La filosofía del ahí

Occi­dente inventó la demo­cra­cia y tam­bién inventó el mar­ke­ting; el segundo lleva camino de anu­lar casi todos los logros de la pri­mera” escribe Jorge Rie­ch­mann en Ahí es nada. Nue­vos ensa­yos sobre el mundo y la poe­sía y el mundo, en Edi­cio­nes El Gallo de Oro. Con­tra los inopor­tu­nos mer­ca­de­res que tra­tan de ven­der­nos sus mer­can­cías se alza este libro, por una jus­ti­fi­ca­ción de la vida que muchas veces se nos arre­bata de las manos. Algu­nas socie­da­des ances­tra­les, como la india, poseían las cla­ves de una vida armó­nica: pro­tec­ción en lugar de pro­duc­ción, esta­bi­li­dad en lugar de cre­ci­miento y cali­dad en lugar de can­ti­dad. Hemos des­mon­tado estas for­mas puras de pro­to­de­mo­cra­cia y hemos per­pe­trado una demo­li­ción de esos valo­res míti­cos en nom­bre de la bar­ba­rie de la civilización.

Portada AHI ES NADAPro­fe­sor titu­lar de Filo­so­fía Moral en la Uni­ver­si­dad Autó­noma de Madrid y Pre­mio de Poe­sía Hiper­ión en 1987, Rie­ch­mann llegó a la intui­ción de la filo­so­fía del ahí a tra­vés de la poe­sía y sus terri­to­rios colin­dan­tes. La sílaba del sí y el res­ta­ble­ci­miento de la nor­ma­li­za­ción poé­tica cons­ti­tu­yen para el autor los retos del cono­ci­miento huma­nista del siglo XXI: el obje­tivo no es otro que el de legi­ti­mar la meto­do­lo­gía de un len­guaje poé­tico como forma de expli­car el mundo. Un Miguel de Una­muno casi budista a tra­vés de su poe­sía pro­po­nía vivir al día en lo eterno, que como pro­grama vital para Rie­ch­mann no está nada mal. Las dimen­sio­nes del ahí cami­nan hacia la nece­si­dad de superar la cul­tura como enter­tain­ment, un uni­verso del ocio que va ocu­pando cada vez más domi­nios de esta cul­tura nues­tra. Res­pi­rar fuera de esa toxi­ci­dad sería una de las inten­cio­nes prin­ci­pa­les de este libro.

El pro­fe­sor Juan Car­los Rodrí­guez, cate­drá­tico de lite­ra­tura en la Uni­ver­si­dad de Gra­nada, es uno de los pila­res de los que parte Rie­ch­mann: en sus notas para una apro­xi­ma­ción a la poé­tica de la expe­rien­cia, “La poe­sía y la sílaba del no”, Rodrí­guez explica cómo nece­si­ta­mos decir “no” ante lo inacep­ta­ble y tra­tar de vivir de otra manera. Y el len­guaje poé­tico es la inti­mi­dad última del sujeto, el terri­to­rio pro­pi­cio para empe­zar a expli­car el vivir y a bus­car sus armó­ni­cos. Un grupo de escri­to­res, el de los tras­cen­den­ta­lis­tas esta­dou­ni­den­ses del siglo XIX, Walt Whit­man, Tho­reau y Emer­son, cons­ti­tu­yen un refe­rente firme para Rie­ch­mann a la hora de con­ci­liar la vida del hom­bre con la natu­ra­leza. En Pen­sa­mien­tos para el futuro, Emer­son revela que “nadie podrá ser feliz y fuerte hasta que aprenda a vivir con la natu­ra­leza en el pre­sente por encima del tiempo”, actua­li­zando de paso las Medi­ta­cio­nes de Marco Aure­lio y conec­tando con las tra­di­cio­nes sapien­cia­les e incluso el budismo. Y Rie­ch­mann loca­liza el esla­bón con los román­ti­cos en el filó­sofo de la edu­ca­ción, John Dewey, y en el fun­da­dor de la ética eco­ló­gica, Aldo Leo­pold, cuyos pre­su­pues­tos eco­lo­gis­tas encon­tra­ron eco en los poe­tas del rena­ci­miento de San Fran­cisco y el desa­rro­llo de la con­cien­cia eco­ló­gica. Gary Sny­der en La mente sal­vaje, en tra­duc­ción de Nacho Fer­nán­dez, des­cribe a la Madre Osa: “Se oculta entera / para hablar de comer sal­món. / Bro­mea con­migo / “Qué sabrás tú de mis modos” / Y me besa a tra­vés de la mon­taña. / A tra­vés y bajo capas, / plie­gues y barran­cos; / la boca llena de arán­da­nos, / compartimos”.

