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El suicidio como avatar literario

Una desdicha terminal alimentada por el reiterado rechazo de su novela por parte de los editores condujo a John Kennedy Toole al suicidio. La obra en cuestión, 'La conjura de los necios', fue Pulitzer póstumo y una de las ficciones más celebradas del final de siglo. Su trágica historia invita a reflexionar sobre la particular incidencia de la muerte autoinfligida en los escritores, una epidemia romántica que ha perdurado hasta nuestros días como consecuencia extrema de un modo 'literario' de estar en el mundo. Por BORJA MARTÍNEZ

chatterton

En la vida de John Ken­nedy Toole con­cu­rrió una serie tan pro­lon­gada de infor­tu­nios que su figura, sólo cono­cida tras el éxito de las des­qui­cia­das aven­tu­ras de Igna­tius J. Reilly, el adi­poso y fla­tu­lento medie­va­lista salido de su ima­gi­na­ción, ha alcan­zado una dimen­sión lite­ra­ria equi­va­lente a la de su anto­ló­gico per­so­naje. Todo se puso en con­tra de sí y de su talento, hasta per­sua­dirle de que seguir viviendo no mere­cía la pena; con­ven­cido quizá de que, tal y como se puede leer en el fron­tis­pi­cio de su gran novela, «cuando en el mundo apa­rece un ver­da­dero genio, puede iden­ti­fi­cár­sele por este signo: todos los necios se con­ju­ran con­tra él». No es casual que Toole eli­giera esta sen­ten­cia de Jonat­han Swift para ador­nar la pri­mera página de su libro; a buen seguro com­par­tía muchos de los seve­ros jui­cios del autor de Los via­jes de Gulli­ver sobre la con­di­ción humana y él mismo se sen­tía un genio ase­diado por la nece­dad ambiente.

Toole, 31 años, lle­vaba dos meses ausente de su casa cuando el 26 de marzo de 1969 apa­re­ció muerto en el asiento del con­duc­tor de su Che­vro­let Che­ve­lle blanco a las afue­ras de Biloxi, Misi­sipi –vieja ciu­dad sureña donde trans­cu­rri­rán buena parte de los thri­ller de John Gris­ham–, a unos 150 kiló­me­tros al este de su Nueva Orleans natal. Des­pués de esta­cio­nar junto a un camino veci­nal, conectó el tubo de escape al inte­rior del vehículo con un trozo de man­guera de jardín.

Dio con sus hue­sos allí des­pués de un extraño peri­plo que al pare­cer le llevó hasta Cali­for­nia, donde habría visi­tado San Simeón, el monu­men­tal cas­ti­llo de William Ran­dolph Hearst. Atrás había dejado la casa fami­liar, en la cual con­vi­vía con una madre cas­tra­dora, un padre sumido en un avan­zado pro­ceso de demen­cia y por encima de todo un bulto sos­pe­choso varado en su dor­mi­to­rio, la caja con el manus­crito de su novela nonata, fuente prin­ci­pal de sus últi­mas desdichas.

Toole había man­te­nido dos años de rela­ción epis­to­lar con Robert Gottlieb, de la edi­to­rial neo­yor­quina Simon & Schus­ter, para hacer publi­ca­ble a ojos de los poten­cia­les edi­to­res La con­jura de los necios. El pro­ceso había sido ago­ta­dor, frus­trante y a la pos­tre infructuoso.

El rechazo del libro cegaba las posi­bi­li­da­des de Toole de esca­par de una reali­dad asfi­xiante. Hijo único y tar­dío, un padre abú­lico entregó desde el prin­ci­pio toda la sobe­ra­nía sobre su edu­ca­ción a su absor­bente esposa. Telma Toole se con­sa­gró a su John Ken­nedy, Kenny o Ken para la fami­lia y los ami­gos, fra­guando un vínculo que con el tiempo se haría enfer­mizo. Ella super­vi­saba todos los aspec­tos de la vida del cha­val, que mien­tras pudo res­pon­dió per­si­guiendo la exce­len­cia como hijo y como estu­diante, incluso como joven artista en las follies de la Junior Variety Per­for­mers, una pequeña com­pa­ñía de aspi­ran­tes a niños pro­di­gio orga­ni­zada por Telma cuando Ken tenía 10 años.

A medida que Toole fue cre­ciendo, el vínculo con su madre se com­plicó y con­di­cionó su evo­lu­ción per­so­nal. De todo eso trató de esca­par a tra­vés de la escri­tura. Des­cu­brió el poder de la pala­bra en el perió­dico de la escuela y pronto com­pletó una pri­mera novela, La Biblia de neón, obra ele­men­tal, pero nota­ble para un cha­val de 16 años, publi­cada en 1987 a rebufo del éxito de La con­jura (en España fue edi­tada en 1989 por Anagrama, la misma edi­to­rial que siete años atrás había publi­cado la obra magna de Toole, una de las pri­me­ras refe­ren­cias de su catá­logo de narra­tiva, y que toda­vía hoy es uno de sus títu­los más vendidos).

