Banville: «Estoy empezando a pillarle el truco a la escritura»

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JOHN BANVILLE, fla­mante Pre­mio Prín­cipe de Astu­rias de las Letras 2014, estuvo en Madrid a fina­les de febrero para pre­sen­tar la última obra de su otro yo, Ben­ja­min Black, “La rubia de ojos negros” (Alfa­guara). JAVIER MORALES charló con él para LEER. Aque­lla entre­vista fue publi­cada en nues­tro número de abril. Hoy la recuperamos.
 

Hijo de un con­serje y de una ama de casa, auto­di­dacta, empleado de las líneas áreas irlan­de­sas, perio­dista durante más de treinta años en The Irish Times, John Ban­vi­lle (Wex­ford, 1945) es hoy uno de los mejo­res escri­to­res actua­les en len­gua inglesa y su nom­bre suena repe­ti­da­mente en las qui­nie­las del Pre­mio Nobel. Ahora, el gran esti­lista irlan­dés se ha colo­cado el som­brero de Ben­ja­min Black (su otro yo) para revi­vir en La rubia de ojos negros (Alfa­guara) a Phi­lip Mar­lowe, el legen­da­rio detec­tive de Ray­mond Chandler.

Para Ban­vi­lle, la cons­truc­ción de una frase es uno de los inven­tos de la huma­ni­dad. Pero este hom­bre de ojos azu­les y sem­blante serio y caba­lle­roso no solo cuida su prosa, tam­bién le importa su aspecto, los deta­lles, como demues­tra el pañuelo rojo que asoma en el bol­si­llo de la ame­ri­cana. Al fin y al cabo ya decía su admi­rado Nabo­kov que la lite­ra­tura está hecha de detalles.

Nadie mejor que él para asu­mir el reto de dar vida al mítico Mar­lowe. Refe­ren­cia de las letras ingle­sas como Ban­vi­lle, el narra­dor irlan­dés uti­liza el seu­dó­nimo de Ben­ja­min Black para fir­mar sus nove­las negras, pro­ta­go­ni­za­das por el forense Quirke y ambien­ta­das en el Dublin de los años cin­cuenta. Ade­más de dar vida a Mar­lowe, había que recrear el ambiente de Los Ánge­les y, sobre todo, igua­lar la prosa de Ray­mond Chand­ler, un autor de novela negra que se escapa de las cos­tu­ras del género y que “casi” alcanza el nivel artís­tico que Ban­vi­lle pide a toda obra literaria.

Ban­vi­lle no reci­bió nin­guna con­di­ción por parte de los here­de­ros de Chand­ler. “Si lo hubie­ran hecho, no habría escrito la novela.  Siento ser tan abu­rrido. Desde el punto de vista perio­dís­tico habría sido más intere­sante decir que tuve que luchar para con­se­guir cesio­nes, pero no fue así”, ironiza.

A fina­les de febrero, viendo una adap­ta­ción de la BBC de la obra de Chand­ler, Ban­vi­lle se he dado cuenta de que su Mar­lowe es menos bru­tal que el ori­gi­nal. “Sin pro­po­nér­melo, qui­zás he mate­ria­li­zado el Mar­lowe más real que sale de las manos de Chand­ler. Por­que a pesar de su aspecto de duro, Mar­lowe era un sen­ti­men­tal y la dureza solo era una coraza. Me ha salido un Mar­lowe román­tico, dam­ni­fi­cado por el amor. El detec­tive duda de que la pro­ta­go­nista de la novela esté enamo­rado de él, aun­que quiere creer que sí lo está. Es un per­so­naje triste, sin ami­gos, sin pose­sio­nes, salvo un aje­drez. Vive en una casa alqui­lada y lleva una exis­ten­cia soli­ta­ria y melan­có­lica, pero al mismo tiempo es un hom­bre gene­roso y valiente”, explica el autor de El mar, novela por la que reci­bió el Pre­mio Booker.

Mar­lowe no era alguien que pen­sara que podía cam­biar el mundo. Sin embargo, tra­taba de hacer el bien como podía, era un buen hom­bre”, añade Ban­vi­lle, quien no ha releído la obra de Chand­ler para escri­bir La rubia de ojos negros. “La inves­ti­ga­ción mata la ima­gi­na­ción”, asegura.

Fra­casé como pin­tor de manera estre­pi­tosa, pero la pin­tura me resultó muy útil en mi escri­tura, me enseñó a obser­var las cosas de otra manera

Ban­vi­lle ha con­tado alguna vez que empezó a escri­bir cuando era ado­les­cente, des­pués leer Dubli­ne­ses, de James Joyce. Poco a poco se fue dis­tan­ciando del maes­tro sin per­derlo de vista del todo. La pin­tura, que exploró en la misma época, tam­bién ha mar­cado su estilo, plás­tico, donde abun­dan las des­crip­cio­nes y se deja a un lado la psi­co­lo­gía de los per­so­na­jes. “Fra­casé como pin­tor de manera estre­pi­tosa, pero la pin­tura me resultó muy útil en mi escri­tura, me enseñó a obser­var las cosas de otra manera”.

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John Ban­vi­lle (Foto: Ricardo Torres).

