En pleno aire

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El dra­má­tico caso del avión mala­sio derri­bado sobre Ucra­nia el pasado 18 de julio y la desa­pa­ri­ción hoy de un apa­rato que volaba rumbo a Argel desde Bur­kina Faso dan con­ti­nui­dad a una nueva clase de incer­ti­dum­bre inau­gu­rada con la desa­pa­ri­ción en marzo del vuelo 370 de Malay­sia Air­li­nes. En nues­tro número de mayo, RAÚL MINCHINELA inter­pretó en clave lite­ra­ria aquel acon­te­ci­miento que “ha puesto boca abajo una serie de con­vic­cio­nes en las que lle­vá­ba­mos tiempo cabal­ga­dos”. Lo recuperamos.
 

El mar ha sido el lugar de las aven­tu­ras. Una fuente inago­ta­ble de his­to­rias, de recuer­dos, de hori­zon­tes. Son innu­me­ra­bles los lomos que han narrado su his­to­ria al ritmo del oleaje. En él se mecía el Pequod que per­se­guía a Moby Dick, el Argo que bau­ti­zaba a los tri­pu­lan­tes de Jasón, el bajel pirata del Cor­sa­rio Negro que narró Emi­lio Sal­gari. El mar es espe­cial­mente lite­ra­rio por­que durante siglos fue un lugar de muerte segura, solo apto para valien­tes. Hoy tene­mos una visión radi­cal­mente dis­tinta: ahora nos baña­mos en el mar, una osa­día que sólo fue posi­ble des­pués de domes­ti­carlo. El mar se con­quistó con la lle­gada del vapor, una herra­mienta con poder para resis­tir el capri­cho de los tem­po­ra­les. La máquina que domó el mar le per­mi­tió a Julio Verne pro­yec­tar 20.000 leguas de viaje sub­ma­rino y tam­bién ima­gi­nar peri­plos por terri­to­rios igual de inven­ci­bles, como el radial hacia el cen­tro de la tie­rra. El mar era aven­tura de Mel­vi­lle, de Con­rad, de Lon­don. Expe­rien­cias al límite en un lugar donde cada día podía ser el último.

La avia­ción heredó mucho de la nave­ga­ción, incluido buena parte de su voca­bu­la­rio téc­nico. Aún hoy habla­mos de la nave­ga­ción aérea y de la aero­náu­tica. El vuelo fue aven­tu­rero en sus pri­me­ros tiem­pos. Gómez de la Serna con­taba en su Auto­mo­ri­bun­dia cómo tem­bla­ban las pier­nas entre los pasa­je­ros que espe­ra­ban turno para mon­tarse en aque­llas aero­na­ves pri­me­ri­zas, y Saint-Exupéry nos contó en Vuelo Noc­turno el reto de enfren­tarse en el aire a una tormenta.

Hoy, sin embargo, la per­fec­ción téc­nica ha enca­rri­lado el tra­yecto en avión a casi un trá­mite banal. En las salas de espera de los aero­puer­tos hay más impa­cien­cia que expec­ta­ción, más for­ma­li­dad que peri­pe­cia. La narra­ción lite­ra­ria alre­de­dor del pasa­jero de avión tiene dos polos com­ple­men­ta­rios. A un lado, el has­tío de la clase turista que Houe­lle­becq esti­raba hasta la depra­va­ción en Pla­ta­forma. Al otro, la pre­ven­ción de la sor­presa, la acti­vi­dad pre­dis­puesta en el espa­cio pre­dis­puesto, la diná­mica que tan­tas veces noveló J. G. Ballard en su futuro pre­sente de cen­tros comer­cia­les y resorts vacacionales.

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La tra­ge­dia del vuelo 370 ha recor­dado las desa­pa­ri­cio­nes en el Trián­gulo de las Ber­mu­das, ese espa­cio que popu­la­rizó el libro de Char­les Ber­litz. “Hoy había­mos des­ac­ti­vado el Trián­gulo con las seña­les inalám­bri­cas y los satélites”.

El caso insó­lito de un avión comer­cial des­a­pa­re­cido en pleno vuelo del que no hay ni ras­tros ni indi­cios ha puesto boca­bajo una serie de con­vic­cio­nes en las que lle­vá­ba­mos tiempo cabal­ga­dos. El 8 de marzo de 2014, el vuelo 370 de Malay­sia Air­li­nes pro­ce­dente de Kuala Lum­pur y con des­tino Pekín des­a­pa­re­ció de los rada­res, y hasta la fecha no se ha vuelto a tener noti­cia. Los cana­les de tele­vi­sión airea­ron el caso con la misma inten­si­dad que las pági­nas de Face­book. En este mundo hiper­ace­le­rado donde los suce­sos vie­nen encap­su­la­dos y con su medida pre­ca­li­brada en minu­tos de inte­rés, el mis­te­rio sos­te­nido era un con­te­nido de difí­cil encaje. Los espec­ta­do­res esta­ban impa­cien­tes por la reso­lu­ción, inca­pa­ces de mane­jar la incer­ti­dum­bre en esta era de noti­cias con titu­lar cerrado.

