu­diaba Dere­cho en la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Aires», recuerda la autora. Su blog se lla­maba Naughty Bits y se con­vir­tió en el pri­mero en publi­carse en for­mato libro en Argen­tina, con el nom­bre de Buena leche: dia­rios de una joven (no tan) for­mal (Sud­ame­ri­cana, 2006).

«En la época de la joven Inter­net los que tenía­mos blogs, que éra­mos pocos, inten­ta­mos inven­tar, muchos desde un regis­tro íntimo, nue­vas for­mas de narrar­nos. Explo­ra­mos regis­tros, len­gua­jes que nos conec­ta­ran, inven­ta­mos alias. Algu­nos enten­di­mos la impor­tan­cia de crear un per­so­naje, bus­car un estilo pro­pio, encon­trar una voz».

Hay varios aspec­tos en la vida de Copa­ca­bana que se pue­den ras­trear en su obra: su tra­bajo y for­ma­ción como psi­coa­na­lista, su posi­ción en el mundo edi­to­rial como fun­da­dora del pequeño sello Momo­fuku junto a su esposo (el escri­tor Her­nán Vanoli) y su estan­cia actual en Iowa (Esta­dos Uni­dos), donde estu­dia una maes­tría de escri­tura creativa.

Otra de las cons­tan­tes en su per­cep­ción como autora es su pro­xi­mi­dad al movi­miento de la Alt Lit esta­dou­ni­dense en torno a auto­res como Tao Lin, Sam Pink y Noah Cicero. «En 2014 anto­lo­gué y tra­duje junto a mi marido el pri­mer tomo que, a nivel mun­dial, reunía tra­ba­jos de estos jóve­nes escri­to­res. Chi­cos sen­si­bles de clase media, o media baja, no ins­ti­tu­cio­na­li­za­dos, que se venían conec­tando en red, bus­cando nue­vas for­mas de narrar las sen­si­bi­li­da­des pro­pias del impe­rio en el nuevo siglo».

Más refe­ren­cias: Simone de Beau­voir. «Mi cone­xión con su obra ha sido múl­ti­ple, intensa, variante a lo largo del tiempo. Mi pri­mer libro es en cierta medida auto­bio­grá­fico y lleva como refe­ren­cia en su sub­tí­tulo al pri­mer tomo de la auto­bio­gra­fía de Beau­voir, a quien yo por esa época leía mucho, con fer­vor. Por enton­ces, cuando la ter­cera ola del femi­nismo se demo­raba en lle­gar al sur del con­ti­nente, su vida y su obra fue­ron impor­tan­tes en mi for­ma­ción, como ejem­plo, como inspiración».

Lola Copa­ca­bana habla, no sólo en las entre­vis­tas sino tam­bién en sus tex­tos, sobre femi­nismo, es algo explí­cito para ella. «Hoy día es, afor­tu­na­da­mente, un movi­miento que ha adqui­rido una inmensa poten­cia y que está haciendo enor­mes avan­ces en hacer a la socie­dad cons­ciente de las injus­ti­cias his­tó­ri­cas y las for­mas en que estas debe­rían ser repa­ra­das. Como señala Sarah Ahmed, ojalá ter­mine por con­ver­tirse en una prác­tica moral que forme parte del sen­tido común de todos nosotros».

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«Los que tenía­mos blogs inten­ta­mos inven­tar nue­vas for­mas de narrar­nos. Enten­di­mos la impor­tan­cia de crear un per­so­naje, bus­car un estilo pro­pio, encon­trar una voz». / Foto: Zoe Rebuffo 

 

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Vale­ria Lui­se­lli
ENTRE DOS MUNDOS

Vale­ria Lui­se­lli (Ciu­dad de México, 1983) se siente parte de una comu­ni­dad de inte­lec­tua­les lati­nos que viven en Nueva York. «En esta ciu­dad coin­ci­di­mos nove­lis­tas, perio­dis­tas… En parte es una pobla­ción flo­tante, que viene por una beca de estu­dios, per­ma­nece un rato y se va, pero tam­bién hay un grupo de gente asen­tada, como es mi caso, que se mueve entre dos mun­dos y dos len­guas: el inglés y el espa­ñol».  

