Pla: «Mi país es el Ampurdán y Cataluña y España y Occidente»

Josep Pla interpretado por David Pintor.
VÍCTOR MÁRQUEZ REVIRIEGO (Huelva, 1936), una de las figu­ras señe­ras del perio­dismo espa­ñol con­tem­po­rá­neo, vuelca desde hace un dece­nio en las pági­nas de LEER los fru­tos de una carrera de más de 50 años y su vasta cul­tura a tra­vés de sus AUTÉNTICAS ENTREVISTAS FALSAS. Sus encuen­tros fic­ti­cios, siem­pre mag­ní­fi­ca­mente ilus­tra­dos por DAVID PINTOR, con per­so­na­li­da­des de la cul­tura y la lite­ra­tura uni­ver­sa­les son ya un género en sí mismo, objeto mes a mes del favor de nues­tros lec­to­res y de una anto­lo­gía publi­cada en 2011 en forma de libro. Hoy com­par­ti­mos por pri­mera vez en nues­tra web una de estas pie­zas maes­tras de talento y eru­di­ción: la autén­tica entre­vista falsa con JOSEP PLA que publi­ca­mos en nues­tro número de sep­tiem­bre.
 

NOS VEMOS EN MADRID, Hotel Palace, sen­ta­dos en «una de las roton­das más aco­ge­do­ras que exis­ten en el mundo». Y me añade: “El hall del Palace es el micro­cos­mos de la vida espa­ñola y de una gran parte de la vida cata­lana”. Así será. En otro tiempo, hace ya casi cua­renta años, veía uno por aquí a Pujol, a Roca, a Trías Far­gas; ahora, a Duran i Lleida, al que no conozco, y sí a Sán­chez Lli­bre, con el que hablo del gran guar­da­meta Mar­to­rell y del ele­gante medio cen­tro Parra, aque­llos héroes blan­quia­zu­les de mi santa infan­cia… Pero con Pla no habla­mos de fút­bol, sino de la ter­tu­lia del Palace en sus pri­me­ros días madri­le­ños (los de Pla), al comienzo de los años veinte:

Era una ter­tu­lia de mucho inte­rés, bas­tante más que esas de ahora en la tele­vi­sión. Yo no fal­taba nunca. Venía gente de Cambó y de March y de Lerroux, y casi de los tres… Estaba el mallor­quín Estel­rich, con el que luego hice como de espía fran­quista, cuando la gue­rra y pagado por Cambó. Estaba Emi­li­ano Igle­sias, que vivía en este mismo hotel del que era accio­nista. Y un colega suyo, o sea nues­tro, de usted y mío, pariente del músico, Víc­tor Ruiz Albé­niz, que tam­bién era médico, aun­que no sé si toda­vía ejercía…

Al menos luego, en los años cua­renta, sí. Me lo con­taba Eduardo Haro Tec­glen, que tra­bajó con él en ‘Infor­ma­cio­nes’. Ruiz Albé­niz estaba encar­gado de unas ins­pec­cio­nes médi­cas, pero como era un plu­ri­em­pleado –para poder man­te­ner a sus dos fami­lias– enviaba al joven Haro para que las hiciera en su lugar… Para hacer el paripé, claro.

Este Ruiz Albé­niz, abuelo del minis­tro Gallar­dón, era de la total con­fianza de March. El millo­na­rio tenía reserva per­ma­nente en el Palace, y acu­día a la ter­tu­lia, siem­pre de pie, con el puro en la boca y una copa de coñac que jamás pagaba.

Usted tam­bién tra­bajó para don Juan March.

Yo he tra­ba­jado para mucha gente. En este pícaro ofi­cio, como en el de puta, no hay que mirarle el diente al cliente, sino el bol­si­llo. Con March tra­bajé en un perió­dico suyo, El DíaÉl se equi­vocó com­prando perió­di­cos, y tuvo varios. Es más eco­nó­mico com­prar perio­dis­tas. Como el pro­pio March diría años más tarde de los minis­tros: no hay que empe­ñarse en hacer­los; es mejor com­prar­los ya hechos.

Yo he tra­ba­jado para mucha gente. En este pícaro ofi­cio, como en el de puta, no hay que mirarle el diente al cliente, sino el bolsillo.

¿Por qué se dedicó usted al periodismo?

