Revista leer
El Salón de Gra­dos de la Facul­tad de Filo­so­fía de la UCM acoge desde ayer y hasta el pró­ximo vier­nes 19 de diciem­bre el Con­greso “El pla­cer más anti­guo de la Huma­ni­dad: Jor­na­das sobre lite­ra­tura de la cruel­dad”. Una ini­cia­tiva que da pie a ALBERTO SÁNCHEZ MEDINA a comen­tar el reciente libro de Joan-Carles Mèlich “Lógica de la cruel­dad” (Herder).
 

ES POSIBLE UNA MORAL SIN CRUELDAD? Joan-Carles Mèlich, pro­fe­sor de Filo­so­fía de la Edu­ca­ción en la Uni­ver­si­tat Autò­noma de Bar­ce­lona, niega tal posi­bi­li­dad en su ensayo Lógica de la cruel­dad (Her­der, 2014). Para el filó­sofo no hay moral sin lógica, ni lógica sin cruel­dad. Cuando, ver­bi­gra­cia, una comi­sión judi­cial, pro­te­gida por varias uni­da­des de anti­dis­tur­bios de la Poli­cía, eje­cuta el desahu­cio de Car­men, una anciana de 85 años que hipo­tecó su vivienda en Valle­cas a tra­vés de un pres­ta­mista par­ti­cu­lar, lo que opera es una lógica de la cruel­dad. Si la Ale­ma­nia nazi redu­cía a los judíos a meros unter­mensch (sub­hu­ma­nos) y legi­ti­maba así su exter­mi­nio, el neo­li­be­ra­lismo reduce a los ciu­da­da­nos a clien­tes. Si bien el con­te­nido varía, la lógica es la misma. Para Mèlich, “exis­ten lógi­cas de la cruel­dad más suti­les que siguen vigen­tes en nues­tras socie­da­des”. Por tal motivo, es un error –y un peli­gro– pen­sar que la cruel­dad per­te­nece al pasado, que no queda nada de Aus­ch­witz entre noso­tros. “Aus­ch­witz es la mues­tra más terri­ble de esta lógica, su sím­bolo más per­verso. Según esta lógica, en Aus­ch­witz no mue­ren ‘seres huma­nos’, seres con nom­bre pro­pio, seres cor­pó­reos, seres que nacen, que aman, que sufren. No son exter­mi­na­dos nom­bres pro­pios en el Lager sino núme­ros, figu­ras, y nadie debe­ría tener mala con­cien­cia por ello”. La moral es un meca­nismo tota­li­zante de inclusión/exclusión, algo que “pro­tege, tran­qui­liza y nor­ma­liza pero tam­bién legi­tima, excluye y exter­mina”. Por eso Mèlich insis­tirá: el tota­li­ta­rismo nazi no era inmo­ral, sino todo lo con­tra­rio, era exclu­si­va­mente moral: “El autén­tico horror de Aus­ch­witz es su extrema y abso­luta mora­li­dad […]. Aun­que el campo de Auschwitz-Birkenau fue libe­rado por el ejér­cito rojo a fina­les de enero de 1945, su lógica, sin embargo, toda­vía sigue pre­sente. Ella es lo que queda de Aus­ch­witz, su resto de crueldad”.

En Ira y tiempo, Peter Slo­ter­dijk apun­taba a la ira del pri­mer verso de la Ilíada como la pri­mera pala­bra de la tra­di­ción euro­pea (La ira canta, oh diosa, del Pelida Aqui­les,  / mal­dita, que causó a los aqueos incon­ta­bles dolo­res…). Mèlich juzga al joven Nietzs­che de El naci­miento de la tra­ge­dia como el etió­logo de la cruel­dad occi­den­tal, cuyo ori­gen tam­bién sitúa en la Gre­cia clá­sica. “Here­dero de Sócra­tes y Pla­tón, por una parte, y del cris­tia­nismo, por otra, Occi­dente ha gene­rado un sen­ti­miento que es, a la vez, de deuda y de culpa, y que se con­ver­tirá, en último tér­mino, en cruel­dad hacia uno mismo”.

De aque­llos pol­vos metafísico-morales, de esa lógica dua­lista o “de lo real y su doble” (C. Ros­set), estos lodos de cruel­dad donde anidan unos auto­in­fli­gi­dos sufri­mien­tos que se pro­lon­gan hasta nues­tra pos­mo­der­ni­dad: “Hemos sido for­ma­dos en una cul­tura en la que se ha fomen­tado como vir­tud la cruel­dad hacia uno mismo. La auto­dis­ci­plina, la auto­vi­gi­lan­cia, la auto­su­pera­ción, el auto­cas­tigo, la auto­hu­mi­lla­ción son vir­tu­des pro­pias de la tra­di­ción socrático-platónica que tie­nen un hondo calado en el cristianismo”.