El con­cepto de tra­ves­tismo lin­güís­tico es impor­tante en la obra de la escri­tora y perio­dista mexi­cana. «No creo que los idio­mas ten­gan cua­li­da­des: esa idea de una len­gua para la filo­so­fía y otra para el humor es un argu­mento des­afor­tu­nado, incluso peli­groso. Pero es cierto que tengo libros en inglés, otros en espa­ñol, incluso he escrito en los dos idio­mas la misma his­to­ria hasta que me decanto por uno. Muchas veces espero que sea el tema el que decida».

Cita el ejem­plo de su ante­rior obra, Los niños per­di­dos (Sexto Piso, 2016), un ensayo sobre «la buro­cra­cia, la maqui­na­ria y la vio­len­cia ins­ti­tu­cio­nal con­tra la pobla­ción his­pana en Esta­dos Uni­dos». La autora tra­bajó de forma volun­ta­ria como tra­duc­tora para la defensa de meno­res migran­tes cen­troa­me­ri­ca­nos en la corte migra­to­ria de Nueva York y ahí empezó a reco­pi­lar tes­ti­mo­nios devas­ta­do­res que al final se con­vir­tie­ron en libro.

«La pri­mera vez lo escribí en inglés y al tener que rees­cri­birlo para la edi­ción en espa­ñol me obligó a mirar con más dete­ni­miento. El ori­gi­nal se duplicó en tamaño», recuerda. «En 2017 la pobla­ción his­pana dete­nida en Esta­dos Uni­dos superó a la afro­ame­ri­cana. Las per­so­nas migran­tes indo­cu­men­ta­das son un blanco, han aumen­tado muchí­simo las deten­cio­nes en cen­tros migra­to­rios, incluso de meno­res. Es gente que no ha come­tido nin­gún delito salvo no tener papeles».

Cali­fica la lle­gada de Donald Trump al poder como «un desas­tre», pero cree que ha des­per­tado el acti­vismo entre los escri­to­res lati­noa­me­ri­ca­nos. Los con­cep­tos de raza y migra­ción se han colado en nove­las, cuen­tos y ensa­yos con­tem­po­rá­neos. «El 95 por ciento de la gente de mi entorno eran per­so­nas con ideas polí­ti­cas pero no esta­ban invo­lu­cra­das, ahora sí lo están».

Entre sus obras ante­rio­res des­ta­can las nove­las Los ingrá­vi­dos (2011) y La his­to­ria de mis dien­tes (2014), ambas en Sexto Piso. Su tra­yec­to­ria está mar­cada por ideas recu­rren­tes como el des­pla­za­miento, el bilin­güismo o el sen­ti­miento de ser extran­jero. Por la pro­fe­sión de su padre (diplo­má­tico) ha vivido en varios paí­ses, ade­más de México y Esta­dos Uni­dos, entre ellos Sudá­frica, Costa Rica, Corea del Sur, India, España y Fran­cia. «Nues­tra bio­gra­fía nos va defi­niendo. Esa heren­cia está en todo lo que yo hago».

«He escrito libros en inglés, otros en español, incluso he escrito en los dos idiomas la misma historia hasta que me decanto por uno. Muchas veces espero que sea el tema el que decida».
«He escrito libros en inglés, otros en espa­ñol, incluso he escrito en los dos idio­mas la misma his­to­ria hasta que me decanto por uno. Muchas veces espero que sea el tema el que decida».