Lo cierto es que a día de hoy nos encon­tra­mos ante un abismo eco­ló­gico y social y nece­si­ta­mos impe­rio­sa­mente hacer las paces con la natu­ra­leza, piensa Rie­ch­mann, Pade­ce­mos natu­ro­fo­bia, espe­cial­mente en esta fase neo­li­be­ral del capi­ta­lismo en el que asis­ti­mos a la cul­tura de la mer­can­cía. Javier Eche­ve­rría en Los seño­res del aire: Telé­po­lis y el Ter­cer Entorno (1999) hablaba ya de los ciber­mun­dos –el ciber­mundo o la polí­tica de lo peor, de Paul Viri­lio–, de un ter­cer entorno des­co­nec­tado de las reali­da­des bio­fí­si­cas más inmediatas.

La lec­tura tam­bién ver­te­bra uno de los temas que preo­cupa a Rie­ch­mann. “Leer es bus­car la pala­bra que ayuda”, afirma al refe­rirse el auxi­lio de quie­nes nos han pre­ce­dido y acom­pa­ñan a tra­vés de las letras, con la reco­men­da­ción per­ma­nente de estar abier­tos a su influen­cia: lo “abierto” fue una cate­go­ría fun­da­men­tal para Rilke. Tene­mos la suerte de haber here­dado lo mejor de la poe­sía de los dos últi­mos siglos, pero nos hace falta un esfuerzo de aten­ción para notar la pre­sen­cia natu­ral del ahí y tra­tar de desau­to­ma­ti­zar en lo posi­ble for­mas de per­cep­ción y de pen­sa­miento que aca­ban velán­do­nos el mundo –y no reve­lán­do­nos–. No solo debe­mos estar aten­tos, sino ser aten­tos. Y pen­sar sobre la esta­ción tér­mino, que es el sen­tido de la vida. Atem­pe­rar, equi­li­brar y armo­ni­zar es el pro­grama que según Rie­ch­mann tene­mos aún pen­diente: el huma­nismo del ser humano inexis­tente. ¿Es un arte, pues, de lo nece­sa­rio impo­si­ble? Sí, pero sin él per­de­mos lo que podría ser el ser humano. Si habla­mos de demo­cra­cia y de edu­ca­ción, no debe­mos per­der de vista el pen­sa­miento de las máxi­mas, aun­que el sis­tema no nos per­mita ver­los realizados…

Pero tam­bién los inte­lec­tua­les y los poe­tas deben poner en duda sus pro­pios pode­res, espe­cial­mente por  el nar­ci­sismo y el bru­tal antro­po­cen­trismo de espe­cie que nos difi­culta tanto nues­tra rela­ción con el resto de los seres vivos. Con tanto talento vol­cado en el arte de com­prar y ven­der y tan poco en el arte de vivir, la inti­ma­ción de Goethe se vuelve urgen­cia: acuér­date de vivir, lema que desa­rro­lló Pie­rre Hadot hacia un arte de la filo­so­fía como forma de vida, enca­mi­nada a la trans­for­ma­ción de lo humano. Rie­ch­mann dice que somos simios ave­ria­dos e inten­tar arre­glar esas ave­rías requiere de mucho tra­bajo. Ante los gurús y per­so­na­jes mar­ke­ti­nia­nos del manual de auto­ayuda, tene­mos que pre­gun­tar­nos por qué nos vemos tan per­di­dos. Y todo tiene que ver con la desorien­ta­ción de fondo pro­pia de los seres humanos.

Desde el periodo de la moder­ni­dad en el que se fue­ron disol­viendo las cer­te­zas y las estruc­tu­ras tra­di­cio­na­les ya no somos capa­ces de orien­tar­nos; tal vez sea hora ya de acu­dir a una ter­cera Ilus­tra­ción y recu­rrir a esa con­jun­ción mara­vi­llosa de la poe­sía y la natu­ra­leza que tan­tos fru­tos dio en el pasado. Aun­que sea por higiene mental.

DAVID FELIPE ARRANZ

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