Revista leer

Mariano Pey­rou da inicio al hato de narra­cio­nes –glup, menos el colo­fón tra­gi­có­mico– que con­fi­gu­ran La tris­teza de las fies­tas (Pre-Textos) con una ima­gen tan pode­rosa como el per­fume de la boca de una des­co­no­cida que nos ha fas­ci­nado en un tren. Un libro casi bor­giano si aten­de­mos a esas fies­tas gre­mia­les en las que nos topa­mos con músi­cos ico­no­clas­tas dis­pues­tos a aca­bar con todos los con­tra­ba­jos del mundo a fuego. La san­gre la aporta la poe­sía con su talento para vio­lar sue­ños aje­nos, como bien sabe el poeta, aun­que para Mariel las rela­cio­nes sean seme­jan­tes al juego de túne­les de Sábato, con el serio incon­ve­niente de bata­llar con ese prín­cipe azul para­dó­jico. Tanto como el orgu­llo vapu­leado de un inge­niero lle­vado en volan­das o la agre­si­vi­dad a flor de piel de los lin­güis­tas. No se enga­ñen, todos bus­can el amor, lo ten­gan o no en un tesauro de cate­go­rías dis­pa­res, redu­ci­das a la igua­la­ción en la dis­tan­cia del afecto.

PeyrouEn otra pieza, el ultra-racionalista se defiende ante quie­nes le acu­san de insen­si­bi­li­dad con ago­ta­do­res jue­gos lógi­cos en torno a la con­no­ta­ción del ape­llido de la amada a la que sólo el atre­vi­miento per­mi­ti­ría besar en otro sitio que no fuera la mano. Así, leyendo al refle­xivo extremo se entiende cómo es posi­ble des­mon­tar la espon­tá­nea dul­zura que debiera ser un beso. El argen­tino afin­cado en Madrid hace gala de la ver­bo­si­dad de sus com­pa­trio­tas en esce­nas de coque­teo a varias voces para evi­den­ciar las dis­cre­pan­cias en una misma cita del insa­tis­fe­cho, el inse­guro, el atre­vido y el para­li­zado… hasta que en el relato siguiente Lara lo haga todo más fácil con su pre­de­ci­ble sabor. Una cir­cuns­tan­cia sabia­mente apro­ve­chada por el autor para corro­bo­rar la equi­va­len­cia entre apa­rien­cia y esen­cia en esas tar­des de llu­via lle­nas de descartes.

El fun­cio­na­miento de la seduc­ción queda al des­cu­bierto en esos efec­tos secun­da­rios que pro­voca el amor: la limi­ta­ción del habla o el abo­car al amante nece­sa­ria­mente a Dante cuando tiene delante a una Bea­triz que echa pes­tes de su forma ado­les­cente de ado­rarla por escrito, sin caer –por muy crí­tica que sea– en que detrás de la melo­si­dad del verso se oculta Ver­laine que, claro, le gusta menos que su Julio.

El autor se revela acu­mu­la­dor de excén­tri­cas colec­cio­nes, más que de amor de cor­tejo, o de inves­ti­ga­dor de seres huma­nos infre­cuen­tes como el niño sabio a fuer de repe­lente con sus peque­ños des­cu­bri­mien­tos sobre la memo­ria emo­cio­nal, ésa que pro­ba­ble­mente pro­pi­cie a las muje­res poder ele­gir el tiempo de sus lágri­mas. Un deta­lle que cam­bia­ría la per­cep­ción de la reali­dad, y quién sabe si de la his­to­ria, que mapea­mos con cate­go­rías pres­ta­das. Cerra­mos con una reco­men­da­ción: optar por el estar, cuando estar es siendo.

ALICIA GONZÁLEZ