La comunicación “in extremis”

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El Día Mun­dial de los Cui­da­dos Palia­ti­vos revela una gran cuenta pen­diente en el ámbito socio­sa­ni­ta­rio: el fra­caso de los pro­ce­sos comu­ni­ca­ti­vos, espe­cial­mente durante la recta final de la vida del enfermo. Atul Gawande lo denun­cia en ‘Ser mor­tal’ (Gala­xia Guten­berg).

El segundo sábado de cada mes de octu­bre, con­sa­grado a la con­me­mo­ra­ción inter­na­cio­nal del cui­dado palia­tivo, sus­pen­de­mos el exa­men. Año tras año. Y esta vez, no será dife­rente. Lo van dejando claro los últi­mos datos difun­di­dos en prensa a las puer­tas del otoño: el 85% de la pobla­ción mun­dial no cuenta con los tra­ta­mien­tos nece­sa­rios para ali­viar el dolor y menos del 10 % de quie­nes los nece­si­tan tie­nen acceso a ellos.

Se pone de nuevo el pro­blema sobre la mesa (las recien­tes X Jor­na­das de Fami­lia y Cui­da­dos Palia­ti­vos del Cen­tro de la Huma­ni­za­ción de la Salud este mes, las inmi­nen­tes XI Jor­na­das Nacio­na­les de la Socie­dad Espa­ñola de Cui­da­dos Palia­ti­vos y VI Jor­na­das de la Socie­dad Valen­ciana de Medi­cina Palia­tiva en noviem­bre…). Ahí se que­dará todo. Por­que fal­tan manos auto­ri­za­das para dar el puñe­tazo sobre ella. Pri­mero sería nece­sa­ria la coor­di­na­ción de un mayor número de voces exper­tas y atre­vi­das, que, adqui­riendo el com­pro­miso de pelear por la causa en firme, sin cabida al des­aliento, suma­sen esfuer­zos colec­ti­va­mente para que se les oyese alto, claro y lejos, todas a una, con insis­ten­cia, en esce­na­rios públi­cos y ante las ins­ti­tu­cio­nes competentes.

foto1Pero, incluso antes, el gran obs­táculo es otro, escon­dido en lo pro­fundo: el gran rechazo en la socie­dad occi­den­tal a pen­sar, expre­sarse y dia­lo­gar en rela­ción a los pro­ce­sos dege­ne­ra­ti­vos del cuerpo, el irre­me­dia­ble enve­je­ci­miento, las enfer­me­da­des ter­mi­na­les y el fin de la vida. La muerte es el gran tabú de nues­tro tiempo. Por tanto, estas temá­ti­cas, terreno abo­nado de elip­sis fla­gran­tes, cir­cun­lo­quios inter­mi­na­bles y eufe­mis­mos recu­rren­tes, se aca­ban con­de­nando lite­ral­mente al mar­gen de “lo innom­bra­ble”. Desde aquí, es sim­ple la ecua­ción en la era de la infor­ma­ción: De lo que no se habla o escribe, no existe. Y lo que no existe, no se atiende.
Ahora, Ser mor­tal. La medi­cina y lo que importa al final de Atul Gawande abre una pequeña puerta que puede agi­gan­tarse por­que da razo­nes para la espe­ranza de que todo esto pueda empe­zar a cam­biar. De momento, un balance suma­mente alen­ta­dor: este mes en el que se cum­ple un año de su exi­toso lan­za­miento esta­dou­ni­dense, el libro sigue apa­re­ciendo en la lista de bes­tse­llers de The New York Times.

