Matute, entre el bosque y el desván

Hay quien más que lec­tor es acu­mu­la­dor de expe­rien­cias lec­to­ras y quiere devo­rar todo lo que se publi­que de un deter­mi­nado narra­dor, sin impor­tarle que la obra en cues­tión esté o no ter­mi­nada. Y es ahí donde las edi­to­ria­les, a veces sin dis­tin­guir ganga de filón, apro­ve­chan para escar­bar en los archi­vos pós­tu­mos de auto­res con­sa­gra­dos y saciar el ansia de estu­dio­sos del pro­ceso de escri­tura o sim­ples lec­to­res. Ésa es una de las refle­xio­nes que puede traer a cola­ción la edi­ción de la última novela de Ana María Matute, Demo­nios fami­lia­res: si la ido­lo­fa­gia ter­mina siendo res­pe­tuosa con la volun­tad de escri­to­res como Nabo­kov, Kafka, Dickens, Proust, Henry James, Jaros­lav Hašek o Bolaño o si no es más que volun­tad de expri­mir ese filón antes de que se apa­guen los ecos del autor. Gra­cias a la falta de tacto de hijos, her­ma­nos, espo­sas y alba­ceas pudi­mos com­pro­bar que el autor de Lolita exter­mi­naba las hue­llas de las fra­ses que no le con­ven­cían, quizá por exceso de celo de su pres­ti­gio como escri­tor; apren­di­mos que un amigo no siem­pre es el más fiel cus­to­dio de nues­tras últi­mas volun­ta­des si entre ellas está la de des­truir obras como El cas­ti­llo; y pudi­mos dis­fru­tar de las joco­sas andan­zas por las trin­che­ras del sol­dado Švejk.

Sea ansia por dar a la luz todo ves­ti­gio del escri­tor, nece­si­dad peren­to­ria de la fami­lia o cual­quier otro motivo secreto, lo cierto es que la tem­po­rada de otoño se abre con dos pie­zas inaca­ba­das: la novela de Ana María Matute y las treinta pági­nas de un manus­crito de José Sara­mago, Ala­bar­das, con una his­to­ria que ha debido ade­re­zarse gra­cias a las fir­mas de otros ilus­tres como Roberto Saviano, Laura Res­trepo, Mia Couto, Gon­zalo M. Tava­res y Hen­ning Man­kell, ade­más de las ilus­tra­cio­nes de Gün­ter Grass para dar fuste a esta novela en cier­nes sobre el trá­fico de armas.

Obra arran­cada a los últi­mos vér­ti­gos que ase­dia­ban a la autora, las con­fi­den­cias de Eva sue­nan a los demo­nios de Matute

Incon­clusa pero plena

Decía Ana María Matute que de niña fue la copista de su madre; ahora en sus últi­mos días ella había recu­rrido a María Paz Ortuño para lle­var ade­lante estos Demo­nios fami­lia­res que que­ría qui­tarse de encima, por­que no que­ría “que­darse con un libro entre pecho y espalda”. Una obra incon­clusa –“arran­cada” a los vér­ti­gos que ase­dia­ban a la autora en los últi­mos tiem­pos–, no para Pere Gim­fe­rrer, quien con­si­dera posee ple­ni­tud esté­tica y que es “un paso más allá” que diría Madre, la figura de la abuela, una de las pre­sen­cias invi­si­bles en la novela junto a la de Fer­mín, el hijo muerto. A tra­vés esos ojos inqui­si­ti­vos que se cla­van desde un lienzo en Eva, la pro­ta­go­nista de la his­to­ria, siente el peso de la con­cien­cia sobre sí. La joven se nos pre­senta recién res­ca­tada de la quema del con­vento por su padre, un coro­nel reti­rado que tiene en Yago a su brazo eje­cu­tor y con­fi­dente sin palabras.

Muchas son las con­fi­den­cias de Eva que nos sue­nan a demo­nios de la autora bar­ce­lo­nesa, como cuando dice “estar domes­ti­cada”, una en su reclu­sión con­ven­tual, la otra en un matri­mo­nio fra­ca­sado, del que ambas huyen, lo que supone el des­per­tar de la culpa, ese género tan Matute. Eva se des­nuda en la toma de pose­sión de su casa, aban­do­nando su tosca ropa inte­rior, en una escena que supone el reen­cuen­tro con el hogar que dejó un año antes, cuando ingresó en el con­vento y el des­cu­bri­miento del pro­pio yo, de su belleza, como ella misma reco­noce al recor­dar que “soy guapa”, era algo que tuvo prohi­bido decir, pen­sar. Desde este des­po­ja­miento, tene­mos un per­so­naje que afirma arras­trar su pro­pia vida y que ha con­ver­tido lo que era temor res­pe­tuoso en ren­cor y tedio vasto tras este encie­rro ini­ciá­tico. El abu­rri­miento se per­cibe como un sen­ti­miento des­truc­tor, gene­ra­dor del cam­bio de pers­pec­tiva de la pro­ta­go­nista que en este tiempo ha dejado de ver el con­vento como aquel lugar que con­ser­vaba en la memo­ria de sus días de colegiala.