La his­to­ria de David, un mucha­cho de la misma edad que Toole atra­pado en un pobla­cho del pro­fundo sur, le sir­vió para exor­ci­zar sus pri­me­ros fan­tas­mas. Algu­nas de las refle­xio­nes del pro­ta­go­nista de La Biblia de neón nos pue­den ser­vir para son­dear las preo­cu­pa­cio­nes de aquel joven­cí­simo autor: «Si uno era dis­tinto de los demás tenía que mar­charse del pue­blo. Por esta razón todo el mundo se pare­cía tanto, en la manera de hablar y de actuar, en sus gus­tos y sus odios. Si alguien detes­taba algo, y era una per­sona como tenía que ser, todo el mundo debía detes­tar lo mismo. Si no lo hacías así, la gente te odiaba. En la escuela nos decían que debía­mos pen­sar por nues­tra cuenta, pero eso era impo­si­ble en el pue­blo».

John Kennedy Toole. / Louisiana Research Collection, Tulane University
John Ken­nedy Toole. / Loui­siana Research Collec­tion, Tulane University

Esa misma con­cien­cia de ser espe­cial acom­pañó a Toole durante toda su vida, como telón de fondo del per­ma­nente tira y afloja con su madre que ter­minó agos­tando su bri­llan­tez inte­lec­tual (en la misma medida que la difí­cil con­vi­ven­cia con su con­di­ción sexual, que nunca llegó a acep­tar del todo). Como el resto de aspec­tos de la vida de su hijo, Telma Toole tam­bién con­di­cio­naba su pro­ceso crea­tivo. Su carrera le brindó la opor­tu­ni­dad de rom­per tem­po­ral­mente con ese círculo vicioso, pri­mero rea­li­zando un pos­grado en la Uni­ver­si­dad de Colum­bia, en Nueva York, y des­pués tra­ba­jando como asis­tente del depar­ta­mento de Inglés de la Uni­ver­si­dad de Lafa­yette, a casi 200 kiló­me­tros de su casa.

Vol­ver a Nueva York siem­pre fue la aspi­ra­ción de Toole. Allí pasó momen­tos muy feli­ces con Ruth Kath­mann, amiga y com­pa­ñera de estu­dios con la que sos­tuvo durante algún tiempo una suerte de noviazgo pla­tó­nico que quizá pro­yectó en la rela­ción que Igna­tius man­tiene en la novela con la inefa­ble Myrna Min­koff, una beat­nick del Bronx que pone a prueba su pacien­cia y la rigi­dez de sus con­vic­cio­nes escolásticas.

Tam­bién lejos de casa, durante los dos años de su ser­vi­cio mili­tar en Puerto Rico, tuvo lugar la ela­bo­ra­ción de La con­jura de los necios. La novela debía ser su sal­vo­con­ducto hacia otra vida. Cuando su empeño de publi­carla fra­casó, cun­dió la des­es­pe­ranza y Toole se hun­dió en una espi­ral depre­siva ali­men­tada por el alcohol.

«He pasado por un ver­da­dero infierno (…). ¿Por qué te fuiste de mi vida, mucha­cha? Tu nuevo pei­nado es fas­ci­nante y cos­mo­po­lita. El aroma a hollín y car­bo­ni­lla de tu pelo me esti­mula y me habla del Bronx tre­pi­dante. Hemos de irnos inme­dia­ta­mente. Debo ir a flo­re­cer a Man­hat­tan». Al final de La con­jura de los necios, Igna­tius recibe exul­tante la ines­pe­rada apa­ri­ción de la Min­koff, que llega pro­vi­den­cial para res­ca­tarle de su empan­ta­nado entorno para empe­zar una nueva vida lejos de Nueva Orleans. «Sabía que tarde o tem­prano ten­drías que lar­garte de aquí para pre­ser­var tu salud men­tal», res­ponde ella. Toole no tuvo o no pudo o no quiso tener la misma for­tuna que su dis­pa­ra­tado per­so­naje, final­mente redimido.

Culto román­tico a Chatterton

El infor­tu­nio reite­rado y el trá­gico y pre­ci­pi­tado desen­lace de su vida conec­tan a Toole con el que quizá sea pri­mer, desde un punto de vista román­tico, y más influ­yente sui­cida de la his­to­ria de la Lite­ra­tura. El 24 de agosto de 1770, tres meses antes de cum­plir los 18 años,Thomas Chat­ter­ton inge­ría una dosis letal de arsé­nico en la buhar­di­lla lon­di­nense que ocu­paba desde que pocos meses antes lle­gara de su Bris­tol natal para comerse el mundo gra­cias a un talento y un orgu­llo sobre­na­tu­ra­les, que había demos­trado inven­tán­dose un poeta exqui­si­ta­mente medie­val lla­mado Rowley con el que sedujo y engañó a eru­di­tos y poe­tas. Una mala racha que se le antojó irre­so­lu­ble en el mez­quino pano­rama lite­ra­rio de Lon­dres le empujó a tirar por el camino de en medio hacia nin­guna parte. La inten­si­dad vital y el final airado de Chat­ter­ton ins­ti­tu­ye­ron el culto román­tico al héroe trá­gico dis­puesto a todo, incluso a la des­truc­ción, para afir­marse res­pecto a un mundo mediocre.