Mi fami­lia del Ampur­dán come­tió el error de no ense­ñarme a labrar y a cul­ti­var la tie­rra. Yo iba a estu­diar Medi­cina, pero hice Dere­cho, que no me intere­saba. Me gus­taba leer. He leído mucho, sin orden y sin plan, de todo, por pura afi­ción y gusto… Iba en Bar­ce­lona al Ate­neo y a la ter­tu­lia del doc­tor Borra­lle­res, al que pedí con­sejo y ayuda. Me dijo: “El perio­dismo es un mal ofi­cio y yo le acon­sejo que, una vez le haya sacado el jugo, se salga de él. Pero el perio­dismo es útil por­que obliga a ver las cosas direc­ta­mente y a des­cri­bir­las de una manera clara y sen­ci­lla. Se ten­drá que con­ten­tar con lo que le den, que será bien poca cosa. Quizá no pueda pagar la pensión”.

¿Pudo pagarla?

Aquel año, 1919, yo hice esta ano­ta­ción en el cua­derno gris donde lle­vaba mi die­ta­rio: “Tengo vein­tiún años y aun no he comido nin­guna ostra. Soy un des­gra­ciado”. Era el 19 de enero, y estaba con mi her­mano Pere en el café Suizo, y ante noso­tros pasó el cama­rero con una mag­ní­fica fuente de ostras, que no eran para nosotros…

Usted es de buen comer.

Sí, pero no en mucha can­ti­dad, ¿me com­prende usted? Pro­curo tomar ali­men­tos que sean siem­pre de tem­po­rada. Lo otro es una mues­tra de esno­bismo y de pedan­te­ría, algo impro­pio de la gente de campo, del payés, que entiende de eso por­que ha criado lo que come… Vol­va­mos a su pre­gunta. A pri­me­ros de junio volví a Bar­ce­lona con cin­cuenta duros que me dio mi padre, y me mudé de una modesta pen­sión de la calle Pelayo a una casa de hués­pe­des con cier­tas pre­ten­sio­nes de la Ram­bla de Cata­luña. El 1 de julio entré en Las Noti­cias por reco­men­da­ción del doc­tor Borra­lle­res… Empe­zaba en el perio­dismo, esa extraña aven­tura… Pero está­ba­mos con la comida, ¿usted de dónde es?

Soy de Huelva.

Ahí tie­nen muy bue­nas gam­bas, aun­que en el dic­cio­na­rio de la Aca­de­mia se decía de este crus­tá­ceo que «habita en el Medi­te­rrá­neo»… Por for­tuna para todos, habi­tan (no los aca­dé­mi­cos sino las gam­bas, que son mucho más inte­li­gen­tes que los aca­dé­mi­cos) en muchos más luga­res… Pero en su tie­rra de usted, y per­done que se lo diga, como en todo el país, estro­pean las gam­bas hacién­do­las a la plancha.

–Enton­ces, ¿sólo hervidas?

Los crus­tá­ceos ni her­vi­dos ni a la plan­cha. Hay que hacer­los a la brasa. Sobre todo el boga­vante, el mejor de todos, y la lan­gosta, que es menos impor­tante aun­que cueste más. Y hay que hacer­los a la brasa no sólo por­que esa es la manera de sacarle a su carne todas las cua­li­da­des que tiene, sino por­que el tos­tado del capa­ra­zón con­tri­buye de una manera deci­siva a ensal­zar el sabor de su sus­tan­cia. Este olor abre el ape­tito y se lle­gan a obte­ner así cua­li­da­des de ele­vada cate­go­ría: he aquí un modes­tí­simo con­sejo, que yo me atrevo a dar en rela­ción con todos los crus­tá­ceos, tanto los peque­ños como las gam­bas como los de volu­men supe­rior… Y aten­ción a las sal­sas: la ver­da­dera salsa del crus­tá­ceo es el crus­tá­ceo mismo con el per­fume de su capa­ra­zón tos­tado al fuego. Podría aña­dirse, todo lo más, una suma­ria vina­greta: unas gotas de aceite puro de oliva y una ligera pre­sen­cia, muy leve, de vina­gre. Mal­tra­tar con gus­tos extra­va­gan­tes lo que por sí mismo posee cua­li­da­des úni­cas cons­ti­tuye, a mi modo de ver, una equi­vo­ca­ción mani­fiesta… Lo que ocu­rre es que la gente no lee a Goethe, y des­co­noce la impor­tan­cia de la limitación.