 

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Mónica Ojeda
HORRORDESEO

Al hablar de la lite­ra­tura de Mónica Ojeda (Gua­ya­quil, 1988) se uti­li­zan adje­ti­vos como per­versa, por­no­grá­fica y obs­cena, pero tam­bién valiente, con­tem­po­rá­nea… «Me gusta pen­sar que cuando escribo corro ries­gos y soy bas­tante extrema a volun­tad. Por ahora me interesa hacer eso y atre­verme a escri­bir sin nin­gún miedo. Mis temas cam­bian y seguro segui­rán cam­biando, pero por ahora encuen­tro que se conec­tan en el abor­daje de la vio­len­cia, la sexua­li­dad y el daño».

Existe una línea donde la tec­no­lo­gía se cruza con el deseo y el ero­tismo en su obra, en la que tam­bién juega un papel des­ta­cado el mal o lo enfer­mizo. Esta idea conecta con algu­nas de las pelí­cu­las más extre­mas y mal­sa­nas de David Cro­nen­berg (Video­drome, Crash, Inse­pa­ra­bles), con la esté­tica del cyber­punk e incluso con el gore de serie B.

«Lle­gué a este uni­verso de influen­cias como con­se­cuen­cia de que Inter­net es ya parte de nues­tro pai­saje con­tem­po­rá­neo. En mis últi­mas dos nove­las era impo­si­ble no con­ver­tirlo en per­so­naje ya que allí están nues­tros deseos y tam­bién nues­tros horro­res. Y tam­bién la bana­li­dad: mucha bana­li­dad del mal».

Los dos libros a los que hace refe­ren­cia son Nefando (2016) y el más reciente Man­dí­bula (2018), ambos publi­ca­dos por la bar­ce­lo­nesa Can­daya. «Creo que las edi­to­ria­les inde­pen­dien­tes son las que toman los ries­gos ahora y quie­nes des­cu­bren escri­tu­ras impres­cin­di­bles. Me gus­tan mucho los catá­lo­gos de Eterna Caden­cia, de Mar Dulce y de La Tur­bina Edi­to­rial, ade­más del de Candaya».

«Que­ría pen­sar sobre el miedo y lo que el miedo es capaz de hacer­nos y de hacerle a las rela­cio­nes que esta­ble­ce­mos con otros. En Man­dí­bula lo hice a tra­vés de unos per­so­na­jes feme­ni­nos en atmós­fe­ras opre­si­vas y en donde estos des­plie­gan con fuerza toda su capa­ci­dad de desear y de mor­der».

Esta ecua­to­riana vive en Madrid, donde está haciendo un doc­to­rado, pero aclara que «la heren­cia de Ecua­dor la llevo den­tro, en todo lo que soy». Fue pro­fe­sora uni­ver­si­ta­ria y ahora que­rría ser librera. Sus refe­ren­tes están en la poe­sía. «Empecé a escri­bir por­que me di cuenta, leyendo, que las pala­bras son sen­so­ria­les y que pue­den gene­rar expe­rien­cias inten­sas tanto en la mente como en el cuerpo».

Con­fiesa que toda­vía siente chu­cha­qui (resaca en Ecua­dor) de la expe­rien­cia com­par­tida en Bogotá 39. No cree en una iden­ti­dad ibe­roa­me­ri­cana, «sino en sus múl­ti­ples iden­ti­da­des posi­bles». Para Ojeda, hay una temá­tica que une a los auto­res his­pa­nos de su gene­ra­ción. «Creo que todos tene­mos inte­rés, desde dis­tin­tas poé­ti­cas y mira­das, en lo que la vio­len­cia y el daño hace con las per­so­nas. La fami­lia como sede de dichos con­flic­tos tam­bién está pre­sente en muchos de nues­tros textos».

Ojeda
«Creo que los escri­to­res de mi gene­ra­ción tene­mos en común un mismo inte­rés, desde dis­tin­tas poé­ti­cas y mira­das, en lo que la vio­len­cia y el daño hace con las personas». 

Un artículo publi­cado ori­gi­nal­mente en el Número de Verano de 2018, 290, de la Revista Leer.