La mucha­cha emprende el camino al auto­co­no­ci­miento a par­tir de una cir­cuns­tan­cia dra­má­tica, siendo cons­ciente de ser una des­co­no­cida para ella misma, frente a una figura paterna, la del Coro­nel, que se encas­ti­lla en su “no ha pasado nada” y en sus gri­tos noc­tur­nos, con la excusa de oír llo­rar a un niño. Matute se per­mite el guiño a Los sol­da­dos llo­ran de noche de Sal­va­tore Qua­si­modo para des­en­mas­car a este pusi­lá­nime dis­fra­zado de valiente en las ter­tu­lias de La Ban­dera del casino y ampa­rado en ese espejo desde el que observa para­pe­tado la reali­dad. Rinde segu­ra­mente home­naje a Gar­cía Már­quez con este coro­nel varado en sus mapas de gue­rra con los que car­to­gra­fiar inmi­se­ri­corde la muerte de otros. Como él, Eva cuenta con su estra­te­gia de esca­pa­to­ria des­do­blada en dos fren­tes: el des­ván, que podría guar­dar el fan­tasma de la niña ence­rrada –la Ana María de su infan­cia que ter­minó por ado­rar el supuesto cas­tigo del des­ván– o la ado­les­cente que no supo huir más que de la mano de las mon­jas, y el bos­que, espa­cio de calma y refu­gio, a pesar de los sinies­tros rui­dos de gue­rra que ame­na­zan a lo lejos.

Las urgen­cias vita­les trans­for­man a la mucha­cha de emo­cio­nes con­te­ni­das en una mujer dis­puesta a afron­tar la cruda realidad

Afecto entre fogones

Aque­lla niña tímida, pri­sio­nera, dema­siado sola y vigi­lada siem­pre, se encuen­tra con que no sabe lo que es que­rer, con la con­cien­cia clara de que ha lle­gado la hora de des­per­tar, aun­que sea en una casa des­crita en una per­pe­tua siesta espesa. Es el momento del retorno a la nor­ma­li­dad que nunca vivió: la de no pedir per­mi­sos para ser como su fuero interno le pedía, lle­nando el gran vacío de quien ha sen­tido pasar la vida alre­de­dor como un espec­tro más de la casa. Atrás que­dan los años inú­ti­les de flo­res des­fa­lle­cien­tes y secre­tos guar­da­dos hasta pudrirse. En este tea­tri­llo de la fami­lia, Mag­da­lena, la coci­nera, ejerce como pilar de esta­bi­li­dad de la casa, poniendo luz sobre las tinie­blas de hipo­cre­sía –“¿Por qué en esta casa todo se guarda en secreto hasta que se pudre y ya nada tiene reme­dio?”– al reve­larle a Eva la ver­da­dera iden­ti­dad de Yago, hijo ile­gí­timo del Coro­nel y por tanto her­ma­nas­tro suyo. El suyo es el ver­da­dero regazo materno para Eva, que como Ana María Matute busca el calor del afecto entre los fogones.

El mundo queda embo­rro­nado tras los cris­ta­les de la casa, pro­ba­ble­mente muy simi­lar a la de los vera­neos de la escri­tora en Man­si­lla de la Sie­rra (La Rioja), o eso ase­gura la narra­dora, pese a que la inmi­nen­cia de la con­tienda y el tiempo se hacen pre­sen­tes impo­niendo su ritmo en la vida de Eva. Por­que si el silen­cio fue la con­ver­sa­ción más apa­sio­nada entre padre e hija, el paso de la senec­tud por el pri­mero, des­mi­ti­fi­cando la figura incon­mo­vi­ble y férrea, y de las urgen­cias de la vida por la otra, trans­for­man a esta mucha­cha de aliento y emo­cio­nes con­te­ni­dos en una mujer dis­puesta a olvi­dar la tris­teza y a enfren­tar la reali­dad en toda su cru­deza. Para cola­bo­rar en ese brusco des­per­tar apa­rece su amiga de la infan­cia, Jovita, emba­ra­zada de Berni, un hosco volun­ta­rio del que no tiene noti­cia y con el que Eva se topará mal­he­rido en una de sus esca­pa­das al bos­que. Allí, con­mi­nada a guar­dar nue­va­mente un secreto por su her­mano Yago, ayu­dará a sal­var al piloto, cus­to­dián­dolo en ese espa­cio de inti­mi­dad que es para ella el des­ván y abriendo la puerta a viven­cias que pon­drán a prueba los sen­ti­mien­tos fra­ter­nos junto a un estí­mulo des­co­no­cido, el amor, y con él a la trai­ción de la amistad.

ALICIA GONZÁLEZ

168391_demonios-familiares_9788423348466DEMONIOS FAMILIARES
Ana María Matute
Des­tino, Bar­ce­lona, 2014
 182 pági­nas. 20 euros
 
Una ver­sión de esta reseña ha sido publi­cada en el número de octu­bre de 2014, 256, de la edi­ción impresa de la Revista LEER. Cóm­pralo en quios­cos y libre­rías, en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE o, mejor aún, sus­crí­bete.
 
 

 

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