Así, entre Chat­ter­ton y Toole se puede tra­zar una his­to­ria del sui­ci­dio lite­ra­rio que encuen­tra su momento este­lar y sus­tan­cial en el roman­ti­cismo, pero que desde enton­ces se asi­mi­lará al arte en gene­ral y a la lite­ra­tura en par­ti­cu­lar. Para reco­rrer este mundo de tinie­blas vita­les y lite­ra­rias encon­tra­mos una guía excep­cio­nal en El dios sal­vaje, un libro del escri­tor y crí­tico bri­tá­nico Al Alva­rez publi­cado ori­gi­nal­mente en 1972 y edi­tado en espa­ñol por Emecé en 2003. El pro­pio Alva­rez intentó sui­ci­darse a la misma edad que Toole, 31 años, en 1961. Como crí­tico de poe­sía del dia­rio lon­di­nense The Obser­ver tuvo un con­tacto directo durante los años 50 y 60 con los poe­tas de la época, entre ellos Syl­via Plath, con la que fra­guó una rela­tiva amistad.

Plath se sui­cidó el 11 de febrero de 1963 en su apar­ta­mento de Lon­dres. Metió la cabeza en el horno de gas mien­tras sus hijos Frieda y Nicho­las dor­mían. Pre­ci­sa­mente el 23 de marzo de 2009 Fie­dra, tam­bién poe­tisa, anun­ciaba el sui­ci­dio de su her­mano. Nicho­las, bió­logo marino de 47 años sin voca­ción lite­ra­ria cono­cida, apa­re­ció ahor­cado en su domi­ci­lio en Alaska el 16 de marzo, reabriendo el debate sobre el carác­ter here­di­ta­rio o imi­ta­tivo de la con­ducta sui­cida, y poniendo una vez más de actua­li­dad la figura de Plath, con­ver­tida en ejem­plo de escri­tora sufriente que hace de sus pade­ci­mien­tos mate­ria prima para la alta crea­ción. El cono­ci­miento de la obra y la per­so­na­li­dad de Plath y su pro­pia expe­rien­cia sui­cida ayu­da­ron a Alva­rez a la hora de inda­gar en los meca­nis­mos que entran en fun­cio­na­miento cuando una per­sona toma la deci­sión de aten­tar con­tra su vida, y más con­cre­ta­mente en el sig­ni­fi­cado del sui­ci­dio en la lite­ra­tura, campo en el que, según Alva­rez, el siglo XX se ha cobrado un número de bajas extra­or­di­na­ria­mente alto.

Una defi­ni­ción con­ven­cio­nal del gesto sui­cida: cual­quier acto deli­be­rado de auto­le­sión tras el cual la per­sona que lo comete no está segura de sobre­vi­vir. Cuando el ser humano se sin­tió facul­tado y capaz de desa­fiar el más básico de todos los ins­tin­tos, el de con­ser­va­ción, se cons­ti­tuyó un hori­zonte ate­rra­dor y mag­né­tico a la vez, con­se­cuen­cia última y extrema de nues­tra liber­tad. La pul­sión auto­des­truc­tiva, vieja como el hom­bre, ha des­con­cer­tado a todas las socie­da­des huma­nas, que han tra­tado de pre­ve­nirlo mediante todo tipo de estrategias.

Irres­pon­sa­bi­li­dad o sabiduría

En el mundo clá­sico, el sui­ci­dio fue reivin­di­cado por algu­nos filó­so­fos como modo legí­timo de libe­rarse del sufri­miento, aun­que fue con­de­nado inequí­vo­ca­mente por figu­ras como Pla­tón y Pitá­go­ras. En prin­ci­pio era con­si­de­rado un acto irres­pon­sa­ble hacia el colec­tivo (una idea que ha per­du­rado hasta la actua­li­dad; Gran Bre­taña fue el último país euro­peo en des­pe­na­li­zarlo, en 1961), pero su exis­ten­cia no per­mi­tía obviarlo sin más, así que solía estar escru­pu­lo­sa­mente reglado y se con­sen­tía en caso de tris­teza inson­da­ble, razón de patrio­tismo u honor. Sobre esta base prag­má­tica y a la vez huma­ni­ta­ria, los grie­gos pusie­ron en pie una teo­ría y prác­tica del sui­ci­dio noble que siglos des­pués, como vere­mos más ade­lante, será reivin­di­cada por Montaigne.

En Roma el asunto fue más allá. El sui­ci­dio sólo era puni­ble en tanto que pro­du­jera un que­branto eco­nó­mico directo. En el pro­ceso de des­va­lo­ri­za­ción de la muerte que se veri­ficó en época impe­rial, cuando pere­cían coti­dia­na­mente cien­tos de per­so­nas víc­ti­mas de los espec­tácu­los públi­cos, el sui­ci­dio se per­filó como una forma aris­to­crá­tica de morir, que dis­tan­ciaba al que lo come­tía de la coti­diana e indi­fe­ren­ciada orgía de san­gre. «Dicen los estoi­cos», inter­pre­tará Mon­taigne, «que es para el sabio vivir con­forme a natura el dejar la vida, aun cuando esté en ple­ni­tud, si lo hace opor­tu­na­mente; y para el loco el con­ser­var la vida, aun siendo un desgraciado».