Con­fiesa que lee poca novela negra actual y que, la que lee, no le gusta. “Me parece que cada vez son más vio­len­tas y que solo bus­can for­mas de matar a las muje­res (detesta la tri­lo­gía de Stieg Lars­son), pero no debe­ría hacer este jui­cio por­que ya digo que no he leído lo suficiente”.

Si el aliento para escri­bir como Ban­vi­lle lo reci­bió de Joyce, para narrar como Black lo obtuvo de Sime­non. La pri­mera novela como Ben­ja­min Black la comenzó en 2005, en una estan­cia en Ita­lia. “Cuando entre­gué el pri­mer libro de Black a mi edi­tor dijo que era fan­tás­tico, pero que no era una novela negra, que era muy lite­ra­ria. ¡No era eso lo yo había bus­cado!”, dice, entre risas.

Si narra como Ban­vi­lle prima el estilo. Black le con­cede más impor­tan­cia a la psi­co­lo­gía y a la trama. “Ban­vi­lle escribe muy len­ta­mente, puede dedi­carle un día entero a una frase, le lleva años ter­mi­nar un libro. Mien­tras que cuando soy Black escribo rápido, en unos meses puedo tener lista una novela. Lo que no quiere decir que uno (Banville/Black) sea mejor que el otro”, explica. Una doble apro­xi­ma­ción a la escri­tura que no le oca­siona nin­gún con­flicto. “No hay nin­gún des­do­bla­miento de per­so­na­li­dad, son dos pro­ce­sos dife­ren­tes, dos voces dis­tin­tas”. Aun­que a veces, reco­noce, una voz inter­fiere en el tra­bajo de la otra. “Algu­nas tar­des, cuando estoy can­sado, Black puede decirle a Ban­vi­lle: “Deja esa frase y dedí­cate a la his­to­ria”. O vice­versa. Ban­vi­lle puede decirle a Black: “Olvida la trama, dale rele­van­cia al estilo”. Pero hay que resis­tirse”, dice. Un pro­ceso, el cam­bio de Ban­vi­lle a Black, que le causa menos pro­ble­mas de lo que pien­san sus lec­to­res. No en vano la mayor parte de su vida Ban­vi­lle tra­bajó como perio­dista, un “tra­bajo arte­sa­nal” que le dio liber­tad, con el que dis­fru­taba y que no es más que una exten­sión de lo que hace ahora cuando se con­vierte en Ben­ja­min Black.

Los libros de Ban­vi­lle bus­can la per­fec­ción pero fra­ca­san y siento ver­güenza ante sus fallos. Las de Black son nove­las hon­ra­das, bien hechas, obras de arte­sa­nía de las que siem­pre me siento satisfecho

Como ocu­rría con el perio­dismo antaño, Ben­ja­min Black paga ahora las fac­tu­ras para que Ban­vi­lle pueda escri­bir la frase per­fecta, para per­se­guir la belleza. Algo que nunca con­si­gue, claro, aun­que sea Ban­vi­lle, y que le lleva a odiar sus pro­pias nove­las cuando las ter­mina. “Yo no dis­tingo entre las nove­las lite­ra­rias (Ban­vi­lle) o las que no lo son (Black). Solo pienso en si son bue­nas o no. Aun­que es cierto que siento ver­güenza con las de Ban­vi­lle. Bus­can la per­fec­ción, pero fra­ca­san. Cuando leo sus libros siento náu­seas por­que veo los fallos.  Esto no es lo que que­ría, pienso. Mien­tras que cuando leo las obras de Ben­ja­min Black me siento satis­fe­cho por­que son nove­las hon­ra­das, bien hechas, obras de artesanía”.

Ban­vi­lle no ve con malos ojos una posi­ble adap­ta­ción de La rubia de ojos negros, incluso ha pen­sado en los posi­bles pro­ta­go­nis­tas. Espera ter­mi­nar una novela a fina­les de año y este verano vol­verá a ponerse el som­brero de Black para escri­bir otra entrega de Quirke. Y no des­carta que Mar­lowe regrese de nuevo. “Podría, no lo sé. Soy muy fácil de sedu­cir. Si es diver­tido y puedo ganar dinero, pues qui­zás sí”, dice.

Des­pués de todo la escri­tura de novela negra es una forma de com­prar tiempo para Ban­vi­lle, alguien para quien el mundo no es real hasta que no lo plasma en un papel. “Sigo apren­diendo a escri­bir, aun­que ahora, a punto de cum­plir setenta, creo que estoy empe­zando a cogerle el truco, qui­zás cuando ya es dema­siado tarde. ¡Si hubiera sabido lo que sé hoy cuando era joven! Pero como decía Ber­nard Shaw, los jóve­nes des­pil­fa­rran su juventud”.

JAVIER MORALES

Portada 251Una ver­sión de este artículo fue publi­cada en el número de abril de 2014, 251, de la Revista LEER (cóm­pralo en tu quiosco, en el Quiosco Cul­tu­ral de ARCE o, mejor aún, sus­crí­bete).

Hay un comentario

  • […] bien no uti­liza dos nom­bres, como John Ban­vi­lle / Ben­ja­min Black, fla­mante Pre­mio Prín­cipe de Astu­rias de las Letras de este año, la bri­tá­nica Kate Atkin­son parece des­do­blarse en dos en su […]

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