Cartas terrícolas

Como la vuelta al mundo que hicie­ron Phi­leas Fogg y su criado Pas­se­par­tout, un viaje que per­te­nece ya más al mundo de la cró­nica real que al de la lite­ra­tura creado por Julio Verne, en Pos­ta­les del joven Moss. Vuelta al mundo exte­rior (La línea del hori­zonte edi­cio­nes), dos seres del espa­cio exte­rior que viven en un mundo insó­lito, el de Glll, deci­den venir a la Tie­rra y empe­zar a enviar pos­ta­les a su pla­neta para con­tar a sus igna­ros habi­tan­tes en mate­ria terrí­cola qué locu­ras pade­cen los huma­nos. Así, el pro­ta­go­nista escribe artícu­los y cró­ni­cas para el dia­rio guber­na­tivo de Glll con motivo del sép­timo cen­te­na­rio de la inde­pen­den­cia del cantón-planeta, cuyo Con­sejo ha tomado la ini­cia­tiva de enviarlo como repor­tero al Mundo Exte­rior. La misión no es otra que ir ano­tando gen­tes, cos­tum­bres, colo­res y tex­tu­ras… pero sobre todo viven­cias y aprendizajes.

Postales del Joven Moss - AltaA par­tir de esta pro­puesta, Ale­xan­der Bena­lal cons­truye dos per­so­na­jes deli­ran­tes, diver­ti­dos y pro­fun­da­mente enamo­ra­dos –que tie­nen mucho de auto­bio­grá­fico, pues el autor es via­jero– cuya cul­tura extra­te­rres­tre choca de lleno con la terrí­cola, pro­du­ciendo así una serie de situa­cio­nes que van hilando a tra­vés de dis­tin­tos paí­ses una entre­te­nida novela de via­jes o un relato de via­jes nove­la­dos. Moss y su mujer Ito van cre­ciendo y evo­lu­cio­nando acom­pa­ña­dos de per­so­na­jes entrañables.

Su misión es venir, ver y dar sen­tido a lo que ven con ojos inocen­tes, una forma de amar tam­bién. Tras aban­do­nar el Can­tón de Glll, ambos empie­zan reco­rriendo el Mundo Exte­rior en San Peters­burgo –la ven­tana a Europa–, a la bús­queda de lo que queda de la URSS que pre­ten­día liqui­dar la socie­dad capi­ta­lista, y encuen­tran que la con­tra­dic­ción entre comu­nismo y capi­ta­lismo no lo es tanto. Moss se ima­gina que Lenin, Sta­lin y Dos­toievski –un trío de polka del que se habla por todas par­tes– per­te­ne­cen a alguna orquesta popu­lar. Los per­so­na­jes que van cono­ciendo en los cinco con­ti­nen­tes van derri­bando muchos mitos de otras cul­tu­ras: así se suce­den Moscú, el viaje en el Tran­si­be­riano, Irkuts, Mon­go­lia, Bei­jing –capaz de trans­mu­tar el matri­mo­nio del pro­ta­go­nista en un trío con ani­ma­lito–, Tokio, Kioto, Hiros­hima… La de apren­der en cada una de sus para­das que el ser humano es fali­ble es una lec­ción que van asi­mi­lando entre encuen­tros y des­en­cuen­tros con huma­nos entre los que sobre­sale Choco, un hom­bre maduro que le enseña a Moss alguna que otra ver­dad sobre la exis­ten­cia y la capa­ci­dad de reden­ción y de perdón.

La visita a Hiros­hima, por ejem­plo, es clave para los pro­ta­go­nis­tas y le sirve a Bena­lal para expli­car el drama de aque­lla ciu­dad de una forma pro­fun­da­mente humana, cuyo epi­cen­tro es un museo con­me­mo­ra­tivo levan­tado para que no se olvide la tra­ge­dia de la bomba ató­mica. El con­tra­punto, el nece­sa­rio equi­li­brio viene dado por peque­ñas his­to­rias como la del piloto que dejó caer la bomba y que acabó devo­rado por los remor­di­mien­tos, asal­tando ban­cos con pis­to­las de juguete o enviando che­ques sin des­ti­na­ta­rios a Japón. Aquel fue un hom­bre dema­siado cons­ciente de lo que había hecho y al que los niños japo­ne­ses, ya adul­tos, per­do­nan muchos años des­pués. De nuevo la resu­rrec­ción y la reden­ción lavan la ofensa y el dolor de nues­tra pecu­liar raza ante los ojos de los Glll.

La lle­gada a Amé­rica se pro­duce vía Bue­nos Aires, y de allí con­ti­núan en “la ver­da­dera” Amé­rica: Dallas, Nueva York… Y Moss e Ito ya no son los mis­mos. “Los via­jes son los via­je­ros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”. Es este un libro lleno de per­dón, de con­mi­se­ra­ción y de empa­tía; y Bena­lal ha actuado con su pluma como si una con­cien­cia humana en forma de extra­te­rres­tre fuese apa­ci­guando todas las bre­chas ideo­ló­gi­cas y socia­les que han ido sur­giendo a lo largo de la humanidad.

Al autor le gus­tan escri­to­res muy varia­dos y su hue­lla se deja sen­tir. El viaje en sí –las aven­tu­ras– y la trans­for­ma­ción inte­rior, espe­cial­mente del punto de vista inocente y a la vez api­ca­rado de los otros, se deben al magis­te­rio de Eduardo Men­doza y su Sin noti­cias de Gurb, escrito con un gran sen­tido de la iro­nía, como quien se encuen­tra de pronto con con­tra­dic­cio­nes ambu­lan­tes que habi­tan un país de deli­rio –hay mucho de Jonat­han Swift y Lewis Carroll tam­bién–. Y emer­gen siem­pre los eter­nos mode­los de don Qui­jote y San­cho Panza, soña­do­res que hacen un camino… con retorno. A ello se le pue­den aña­dir los toques de surrea­lismo y hasta el rea­lismo mágico de Cor­tá­zar, los mun­dos de Bor­ges o los con­flic­tos emo­cio­na­les y cos­mo­po­li­tas con­ver­ti­dos en lite­ra­tura por Phi­lip Roth.

Una última y lúcida refle­xión de via­jero y no de turista nos regala Bena­lal: la cámara saca lo que el que la dis­para ve y no garan­tiza que sea exac­ta­mente lo que hay en reali­dad. La mirada cómica per­mite enton­ces des­li­zarse por esa frac­tura entre la cul­pa­bi­li­dad y la inocen­cia, entre la inten­ción del que mira y lo real des­nudo. Todo el mundo debe­ría dar por lo menos una vez en su vida una vuelta al mundo y, si es posi­ble, con este exce­lente libro bajo el brazo.

DAVID FELIPE ARRANZ

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