Esa dig­ni­dad sui­cida de los estoi­cos roma­nos ante un entorno dege­ne­rado sir­vió de ins­pi­ra­ción a los pri­me­ros cris­tia­nos. Nume­ro­sos tes­ti­mo­nios de la época refren­dan que los muchos már­ti­res del pri­mer cris­tia­nismo lo fue­ron tanto o más por sui­ci­das que por per­se­gui­dos. Cierta locura mar­ti­ro­ló­gica del cris­tia­nismo pri­mi­tivo venía refren­dada por argu­men­tos de auto­ri­dad de padres de la Igle­sia como Ter­tu­liano u Orí­ge­nes, que lle­ga­ron a con­si­de­rar sui­ci­dio el sacri­fi­cio de Cristo.

A ata­jar esta deriva, que alcanzó su apo­geo con la here­jía dona­tista –algu­nos de cuyos segui­do­res se entre­ga­ban al mar­ti­rio para no pecar–, y a esta­ble­cer las bases de lo que será la secu­lar con­dena cris­tiana del sui­ci­dio, vino San Agus­tín. El de Hipona sentó doc­trina argu­men­tando hábil­mente que el sui­ci­dio infrin­gía el Quinto Man­da­miento, y que era el peor de los peca­dos posi­bles por­que hacía impo­si­ble el arre­pen­ti­miento. De ahí nació el cri­te­rio que ha per­du­rado hasta noso­tros: la vida es un don divino y el hom­bre no tiene dere­cho a dis­po­ner de ella por­que inter­fiere la volun­tad de Dios.

Trans­cu­rrie­ron siglos de estig­ma­ti­za­ción y ultraje a los sui­ci­das, ya vivos o muer­tos. Los que sobre­vi­vían eran ase­si­na­dos del modo más terri­ble. Sus cuer­pos eran ente­rra­dos en la encru­ci­jada de los cami­nos para que su espí­ritu no con­ta­mi­nase a los vivos. El anatema cris­tiano se fun­día con los usos y terro­res pri­mi­ti­vos res­pecto al sui­ci­dio. Había que ultra­jar la memo­ria y el cuerpo del cri­mi­nal para ase­gu­rar su desaparición.

La muerte, ame­na­za­dora, se había ense­ño­reado de la exis­ten­cia de los hijos de Dios durante toda la Edad Media, pero fue una de las prin­ci­pa­les víc­ti­mas del nuevo espí­ritu con­sa­grado por el Rena­ci­miento. Los huma­nis­tas ani­ma­ron a per­derle el miedo a la parca. Tras siglos de resig­na­ción a una vida de sufri­mien­tos en la tie­rra y a un incierto des­tino en el Más Allá, el hom­bre vol­vía al cen­tro de la Crea­ción. Res­tau­raba pues su liber­tad, y con ello apa­re­cía de nuevo en el hori­zonte la liber­tad última de dis­po­ner de la pro­pia vida. Mon­taigne, Sha­kes­peare y Donne, tres per­so­na­li­da­des lite­ra­rias naci­das en el siglo XVI, ilus­tran a la per­fec­ción esta evo­lu­ción en cuanto al sig­ni­fi­cado y la posi­bi­li­dad del suicidio.

«Está la his­to­ria llena de gen­tes que de mil mane­ras cam­bia­ron una vida penosa por la muerte». En el capí­tulo III del Libro Segundo de sus Ensa­yos, titu­lado “Una cos­tum­bre de la Isla de Ceos”, Michel de Mon­taigne abre sin con­tem­pla­cio­nes el debate del sui­ci­dio, algo impen­sa­ble durante siglos, ilus­trán­dolo con innu­me­ra­bles ejem­plos de la tra­di­ción clá­sica (para las citas que siguen hemos uti­li­zado la edi­ción de los Ensa­yos publi­cada por Cáte­dra en su Biblio­teca Áurea en 2003). La cos­tum­bre a la que hace refe­ren­cia en el enca­be­za­miento de su refle­xión era común a muchos domi­nios de la anti­gua Gre­cia: la ges­tión admi­nis­tra­tiva del sui­ci­dio, que el intere­sado soli­ci­taba y las auto­ri­da­des, si pro­ce­día, le con­sen­tían eje­cu­tar. «Hay en la vida muchos acon­te­ci­mien­tos más difí­ci­les de sopor­tar que la misma muerte», sugiere Mon­taigne. «Prueba de ello, aquel niño lace­de­mo­nio secues­trado por Antí­gono y ven­dido como esclavo, el cual, apre­miado por su amo para que se entre­gara a cierto ser­vi­cio abyecto, dijo: «Vas a ver a quién has com­prado; ver­güenza sería para mí el ser­vir, teniendo la liber­tad tan a mano». Y diciendo esto, arro­jose desde lo alto de la casa».

