Un jardín en el abismo

Quizá el cua­dro que más y mejor ha ilus­trado el espí­ritu del Roman­ti­cismo sea Via­jero frente al mar de nubes (1818) de Cas­par David Frie­drich: la pre­va­len­cia del Yo ante la natu­ra­leza, la con­cien­cia indi­vi­dual frente a las nor­mas socia­les, el impulso de rebel­día y la bús­queda de la iden­ti­dad; pero tam­bién la atrac­ción del abismo, la locura impres­cin­di­ble para cami­nar entre la nie­bla y la muerte, a veces como prin­ci­pio de todo.

zibeliusJesús Ferrero ha sabido tras­la­dar ese espí­ritu a los últi­mos años del siglo pasado en la novela que ha sido mere­ce­dora del último Pre­mio Logroño de Novela y que publica Algaida con el título de Doc­tor Zibe­lius. Con mati­ces, como el no poco impor­tante de que entre el XIX (siglo de explo­sión román­tica en sus inicios) y el XXI, cuando se publica esta novela, en Europa han pasado cosas de enjun­dia his­tó­rica que afec­tan de manera deter­mi­nante a la pers­pec­tiva con que se afron­tan los cam­bios y, cómo no, a las con­cien­cias y a las geo­gra­fías reales o ima­gi­na­rias que sur­gen de ellas.

Ocu­rrió, por ejem­plo, que un ser insig­ni­fi­cante ate­rro­rizó al mundo y que sus secua­ces, con el pre­texto de una gue­rra y la ilu­sión de una raza supe­rior, apro­ve­chando el exce­dente de mate­rial humano, se dedi­ca­ron al inno­ble arte del ase­si­nato en masa, a la tor­tura indis­cri­mi­nada y a hur­gar en la gené­tica como pre­lu­dio del mal abso­luto. El padre del pro­ta­go­nista, curio­sa­mente, se salvó del Holo­causto par­ti­ci­pando en esos experimentos.

El asunto de la gené­tica deviene prin­ci­pal en los últi­mos tiem­pos y no deja de ser curioso por cuanto la evo­lu­ción de la tec­no­lo­gía y el asen­ta­miento del pla­neta ciber­né­tico daban la impre­sión de con­du­cir­nos por otros derro­te­ros, cada vez más ale­ja­dos del ser humano como con­cien­cia indi­vi­dual. La Cien­cia juega con car­tas mar­ca­das y no pocas veces se acerca, peli­gro­sa­mente, al renun­cio que pre­cede al abismo. La figura del cien­tí­fico loco, reo de su pro­pia qui­mera, es un recurso que vati­cina mun­dos por explo­rar, pero, asi­mismo, emo­cio­nes cam­bian­tes y con­tra­dic­to­rias, dico­to­mías espe­luz­nan­tes; las que el loco ya había advertido.

El Doc­tor Zibe­lius, que ha ocu­pado con rango de honor un sitio en la tabla donde los per­so­na­jes de Jesús Ferrero inter­cam­bian obse­sio­nes, va más lejos en su deseo de crear, a par­tir de la Cien­cia, un hom­bre nuevo: inter­ve­nir en la con­cien­cia, tras­plan­tar el alma humana de un indi­vi­duo a otro a tra­vés de un implante de cere­bro. La anti­no­mia entre el Ángel y el Demo­nio cobra su mayor sen­tido; el culto al Yo en plena ebu­lli­ción, Pro­me­teo retando a la muerte, como hiciera Mary She­lley con Fran­kes­tein, ser mons­truoso capaz de des­per­tar las más encon­tra­das emociones.

Ángel o Demo­nio, el doc­tor Zibe­lius es capaz de renun­ciar a la lla­mada de los ins­tin­tos, al amor, al sexo salvo en la fabu­la­ción de alguna orgía sin con­se­cuen­cias, para tra­zar el bos­quejo del indi­vi­duo ajeno al estí­mulo de la pro­crea­ción. No renun­cia, sin embargo, a los pla­ce­res de la vida y hasta con­forma una atmós­fera de hedo­nismo en la que incluye a sus ami­gos y pacien­tes. Ahí es donde el espí­ritu del roman­ti­cismo llega a su máxima expre­sión, mati­zada, como ya se ha dicho, por siglos de inves­ti­ga­ción cien­tí­fica y rebe­lión con­tra la naturaleza.

Todos los cami­nos de la novela desem­bo­can en un impro­vi­sado jar­dín de las deli­cias donde la posi­bi­li­dad de tras­plan­tar el alma crece entre bru­mas de alcohol y puros haba­nos. Alre­de­dor de ese jar­dín crece la mala hierba de la locura y en el extremo del sen­dero que rasga la verja de la entrada, frente a un mar de nie­bla, un hom­bre solo, apo­yado en un bas­tón, quizá medite arro­jarse en pos de su quimera.

Quizá, abrir el libro de Ferrero y subirse en la balsa del humor, que se man­tiene a flote por­que todo lo cuestiona.

AURELIO LOUREIRO

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