Revista leer

El coro­nel de la Segu­ri­dad del Estado, ya reti­rado, recibe la lla­mada de su hija Belinda desde Bar­ce­lona –que se resis­tió a ser jine­tera y se con­vir­tió en bai­la­rina– con la noti­cia de la muerte del Coman­dante en Jefe, “la peor noti­cia del mundo”: Fidel ha falle­cido. En su vejez hace el obli­gado recuento de hom­bre anti­guo y de su memo­ria emer­gen entre las som­bras los cai­ma­nes, saliendo del fango de sus pecados.

La Revo­lu­ción le ha pagado sus ser­vi­cios con un taxi negro –un carro para el turismo–, una gua­ya­bera blanca –típica camisa– y un retiro “digno”. Preso sin saberlo en el tró­pico, Wal­ter Cepeda había ser­vido, y muy bien, a Fidel y a Raúl Cas­tro. Su mujer, Mami, le dis­cute desde hace años al Mula­tón –así es como le llama y humi­lla– la vene­ra­ción por ese gallego que en la isla lla­man el hom­bre más grande que ha dado el siglo XX: ni siquiera es cubano, ni baila, ni toca la gui­ta­rra y ha con­ver­tido Cuba en su cuar­tel. Ver a Fidel dando dis­cur­sos por la tele y visi­tando cole­gios a la vez que anun­cian su muerte desde España… es cosa de brujería.

portada-requiem-habanero-fidelpeqRéquiem haba­nero por Fidel (Alfa­guara), la novela de voca­ción his­pa­noa­me­ri­cana de Armas Mar­celo, escri­tor cana­rio mitad vene­zo­lano, mitad cubano –como él se define, es decir, pana­meño–, y cuya épica his­tó­rica y per­so­nal des­cansa en la emi­gra­ción a Cuba y Vene­zuela, ha que­rido seguir y bien la senda del post­boom de sus maes­tros de la narra­tiva: este libro res­pira los gran­des per­so­na­jes de Gar­cía Már­quez y Var­gas Llosa por los cua­tro cos­ta­dos. La novela iba a titu­larse El segu­roso –así lla­man a los ex coro­ne­les de la segu­ri­dad del Estado, los “patente de corso”: per­so­na­jes temi­bles a los que hay que res­pe­tar y garan­tes de la “ley”… de la corrup­ción–. Armas Mar­celo deta­lla el ascenso y caída de estos per­so­na­jes por­que los ha cono­cido y tra­tado, ha depar­tido con estos “come­mier­das” inmer­sos en un mon­tón de con­tra­dic­cio­nes, las mis­mas que han lle­vado al fra­caso al cas­trismo y sus poli­ti­que­rías. Terri­bles fue­ron las tor­tu­ras a los con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rios, que ter­mi­na­ban “can­tando” en sus cel­das desde bole­ros a dan­zo­nes y mam­bos solo por que­rer res­pi­rar aire de liber­tad, como el que quiso res­pi­rar Belinda, la hija de Wal­ter, cuando se mar­chó al tea­tro nacio­nal de Bul­ga­ria. Mien­tras, el pue­blo sus­pira, calla y teme, aca­llando las voces disi­den­tes con los acor­des de la gui­ta­rra vieja de los coro­ne­les, gui­ta­rre­ros con uñas de lobo, mula­tos que tocan sones de miedo. Los vigi­lan­tes y enemi­gos de los poe­tas de las liber­ta­des –Heberto Padi­lla, Cabrera Infante o el chi­leno Jorge Edwards– se hacen incluso exper­tos en escritores.

Tras estos fie­les ser­vi­do­res del Coman­dante y de la Revo­lu­ción cubana y de sus muchos ser­vi­cios inter­na­cio­na­les –en Angola, China, Moscú, Arge­lia, Bue­nos Aires, Japón, Ingla­te­rra y España— se alza una dic­ta­dura poli­cial y, como tal, corrupta. Todo el mundo en ella se sirve del miedo y la trai­ción para man­te­ner el sis­tema a tra­vés de unas som­brías redes que lle­gan a todos los rin­co­nes del archi­pié­lago: los comi­tés para la defensa de la revo­lu­ción, donde los her­ma­nos trai­cio­nan a otros her­ma­nos… por un par de hue­vos o sim­ple­mente por terror, por­que el sis­tema corrupto ha creado esa forma de vida.

El desa­rro­llo de las liber­ta­des es invia­ble en la isla: los pis­to­le­ros, los “patente de corso” con víncu­los secre­tos en la izquierda de todos los paí­ses tie­nen per­miso del Estado para hacer lo que les plazca, desde chan­ta­jear y robar a tor­tu­rar y matar. Y la quie­bra social es inevi­ta­ble mien­tras el pue­blo se asfi­xia. Réquiem haba­nero por Fidel es una novela valiente por­que lo cuenta todo.

DAVID FELIPE ARRANZ