'La muerte de Chatterton' (1856), de Henry Wallis.
“La muerte de Chat­ter­ton” (1856), de Henry Wallis.
Una nueva mentalidad

Apo­yán­dose en su abru­ma­dora eru­di­ción, Mon­taigne debate fran­ca­mente con­sigo mismo sobre el sen­tido de la con­ducta sui­cida. «Dicen que el sabio vive tanto como debe, no tanto como puede; y que el mayor pre­sente que nos ha hecho la natu­ra­leza y que nos priva de poder que­jar­nos de nues­tra con­di­ción es haber­nos dejado la posi­bi­li­dad de tomar las de Villa­diego (…). La muerte más volun­ta­ria es la más bella. La vida depende de la volun­tad de otros; la muerte, de la nues­tra». Pero no deja de ser «ridí­cula la idea de des­de­ñar la vida. Pues es nues­tro ser y nues­tro todo al fin (…); es enfer­me­dad par­ti­cu­lar y que no se da en nin­guna otra cria­tura la de odiarse y des­pre­ciarse (…). Y ade­más, estando suje­tas las cosas huma­nas a tan­tos cam­bios repen­ti­nos, es difí­cil juz­gar hasta qué punto está per­dida toda espe­ranza». El bor­de­lés escép­tico, como le lla­mará Car­pen­tier, con­cluye: «El dolor inso­por­ta­ble y una muerte peor paré­cenme los móvi­les más jus­ti­fi­ca­bles» para matarse. La impor­tan­cia de que una per­so­na­li­dad de la talla de Mon­taigne, hijo pre­di­lecto del espí­ritu del Rena­ci­miento, aborde en estos tér­mi­nos el sui­ci­dio es deci­siva. Es fruto de un cam­bio radi­cal de cosmovisión.

Siguiendo a Al Alva­rez, «en el siglo XVI, la muerte ante la des­honra y el sui­ci­dio por amor serían luga­res comu­nes de poe­tas y dra­ma­tur­gos, por mucho que tro­nan­tes pre­di­ca­do­res aún los con­de­na­ran como crí­me­nes enor­mes». En estas nos topa­mos con el más grande de aqué­llos, William Sha­kes­peare, que de Romeo y Julieta a Ham­let pasando por Otelo sem­bró sus obras de sui­ci­das (hasta 14 en ocho dra­mas). Y mucho antes nos encon­tra­mos a la sui­cida Meli­bea en la ger­mi­nal Celes­tina de Fer­nando de Rojas.

Pero el pri­mero que se enfrenta cara a cara con la cues­tión es John Donne. El poeta isa­be­lino escri­bió en 1608 Biat­ha­na­tos. Una decla­ra­ción de la para­doja, o tesis, de que el homi­ci­dio de sí no es tan natu­ral­mente pecado que no pueda ser de otro modo, publi­cado des­pués de su muerte, en 1631. «Cuando quiera que me asola una aflic­ción, creo tener las lla­ves de mi pri­sión en mi mano, y no hay reme­dio que se me pre­sente al cora­zón tan pronto como mi pro­pia espada. La asi­dua medi­ta­ción de estas cosas me ha lle­vado a inter­pre­tar cari­ta­ti­va­mente a quie­nes actúan de ese modo».

Donne dis­fraza la con­fe­sión de la ten­ta­ción de sui­ci­dio de jus­ti­fi­ca­ción del sui­ci­dio ajeno. Biat­ha­na­tos fue escrito en plena cri­sis vital del autor, cuando la inac­ti­vi­dad y el retrai­miento, des­pués de una juven­tud plena de triun­fos y oro­pel, le indu­cía «una sed y una ansia de la vida pró­xima». Se dio enton­ces cuenta de la fun­ción que la acción había tenido en él como antí­doto de la deses­pe­ra­ción. Impo­si­bi­li­tado para desa­rro­llar su talento, Donne se hun­dió y escri­bió Biat­ha­na­tos. Alva­rez inter­preta este sin­gu­lar libro como una suerte de catar­sis. «Me pre­gunto si Biat­ha­na­tos no comenzó como pre­lu­dio a la auto­des­truc­ción y acabó como suce­dá­neo (…) y en el pro­ceso de escri­bir el libro, al coman­dar su intrin­cado cono­ci­miento y su des­treza dia­léc­tica, fue ali­viando la ten­sión hasta res­ta­ble­cer el sen­tido de sí (…). En vez de matarse, Donne salió de la cri­sis de la mitad de la vida mediante una nego­cia­ción: tomó los hábi­tos».

Con la obra de Donne se con­so­li­daba el pro­ceso de rehu­ma­ni­za­ción del acto sui­cida ini­ciado por Mon­taigne. Aun­que toda­vía durante mucho tiempo el indi­vi­duo que come­tiera cri­men con­tra sí mismo sería dura­mente cas­ti­gado, había comen­zado el cam­bio de men­ta­li­dad. Y lo con­ti­nuará David Hume racio­na­li­zán­dolo y des­ha­ciendo el ama­rre esta­ble­cido doce siglos atrás por San Agus­tín. Hacia mitad del XVIII, encen­dién­dose ya las Luces de la Razón en toda Europa, Hume acotó el sen­tido del sui­ci­dio como acto indi­vi­dual en una refu­ta­ción reco­gida en sus Ensa­yos sobre moral y polí­tica: «Si la eli­mi­na­ción de la vida humana fuera domi­nio tan pri­va­da­mente reser­vado al Todo­po­de­roso como para que la eli­mi­na­ción de la pro­pia por un hom­bre resul­tase un abuso de Su dere­cho, igual­mente cri­mi­nal sería actuar por la pre­ser­va­ción de la vida como por su destrucción».

