Revista leer

El relato mes­tizo y polié­drico que cuenta Víc­tor del Árbol en Un millón de gotas (Des­tino) es tan vio­lento, intenso y apa­sio­nado como la pro­pia his­to­ria de Europa durante el pasado siglo. El amor y la ven­ganza ver­te­bran una narra­ción que maneja per­fec­ta­mente la ten­sión dra­má­tica, con un estilo ligero, a veces seco –como corres­ponde a los momen­tos de mayor vio­len­cia– y que llega a esqui­var la habi­tual vacui­dad narra­tiva de muchos escri­to­res en pos del bes­tse­ller. Del Árbol man­tiene el pulso clá­sico del narra­dor omnis­ciente, sin hacer expe­ri­men­tos con la gaseosa de la lite­ra­tura. Y le sale bien. Por­que aun­que este libro tenga la fac­tura de un volu­men super­ven­tas, su voca­ción e inten­ción están a la altura de las gran­des sagas fami­lia­res de Émile Zola, John Gals­worthy o Tho­mas Mann. Pero tam­bién se hace eco de los gran­des de la Edad de oro de la lite­ra­tura rusa, como el conde socia­lista Tols­tói o el juga­dor Dos­toievski, este último uno de los genios lite­ra­rios que se cen­tra­ron en el estu­dio de la culpa y del dolor que se deriva de ese sentimiento.

un-millon-de-gotas_9788423348138Así, Víc­tor del Árbol bucea en la vida del medio­cre abo­gado Gon­zalo Gil, que se ve obli­gado por razo­nes de san­gre y de amor fra­terno a inves­ti­gar el ines­pe­rado sui­ci­dio de su pro­pia her­mana, la poli­cía Laura, tras cono­cer que el mafioso ruso Zino­viev ha sido bru­tal­mente ase­si­nado. El ase­si­nado es pre­ci­sa­mente el mismo sujeto que hace poco tiempo acabó con la vida de su hijo de ocho años, el sobrino de Gon­zalo, y cuya foto ha apa­re­cido gra­pada al pecho del difunto. Todo apunta a que Laura es la prin­ci­pal sos­pe­chosa de lo que parece una ven­ganza: inca­paz de sufrir la pre­sión en la comi­sa­ría y en su entorno, final­mente se quita la vida, pero en su orde­na­dor per­so­nal se encuen­tran las prue­bas de una peli­grosa red trama mafiosa, Matrioska, com­pleja y a la que Laura entregó los últi­mos años de su existencia.

Para lle­var a cabo su inves­ti­ga­ción, Gon­zalo deberá abrir la caja de pan­dora fami­liar llena de recuer­dos y dar un salto hacia atrás de setenta años, empe­zando por su padre, el inge­niero astu­riano Elías Gil, hijo a su vez de un minero comu­nista al que cree un ver­da­dero héroe de la lucha anti­fran­quista, y un con­ven­cido de la polí­tica sovié­tica y for­mado en la URSS, a tenor del relato que le ha hecho su madre. Su pista se pierde final­mente en 1967 y Laura, en un artículo publi­cado en la prensa, logra ara­ñar la capa de oro de la fama into­ca­ble de su pro­ge­ni­tor. Efec­ti­va­mente, las cosas son dis­tin­tas y tie­nen mati­ces, por­que como en toda fami­lia, tam­bién los gran­des mitos maqui­llan la ver­dad. Pasado y pre­sente se con­vier­ten en un solo tiempo a medida que la vida del hijo se va mos­trando como la lógica evo­lu­ción de la de su padre, el gran ausente y el motor del idea­lismo. En su inda­ga­ción del pasado paterno, Gon­zalo se topa con la terri­ble expe­rien­cia de la isla de Názino, donde se lle­va­ron a cabo las pri­me­ras ten­ta­ti­vas esta­li­nis­tas del Gulag y fue con­fi­nado. Tam­bién el nieto e hijo, Javier –uno de sus dos vás­ta­gos–, vive como epí­gono las con­se­cuen­cias de una manera de ver el mundo, el actual domi­nado por la oscura figura de su otro abuelo, un pode­roso abo­gado que pre­tende fago­ci­tar a su sufrido padre, metido ahora a investigador.

Recien­te­mente, Anto­nio Mer­cero tam­bién acaba de des­cons­truir una fami­lia de abo­ga­dos con la exce­lente La vida des­atenta (Debol­si­llo). La refle­xión es simi­lar, aun­que Un millón de gotas se remonta al pasado polí­tico de la pos­gue­rra espa­ñola: los miem­bros de nues­tras fami­lias son las úni­cas per­so­nas que no esco­ge­mos y con quie­nes nos vemos obli­ga­dos –nos guste o no– a con­vi­vir –siem­pre en mayor o menor medida–. Víc­tor del Árbol pro­pone que una forma ade­cuada de con­ju­rar estos demo­nios fami­lia­res con­siste pre­ci­sa­mente en la inves­ti­ga­ción del pasado de los fami­lia­res más pró­xi­mos: nues­tros pro­pios padres. Sin lugar a dudas, el ori­gen de muchos de nues­tros trau­mas encuen­tre la res­puesta en nues­tras pro­pias e inme­dia­tas raí­ces, y esta novela con­tri­buye a que los deve­le­mos. Pero sobre todo, el autor ha hecho una apuesta firme por un des­censo a los infier­nos del mal: aten­ción al per­so­naje de Igor Stern, uno de los villa­nos más per­fec­tos de la última novela española.

DAVID FELIPE ARRANZ