Mi país es el Ampur­dán y Cata­luña y España y Europa y lo que lla­ma­mos Occi­dente. Según. Lo que se vive, donde se vive, donde se come y se caga. Donde se anda. Lo que se pisa. Eso somos…

Antes, a cuenta de las gam­bas, habló usted del país. ¿A qué país se refiere?

Mi país es el Ampur­dán y Cata­luña y España y Europa y lo que lla­ma­mos Occi­dente. Según. No lo es el Oriente, por­que no lo conozco. Lo que se vive, donde se vive, donde se come y se caga. Donde se anda. Lo que se pisa. Eso somos… Mire lo que decía Mon­taigne en su último ensayo, sobre la expe­rien­cia: “En vano nos enca­ra­ma­mos sobre unos zan­cos, pues aun con zan­cos hemos de andar con nues­tras pro­pias pier­nas”. Y, esto es impor­tante, remata así. “Au plus eslevé throne du monde, si ne som­mes asses que sus nos­tre cul”. Eso es así. Todos nos sen­ta­mos sobre nues­tro culo. Igual el rey en su trono que el súb­dito en su váter.

Le gusta a usted Montaigne.

Nunca me canso de leer sus Ensa­yos, y cuanto más los releo mejor resultan.

Usted está muy influido por la cul­tura francesa.

Mire usted, yo vivo al lado. He estado en París. He leído mucho en fran­cés… La cul­tura maorí, por ejem­plo, creo que no me ha influido nada… A pro­pó­sito, lea usted a Samuel Butler, me refiero al con­tem­po­rá­neo; un inglés tan ori­gi­nal que nunca per­te­ne­ció a nin­gún club. La lec­tura de su Erew­hon or over range le com­pla­cerá mucho… Pero está­ba­mos con la cul­tura fran­cesa. Claro que me influyó. ¿Cómo no me iba a influir la lec­tura de Fus­tel de Coulan­ges? La Cité anti­que, escrita con poco más de treinta años, es un pro­di­gio de saber y de cono­ci­miento, y sobre todo de intui­ción y de obser­va­ción, y de pre­ci­sión. Eso no lo olvide. La pre­ci­sión, como la adje­ti­va­ción justa, y la bús­queda de la ver­dad, algo fun­da­men­tal… Los fran­ce­ses son bue­nos escri­to­res y yo he dis­fru­tado mucho leyén­do­los. A los del siglo XVIII y XIX sobre todo. Mon­tes­quieu es for­mi­da­ble, pero tam­bién Barrés. O el sabo­yano De Mais­tre. Lea usted Les Soi­rées de Saint-Petersbourg. O lea al maes­tro de los pole­mis­tas, a Dau­det.

El de “Tartarín”.

No. Ese es el padre, Alp­honse, tam­bién mag­ní­fico, un escri­tor de la tie­rra, iró­nico y nada pom­poso. Yo me refe­ría a Leon Dau­det, un expo­nente de cierta dere­cha fran­cesa, casi toda ella muy culta, sea reac­cio­na­ria, con­ser­va­dora o libe­ral. Y no como en este país, con tanta pro­pen­sión a la igno­ran­cia como la izquierda.

España es un país de faná­ti­cos, de ona­nis­tas y de per­tur­ba­dos. Yo he vivido mucho y me he adap­tado a las cir­cuns­tan­cias, casi todas malas, pro­cu­rando bus­car las menos adversas

 

Josep Pla interpretado por David Pintor.

Josep Pla inter­pre­tado por David Pintor.

 

¿Usted, qué es? ¿Fran­quista, nacio­na­lista cata­lán, con­ser­va­dor, libe­ral, reaccionario?