Para Mèlich, la cacareada época de cri­sis de valo­res mora­les no es más que una fala­cia para ocul­tar lo que no es más que un exceso de moral, que con­lleva nece­sa­ria­mente un exceso de crueldad

Mèlich desa­rro­lla en su obra la enig­má­tica frase nietzs­ch­ziana pre­sente en Cre­púsculo de los ído­los según la cual toda­vía “no pode­mos des­em­ba­ra­zar­nos de Dios por­que segui­mos cre­yendo en la gra­má­tica”. Luchar con­tra una gra­má­tica que se erige en sobe­rana de lo que pode­mos pen­sar, decir o hacer, que dis­tin­gue lo que es nor­mal de lo pato­ló­gico, al sano del enfermo, al loco del cuerdo. El filó­sofo advierte el peli­gro de esta moral cruel que cla­si­fica en cate­go­rías uni­ver­sa­les –“el impe­ra­tivo cate­gó­rico huele a cruel­dad”, nos dice Nietzs­che–, que se atreve a deli­mi­tar qué es un ser humano (y, por tanto, qué no lo es), y que con esta ope­ra­ción lógica con­vierte a lo “único” en lo “uno”, con el riesgo de que Hur­bi­nek –el niño de Aus­ch­witz al que se refiere Primo Levi en La tre­gua– pase a ser un mero “judío”.

Mèlich lleva a cabo una labor de deses­truc­tu­ra­ción de este con­junto de cate­go­rías, mar­cos nor­mas y pro­ce­di­mien­tos y nos enseña que “lo humano sería lo que escapa a cual­quier defi­ni­ción o, mejor toda­vía, lo humano es la rela­ción que uno esta­blece con lo “no humano”, con lo que ha sido excluido de la defi­ni­ción”. El mérito de su ensayo reside en des­en­tra­ñar los suti­les meca­nis­mos que ope­ran en lo más íntimo de la forja de la iden­ti­dad y en nues­tra manera de rela­cio­nar­nos en socie­dad con los demás, desde el sen­ti­miento de culpa que pro­voca el dedo acu­sa­dor del superyó freu­diano a la moral liber­tina y sin escrú­pu­los del mar­qués de Sade. Para Mèlich, la cacareada época de cri­sis de valo­res mora­les no es más que una fala­cia para ocul­tar lo que no es más que un exceso de moral, que con­lleva nece­sa­ria­mente un exceso de cruel­dad al modo del Divino Mar­qués, algo que tam­bién ha seña­lado recien­te­mente Mario Var­gas Llosa tras su visita a Atta­quer le soleil (Ata­car al sol), la mues­tra del Museo de Orsay con motivo del bicen­te­na­rio de su muerte. Para enten­der esta iden­ti­fi­ca­ción con lo cruel, el filó­sofo bar­ce­lo­nés define la lógica moral como un lobo con piel de cor­dero, por­que se nos pre­senta “como una capa pro­tec­tora cuando real­mente solo pro­tege a los que encuen­tran cobijo bajo su pro­pio manto cate­go­rial, mien­tras que legi­tima la eli­mi­na­ción de los que han sido exclui­dos de ese mismo manto”. Pese a que, como repite a lo largo de todo el ensayo, nadie existe sin moral, si bien “nace­mos en una gra­má­tica que es y siem­pre será inelu­di­ble­mente moral” y es impo­si­ble vivir al mar­gen de esta moral, Mèlich encuen­tra una manera de neu­tra­li­zarla “en sus már­ge­nes”. En los lími­tes difu­mi­na­dos de la moral, allí donde pug­nan la tira­nía del sig­ni­fi­cado con la libre pro­duc­ción de sen­tido, se abre el espa­cio de la ética y se posi­bi­lita la acción trans­gre­sora y soli­da­ria. La deci­sión de  club de fút­bol Rayo Valle­cano, según la cual se com­pro­me­tió a sumi­nis­trar a Car­men una renta durante el resto de su vida es un ejem­plo de res­puesta ética al man­dato una moral cruel con­ver­tida en ley. Esta es la valiosa lec­ción de esta Lógica de la cruel­dad, obra que con­forma una tetra­lo­gía junto con Filo­so­fía de la fini­tud, Ética de la com­pa­sión y una pró­xima Crí­tica del per­dón.

ALBERTO SÁNCHEZ MEDINA

Melich_Logica-crueldadLÓGICA DE LA CRUELDAD
Joan-Carles Mèlich
Her­der. Bar­ce­lona, 2014
264 pági­nas. 19,80 euros