Un librero enamorado de la vida

En Alice Island todo es posi­ble, desde la para­doja de que sea Tamer­lán quien esté aquí ence­rrado en una vitrina como el libro más valioso, hasta que A. J. Fikry, una espe­cie de Soo­kie Sta­ckhouse según  Ame­lia, se lea todo el catá­logo de Pte­ro­dactyl. Por algo ella es la comer­cial más per­sis­tente de las que aco­san al huraño librero con sus pro­pues­tas. Aun­que quizá tenga más que ver con las nue­vas emo­cio­nes que se des­pier­tan en el misán­tropo con la lle­gada de Maya a su vida. Hasta enton­ces, Fikry se había aban­do­nado sin freno a la comida de micro­on­das, a man­te­ner sus cri­te­rios de librero pres­crip­tor –abo­rre­cido por la pos­mo­der­ni­dad y el rea­lismo mágico– a ultranza y al ejer­ci­cio de la viu­de­dad de Nic, la mujer que se pin­taba por Hallo­ween los labios amo­ra­ta­dos para un acto libresco.

unademagiaporfavor-LIBRO-Las-mil-y-una-historias-de-A-J-Fikry-Gabrielle-Zevin-portadaAhora Fikry se ha vuelto vul­ne­ra­ble tras encon­trar en “La flor tar­día” algo más que los pies de ancia­nos y flo­res de la cubierta y darle una opor­tu­ni­dad a un libro pre­sen­tado más para espan­tar a los lec­to­res que para atraer­los. El soli­ta­rio Fikry no debe ser tan malo cuando Marian Wallace, la sui­cida madre de la pequeña Maya con­fió el des­tino de su hija al pro­pie­ta­rio de la libre­ría. Lo que no pensó es que el tono de piel de los futu­ros padre e hija des­en­to­na­rían a los ojos de algún imper­ti­nente de la clien­tela. ¡No importa, A. J. ha hecho sitio para Maya y sus rese­ñas ilus­tra­das –con el queso para los libros ya madu­ros– en su vida! Ni siquiera se arre­piente de mirar con otros ojos al ante­rior­mente inso­por­ta­ble Elmo…, ni de extre­mar las pre­cau­cio­nes con los com­pra­do­res de la libre­ría al exi­gir­les que se desin­fec­ten antes de tocar a la deno­mina “infanta” o de tener que recu­rrir a Goo­gle para docu­men­tarse en sus nue­vas labo­res de cui­da­dor de una niña que no entiende la afi­ción de los mayo­res por los libros sin dibujos.

Tras aquel des­cu­bri­miento de buena lite­ra­tura camu­flada en mar­ke­ting cursi Fikry con­cierta una velada con Ame­lia en la que ésta se atre­verá a degus­tar el Quee­queg, cóc­tel temá­tico para ini­cia­dos, donde conoce más a fondo a la chica que Archi­pié­lago Gulag le abría el ape­tito. El con­de­nado a la sole­dad cae sin reme­dio en bra­zos de un amor que espera apa­ci­guar pronto con citas estram­bó­ti­cas a cargo de su amigo Lam­biase, que como todos en la ciu­dad ha orga­ni­zado una cons­pi­ra­ción dígase club de lec­tura, Los Favo­ri­tos del Jefe, para ayu­dar al sos­te­ni­miento de la libre­ría y con él a la niña aprohi­jada por todos. Por­que no hay como una pre­sen­ta­ción con gam­bas al coco para que las muje­res del pue­ble­cito lo entien­dan como el bau­tismo civil de Maya y se lan­cen a crear esa red pro­tec­tora tejida con la adqui­si­ción de his­to­rias de jóve­nes espo­sas sufrien­tes en aldeas irlandesas.

ALICIA GONZÁLEZ

                                                                                                                             

 

 

 

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