Des­pués del des­plie­gue teó­rico, pronto apa­re­cerá la pri­mera muesca en el pan­teón de sui­ci­das lite­ra­rios. Tho­mas Chat­ter­ton uti­liza incons­cien­te­mente el tram­po­lín cons­truido por aque­llos alba­ñi­les ilus­tres (Mon­taigne, Donne, Hume) para dar un salto mor­tal que hará cun­dir el ejem­plo entre varias gene­ra­cio­nes de enfer­mos de lite­ra­tura.

Una per­so­na­li­dad anó­mala la de este Chat­ter­ton, que en su pri­mera infan­cia ofre­cía sín­to­mas de retraso inte­lec­tual pero que de repente y en breve lapso apren­dió a inven­tar para anti­cua­rios mor­bo­sos los más her­mo­sos ver­sos medie­va­les. Apren­diz con­tra su volun­tad de un copista de Bris­tol, el más pre­coz de los escri­to­res no dudó en ame­na­zar con sui­ci­darse para libe­rarse del patro­nazgo al que estaba some­tido por ley. Tras lograrlo mar­chó a Lon­dres lleno de inquie­tu­des para hacer fama y for­tuna. Tenía 16 años. Allí escri­bió los últi­mos poe­mas del falso Rowley, una ope­reta y dece­nas de ver­sos satí­ri­cos y pan­fle­tos mal­pa­ga­dos. Pero la cen­sura estre­chó el cerco sobre la prensa satí­rica que le daba de comer y las fuen­tes de ingre­sos se fue­ron secando.

Chat­ter­ton no quiso tener pacien­cia. Se sacri­ficó para decirle al mundo mez­quino en el que le tocó desen­vol­verse lo que se había per­dido. Samuel John­son afirmó que había sido «el joven más extra­or­di­na­rio con que ha topado mi cono­ci­miento. Mara­vi­lla que este cacho­rro haya escrito seme­jan­tes cosas». Al reco­no­ci­miento de John­son siguió el de los román­ti­cos, y este fue el ver­da­de­ra­mente deci­sivo. Su juven­tud y su inmo­de­rado y orgu­lloso modo de vivir y de morir sir­vie­ron de ins­pi­ra­ción a todos ellos. Para Cole­ridge, Keats, She­lley, Wal­ter Scott, Byron o Ros­setti, Chat­ter­ton fue su canon. Refren­daba la rela­ción nece­sa­ria entre genio y juven­tud (de tal modo que los que no murie­ron antes de tiempo sin­tie­ron que sobre­vi­vían a costa de morir espi­ri­tual­mente). Pero sobre todo ins­ti­tuía la con­cep­ción de vida y obra como una sola cosa. Nacía un modo lite­ra­rio de estar en el mundo.

Fie­bre romántica

El sui­ci­dio de Wert­her acabó de infla­mar los cora­zo­nes de la juven­tud euro­pea. Si con Chat­ter­ton la vida era tan impor­tante o más que la obra, con la cria­tura de Goethe la fic­ción saltó a la reali­dad. El espí­ritu román­tico que­daba con­fi­gu­rado. Rafael Argu­llol inven­ta­rió ati­na­da­mente los ras­gos típi­cos del mismo en dos libros impor­tan­tes, El Héroe y el Único y La atrac­ción del abismo. «Para el artista román­tico», explica en éste último, «la vida es un iti­ne­ra­rio órfico, un des­censo a los infier­nos en busca de la ple­ni­tud, en busca, en defi­ni­tiva, del cielo. Infierno y cielo mar­chan a la par como imá­ge­nes sim­bó­li­cas de los gran­des pro­ce­sos de con­tra­dic­ción: muerte y belleza, fin y naci­miento, des­truc­ción y crea­ción, dolor y pla­cer… La invo­ca­ción a la muerte es, para el román­tico, una invo­ca­ción a la vida (…). El orfismo román­tico (…) es, fun­da­men­tal­mente, la afir­ma­ción de una con­cien­cia esté­tica basada en la creen­cia de que el hom­bre sólo alcanza su ver­da­dera iden­ti­dad si acepta la fun­ción crea­dora y tras­cen­dente de la destrucción».

'Sátira del suicidio romántico' (1839), de Leonardo Alenza.
“Sátira del sui­ci­dio román­tico” (1839), de Leo­nardo Alenza.

