Ana María, un libro

Al final todo se reduce a un libro: el libro que ha ido escri­bién­dose a lo largo de los años, el libro que con­densa todos los libros, el libro que devuelve el cere­bro al mundo mágico de las pala­bras, allí donde el espejo se ha dado la vuelta y las figu­ras se refle­jan en el azogue.

Ha muerto Ana María Matute a punto de cum­plir 89 años, y el título de un libro suena con toda su con­tun­den­cia: Olvi­dado rey Gudú.

47774_1_olvidadoreygudualtaHubo otros, por supuesto, muchos de ellos para niños –el gran reto para quien tiene tanto que decir–, el mundo al alcance de la mano. Pero nin­guno tan capaz de devol­verla a una reali­dad no con­ta­mi­nada; quizá por­que su pro­puesta, pos­ter­gada durante tan­tos años, pro­ve­nía, jus­ta­mente, de la sima de la fantasía.

La lite­ra­tura, cuando logra rom­per el grueso muro del silen­cio –Matute ya cono­cía la noto­rie­dad y los reco­no­ci­mien­tos antes de caer en él–, se con­vierte en un refu­gio, pero tam­bién en una manera de reivin­di­car los nue­vos ele­men­tos que habrán de con­for­mar el mundo al que se regresa.

Olvi­dado rey Gudú devol­vió a Ana María Matute a la reali­dad que se palpa y, al mismo tiempo, puso a su dis­po­si­ción un mundo que podría mol­dear a su gusto, con rebel­día y manos de ado­les­cente recién emancipada.

No hay vuelta atrás cuando el mundo que se escribe es tan impla­ca­ble. Los cuen­tos no son ama­bles; si nos olvi­da­mos de ello nunca recu­pe­ra­rán su esen­cia. El mundo asil­ves­trado de la infan­cia –al que se diri­gen aun­que estén des­ti­na­dos a los adul­tos en muchos casos– es un ámbito pecu­liar, satu­rado de aris­tas insos­pe­cha­das, donde ni el buen o mal humor sir­ven, sino el humor inci­sivo, incluso negro como una cueva llena de mur­cié­la­gos. No hay cle­men­cia en la mirada infan­til. La inocen­cia es la más per­versa de las inte­li­gen­cias cuando logra tomar oxígeno.

La fan­ta­sía te redime, pero te obliga a no bajar la guar­dia. Gran­des auto­res como Gol­ding, Twain, Barrie, eran cons­cien­tes de que debajo de los lus­tro­sos ves­ti­dos de las hadas hay barro acu­mu­lado de siglos para el que la dul­zura sólo es un adi­ta­mento que deven­drá amargo edul­co­rante si el pro­pó­sito de la escri­tura no es lle­gar a la natu­ra­leza de las cosas. Todos ellos tenían algo que ocul­tar en opi­nión de los bienpen­san­tes, a ojos de los que miran a tra­vés del cri­sol polí­ti­ca­mente correcto.

Muchas veces, desde la dis­tan­cia que impo­nía el res­peto, pensé cuál sería el vicio oculto de Ana María Matute, aquél que man­te­nía fresca su rebel­día y a punto su olfato lite­ra­rio. Quizá era aquel vaso de whisky que per­se­ve­raba en su mano, atento a las mira­das, atento a que esas mira­das vie­ran la fuerza con la que su mano suje­taba el vaso a pesar del deterioro.

Olvi­dado rey Gudú la ins­taló de nuevo en la reali­dad y Ana María Matute ya nunca se des­pren­dió de ella. Su mundo ima­gi­na­rio, dulce y rebelde al mismo tiempo, está en sus libros; en los publi­ca­dos y en la que parece una novela recién ter­mi­nada que, si existe, no tar­dará en ser publi­cada a modo pós­tumo. Espe­re­mos, pues estoy seguro de que la des­cu­bri­dora del rey Gudú seguirá sos­te­niendo el vaso con los res­tos del whisky que no llegó a beberse y tal vez soñando a escon­di­das con fumarse un ciga­rri­llo. Tal vez.

AURELIO LOUREIRO

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