Las muertes de Thomas Mann

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Esta tarde se estrena en el Tea­tro Real la ópera “Muerte en Vene­cia”, el último viaje de Ben­ja­min Brit­ten. Basada en la novela “La muerte en Vene­cia” de Tho­mas Mann, con direc­ción musi­cal de Alejo Pérez y una hip­nó­tica puesta en escena de Willy Decker, con­serva lim­pio del clá­sico ese «hálito de irre­sis­ti­ble belleza letal» al que glo­sara Fran­cisco Ayala.
Foto: Javier del Real.  Tea­tro Real.
 

Tho­mas Mann siem­pre se con­si­deró un autor musi­cal. Y la música es, por exce­len­cia, un fac­tor deter­mi­nante de la cul­tura trá­gica ale­mana. Hon­rando este carisma lite­ra­rio, en genuino culto dio­ni­síaco a lo audi­tivo, llega uno de los gran­des acon­te­ci­mien­tos cul­tu­ra­les del año, acre­di­tado por sus diver­sas rami­fi­ca­cio­nes y un largo alcance no sólo en dife­ren­tes espa­cios para­le­los sino tam­bién en el tiempo. La ópera Muerte en Vene­cia de Ben­ja­min Brit­ten, basada en la obra maes­tra de Mann, per­ma­ne­cerá en el Tea­tro Real con siete fun­cio­nes hasta el 23 de diciem­bre, feliz­mente enri­que­cida por otras acti­vi­da­des, en la misma sede y esce­na­rios aje­nos, sobre ámbi­tos com­ple­men­ta­rios (música, artes plás­ti­cas, cine y con­fe­ren­cias) que se con­cen­tra­rán en este mes pero lle­ga­rán a pro­lon­garse hasta la pri­ma­vera (des­taca Muerte en Vene­cia de John Neu­meier por el Ballet de Ham­burgo en marzo).

buenaA esta ambi­ciosa pro­gra­ma­ción con­tri­buye, hasta el 2 de febrero, la Biblio­teca Nacio­nal, mediante la expo­si­ción “Otra muerte en Vene­cia: Mariano For­tuny Madrazo, 1871–1949” a par­tir de una nota necro­ló­gica iné­dita de César González-Ruano, con ilus­tra­cio­nes del pro­pio artista, en torno a tres ejes vita­les y lite­ra­rios de Mann: Eros y Tha­na­tos, Richard Wag­ner y Vene­cia. Tam­bién par­ti­cipa la Fun­da­ción Juan March con un ciclo de char­las sobre “Tho­mas Mann, su vida, su obra y su tiempo” de la ger­ma­nista Rosa Sala Rose (quien imparte la segunda con­fe­ren­cia esta tarde a las 19:30 h) y otro de con­cier­tos, “El uni­verso musi­cal de Tho­mas Mann” (última cita, el 10 de diciem­bre). Ade­más, cola­bora la Fil­mo­teca Espa­ñola con la pro­yec­ción de Muerte en Vene­cia de Luchino Vis­conti (Cine Doré, 9 y 13 de diciem­bre), un filme que Ben­ja­min Brit­ten, tras un con­flicto de dere­chos que le retrasó en sus pla­nes, evitó para no verse influido en el pro­ceso crea­tivo a pesar de que su ópera pre­sen­ta­ría una mar­cada esté­tica cine­ma­to­grá­fica (llegó a forrar las cubier­tas del libro que manejó con papel opaco para no con­tem­plar el foto­grama con el que venía ilus­trada la edi­ción, según explicó el musi­có­logo Luis Gago en un reciente colo­quio del tra­di­cio­nal pro­grama “Enfo­ques” del Tea­tro Real).

Muchí­simo más que esta libé­rrima adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fica de 1971 (fallida a todas luces) es la última ópera de Brit­ten (1913–1976) una refe­ren­cia obli­gada para el lec­tor de la novela La muerte en Vene­cia (1912), subli­mada por la per­pe­tua­ción román­tica de la leyenda en círcu­los con­cén­tri­cos: el pro­ta­go­nista Gus­tav von Aschen­bach es un tra­sunto del narra­dor ale­mán y, a su vez, del com­po­si­tor bri­tá­nico, quien fina­lizó la par­ti­tura sabién­dose asi­mismo al tér­mino de su vida, en home­naje tam­bién a un joven amado como des­pe­dida con­fe­sio­nal y libe­ra­dora. Subir al esce­na­rio tales con­flic­tos espi­ri­tua­les, artís­ti­cos y huma­nos, desde “el viaje de un per­so­naje lite­ra­rio, pura­mente intros­pec­tivo”, es el gran logro de Ben­ja­min Brit­ten, sub­ra­yado por Willy Decker, direc­tor de escena y figu­ri­nista de Muerte en Vene­cia. Estruc­tu­rada en dos actos y die­ci­siete esce­nas, esta inquie­tante ópera arti­cula un com­plejo tejido de moti­vos musi­ca­les con los monó­lo­gos refle­xi­vos del ator­men­tado escri­tor Aschen­bach, encar­nado por el tenor John Das­zak. Le da réplica el barí­tono Leigh Mel­rose, encar­gado de dar vida a siete per­so­na­jes dis­tin­tos: el via­jero, el viejo pre­su­mido, el viejo gon­do­lero, el direc­tor del hotel, el bar­bero del hotel, el direc­tor de los músi­cos y la voz de Dio­niso. Sobre su más som­bría inter­pre­ta­ción des­cansa el último sen­tido reve­la­dor del mundo que carac­te­riza la grave pluma de Tho­mas Mann.

En este sen­tido, la ópera de Brit­ten recrea el con­cepto de epi­fa­nía de forma sobre­co­ge­dora, dejando la pro­funda hue­lla de Scho­pen­hauer mar­cada sobre un terri­to­rio vene­ciano fan­tas­ma­gó­rico y espec­tral que el ado­les­cente Tad­zio (Tomasz Bor­czyk) uti­liza para cre­cerse con un arro­lla­dor ero­tismo paga­ni­zante, impor­tado de las pági­nas de Mann y triun­fante en el clí­max de un baile de impre­sio­nante belleza minimalista.

Frente a él, podría decirse que la refle­xión inte­lec­tual (sobre­pa­sada siem­pre, no obs­tante, por la emo­ción) apa­rece esti­mu­lada por una intere­san­tí­sima uti­li­za­ción sim­bó­lica del con­cepto de marco en la puesta en escena. El más lla­ma­tivo es el gran marco museís­tico que encua­dra una enorme repre­sen­ta­ción del dios Baco, frente a la pequeña figura, está­tica y apo­lí­nea, de Tad­zio. Tam­bién muy suge­rente es el que conecta al oscuro bur­gués con un pai­saje exte­rior en azul celeste, ven­tana oní­rica de aper­tura al espí­ritu artís­tico; y aquel que apri­siona al joven Tad­zio en una de las enso­ña­cio­nes febri­les de Aschen­bach. Pero los mar­cos más agre­si­vos son los que se mues­tran en espejo o aco­gida de espec­tácu­los abe­rran­tes, de títe­res y píca­ros calle­je­ros, cuya plas­ma­ción escé­nica des­cu­bre mati­ces de angus­tia plás­tica sobre la recu­rrente pul­sión de la muerte en la obra de Tho­mas Mann.

MAICA RIVERA (@maica_rivera)

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