En La atrac­ción del abismo Argu­llol se apro­xima al alma román­tica a tra­vés de una de sus mani­fes­ta­cio­nes inco­no­grá­fi­cas pre­di­lec­tas: el pai­saje. En los cua­dros de Tur­ner y Frie­drich, hom­bres más o menos insig­ni­fi­can­tes se enfren­tan a una natu­ra­leza indo­me­ña­ble y abru­ma­dora de tor­men­tas y pre­ci­pi­cios abi­sa­les. En un marco simi­lar situó el pin­tor madri­leño Leo­nardo Alenza su Sátira del sui­ci­dio román­tico, cua­dro con­ser­vado en el Museo Román­tico de Madrid. En él, un anémico caba­llero se arroja desde un peñasco cas­te­llano cual­quiera  empu­ñando una daga, en tanto que al fondo se per­fila la silueta del árbol de un ahor­cado. Este pequeño lienzo demues­tra la dimen­sión real que tuvo la epi­de­mia sui­cida román­tica. Alenza lo pintó en 1837, unos dos años des­pués de la muerte de nues­tro sui­cida por exce­len­cia, Mariano José de Larra.

Pis­tola en mano, Fígaro fue el per­fecto román­tico. Se le creyó inmo­lado por el aban­dono de su amada Dolo­res Armijo, pero cuando aquel Larra de 27 años, ya con­su­mido, se queja de estar «con­de­nado a decir lo que nadie quiere escu­char» y reco­noce no tener nada más que decir sabe­mos que su deses­pe­ra­ción se ha fra­guado en su lucha sin cuar­tel con sus escri­tos en la mano con­tra los males de la patria. Como tan­tos, deci­dió morir joven antes que vivir inane­mente.

Las fie­bres del roman­ti­cismo tra­je­ron epi­de­mias sui­ci­das a todos los paí­ses de Europa, pero lo cierto es que la inmo­la­ción de unos pocos con­ven­ci­dos fue sufi­ciente para que el resto de devo­tos del gesto par­ti­ci­pa­ran del mismo desde la admi­ra­ción. El sui­ci­dio lite­ra­rio quedó en todo caso ins­ti­tuido, y en ade­lante no fal­ta­rán moti­vos para ponerlo en práctica.

Los suce­si­vos esta­dios de la civi­li­za­ción occi­den­tal ofre­cie­ron un pano­rama de incer­ti­dum­bres lo sufi­cien­te­mente pro­fun­das para abo­nar la deses­pe­ra­ción sui­cida. La cri­sis de la con­cien­cia euro­pea, el derrumbe de los sis­te­mas de valo­res y creen­cias, la muerte de Dios, fra­gua­ron la iden­ti­dad del artista moderno a par­tir del último ter­cio del XIX. Se cons­ti­tuye enton­ces la figura del genio indi­vi­dual que rompe mol­des y sólo rinde cuen­tas ante sí mismo; pero el indi­vi­duo artista se encuen­tra abrién­dose paso per­ma­nen­te­mente en solitario,sin tan siquiera el abrigo de la Aca­de­mia de turno y con la única cer­teza de la con­tin­gen­cia, situán­dose en un punto de la escala depre­siva que va de la des­es­pe­ranza a la desesperación.

El signo de los tiem­pos se puede ras­trear con faci­li­dad en la obra de gran­des escri­to­res de la época como Dos­toievski. Así Kiri­lov, el pro­ta­go­nista de su novela Los demo­nios, pro­clama que «lo único que hizo el hom­bre fue inven­tar a Dios para vivir sin matarse». En Dos­toievski, como en tan­tos otros auto­res, la íntima pro­ble­má­tica de la exis­ten­cia de Dios se pro­yecta en la cues­tión del sui­ci­dio, que se mani­fiesta esen­cial. Refle­xiona en su dia­rio: «Está claro, pues, que cuando se ha per­dido la idea de inmor­ta­li­dad, el sui­ci­dio se vuelve una nece­si­dad total e inevi­ta­ble para cual­quiera que, por su desa­rro­llo men­tal, se haya ele­vado siquiera lige­ra­mente por encima del rebaño».

Tols­toi tuvo azo­ra­mien­tos equi­va­len­tes. En Mi con­fe­sión relata la cri­sis que le atacó a los 50 años. «No quiero decir que tuviera la inten­ción de sui­ci­darme. La fuerza que me apar­taba de la vida era más fuerte, más plena y de con­se­cuen­cias más amplias que un mero deseo; era una fuerza como la de mi pre­vio apego a la vida, pero de direc­ción con­tra­ria. La idea del sui­ci­dio me venía tan natu­ral­mente como antes la de mejo­rar la exis­ten­cia». En clave pesi­mista, sobre los esfuer­zos vanos de una vida dedi­cada a pros­pe­rar escri­bió La muerte de Ivan Illich, y tanto cul­mi­nar esta gran novela como con­ver­tirse a la fe sir­vió a Tols­toi, como en su día hiciera Donne, para redi­mirse y esca­par a la fatalidad.