Con­ver­sa­cio­nes difí­ci­les
“Aprendí muchí­si­mas cosas en la Facul­tad de Medi­cina, pero entre ellas no figu­raba la mor­ta­li­dad”. Pri­mer dis­paro de Gawande, directo a la diana. Apunta valiente hacia la raíz del pro­blema, evi­den­ciando que la falta de aten­ción al con­texto de los cui­da­dos palia­ti­vos es sólo la punta del ice­berg de un drama occi­den­tal que no hace sino acen­tuarse desde que filó­so­fos y reli­gio­sos han sido expul­sa­dos de todo orga­ni­grama: “los pro­fe­sio­na­les de la medi­cina se con­cen­tran en el res­ta­ble­ci­miento de la salud, no en el sus­tento del alma. Sin embargo –y ahí está la dolo­rosa para­doja–, hemos acep­tado que los médi­cos son quie­nes deben deci­dir en gran medida cómo tene­mos que vivir los días de nues­tro ocaso”. Es decir, en nom­bre del uti­li­ta­rismo feroz, sin ni siquiera estar for­ma­dos para asu­mir las pro­pias legí­ti­mas, a los doc­to­res se les reasig­nan en fases de pato­lo­gías ter­mi­na­les una serie de res­pon­sa­bi­li­da­des que no les com­pe­ten. No todo, y menos en todos los momen­tos de nues­tra exis­ten­cia, nos encaja en la pirá­mide de Mas­low. Y nece­si­ta­mos más Gawan­des que se zafen y lo recuer­den desde un manejo pre­ciso del len­guaje, en el soporte per­du­ra­ble del papel por ser el que per­mite la ver­da­dera refle­xión serena, el que genera ese debate vital y per­ma­nente en los foros per­ti­nen­tes –y no en redes socia­les a golpe vis­ce­ral y efí­mero de ciento cua­renta caracteres–.

A las 19:00 horas del 13 de octu­bre, Espa­cio­LEER reco­gerá con­clu­sio­nes del Día Inter­na­cio­nal de los Cui­da­dos Palia­ti­vos en torno a ‘Ser mor­tal’ con Joan Tarrida, direc­tor de Gala­xia Guten­berg; Álvaro Gán­dara, pre­si­dente de la Socie­dad Espa­ñola de Cui­da­dos Palia­ti­vos y la musi­co­te­ra­peuta Carla Navarro

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Atul Gawande, ciru­jano y autor de cua­tro libros de éxito.

Debiera valo­rarse con dete­ni­miento la obvie­dad de que “todo médico y toda enfer­mera tie­nen que enfren­tarse a la ago­nía de la muerte” y aco­tar los tér­mi­nos de ese enfren­ta­miento, entre­nar­les des­pués en con­se­cuen­cia den­tro de las habi­li­da­des comu­ni­ca­ti­vas con objeto de que pue­dan con­tro­lar situa­cio­nes deli­ca­das que les lle­ga­rán como lo son esas “con­ver­sa­cio­nes difí­ci­les” de hos­pi­tal (se incluye un capí­tulo explí­cito) con pacien­tes y fami­lias durante los momen­tos fina­les y más crí­ti­cos de la enfer­me­dad. Asu­mirlo sería lo natural.

Pero es incó­modo en la medida en que pre­su­pone acep­tar las limi­ta­cio­nes de la cien­cia, la limi­ta­ción humana den­tro esos paraí­sos arti­fi­cia­les que monta nues­tro supuesto estado del bie­nes­tar, tec­no­ló­gi­ca­mente avan­zado pero emo­cio­nal­mente inma­duro, que decide apar­tar a su lado todo aque­llo que le inco­moda. La pala­bra (auto)crítica de Atul Gawande como ciru­jano en ejer­ci­cio reviste la auto­ri­dad nece­sa­ria para reivin­di­car esta urgen­cia social desde los pila­res de la comu­ni­ca­ción. Siem­pre la denun­cia adquiere mayor peso cuando el pro­mo­tor que firma la obra, como es el caso, deja mar­ca­das las pági­nas con el lodo de la bata­lla, dejando ves­ti­gios de su impli­ca­ción directa y las heri­das de gue­rra aún abier­tas. ¿Acaso alguien pensó que fue gra­tuito para Atul Gawande cam­biar el bis­turí por la pluma?

MAICA RIVERA (@maica_rivera)

 

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