Pre­ci­sa­mente en estas fechas la prensa nos asal­taba con noti­cia tras noti­cia sobre la vigi­lan­cia inten­siva a los ciu­da­da­nos, una pre­sión donde cada uno de nues­tros pasos se tra­zaba con los telé­fo­nos y cada una de nues­tras con­ver­sa­cio­nes se tami­zaba por un cedazo digi­tal de car­tas y notas de voz. Nues­tro mundo había per­dido el trato per­so­na­li­zado del anti­guo James Bond y ahora se mane­jaba en maras­mos de Big Data, con las pre­fe­ren­cias de todo el mundo ras­trea­das, alma­ce­na­das y ence­rra­das en una cam­pana de Gauss. En medio de esa tutela impla­ca­ble e inten­siva, una desa­pa­ri­ción grande como un avión con 239 per­so­nas den­tro. Una tra­ge­dia que recor­daba las desa­pa­ri­cio­nes en el Trián­gulo de las Ber­mu­das, ese espa­cio que popu­la­rizó el libro de Char­les Ber­litz y que tra­gaba naves y aero­na­ves como un Carib­dis de marea baja. Hoy había­mos des­ac­ti­vado el Trián­gulo con las seña­les inalám­bri­cas y los saté­li­tes. El mis­te­rio sin reso­lu­ción del vuelo mala­sio ponía en cri­sis esa con­vic­ción moderna donde todo estaba en su lugar o en su defecto loca­li­zado. La reso­lu­ción se buscó con un ahínco feroz: cons­tru­ye­ron hipó­te­sis tanto los pro­fe­sio­na­les de la infor­ma­ción como los afi­cio­na­dos. Incluso la viuda el músico Kurt Cobain publicó en inter­net una foto­gra­fía de saté­lite con tos­cas líneas aña­di­das, ofre­ciendo su apor­ta­ción para des­en­tra­ñar el mis­te­rio, resol­viendo el caso desde su casa con un cable de red y un uso rudi­men­ta­rio del Paint.

 

El avión vola­ti­li­zado es un caso arque­tí­pico de detec­tive, pero es a la vez todo lo con­tra­rio. El detec­tive es here­dero de la Ilus­tra­ción, del racio­ci­nio, de la con­vic­ción de que el mundo se puede des­ci­frar siendo sis­te­má­tico en el aná­li­sis de sus indi­cios. El detec­tive que con sus obser­va­cio­nes des­en­traña el cri­men nace con el cien­tí­fico que con sus expe­ri­men­tos resuelve las ecua­cio­nes que mue­ven el mundo. Las prue­bas de cri­mi­na­lís­tica se usan aún hoy como argu­mento judi­cial, con la téc­nica reve­lando el secreto de los hom­bres. En el caso del avión lo que hay que des­ci­frar es el mis­te­rio de la téc­nica que ha esca­pado a los detec­to­res. Es el hom­bre quien debe resol­ver a la tec­no­lo­gía. Y las inves­ti­ga­cio­nes se hacen como las rea­li­zaba Her­cule Poi­rot: sin salir de la habi­ta­ción, com­pro­bando ins­tan­tá­neas y grá­fi­cas, cote­jando las man­chas en el oleaje, trian­gu­lando los pings de des­pe­dida, bus­cando una caja negra desde den­tro de otra.

En Super­vi­viente, Chuck Palah­niuk noveló un monó­logo de avión emi­tido por onda corta que lle­gaba hasta el momento mismo de su impacto. Era una carta de des­pe­dida tan deses­pe­rada como la de aquel Robin­son Cru­soe al que se le alejó de la téc­nica y de la socie­dad rodeán­dolo de olas. Todas esas his­to­rias caben en la del avión des­a­pa­re­cido por­que de él no nos ha que­dado nada salvo el relato. Tene­mos la cró­nica com­pleta de sus pasa­je­ros, sabe­mos de dos pasa­por­tes fal­sos entre cien­tos de genui­nos, de una carga volá­til con un número con­si­de­ra­ble de bate­rías de litio, del men­saje a su madre de una aza­fata en una rutina entre ruti­nas. Una vez des­po­ja­dos de la prisa, nos queda el mis­te­rio, la vida y las historias.

RAÚL MINCHINELA (@raulsensato)

Maquetación 1Una ver­sión de este artículo fue publi­cada en el número de mayo de 2014, 252, de la Revista LEER (cóm­pralo en tu quiosco, en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE o, mejor aún, sus­crí­bete).

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