A morir con Dios

Pero en ade­lante serán pocos los que pue­dan aco­gerse a una fe segura y con­ven­cio­nal para esca­par de la deses­pe­ra­ción. La pro­cla­ma­ción de que la vida es lo que hay, sin con­ti­nua­ción posi­ble, fun­ciona como una pro­cla­ma­ción del sin­sen­tido, del absurdo exis­ten­cial. El arte meta­bo­lizó esta reve­la­ción a tra­vés del ánimo des­truc­tivo de las pri­me­ras van­guar­dias. La más extre­mada de todas ellas, el dadaísmo, sirve de botón de mues­tra: sus prin­ci­pa­les repre­sen­tan­tes lite­ra­rios (todos ellos bas­tante pobres) fue­ron cons­pi­cuos sui­ci­das. Jac­ques Vaché, dandi bufo­nesco y kami­kaze de obra exi­gua y vida exce­siva, se mató con una sobre­do­sis de opio a los 23 años. Se sos­pe­cha que Art­hur Cra­van hizo lo pro­pio. Jac­ques Rigaut, epí­gono del movi­miento y enlace con el surrea­lismo, anun­ció reite­ra­da­mente su inten­ción de matarse antes de hacerlo en 1929, y habló del sui­ci­dio como voca­ción.

Los artis­tas en gene­ral y los escri­to­res en par­ti­cu­lar han sido los más expues­tos a la deses­pe­ra­ción pro­pi­ciada por los erro­res y horro­res del siglo XX. Las dos gue­rras mun­dia­les, el Holo­causto y los tota­li­ta­ris­mos con­fi­gu­ra­ron un ambiente de aflic­ción sin pre­ce­den­tes, sin­gu­lar­mente para aque­llos inte­lec­tua­les hones­tos que mili­ta­ron con entu­siasmo en alguna de esas cau­sas con la espe­ranza de encon­trar en ellas las cer­te­zas per­di­das. Aque­llos auto­res que estu­vie­ron some­ti­dos a los tota­li­ta­ris­mos tuvie­ron que acep­tar renun­ciar a la vida o a una escri­tura honesta, y una y otra cosa no eran sino dos tipos de muerte. Ste­fan Zweig había par­tido al exi­lio en 1942, pero ante la posi­bi­li­dad de una vic­to­ria ale­mana y la con­si­guiente renun­cia a su liber­tad optó por el sui­ci­dio. Des­pués de un largo e ingrato des­tie­rro, el hún­garo San­dor Marai acabó con su vida pocos meses antes de la caída del Muro de Ber­lín. Otros, como Primo Levi, pri­sio­nero en Aus­ch­witz, sopor­ta­ron pade­ci­mien­tos terri­bles, vie­ron lo inima­gi­na­ble, pero se impu­sie­ron el com­pro­miso ético de la trans­mi­sión de lo vivido. Una ero­sión interna inso­por­ta­ble, o incluso el sen­ti­miento de culpa por haber sobre­vi­vido, parece que le con­dujo al sui­ci­dio en 1987 (hay quien niega que se qui­tara la vida).

Pero como dirá Cesare Pavese, «a nadie le hace falta una buena razón para sui­ci­darse». Los cami­nos del alma son ines­cru­ta­bles, y no hay que estar expuesto a una situa­ción par­ti­cu­lar­mente dolo­rosa para verse atra­pado o sen­tir el males­tar en la cul­tura diag­nos­ti­cado por Freud. El pro­pio Pavese acabó con su vida cuando se encon­traba en el mejor momento de su carrera y gozaba de un con­si­de­ra­ble éxito. La nómina es abul­tada (Heming­way, Vir­gi­nia Woolf, Hart Crane, Paul Celan, Mis­hima…), más aún si con­ta­bi­li­za­mos a los que no tuvie­ron el valor o el estó­mago para dar el paso deci­sivo y opta­ron por la vía dife­rida del sui­ci­dio cró­nico, de la auto­des­truc­ción, a tra­vés del alcohol o de cual­quier otra droga, como un buen puñado de beat­ni­cks, con Kerouac al frente, o ese genio pre­coz que fue Dylan Thomas.

No fal­tan los que a la manera de los estoi­cos roma­nos opta­ron por el sui­ci­dio como una forma aris­to­crá­tica de morir. En el docu­men­tal del rea­li­za­dor Enric Juste sobre el poeta cata­lán Gabriel Ferra­ter, que se sui­cidó en 1972, se recoge el tes­ti­mo­nio del escri­tor y edi­tor Jaime Sali­nas al respecto:«Ya me había dicho que no que­ría vivir más de 50 años, por­que a par­tir de los 50 uno es viejo, y habla mal y huele mal, y que por lo tanto su inten­ción era qui­tarse la vida».

Deses­pe­ra­cio­nes, al fin y al cabo, par­ti­cu­la­res que quizá tie­nen lugar en el males­tar com­par­tido de la escri­tura o de un invierno dema­siado frío. Cuando Syl­via Plath se mató, Lon­dres atra­ve­saba por una ola de frío bru­tal que con­geló las cañe­rías de su apar­ta­mento. La sinu­si­tis y un periodo de par­ti­cu­lar depre­sión sir­vie­ron para que reedi­tara el gesto sui­cida que ya había ensa­yado con con­vic­ción cuando era estu­diante. Esta vez, sin embargo, había dejado una nota: «Por favor, lla­men al doctor…».

Revista LEER, nº 202, mayo de 2009