Yo soy de Pala­fru­gell y del Mas Pla en Llo­friu. He sido perio­dista, casi a la fuerza. Escri­tor, por una espe­cie de ineluc­ta­ble manía dia­bó­lica. Payés de vivienda y de viven­cia, de comida (tengo vacas, galli­nas, cereal, oli­vos, vino, hor­ta­li­zas…). Y, sí, fui como un espía de Franco, aun­que no creo pare­cerme a James Bond, y agente de Cambó, nego­cia­dor con Lerroux, aquel polí­tico tan admi­rado por los espa­ño­les que goza­ban de que­ri­das, estuve a punto de diri­gir La Van­guar­dia Espa­ñola, tras Manuel Aznar, el abuelo del pre­si­dente, y pre­fi­rie­ron a un faná­tico… Ya sabrá usted, a su edad, que España es un país de faná­ti­cos, de ona­nis­tas y de per­tur­ba­dos. Yo he vivido mucho y me he adap­tado a las cir­cuns­tan­cias, casi todas malas, pro­cu­rando bus­car las menos adver­sas. En el verano de 1936, unos cene­tis­tas fue­ron a matarme y un pai­sano anar­quista pudo evi­tarlo, por for­tuna. Luego, Jaume Mira­vitlles, al que usted trató, que enton­ces era prohom­bre de la situa­ción y ade­más nacido en Figue­res, me ayudó a salir de España. En aque­llos momen­tos, al menos para mí, el fana­tismo izquier­dista era peor que el otro. El 19 de julio de 1936, desde un pequeño monte de los alre­de­do­res del pue­blo, de mi Pala­fru­gell, yo vi arder las siete peque­ñas igle­sias de otros siete pue­blos. Yo pre­sen­cié el espec­táculo de esa des­truc­ción, impo­tente. Y no como el lunes 11 de mayo de 1931, cuando la gente del pue­blo de Madrid veía que­mar los con­ven­tos con cierto aire de curio­si­dad, con un chu­rro en la mano y con una son­risa de fiesta en la cara… No fue luego mi caso. Junto a esas igle­sias de mi tie­rra, había unos minúscu­los cemen­te­rios con vie­jos y agu­dos cipre­ses sobre sus pare­des dora­das y anti­guas. Y en esos cemen­te­rios esta­ban ente­rra­dos mis ante­pa­sa­dos, mi memo­ria fami­liar. ¿Por qué aque­llos hom­bres hicie­ron aque­llo? Las uto­pías son peli­gro­sas, incluso las de mejor inten­ción, por­que los tópi­cos del huma­ni­ta­rismo más vehe­mente lle­van con fre­cuen­cia a la inhu­ma­ni­dad. Antes hemos hablado de la dere­cha fran­cesa culta, valga la redun­dan­cia. Joseph de Mais­tre decía que la his­to­ria era la polí­tica expe­ri­men­tal. Esto es impor­tante. No se puede decir mejor, aun­que él ten­diera a la teo­cra­cia. Otra uto­pía. La pureza utó­pica causa estra­gos. La inte­li­gen­cia, la obser­va­ción, lle­van al rea­lismo, fruto de la mirada expe­ri­men­tada. Maquia­velo, en la dedi­ca­to­ria de Il Prin­cipe, nos da la clave del enten­di­miento polí­tico: “Una lunga espe­rien­zia delle cose moderne et una con­ti­nua lezione delle anti­que”. El bueno de Maquia­velo, tan grande y tan inte­li­gente, no fue muy listo para él mismo. Fue un per­de­dor. Como yo.

La glo­ria es esa señora gorda de bronce o de már­mol o de gra­nito subida en los pedes­ta­les de los monu­men­tos… Per­done que se lo diga: la glo­ria mejor en vida y en carne, no en bronce ni en piedra

Hom­bre, señor Pla, ¿cómo puede usted creer eso? ¡Con toda su gloria!

Mire usted, joven, la glo­ria es esa señora gorda de bronce o de már­mol o de gra­nito subida en los pedes­ta­les de los monu­men­tos. A burro muerto cebada al rabo, que dicen uste­des… Per­done que se lo diga, la glo­ria mejor en vida y en carne, no en bronce ni en pie­dra. Una Glo­ria, una Marieta, una Con­suelo, una Aurora, una Adi –una Aly–, una Lilian, aque­lla «cara bam­bina» suiza… Así que vamos a joro­bar­nos o a con­so­lar­nos y a dis­fru­tar de esta admi­ra­ble rotonda y de este salu­da­ble whisky esco­cés. Ya sabe lo que decía Jou­bert, tan razo­na­ble que tiene un sen­tido común muy supe­rior a la lógica: “A cierta edad el espí­ritu se apaga, pero hay que ali­men­tar el fuego con otra leña”.

VÍCTOR MÁRQUEZ REVIRIEGO

Una ver­sión de esta Autén­tica Entre­vista Falsa ha sido publi­cada en el número de sep­tiem­bre de 2014, 255, de la Revista LEER (cóm­pralo en tu quiosco y en libre­rías selec­cio­na­das, o mejor aún, sus­crí­bete).

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